Por
Jaime Nubiola
Profesor de
Filosofía
Universidad
de Navarra
En
La Gaceta de
los Negocios (Madrid)
20 de febrero de 2006
La reciente
encíclica de Benedicto XVI sobre el amor ha
pillado por sorpresa a los medios de
comunicación internacionales. Muchos
esperaban un documento en el que denunciara
los graves males que aquejan a nuestra
sociedad y han quedado del todo sorprendidos
al encontrarse con un texto muy sugestivo y
extraordinariamente cálido: "El amor es una
luz —en el fondo la única— que ilumina
constantemente a un mundo oscuro y nos da la
fuerza para vivir y actuar. El amor es
posible, y nosotros podremos ponerlo en
práctica porque hemos sido creados a imagen
de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz
de Dios al mundo: a esto quisiera invitar
con esta encíclica", escribe el Papa en uno
de los últimos párrafos. Y poco antes
explica que "el amor no se reduce a una
actitud genérica y abstracta, sino que
requiere mi compromiso práctico aquí y
ahora". Una de las maneras de ponerlo en
práctica es tomarse el trabajo de sonreír.
¡Cuánto
apreciamos todos la sonrisa amable de las
personas y cuántas veces nos resistimos a
sonreír! Resulta un tanto enigmático que
gustándonos tanto a todos el que nos
atiendan con una sonrisa seamos tan roñosos
a veces para sonreír a quienes solicitan
nuestra atención. Los medios de comunicación
presentan de ordinario rostros violentos,
airados o doloridos que nos conmueven, y
cuando ponen ante nuestros ojos caras
sonrientes tendemos a menudo a considerarlas
falsas y forzadas —"de circunstancias",
decimos— porque pensamos que con su talante
amable buscan el propio interés o
simplemente la eficacia. De modo semejante,
nos parece increíble que alguien pueda
acogernos con una sonrisa afectuosa aun sin
conocernos y, sin embargo, todos tenemos la
maravillosa experiencia de aquella sonrisa a
primera hora de la mañana que logró cambiar
nuestro día.
Es una pena
minusvalorar la sonrisa, pues es uno de los
rasgos más típicos del ser humano. Ludwig
Wittgenstein —para muchos el filósofo más
profundo del siglo XX— anotaba
incidentalmente en un oscuro pasaje de las
Philosophical Investigations que
"una boca sonriente sonríe sólo en
un rostro humano". Con estas palabras
Wittgenstein afirma que para sonreír hace
falta un rostro humano que otorgue
significado a la sonrisa, pero quizá sugiere
también que un rostro es plenamente humano
cuando sonríe. Ya los escolásticos
medievales advirtieron que la capacidad de
sonreír era un accidente propio de
los seres humanos, era una propiedad
derivada necesariamente de su esencia.
Omnis homo risibilis est, decían; todo
hombre es capaz de reír. Tomarse el trabajo
de sonreír es un modo aparentemente sencillo
en el que cada uno puede hacer un poco más
humano este mundo nuestro y hacer así
también más humana su propia vida.
Para entender
esto un poco mejor viene bien recordar la
ontogenia de la sonrisa, su manera
originaria de desarrollarse en el niño.
Según dicen los expertos en desarrollo
infantil, el reflejo espontáneo en el arco
bucal del bebé satisfecho induce a la madre
a pensar que su hijo le está sonriendo. La
madre, emocionada al descubrir aquella
aparente sonrisa de su bebé, le premia con
achuchones afectuosos. El niño, entusiasmado
a su vez ante esas oleadas de ternura
efusiva, le corresponde imitando la
expresión del rostro materno con una sonrisa
cada vez más franca y abierta. Este singular
proceso educativo muestra que la sonrisa no
es un mero reflejo espontáneo del placer,
sino que, sobre todo, es una valiosa
conducta comunicativa.
Esta semana
pasó a visitarme una doctoranda con su hija
Carmen de poco más de un año. Le dimos a la
niña un juguete sencillo para que se
entretuviera mientras su madre y yo
hablábamos de filosofía. En un momento de la
conversación en el que nos reíamos
abiertamente de una broma filosófica, Carmen
se unió entusiasmada a nuestra risa como si
hubiera entendido algo. Con aquella risa
espontánea nos dio una verdadera lección de
filosofía: reír juntos, sonreírnos unos a
otros, crea unos formidables espacios de
comunicación.
Sonreír es
reconocer al otro como persona: sonrío al
bedel al entrar en el edificio en el que
trabajo, pero no a la fotocopiadora que está
en el pasillo. Hay personas a las que la
sonrisa parece serles natural. Me viene a la
memoria aquella sonrisa maravillosa de Juan
Pablo I que en los breves días de su
pontificado llenó de esperanza al mundo.
Pero puede leerse en el libro suyo
Ilustrísimos Señores, escrito unos
pocos años antes: "Desgraciadamente sólo
puedo vivir y repartir amor en la calderilla
de la vida cotidiana. Jamás he tenido que
salir huyendo de alguien que quisiera
matarme. Pero sí existe quien pone el
televisor demasiado alto, quien hace ruido o
simplemente es un maleducado. En cualquiera
de esos casos es preciso comprenderlo,
mantener la calma y sonreír. En ello
consistirá el verdadero amor sin retórica".
Todo hace pensar que aquella sonrisa que tan
natural parecía era fruto de un prolongado
esfuerzo de muchos años. Algo parecido me
contaba un colega de su experiencia: "Hay
temporadas, días, en que es una heroicidad
sonreír por lo menos para mí: días en los
que no has dormido, en los que no te
encuentras física o psicológicamente bien,
que tienes preocupaciones u otras
ocupaciones en la cabeza que te impiden
ponerla en las personas que tienes a tu
lado. Si te lo propones consigues dar el
pego: 'tú siempre tan sonriente, qué bien te
va la vida' te dicen. ¡Y cada sonrisa te
cuesta un mundo!".
La sonrisa es
siempre muy agradecida. Como la madre con el
bebé lactante, quien sonríe cosecha muchas
veces la sonrisa y el afecto de los demás.
Es muy conocida aquella afirmación de
William James, uno de los fundadores de la
psicología contemporánea, de que no lloramos
porque estamos tristes, sino que estamos
tristes porque lloramos. Me parece que algo
semejante puede decirse de la sonrisa. De
hecho, cuando me encuentro con personas que
sufren por su aislamiento, por sus
dificultades de comunicación con los demás,
suelo invitarles a que se empeñen en sonreír
a quienes tienen a su alrededor porque —les
digo— no sonreímos porque estamos contentos,
sino que más bien estamos contentos porque
sonreímos. No importa que en un primer
momento la sonrisa sea forzada o parezca
artificiosa, pues con su repetida práctica
va calando por dentro hasta que alegra el
corazón.
Hay quienes
piensan que la guerra es el motor de la
historia humana, que el conflicto y la
confrontación son el motor del progreso
social y científico. Lo que Benedicto XVI
viene a recordarnos con su encíclica es
precisamente que el motor de la historia —si
es que la historia tiene motor— es el amor,
el diálogo y la comunicación entre las
personas y los pueblos. Lo que nos enseña es
que cambiaremos el mundo a base de cariño.
En este sentido, ponerse a sonreír es
comenzar a cambiar el mundo, porque
significa poner el amor —y no el egoísmo o
el propio interés— en el centro de la vida
humana. Por eso para comenzar a cambiar el
mundo merece la pena tomarse en serio el
trabajo de sonreír.