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Juan Luis Lorda
Arvo Net
22 de septiembre de 2005
UNA AVARICIA PECULIAR
Poseer puede llegar a ser una pasión
avasalladora. Es una de las inclinaciones
que más enloquecen. Se refuerza con el deseo
de seguridad, de poder y de presumir, que
proporciona el tener mucho.
La tendencia desordenada a poseer suele
manifestarse en el amor al dinero. El dinero
no es propiamente un bien, sino un medio
convencional de cambio que permite obtener
bienes reales. Por eso, el dinero da lugar
a una forma de avaricia peculiar, que no se
centra en bienes, sino en el medio que
parece proporcionarlos todos. En este
sentido, en el amor al dinero se manifiesta
en su esencia más pura la avaricia: el deseo
de poseer, sin contenido real, sin bienes
concretos que se amen: es como amar el
poseer en abstracto.
Parece obvio que el dinero es importante y
que hay que esforzarse por conseguirlo; en
nuestra sociedad, sin dinero no se puede
vivir. Esto es verdad, evidentemente, pero
hay que tener cuidado con las
generalizaciones. Admitamos que no se puede
vivir sin dinero, por lo menos en una
sociedad civilizada. Pero a continuación
hay que preguntarse cuánto dinero es
necesario para vivir y, también qué otras
cosas, además de ganar dinero, importan en
esta vida. Sería un círculo vicioso vivir
para ganar dinero y ganar dinero solo para
vivir.
El dinero, desde luego, no es lo primero.
Sería absurdo dedicarle la vida, sabiendo
que la vida misma es un bien limitado. El
dinero es un instrumento. Hay que saber para
qué se quiere; hay que saber cuánto se
necesita; hay que saber lo que cuesta. Con
esos datos podemos poner límites a la
avaricia y dejar espacio y energías libres
para dedicarse a los demás bienes
importantes de esta vida: la cultura, la
religión, las relaciones humanas, la
amistad, etc.
UNA SENSATEZ INSENSATA
Muchos hombres que pueden considerarse
verdaderamente sensatos y maduros porque son
capaces de tomar decisiones ponderadas, de
trabajar responsable y eficazmente, de
organizar la vida de los demás, acaban
cayendo, sin apenas darse cuenta, en esta
tremenda insensatez: viven como si
realmente el dinero fuera lo único
importante y suponen loca y excéntrica
cualquier otra visión de la vida. Es
curioso, pero a medida que maduran, toma
fuerza en su espíritu esa convicción. Es
como si las demás cosas de la vida, de las
que se esperaba mucho en otros momentos (la
amistad, el amor, los viajes, las
aficiones, etc.) se fueran difuminando con
el tiempo y sólo el dinero se presentara
como un valor sólido e inquebrantable.
Es una sensatez insensata: olvidan un dato
fundamental que se ha repetido
incansablemente a lo largo de la historia:
los hombres nos morimos y el dinero no lo
podemos llevar a la tumba; ni comprar con él
nada que allí nos sirva. San Agustín nos lo
recuerda: «Ni a nosotros ni a nuestros
hijos nos hacen felices las riquezas
terrenas, pues o las perdemos durante la
vida, o después de morir, las poseerá quien
no sabemos, o quizá acaben en manos de
quien no queremos. Sólo Dios nos hace
felices, porque Él es la verdadera riqueza
del alma» (De Civitate Dei, V, 18, 1).
Con dinero se pueden adquirir muchos bienes
materiales, se pueden pagar muchos
servicios; da garantías y seguridad de cara
al futuro; prestigio, poder y consideración
social. Son muchos los bienes que
proporciona; pero no todos y ni siquiera los
más importantes. El dinero -como es
evidente- sólo proporciona los bienes que se
pueden comprar: cosas y servicios. El dinero
no proporciona la paz del alma, ni el saber
disfrutar de la belleza, ni la fuerza de la
amistad, ni el calor del amor, ni las
pequeñas delicias de una vida familiar, ni
el saber saborear las circunstancias
sencillas y bonitas de cada día, ni el
encuentro con Dios. No proporciona
inteligencia ni conocimientos. No
proporciona ni honradez, ni paz; no hace al
hombre virtuoso, ni buen padre de familia,
ni buen gobernante, ni buen cristiano.
LA ESCALA DE LOS AMORES
No es que haya que contraponer el dinero a
los bienes más importantes; no es que el
dinero sea lo contrario; simplemente, son
cosas distintas y no se mezclan como no se
mezclan el aceite y el agua. Se puede tener
amor, amistad, honestidad y cualquier otro
bien con o sin dinero: no es ni más fácil ni
más difícil. En principio, no influye; salvo
en casos extremos: salvo que no haya nada o
que haya demasiado.
Sin un mínimo de bienes materiales no suelen
ser posibles los espirituales. Es muy
difícil pensar en otros bienes cuando no se
tiene qué comer o no se puede dar de comer a
los que dependen de uno; cuando no están
garantizados los mínimos de supervivencia.
Sin una base material, es prácticamente
imposible llevar una vida humana digna,
educar a los más jóvenes y controlar
mínimamente el propio estilo de vida. La
miseria material suele ir acompañada,
generalmente, de otras miserias humanas:
suciedad, desarraigo, marginación,
irresponsabilidad, degeneración de las
estructuras personales, familiares y
socíales, corrupción, etcétera.
Influye también el exceso, no el exceso de
dinero -la cantidad aquí no es un criterio
moral- sino el exceso de afición. Cuando la
afición al dinero acapara, sustituye e
impide el amor que el hombre tendría que
poner en Dios o en los demás; cuando
absorbe las aspiraciones y las capacidades
sin dejar respiro para otras cosas; cuando
se convierte en el centro de la propia
existencia. Lo malo no es el dinero, sino
el desorden con que se ama.
El amor al dinero tiene que ocupar su sitio
en la escala de los amores. Como no es el
bien más importante no puede ocupar el
primer lugar. Es un desorden dedicar tanto
tiempo a ganar dinero que no quede tiempo
para los demás bienes: que no quede tiempo
para la amistad, la familia, el descanso, la
relación con Dios o la cultura.
Es un desorden poner al dinero por encima de
otros bienes más altos (que lo son casi
todos). Y esto puede suceder sin apenas
advertido, porque la lógica del dinero va
acompañada frecuentemente de esa sensatez
equivocada y loca, que hace que parezca
razonable lo que, en realidad, es un gran
error. Es un desorden, por ejemplo, trabajar
mucho para proporcionar bienes a los hijos,
sin pensar que la compañía del padre o de la
madre es uno de los bienes que más
necesitan.
Otro ejemplo cotidiano: muchas, muchísimas
familias han quedado destrozadas por el
simple hecho de tener que repartir una
herencia. Padres, hijos, hermanos,
matrimonios llegan a separarse y odiarse
porque se han peleado por unas acciones, por
unas tierras, por una casa... hasta por un
mueble. Y esto sucede todos los días y ha
sucedido desde la noche de los tiempos. ¿
Cuánto vale el amor de un hermano, de un
hijo, de un marido...? ¿No vale más que un
pedazo de materia? ¿No hubiera sido mejor
ceder?
LA “TONTERÍA” HUMANA
Tener mucho dinero no es ni bueno ni malo
moralmente hablando; tiene ventajas e
inconvenientes. Los inconvenientes son
claros: más capacidad para adquirir bienes
es también más capacidad para despistarse,
para entretenerse, para perder de vista lo
fundamental porque absorbe demasiado lo
accesorio.
Es también más fácil corromperse: porque la
corrupción está más a mano y se ofrece
muchas veces por dinero. Es fácil caer en la
tontería humana: dejarse llevar por la
vanidad, sentir el placer de provocar en los
demás la envidia, haciendo ostentación de lo
que se posee; es fácil dejarse llevar por el
capricho; es fácil concederse todos los
gustos y no ponerse el freno que otros se
ponen por necesidad, en el comer, en el
beber... Si hay mucho amor al dinero, es
fácil dejarse comprar, ser sobornados,
corrompidos; dejarse llevar por el espíritu
de lujo y el capricho de gastar, caer en la
frivolidad, etc.
Son inconvenientes claros. No es fácil ser
honesto y rico. Cristo lo advirtió con toda
claridad cuando dijo que es más difícil que
se salve un rico, que pase un camello por el
ojo de una aguja. Dicho así, podría parecer
que es sencillamente imposible (desde luego
no parece posible que pase un camello por el
ojo de una aguja, por más que se han querido
buscar interpretaciones fáciles de este duro
texto). El Señor lo afirma a continuación:
«Para los hombres es imposible, pero no para
Dios, porque para Dios todo es posible». Lo
que permite concluir, de momento, que para
ser rico y buen cristiano, hay que pedir
mucha ayuda a Dios.
Los inconvenientes de ser rico están hoy muy
extendidos. En las sociedades
industrializadas, se han introducido modos
de vida que antes estaban reservados a unos
pocos privilegiados. La vanidad, el
capricho, el lujo, la frivolidad y la
corrupción están al alcance de casi todas
las fortunas.
Para muchos existe el peligro efectivo de
dedicar su vida entera a poseer los bienes
menos importantes; corren el grave riesgo de
que su inteligencia esté permanentemente
ocupada en planear lo que podrían tener y
que, en su corazón, no quede espacio ni
tiempo para otras cosas que las que se
pueden ver y tocar. Es decir, corren el
grave riesgo de que no les quede ni tiempo
ni fuerzas para lo más importante.
PROCURAR LOS MEJORES BIENES
Ser rico tiene también ventajas. Esto es
evidente si nos fijamos en los bienes
elementales: tener dinero permite cubrir sin
apuros las necesidades primarias. Pero esta
es la menos importante de todas las
ventajas. Las más importantes se refieren al
uso de la libertad. Estas son las ventajas
importantes desde un punto de vista moral.
Ser rico significa tener muchos medios y por
lo tanto mucha libertad para obrar bien. Es
un talento y, por tanto, una
responsabilidad. Sólo los que tienen muchos
medios pueden emprender grandes obras. El
valor moral de la riqueza -y de quien la
tiene- depende del fin al que la destina,
porque el dinero sólo es un medio. La clave
de la riqueza es el servicio que presta.
Precisamente por el atractivo que el dinero
tiene y por los inconvenientes que puede
llevar consigo poseer mucho, se requiere
una actitud personal con respecto a él. Hay
que tener un estilo de vida frente al
dinero, para emplearlo bien y para no ser
engañados por él. La moral invita a ponerlo
en el adecuado orden de amores. No amarlo
por sí mismo, sino como un instrumento; no
buscarlo en detrimento de otros bienes que
son mejores; y utilizarlo para procurarse y
procurar a otros esos bienes mejores.