Luis Olivera
Periodista
Arvo Net, 9/9/2005
El materialismo, simplificando, es la
creencia de que el hombre es simplemente una
cosa. En consecuencia, el fin de la vida
es la obtención de placer y la huida del
dolor; por ello, los valores espirituales,
que incluyen los derechos de Dios y la
dignidad de los demás, son ilusorios, meras
convenciones sociales inventadas por el
hombre. No hay vida después de la muerte y,
por lo tanto, no hay rendición final de
cuentas. Sin embargo, en su diálogo más
célebre, Hamlet, cuando considera la
posibilidad del suicidio, dice: “¡Ser o
no ser: he ahí el problema! (..) Porque,
¿quién aguantaría los ultrajes y desdenes
del mundo (..), cuando uno mismo podría
procurar su reposo con un simple estilete?
¿Quién querría llevar tan duras cargas,
gemir y sudar bajo el peso de una vida
afanosa, si no fuera por el temor de un algo
después de la muerte, esa ignorada región
cuyos confines no vuelve a traspasar viajero
alguno? Temor que confunde nuestra voluntad
y nos impulsa a soportar aquellos males que
nos afligen, antes de lanzarnos a otros que
desconocemos” (Shakespeare)
Las ideas que “cosifican” al hombre
nunca aparecen tan crudas y directas, pero
se respiran en el ambiente actual. Lo decía
Vaclav Havel, tras 60 años de
opresión comunista. E influyen, ¡vaya si
influyen! Aunque la presión del ambiente
sólo tiene éxito cuando se mueve en el vacío
de carácter de los chicos y chicas
adolescentes.
Algunos, se rinden a las influencias; otros,
las resisten o ignoran. ¿Cuál es la
diferencia? La única es la fuerza del
carácter. El viejo Aristóteles, en el
tratado sobre la educación de las leyes,
escribió: “Es preciso que el carácter sea
de antemano apropiado de alguna manera para
la virtud: y ame lo noble y rehuya lo
vergonzoso”. Y ahí tenemos la perenne
lucha entre el bien y el mal.
Entre los rasgos que conforman el carácter,
el primero es la conciencia bien
formada: tener claro qué es lo que está
bien y qué es lo que no se puede
hacer. El bien y el mal. JJ. Rousseau
practicó la no-resistencia a los impulsos
del sentimiento. Pero, al final de su vida,
escribió: “He dicho que JJ no era
virtuoso. ¿Y cómo serlo, estando subyugado
por sus inclinaciones, siendo débil, y no
teniendo más guía que su propio corazón en
vez del deber y la razón? ¿Cómo podría
reinar la virtud, que es trabajo y
combate, en medio de la molicie y los
dulces pasatiempos”.
Un segundo trazo es el hábito de
auto-control, adquirido a lo largo de la
vida: diciendo que “no” a lo que nos
apetece. El carácter es energía, firmeza,
fuerza de ánimo, autodisciplina. El
existencialista Sartre escribió: “Si
dijéramos que los flojos, débiles, cobardes
o malos son así por herencia, por influjo
del medio o de la sociedad, (..) la gente se
sentiría segura y diría: ‘Nadie puede hacer
nada para cambiar”. Pero Sartre
añade que “eso no es cierto, porque ‘el
cobarde es responsable de su cobardía (..) Y
lo es porque se ha construido como hombre
cobarde por sus actos (..), pues lo que
engendra cobardía es el acto de renunciar o
ceder”.
Después vine una creencia religiosa firme y
una relación piadosa con Dios, dado que
somos alma y cuerpo. El doctor
Vallejo-Nájera, en su última visita a
Luis M. Dominguín, le dijo: -‘Mira,
Miguel, no te voy a pedir que cambies de
vida. Vas a rezar conmigo media ‘Avemaría’,
sólo la segunda parte: ‘Santa María, Madre
de Dios, ruega por nosotros, pecadores…”.
Al día siguiente, le llamó el torero: -
“Oye, que en vez de una, he rezado lo tuyo,
ocho veces”. Juan Antonio, a punto de
morirse, seguía pensando en los demás y
dándoles lo mejor que tenía. Tolkien
escribió de su madre: “Mi querida madre
fue en verdad una mártir. (..) Dios nos dio
una madre que se mató de trabajo y
preocupación para asegurar que conserváramos
la fe”.
Después viene la confianza en la capacidad
de juicio de sus padres: Manuel
Bienvenida, fundador de esa dinastía de
toreros, no se limitó a enseñar a sus seis
hijos las técnicas del toreo. Y decía que
las figuras “no sólo no deben actuar como
‘maestros’ de lidia, sino también ser
maestros en la vida”. Así forjó el
código moral de los Bienvenida: “Sólo
un hombre bueno puede ser buen torero”.
Finalmente llegamos al respeto por los
derechos de los demás, que son personas, y
no escalones que se pisan. Podemos entregar
cosas y, lo que es más difícil, entregarnos
a nosotros mismos. El hombre, todo
hombre, sólo se realiza como tal hombre en
la autodonación de sí mismo, sólo así
alcanza su mayor grado de dignidad. Y es
feliz a través de ese darse a los demás. Por
eso la generosidad es necesaria en nuestra
vida. Sin ella, además, el vivir de cada uno
acabaría en una situación de aislamiento y
soledad insoportables.
Si pensamos en esos dos tipos de entrega,
tal vez descubramos deficiencias reales en
padres que, aparentemente, dan a sus hijos
todo lo que necesitan. Padres que financian
a sus hijos todo lo mejor en cosas
materiales (casa, comida, ropa, educación,
viajes, etc.) y que, sin embargo, tienen una
generosidad de pocos quilates. ¿Por qué? “Porque
no son capaces de dejar un día –de cuando en
cuando--, o un rato cada día, sus propias
preocupaciones o negocios, para atender a
sus hijos. Y así, comprender cuáles son sus
verdaderas necesidades, sus sueños, sus
aspiraciones” (García Hoz).
Estos cinco rasgos fortalecen la voluntad de
una persona para resistir y, en último
término, conducen a la verdadera felicidad y
al éxito en la vida. Pero la triste verdad
es que muchos niños crecen sin ellos. Por la
experiencia de muchos profesionales
educadores, se puede afirmar con Stenson
que “los padres que no se esfuerzan
deliberadamente por enseñar estas cosas a
sus hijos – de palabra y con su ejemplo--,
están buscándose un gran disgusto”.
El tiempo nos dará o quitará la razón. Sólo
hay que esperar.
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