La
crispación de la clase política
de nuestro país se nos está
contagiando a la gente de a pie.
Son varios los que me han
contado que en las pasadas
fiestas de Navidad la tensión
por la situación política ha
afectado hondamente a la
tradicional alegría de la
celebración familiar: hermanos
peleados entre sí, familias
enteras discutiendo agriamente
sobre si el gobierno debía
proseguir o no el diálogo con
ETA después del atentado, y
conflictos semejantes. Es muy
comprensible la preocupación por
el destino de la cosa pública,
pero parece del todo insano que
la paz del hogar se vea
trastornada en su intimidad por
los acontecimientos políticos.
Esos tristes desencuentros
-igual que las discusiones
motivadas por otras cuestiones,
como las del trabajo, o la
economía y organización del
hogar- son una invitación a
aprender a vivir con buen humor.
Hay que aprender a desdramatizar
las situaciones en vez de echar
más leña al fuego, incrementando
la crispación de unos y de
otros. No se trata de negar la
realidad, sino de poner cada
cosa en su sitio. En vez de
hundir todo lo que pasa en un
mismo pozo negro de desolación
hemos de intentar ver el lado
positivo, la botella medio
llena, incluso el lado cómico de
muchas de las cosas cotidianas.
Un buen amigo mío, ya cercano a
los ochenta, tiene siempre un
chiste, de ordinario breve e
inteligente, en la punta de la
lengua. Cuando me lo encuentro y
le pregunto qué tal, me responde
que bien con una leve sonrisa;
le pregunto después si tiene
algún chiste nuevo y no me falla
nunca. A veces no es nuevo el
chiste, pero su empeño por
alegrarme la vida ya me salva el
día que quizás había amanecido
un tanto gris.
Me
parece que sobre todo hay que
aprender a reírse de uno mismo,
de los propios fracasos, de la
vanidad herida, del contraste
entre las brillantes
aspiraciones y los pobres
resultados. Cuando estoy
enfadado me ayuda a veces
mirarme al espejo hasta esbozar
una sonrisa forzada que procuro
entonces mantener con todos,
pues a base de sonreír se
recupera pronto el buen humor.
En contraste, una colega de la
Universidad me contaba que
cuando está enfadada no se
atreve a mirarse al espejo por
la cara de perro que se le pone,
ya que al parecer el maquillaje
no es efectivo para ocultar los
enfados. Parafraseando a William
James, puede afirmarse que no
sonreímos porque estemos
alegres, sino que más bien nos
convertimos en personas alegres
cuando nos empeñamos en sonreír.
Hay
unos pocos ciudadanos pegados a
la televisión, a la radio y a
los periódicos siguiendo día a
día la batalla política
partidista y, si nos
descuidamos, pueden amargarnos a
todos la vida. A mí me alegra
comprobar que una buena parte de
la gente, sobre todo los más
jóvenes, ha decidido que ese
conflicto no es el suyo. Piensan
que los políticos y los medios
de comunicación están
intoxicando la convivencia
democrática con unos agrios
debates cuyas efectivas
consecuencias para los
ciudadanos no llegan a
advertirse con claridad. Más
aún, no logran comprender por
qué los responsables de la
política nacional no estudian
seriamente y a fondo los
problemas hasta llegar a ponerse
de acuerdo, tal como hacen los
científicos en sus campos
profesionales.
Quizás algunos piensen que vivir
con buen humor es el colmo de la
irresponsabilidad teniendo en
cuenta la delicada coyuntura
política por la que atraviesa
nuestro país. Pero a quienes
piensen así les diría que
atravesamos esa comprometida
situación porque nuestros
líderes políticos no saben
reírse de las cosas divertidas
que trae la vida y, sobre todo,
no saben reírse un poco más de
sí mismos, de sus patinazos y
errores. Me parece que se toman
demasiado en serio y eso les
dificulta el pensar y el
conectar con la gente y, por
supuesto, el entenderse entre
ellos.
¡Cuántas veces se ha repetido
aquella frase genial de
Chesterton de que “lo divertido
no es lo contrario de lo serio,
sino de lo aburrido”! La
crispación política es
tercamente aburrida, torpe,
desesperante, desilusionante.
Por eso, el antídoto inteligente
contra la crispación es siempre
el buen humor.