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SOBRE LO CLÁSICO GRECO-LATINO (José Lasso de la Vega)

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SOBRE LO CLÁSICO GRECO-LATINO

La esencia de lo clásico se revela en su vigencia , es decir, que clásico es lo que vale como clásico.

Por José Lasso de la Vega
Publicado en el nº 8 de la revista Atlántida


Para hacernos cargo de lo que lo clásico significa será oportuno tomar como ejemplo algunas de las muestras en las que quedan retratadas, como en un espejo limpio, sus condiciones y propiedades. José Lasso de la Vega quiere profundizar en la palabra misma de lo clásico , a fin de devolverle su sentido primero. Lo clásico, en efecto, comprende lo estético; pero se alarga mucho más lejos en el horizonte de la vida histórica, y mucho más hondo en las raíces de la entera vida humana. Atlántida presenta aquí un conjunto de artículos sobre La pervivencia de los clásicos . En momento de honda crisis de su presencia en la educación española, una reflexión sobre su perennidad es, sin duda, obligada.

¿Qué entiende por clásico la lengua del pueblo, de eruditos y profanos? No, por cierto, una categoría formal, sino el más alto valor formativo. Clásico, para ella, vale decir lo ejemplar, lo modélico, lo que es como regla y dechado. Evidentemente, aunque lo clásico sea mucho más, es también eso; y acaece que, en cuanto ejemplo y modelo, la idea de lo clásico necesariamente conlleva dos sentidos.

Primero, y antes que todo, pertenece lo clásico a la esfera práctica y no al mundo de las ideas abstractas. Porque es propiedad de todo objeto que se tiene por modelo que haya un sujeto que trabaje en conformarse por compulsa con el modelo, por la contemplación creadora del mismo, no por la copia servil de cánones formales. Luego si lo clásico es el modelo, no se contrapone ni a lo romántico ni a lo barroco ni a cualquier otra cosa que pueda denominarse con término más circunscrito que el de lo no-clásico.

Eso por lo que toca al objeto. Por lo que atañe al sujeto, otro rasgo hay de lo clásico, el cual es que presupone un consenso, un acto de casi unanimidad, por gracia del cual el objeto se tiene por clásico. Este público lo constituyen no unos cualesquiera, sino espíritus selectos — intelligens indicium — de siglos diferentes, pero insertos en una misma tradición. Lo que es clásico y lo que no lo es no se revalida primariamente por el atenimiento de la obra de arte a determinadas categorías formales o estilos, sino que se deduce del juicio colectivo y responsable de nuestros pasados. Es, en el vasto rumor de la historia, un plebiscito de aquellos muertos que aún siguen siendo para nosotros vivos. Clásico es aquel modo de ser cultural que nuestros pasados consideraron digno de serlo y nos lo legaron como tradición , para que en él conformáramos y recreáramos nuestra propia originalidad.

La esencia, pues, de lo clásico se revela en su vigencia , es decir, que clásico es lo que vale como clásico. No es preciso definirlo a priori; está ahí sencillamente, nos es clásico sencillamente. Nosotros los hemos reconocido como nuestros clásicos. Por "nosotros" entiendo la cultura europea, unida por una tradición y destino comunes. Y que no se nos hable uniformemente de lo clásico, a la manera de Spengler y de otros sabios de no hace ningún siglo. Que no se pretenda someter a especie de generalidad un fenómeno que hemos de juzgar bajo especie de peculiaridad y que se alimenta de muy concreta sustancia histórica. No niego a otros —norteños o sureños o amarillos de viejas tierras impregnadas de culta antigüedad— su derecho para que tengan sus propios clásicos. Les niego el derecho a obligarnos a aceptarlos como nuestros. Menos aún lo digo como mengua o defecto; pero seamos últimamente sinceros: ¿no son clásicos tales los más opuestos al espíritu de los nuestros?

Tres cosas pide lo clásico

Tres cosas entiendo yo que pide lo clásico. Lo primero, que insta ser norma y modelo, en cuanto forma determinante de nuestra vida, cuya actualidad reconocemos para afirmarla o para, combatiendo con ella, estimular nuestra propia originalidad. Lo segundo, que valga como tal para un público: lo episódico se hallará en una situación cualquiera; en el derecho, sin embargo, su vigencia debe entenderse incólume. Y lo tercero, que tal aceptación no se determine por una mixtificación consentida por sabe Dios qué secretas necesidades colectivas, sino por ordenamientos suprapersonales —comunidad, tradición— haciendo intervenir al hombre entero en todas sus facultades, y no solamente las estéticas. Por lo que hace a su pretensión de servir de modelo para el individuo, lo clásico toca a la ética. Por lo que mira a su vigencia real como modelo, dentro de una comunidad de individuos que se traban y dan la mano con sus clásicos, saltando por encima de los siglos, lo clásico es un asunto político , en el sentido noble de la palabra. Y por lo relativo al carácter total, inclusivo, de lo clásico, advirtamos que, si lo clásico se plasma en la obra de arte como en su envoltura corporal, no se agota en el arte. Las categorías de tradición, comunidad y norma exigen mucho más que la sola imitación estética. Lo clásico completa sus ministerios de moral y de política con otro final de humanidad . Y la prueba está en la vivencia misma que la obra clásica produce en su espectador, la vivencia de la harmonia . Es, desde el primer momento, la harmonía visible de partes, formas y figuras que se miran con respeto unas a otras y existen respetando la existencia de las demás; en la que las partes son partes y, sin embargo, se someten a un orden común. Pero, por debajo de la harmonía visible, ¿quién no percibe la profunda harmonía que traba las fuerzas de la vida del espíritu en un orden lleno de sentido, es decir, mediante una voluntad de orden, de norma espiritual que nos obliga a una obediencia libre? Su resultado feliz es la belleza, en el sentido griego del término kalón que es, a la vez, lo bello, lo justo y lo útil. Por debajo de la sensación de la harmonía visible se despierta en el espectador la vivencia de una harmonía, a la vez sedante y animosa, que toca a todo su ser.

El arte bárbaro —permítaseme usar esta expresión neutral para designar, sin reserva alguna, el arte no clásico— configura aspectos parciales, dulces o rabiosos, de la vida. Sus imágenes lo son de nuestra propia nostalgia y de nuestra propia debilidad: ¿cómo no amarlas? El arte clásico, en cambio, tiene un carácter inclusivo, totalitario. Se propone abarcar el conjunto de la vida y reflejarlo, como tal conjunto, encada cual parte. Justiprecia en el conjunto, esto es, acuerda a cada parte su lugar propio y jerarquía. Ejerce oficio de juez o de Demiurgo que mira hacia la Idea y crea el mundo. El describirlo por estas palabras no es metáfora, sino el reconocimiento de una afinidad de las que más explican la esencia de lo clásico, y que por eso ha sido muy reparada de todos, y con razón. La esencia de la forma clásica es ley, es justicia; y el artista clásico es el legislador que, en la palabra o en la piedra indócil, casa la idea y la norma bellas con la vida responsable, de suerte que la belleza deja de ser un peligro turbador para la vida. Vean los estetas que cobijan sus sueños del "arte por el arte" en el arte griego cómo se exponen a adorar un fantasma, que no encaja con la sensibilidad griega del arte. El artista clásico no se siente llamado a reflejarse narcisistamente en su obra, ni le seduce lo pintoresco, ni eso que, por inocencia, se ha llamado "interesante". El artista clásico crea, como no podía por menos, desde su propio yo; pero ni lo muestra ni hace de él ostentación. Los riesgos de su propia humanidad pueden rizarle el corazón; pero tiene el valor de dejarlos lejos. Deja lejos de su imagen de la bondad del ser todo lo bajo y todo lo enfermo, como si no existiera. Ésta es la razón de que el artista clásico, sea él quién sea, puede proponer a sus contemporáneos modelos de vida y proponerse él mismo llevar a sus compatricios, mediante la fuerza de la belleza, al conocimiento de una norma de sus vidas.

La eternidad de Sófocles

Visto el concepto de lo clásico, aunque sea en sus notas más gruesas, veamos en alguna muestra concreta cómo se realiza el proceso de organización espiritual, cuya imagen sensible es el arte clásico. He elegido sendas muestras, griega y romana, para ejemplificar las facciones decisivas del clásico. Será nuestro griego Sófocles, y el caso romano más convincente, Virgilio, que ha sido siempre, y con plena razón, tabulado como el áureo clásico latino

Aunque disidentes en el genio y el temperamento, tengo por seguro que, después de Homero, la poesía antigua, que tantas obras insignes produjera, nunca ha encontrado expresión más acendrada que en estos dos poetas bonísimos entre los buenos, perfecti auctores . El que tenga en el oído, y que además sea un oído fino, el eco de Homero, vera en Sófocles y Virgilio la verdadera sucesión del primer poeta griego.

Por lo que se refiere a Sófocles, no varían mucho los entendidos en declararlo como el más bello ejemplar, acaso, del artista clásico griego. La hermosura de su hombre exterior, estatuada para la eternidad en la perfecta fórmula somática del Sófocles lateranense, se hermana con la mesura y harmonía del hombre interior; y en esa íntima harmonía descansa, a fin de cuentas, el secreto de la eficacia dramática de aquel gran "ajedrecista teatral", como le llamara Goethe, quiero decir, su capacidad inigualable de organizar y articular, en un orden bien acordado, todos los planos: lengua, forma, personajes, acción dramática.

La lengua de Sófocles es —se ha dicho— el órgano natural de la palabra del héroe trágico. Nada de la exaltación báquica de los personajes de Esquilo, una lengua que, en ocasiones, parece forjada en la lumbre al rojo de la embriaguez poética. La lengua de Esquilo es prodigiosa en todo: los símiles y los giros vocabulares son tales que no parece pueda la fantasía poética alargarse a hacer cosa más extraordinaria; pero ¿cómo considerarla un órgano natural de la palabra humana? Nada tampoco en Sófocles de la familiaridad de la lengua del diálogo de Eurípides que, alguna vez, se rebaja a cierta vulgaridad. Otro tanto acaece con la acción dramática. En Esquilo es abrupta, no exenta de hiatos, y no siempre las escenas ofrecen una clara cohesión dramática. En Sófocles una escena prepara la siguiente, la acción va elevándose hasta su cima dramática y las partes componen un conjunto ordenado.

Tiene también Sófocles otra excelencia, la cual no siempre puede elogiarse de Eurípides: que no recae en esquematismos, en estricta servidumbre de números y simetrías. Ni es menos de considerar lo que toca a personajes. En Esquilo los héroes son seres gigánteos que, desde luego, saben querer, dudar y temer; pero que suelen encerrarse en un gesto rígido, sin matices. El hombre de Eurípides, en cambio, es todo matices. ¡Cómo escudriña en el corazón de sus personajes este dramaturgo que llevaba, en su propio corazón, levadura de afanes nuevos! Altivos o abatidos dan cara al destino. Vagan a la deriva, languidecen en deseos perdidos o se arden en dolor y rabia. Cierto que, por debajo de tantas espumillas retóricas, en el teatro de Eurípides se mueve, como enorme marejada patética, la ilusión de compensar la perdida unidad del espíritu en una formación puesta al día, "a la page" de todas las novedades; pero, en todo caso, hay retórica, quizás demasiada retórica. Las criaturas de Sófocles no son gigantes, aunque se yerguen a muchas varas sobre quienes les rodean, pero, desde luego, tampoco son almas vulgares. El poeta conoce los rincones del alma y los poderes penetrantes de la fina arista del conocimiento; pero ignora lo demasiado humano y no se siente muy solicitado a demostraciones dialécticas. Sus personajes son, ante todo, figuras . Cuando parece que caen como rotos bajo su destino, se liman la figura con el dolor sin salida y son más que nunca ellos mismos, criaturas de claridad recortada. Estas figuras tan nítidas tienen asignado un espacio existencial inalienable en la comunidad, en la dinámica de las fuerzas conciliadoras y contrapuestas que dan forma a la vida.

Así, en resumen, la lengua, la acción dramática, los personajes hacen un fuerte organismo, cuyo resultado es la forma clásica del drama. Será tal vez oportuno añadir que la organización espiritual que se trasunta externamente en el drama griego clásico no es, en Sófocles, mera ocasión para reflejar su propia figuración espiritual de poeta de nacimiento y tan señor de sí mismo; aunque, por supuesto, en él personalmente las calidades de lo se clásico asumieron propiedades de carne y sangre. Es algo más. Es la contribución política de Sófocles, una encaminada a preservar y renovar la sustancia ética de su ciudad. De pero, niño asistió Sófocles al momento de ascensión de Atenas a su cumbre. De hombre vivió cordialmente al aupamiento feliz de su patria. En la extremidad de los años, el comienzo de la caída en cascada de muchos valores consagrados. Eurípides ha hecho de buena parte de su teatro un documento de esa crisis, un aviso de que "donde fuerza viene, derecho se pierde" o de otras tesis del tiempo no menos corrosivas. Le dan ocasión para hablar con variedad de las tensiones entonces bullentes y, como se defendía y ofendía muy bien, sabe colocar donde conviene pensamientos y argumentos nítricos.

Sófocles no era así. No hay en su teatro una crítica de su tiempo, ni de sus convillanos —que nunca anduvieron torcidos con él—, sino la comprensión ingenua del sentido de la época, cuyo aire respiraba. Habita en él la fe creadora, operante, en el cosmos político, que era también a sus ojos un cosmos divino. Su teatro es, en cierto sentido, obra del pueblo; pero también el pueblo quería Sófocles que fuese obra de teatro que enseña que el individuo y la comunidad sólo prosperan cuando se estriban en un sentido sano, equilibrado, inteligente de sus relaciones mutuas. Es una sabiduría ciudadana sencilla, piadosa, pero, ahondando en ese pensamiento, profundiza en una ley de vida: toda transgresión contra la justicia de los dioses y la ciudad es también una transgresión contra el sentido de la vida misma. En esta ley chorrea fe nuestro poeta y, seguramente por ello, la tragedia sofoclea, inquilina de su propia contemporaneidad y tan adicta a su tiempo, pudo levantarse hasta la altura de lo válido para todos los tiempos, como monumento de humanidad sin edad, nunca aviejado, como norma siempre vigente, como obra clásica . La actualidad auténtica del clasicismo de Sófocles se reconoce en que, en lugar de sacrificarse a su tiempo —como lo castizo y lo pintorescamente local—, lo domina y actúa sobre él como norma viva. Pero el orden perfecto que tal arte levanta, así en las formas como en el espíritu, es clásico porque debajo de su perfección percibimos el estremecerse de fuerzas que valdría la pena ordenar y dominar. Pues si pudo levantarse hasta una altura clásica es porque sus raíces se hundían profundamente en el suelo de su tiempo y cabrían la ancha superficie de la cultura presente y pasada de su pueblo. Este carácter y gesto apropiatorio me parece que es un rasgo típico, un signo verdadero de lo clásico.

Así, en cualquier tragedia, Sófocles nos significa un ejemplo de arte clásico por excelencia; pero no sólo reiterando la causa de ello, porque el talante clásico le viene de natural cosecha a un poeta clásico. Hallo algo más. El clásico Sófocles no se dirige a sus conciudadanos como vocero de una misión personal, de una sabiduría y voluntad personal. Lo que en su teatro más nos suspende y deleita es este supremo placer: que posee el carisma de aquellas obras raras que efunden de personalidades geniales, pero que trascienden a sus creadores para convertirse en objetos suprapersonales. Sin duda porque tales obras descubren un mundo viejo como el mundo y en su respeto se envejecen. Esta alta autoridad es, en la tragedia griega, la del Mito, el conocimiento de los sucedidos llenos de sentido y de las acciones ejemplares de los ayeres pretéritos. La autoridad del Mito parecía haber perdido —o embotado—sus aceros mejores, oscurecida por las luces de la Ilustración contemporánea, representada principalmente por los sofistas; pero la tragedia supo revalidarla y darle un diseño permanente. Con relación a los otros dos trágicos mayores, la tragedia de Sófocles acusa dicha revalidación con evidente superávit.

La armonía de Virgilio

Hemos prometido hablar también de Virgilio. Lo haremos brevemente porque, después de todo lo dicho sobre Sófocles, creo que cualquier lector familiarizado con el poeta romano reconocerá sin dificultad que la forma poética de la Eneida incorpora un clasicismo semejante al de la forma poética de Sófocles. Reorganizando Virgilio su lengua vernácula hasta en los pormenores mínimos, acierta a hacer de su poesía una lección de harmonía, de gusto, de bellaza humana sostenida y moderada. Pero yo quiero referirme ahora a cierta particularidad del clasicismo virgiliano que, si no yerro, está llena de sentido para cualquier clasicismo posterior, de los varios en los que, en una siempre renovada "realización" del ser en que por primera vez se realizó lo clásico entre tos griegos, se ha prolongado y desplegado a lo largo de la historia de nuestra cultura.

En el griego Sófocles lo clásico se nos aparece como presencia , como algo que es. Lo que el arte de Sófocles preserva no es el esfuerzo individual del artista, sin duda muy grande, sino el resultado feliz de la tarea. En Virgilio lo clásico se nos aparece no como el ser, sino como el devenir, el esfuerzo por llegar a ser. La obra virgiliana adviene clásica conforme aumenta su bulto, desde los inicios hasta la Eneida . Virgilio va granándose como un clásico desde el poeta hasta el vate, desde los vuelos de aguilucho de un poeta juvenil hasta el poeta soberano de la Eneida . Todavía en las Bucólicas ciertos rasgos del plan de la obra y de la visión del paisaje no son todavía plenamente clásicos. No menos, sino mucho más, se percibe el resabio no clásico en la sustancia poética de la obra, que son los sentimientos personales del amoroso aquel que fue nuestro poeta. La huella ordenadora de una mano clásica se siente ya, desde luego. Virgilio poseía ya unas cualidades que el favor de Mecenas, su amigo, y del tiempo, su amigo también, pulirían y precisarían. Como así fue, en efecto. Las Geórgicas , poema didáctico, son ya la inspiración de una Musa política: la imagen de una naturaleza sabiamente cultivada es el símbolo del orden soñado para el nuevo Estado imperado por Octavio. Cuando compone la Eneida , Octavio había desaparecido y había comenzado la era de Augusto, el dios de quien Virgilio es misionario: magnus ab integro saecolorum nascitur ordo . La Eneida es poesía clásica en todo. Lo clásico, pues, posee en Virgilio, junto a su significación suprapersonal, otra personal, que en Sófocles no tenía, o al menos no se dejaba ver. Es no solamente medio de educación política, sino también fin de una formación personal, edición de las huellas de una vida. Y en tanto que la forma clásica une el impulso vivencial de un alma camino de su perfección con aquel otro más general de formación espiritual, la forma clásica sirve de liberación. Sirve otrosí de religión. La entrega a la grata comunicación con las Musas se hace, en la forma clásica, unión con el Bien y liberación, y así lo clásico —bastante antes que en Goethe— reviste una función religiosa...

Otras cuestiones a propósito de lo clásico debo dejarlas por ahora en el aire; reclamarían largo espacio. Así, la relación entre lo clásico en la literatura y en las demás artes, como la plástica. También, la relación entre lo clásico y sus extrarradios preclásico y postclásico. Sobre todo, la relación espiritual entre lo clásico griego y sus renacimientos , esto es, hacernos cuestión del sentido profundo que, en la vida histórica y en la individual, tiene eso que se ha llamado ritorno all"antico y que no es sino el retoñar del viejo tronco en nuevas encarnaciones, expansiones y renuevos. Lamento muy particularmente no poder emplearme ahora en otro diseño, discutir las posibilidades, en nuestro y desde nuestro hoy, de un nuevo Clasicismo, del que tanto se habla. Que habría de estar lejos de una imitación servil va de suyo y más arriba quedó declarado en inciso. Lo que importa subrayar es que exigiría una previa síntesis ordenadora —de lo que hay que apreciar y de lo que hay que despreciar— del haber espiritual europeo, en la que casi todo tuviera asignado su lugar justo y sólo algo, poco, quedara fuera. Pues el arte clásico es reconocimiento de jerarquías; pero rechaza igualmente a quien es incapaz de reconocer, junto a la grandeza de las cumbres, la significación de ciertas colinas.

 

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29/06/2005 ir arriba
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