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LA VIGENCIA DEL MITO DE EDIPO (Mar Uriarte)

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LA VIGENCIA DEL MITO DE EDIPO

Antes de que Edipo naciera el oráculo de Delfos había vaticinado que Layo, el rey de Tebas, moriría a manos de su hijo y que luego éste se casaría con su madre.

Por Mar Uriarte

El mito de Edipo

Antes de que Edipo naciera el oráculo de Delfos había vaticinado que Layo, el rey de Tebas, moriría a manos de su hijo y que luego éste se casaría con su madre. Ante tan terrible pronóstico, cuando la esposa de Layo, Yocasta, dio a luz a su primer hijo, Layo tuvo miedo, y entonces, encargó a un fiel sirviente que matara al niño, pero, por el horror que le producía la orden, el criado no cumplió su cometido, solo perforó los pies del bebé y lo colgó con una correa de un árbol situado en el monte Citerón.

Por ese lugar pasó Forbas, un pastor de los rebaños del rey de Corintio, escuchó el llanto del bebé y lo recogió entregándoselo para su cuidado a Polibio. La esposa de Polibio, Peribea (Mérope en la tragedia de Sófocles), se mostró encantada y lo cuidó con cariño en su casa, dándole por nombre Edipo, que significa "el de los pies hinchados".

Edipo creció bajo el cuidado de Polibio y Peribea, era muy ágil en todos los juegos gimnásticos levantando la admiración de muchos oficiales del ejército que veían en él a un futuro soldado. Uno de sus compañeros de juegos, lleno de envidia por las capacidades de Edipo lo insultó y le dijo que no era más que un hijo adoptivo y que no tenía honra. Atormentado por las dudas, Edipo preguntó a Peribea, pero ésta, mintiendo, le dijo que ella era su auténtica madre. Edipo, sin embargo, acudió al oráculo de Delfos, éste le pronosticó que mataría a su padre y se casaría con su madre, y le aconsejó que nunca volviera a su país. Al oír esas palabras Edipo prometió no volver jamás a Corinto, creyendo que estaba allí su origen, y emprendió viaje hacia Fócida. Cerca de Delfos encontró en un camino estrecho cuatro personas que le impedían el paso, entre ellos un anciano arrogante. Se entabló una disputa y Edipo mató al viejo sin conocerle. Éste era Layo, su verdadero padre.

Una nueva calamidad cayó entonces sobre Tebas sin rey: la Esfinge. Este monstruo tenía cabeza de mujer, voz de hombre, cuerpo de león y alas de pájaro, devoraba a cuantas personas no acertaban a descifrar los enigmas que les proponía. Creonte, el rey de Tebas, prometió dar la mano de su hermana Yocasta y el trono a aquel que consiguiera resolverlos: “¿Cuál es el ser que anda ora con dos, ora con tres, ora con cuatro patas y que, contrariamente a la ley general, es más débil cuantas más patas tiene?“. Había también otro enigma: “Son dos hermanas una de las cuales engendra a la otra y a su vez es engendrada por la primera”. Edipo, que deseaba la gloria más que nada, dio respuesta a los misterios de la Esfinge diciendo que la respuesta al primero es: “el Hombre”; pues en su infancia anda sobre sus manos y sus pies, cuando crece solamente sobre sus pies y en su vejez ayudándose de un bastón como si fuera un tercer pie. La respuesta al segundo es “El día y la noche” (el nombre del día es femenino en griego, es pues la “hermana” de la noche). La Esfinge, enormemente furiosa, se suicidó abriéndose la cabeza contra una roca.

Entonces Edipo se casó con Yocasta y vivieron felices durante muchos años. Tuvieron cuatro hijos: Etéocles, Polinice, Antígona e Ismene. En un determinado momento, las cicatrices de los tobillos de Edipo, revelan su identidad a Yocasta. Sófocles cambia esta versión: Un día hubo una gran peste que arrasó a toda la región sin que tuviera remedio alguno, el oráculo de Delfos informó de que tal calamidad sólo desaparecería cuando el asesino de Layo fuese descubierto y echado de Tebas. Edipo, como buen rey que era, animó concienzudamente la investigación, fulmina contra el autor del crimen una maldición e interroga al adivino Tiresias para averiguar quien es el culpable. Esta maldición acabará cayendo sobre su propia cabeza: él era quien había matado a Layo, su padre y se había casado con Yocasta, su madre.

Yocasta, después de este descubrimiento se suicidó y Edipo, abrumado por la gran tragedia, creyó no merecer volver a ver la luz del día y se sacó los ojos. Sus dos hijos, impíos, le expulsaron de Tebas y Edipo se fue al Ática, acompañado de Antígona, su fiel lazarillo, que le facilitaba la tarea de encontrar alimento y le daba el cariño que requería. Una vez, cerca de Atenas, llegaron a Colono, santuario y bosque dedicado a las Erinias, que estaba prohibido a los profanos. Los habitantes de la zona lo identificaron e intentaron matarlo pero las hermosas palabras y las lágrimas de Antígona, pudieron salvar su vida. Edipo pasó el resto de sus días en casa de Teseo, quien le acogió misericordiosamente.

Existen variaciones del mito, por ejemplo que el asesinato se descubrió porque Edipo le enseñó a Yocasta el cinturón del anciano al que había matado; y otra versión afirma que murió en el propio santuario de Colono, pero antes de expirar Apolo le prometió que ese lugar sería sagrado, estaría consagrado a él y sería extremadamente provechoso para todo el pueblo de Atenas.

En la Iliada también Homero habla de Edipo, cuenta que reinó en Tebas hasta su muerte, y alude a su incesto, pero no se dice nada de que sus cuatro hijos fueran fruto de esta unión.

Edipo en la literatura clásica

Este es el marco del mito griego a partir del cual Sófocles construye su Edipo rey, se la considera la más perfecta obra del teatro griego, y junto con Antígona una de las más bellas. El asunto central es el descubrimiento del verdadero origen de Edipo. Sófocles escribe otra tragedia: Edipo en Colono , su testamento espiritual, que es una continuación de la primera y donde se narra la llegada de Edipo al Ática, región de la antigua Grecia que tenía como capital a Atenas.

Desde que Esquilo apuntó en su Prometeo las leyes del páthei máthos (comprensión a través del sufrimiento) se dramatizaron las vías del conócete a ti mismo . Para Sófocles, el saber trágico es la tensión del conocimiento: conocimiento del hombre y del espacio trascendente que lo envuelve, escisión entre verdad y realidad. El interrogante que el mito de Edipo plantea es todavía el nuestro, está inscrito en nuestra cultura y en nuestra visión del mundo. “Los mitos griegos son una especie de taquigrafía cuya economía origina ilimitadas variaciones pero que en sí misma no necesita ser reinventada”. El mito y su trascendencia poseen la dinámica de la repetición, ese “preguntar de nuevo” a través del tiempo; de aquí su eterno retorno, su vigencia, su fecundidad.

Edipo es el que quiere saber. Alguien superior que ha vencido a la Esfinge desvelando sus enigmas por medio de la razón. Por eso se convierte en el rey de Tebas, aportando bendición y riqueza.

Pero, por otra parte, es también el hombre que no quiere aceptar ninguna ilusión, que saca a la luz unos actos terribles que él mismo ha cometido, provocando así su ruina. ¿Pero hasta que punto no es culpable?, Edipo ha matado a una persona, que resulta ser Layo, solo por soberbia. Aunque no sabe que ha sido el oráculo funesto dictado a su padre quien le ha llevado a consumar ese parricidio y el incesto con su propia madre:

¿Qué es mi misión sacar a la luz?, ¿Qué soy, y cuál es mi propio ser? .

Tiresias, el adivino ciego, es quien conducirá a Edipo a descubrir su origen y su destino nefasto:

Tiresias:

Me voy; pero diciendo antes aquello por lo que fui llamado, sin temor a tu mirada; que no tienes poder para quitarme la vida. Así, pues, te digo: ese hombre que tanto tiempo buscas y a quien amenazas y pregonas como asesino de Layo, está aquí, se le tiene por extranjero domiciliado; pero pronto se descubrirá que es tebano de nacimiento, y no se regocijará al conocer su desgracia. Privado de la vista y caído de la opulencia en la pobreza, con un bastón que le indique el camino se expatriará hacia extraña tierra. Él mismo se reconocerá a la vez hermano y padre de sus propios hijos; hijo y marido de la mujer que lo parió, y comarido y asesino de su padre. Retírate, pues, y medita sobre estas cosas; que si me coges en mentira, ya podrás decir que nada entiendo del arte adivinatorio.


Tiresias es ciego por haber contemplado aquello que está reservado a los dioses. Para Edipo, la verdad, la luz, es todo aquello de lo que es consciente; es decir, todo lo que está sometido a su voluntad y a su conocimiento. Para Tiresias, en cambio, la verdad es también todo lo que no puede ser abarcado por la mirada, lo que se le sustrae. Para Edipo la verdad es todo lo que queda encerrado en la esfera humana; y para Tiresias, lo que queda fuera. Lo que para uno es luz, para el otro es noche. En el momento en que Edipo es consciente de la verdad que le había sido ocultada, se arranca los ojos, entrando en un nuevo mundo de significados. La ceguera ha estado simbólicamente interpretada como signo de una revelación: adviene a quien ha cambiado la luz exterior por la luz interior.

Edipo:

Que no sea lo mejor lo que he hecho, ni tienes que decírmelo ni tampoco darme consejos. Pues yo no sé con qué ojos, si la vista conservara, hubiera podido mirar a mi padre en llegando al infierno, ni tampoco a mi infortunada madre, cuando mis crímenes con ellos dos son mayores que los que expían con la estrangulación. Pero ¿acaso la vista de mis hijos engendrados corno fueron engendrados podía serme grata? No, de ningún modo; a mis ojos, jamás. Ni la ciudad, ni las torres, ni las imágenes sagradas de los dioses, de todo lo cual, yo, en mi malaventura siendo el único que tenía la más alta dignidad en Tebas, me privé a mí mismo al ordenar a todos que expulsaran al impío, al que los dioses y mi propia familia hacían aparecer como impura pestilencia; y habiendo yo manifestado tal deshonra como mía, ¿podía mirar con buenos ojos a éstos? De ninguna manera; porque si del sentido del oído pudiese haber cerradura en las orejas, no aguantaría yo el no habérselas cerrado a mí desdichado cuerpo, para que fuese ciego y además nada oyese, pues vivir con el pensamiento apartado de los males es cosa dulce. [...]


Y al final:

El relator:

[...]
El entonces arrancó los broches de oro que adornaban sus ropas, y enseguida los clavó en sus ojos, exclamando que así ya no vería más, ni su miseria, ni su crimen En la oscuridad no volverían ver a quien no debía ver, y que mejor jamás hubieran visto. Gritando así se punzaba los ojos una y otra vez, la sangre que corría le bañaba hasta la barba, no eran gotitas lo que fluía de sus ojos, era un torrente oscuro, como una granizada de sangre. En todo esto ambos fueron los artífices, y la desgracia acabó con la mujer y con el hombre. Su antigua felicidad fue en su momento verdadera. Ahora no es más que culpa, muerte, vergüenza, de todos los males que tienen nombre, ninguno falta.


El precio que paga Edipo en su camino hacia el saber es el exilio. Ciego, viejo y mísero es desterrado en un paisaje espiritual donde coinciden la esencia y la apariencia, lo verdadero y lo falso que reinan en ambos mundos, soportando su contradicción. Este es el enigma trágico por excelencia. Un no-lugar que está simbolizado por el errar lejos del mundo de los dioses y de los hombres. Este es uno de los motivos más apasionantes del mito y uno de los puntales de reflexión en nuestro tiempo.

De la tragedia del rey sabio nos queda su dolor y su grandeza más allá del bien y del mal. La lección que nos enseña es su desamparo y su lucha para lograr la conciliación. La belleza está en los versos, porque es en la poesía donde la conciencia trágica encuentra la expresión de su pensamiento: su atmósfera nos hace sentir la tensión y la desventura que se esconden tanto en un fragmento cotidiano de realidad como en la vida del universo. El sentimiento de sympatheia (“sufrir con”) que nos embarga, nos hace reencontrarnos con nuestros orígenes y dejar que la inmensidad se instale en nuestra sencilla existencia.

En general, todas estas obras maestras del teatro griego no nacieron de la nada, sino que estuvieron inspiradas en las historias de la mitología griega que, al pasar de boca en boca y difundirse a través del tiempo, contaron con muchas versiones diferentes, versiones que a pesar de su diversidad, cuentan siempre un tema recurrente: la relación de Edipo con sus padres.

En su poética, Aristóteles (384?-322) elogia el Edipo Rey de Sófocles, considerándola como la más típica de las tragedias, con una estructura dramática perfecta. Piensa que es el modelo a seguir por todos los que quieran elaborar textos teatrales. Algunos críticos exaltan el ingenio con que en la obra, se desarrolla el argumento, excitando la imaginación del espectador.

Desde el punto de vista filosófico, el drama de Sófocles afirma que el dolor es el contribuyente básico de la naturaleza humana. A través del cual el hombre encuentra toda su verdad, y se libera de las culpas que lo atormentan. Esquilo, en las leyendas del ciclo tebano, muestra una visión ética del mundo que gira en torno al tema de la “maldición familiar”. Así, ambos autores tienen una noción diferente de culpa. Para Esquilo, es una culpa heredada, que continua sobre todas las generaciones malditas y. para Sófocles es una verificación trágica universal.

A lo largo de los siglos, otros autores, como Eurípides (480-406 a.C), Séneca (3 a.C.-65 d.C.) y Corneille (1606-1684), retomaron el tema. En la música, Mendelssohn (1809-1847), Mússorgsky (1839-1881) y Stravinsky (1882-1971), entre otros, dedicaron partituras a la leyenda del hombre que trató de burlar al destino. En las artes plásticas, el mito ha sido muy representado. Aparecen algunos vasos y relieves, especialmente en urnas funerarias. Las representaciones plásticas más numerosas se refieren al encuentro de Edipo con la Esfinge que, apoyada en una roca, enuncia su enigma.

En esta leyenda tan dramática hay mucho prejuicio, facilitado por tanto oráculo. Quizá las cosas han cambiado y la perspectiva actual no es la misma que la del mundo griego, dominado por la idea determinista de la fatalidad, los tiempos cíclicos y, sobre todo, los aconteceres ya predeterminados por los vaticinadores. Pero no hay que olvidar que las enseñanzas de la mitología tienen una validez permanente y, por lo tanto, deben interpretarse con los matices que pueda darle el tiempo en que se recrean. En esta historia hay aprensiones, adquiridas por la creencia en lo que dicen los adivinos. Y son, precisamente estos temores preconcebidos, los que alteran la libertad, los que conducen por derroteros equivocados la conducta hasta el sarcasmo, hasta el drama... Como Edipo y Layo que, sin complejos, llevaron hasta la exasperación la fatalidad de sus prejuicios.

 

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29/06/2005 ir arriba
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