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LA HUMANIDAD COMO LEY ARTÍSTIC (Wolfgang Schadewaldt)

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LA HUMANIDAD COMO LEY ARTÍSTICA

Ante lo clásico experimentamos un poder liberador que nos sitúa en la distancia justa frente al objeto o figura contemplados

Conferencia pronunciada por Wolfgang Schadewaldt en 1930, (la última edición en Das Problem des klassischen und die Antike , Stuttgart, Teubner, 1961), junto a su maestro Werner Jaeger.



La naturaleza del clasicismo es uno de los secretos que nos rodean y sin los que no podemos vivir. El clasicismo antiguo es una de esas cosas serias que el hombre, en palabras de Platón, puede conocer a fuerza de vivirlo y, tal vez, mostrarlo, pero jamás hablar ni escribir sobre ello.

El concepto de clasicismo

Quiero, efectivamente, mostrarles lo que fue el clasicismo, y lo que siempre seguirá siendo. Para ello tomaré, primeramente el concepto de clasicismo hasta que distingamos a lo lejos la silueta de su naturaleza. Y para que no piensen que cometo un error al desviarme de un modo quizá demasiado consciente y temerario del camino que habitualmente se sigue, quiero mostrarles, ya al comienzo, la meta a la que quiero conducirles. Pretendo rescatar nuestra concepción de lo clásico, devolviendo a la palabra el ámbito que le corresponde. Sus limites se extienden desde un modelo estético, hasta las profundidades del ser humano, perdiéndose en la lejanía de la vida histórica, real y concreta.

Todos llevamos dentro la imagen de lo clásico, que, recogida en nuestra memoria, resucita, ya pensemos en la tragedia de Sófocles o en el friso del Partenón. Ante lo clásico experimentamos un poder liberador que nos sitúa en la distancia justa frente al objeto o figura contemplados. Sin exigir para ello más que una participación espiritual, tal figura irradia de su candidez una tranquila profusión de felicidad interior. Armonía de la línea que no engaña, tamaño de la construcción que no abruma, emoción de vida interior y exterior que no arrastra consigo, seriedad solemne sin gravedad, complaciente gracia que no juguetea. Todo ello son caracteres y notas de la nobleza clásica a la que involuntariamente tributamos respeto y que nos induce a la autoestima. Ante la obra clásica surge una confianza serena en nosotros mismos, una relajación de nuestro ser íntimo que aspira a elevarse hacia lo que verdaderamente es. Éste es, a mi juicio, el efecto de una obra clásica.

Intentos de explicación

Wölfflin explicó y describió la naturalaza de lo clásico basándose en el Renacimiento con admirable y delicada prevención de toda violencia conceptual. Estableció el criterio de que lo clásico se capta mejor en las artes figurativas y, sin duda, las artes figurativas evidencian la naturalaza de lo clásico de un modo más inmediato y claro que la poesía, pues el lenguaje de las formas visibles es más sencillo y claro que el lenguaje de la palabra.

Para explicar el fenómeno de lo clásico, se suele establecer una oposición, una polaridad entre dos fuerzas moldeadoras incompatibles entre sí; sin embargo, el arte clásico se concibe como obra objetiva, donde toda oposición está superada y toda polaridad compensada y terminada. Estas oposiciones se establecen en razón de categorías múltiples que en nuestro pensamiento actual se han hecho corrientes: por ejemplo, idea y realidad, unidad y diversidad, libertad y necesidad, reposo y movimiento o espíritu y naturaleza. Se caracteriza al arte clásico como «intento siempre memorable de dar un equilibrio real entre el si y el no, como la forma que vive... incondicionalmente en lo condicional» (W. Pinder). Se atribuye al espíritu clásico, en oposición al romántico, el poder de «armonizar la oposición de espacio y tiempo» (F. Strich).

Estos intentos de explicación de lo clásico no son desacertados. Pero es preciso ver, detrás de estas contraposiciones, lo que verdaderamente encierra el arte clásico. G. Rodenwaldt, por ejemplo, llama clasicismo a la capacidad de hacer compatible una estilización de la naturaleza con su imitación rigurosa. De esta manera pretende superar el subjetivismo que amenaza a la contemplación artística. L. Curtius descubre en las obras clásicas de distintas épocas un impulso hacia lo ilimitado, gobernado y regido por la medida humana que, inscrita en la forma de las obras de arte, mantiene la unidad de la obra clásica. No hay duda de que tales indicaciones, que sirven como principios metodológicos para el estudio de las artes figurativas y de la poesía, considerados como intentos de expresión de un fenómeno espiritual, que es en el fondo inexpresable, son todos necesariamente insuficientes y parciales.

El peligro del relativismo

Existe un peligro que consiste en tomar el concepto de lo clásico del terreno histórico, en el que se ha desarrollado, y trasladarlo al ámbito de la teoría estética general. De esta manera, lo clásico aparece como un fenómeno histórico, cayéndose así en el relativismo. Se convierte en categoría formal general aplicable a cualquier periodo histórico. Queda degradado a una sombra sin substancia y sin referencia profunda a la vida. En esta evaporación del concepto, es significativo el intento de incluir lo clásico en una amplia polaridad del espíritu. Así clasicismo y romanticismo, o clasicismo y gótico, representarían los dos polos entre los que oscila en el ritmo de la historia la forma del hombre occidental o incluso del mundo. Lo clásico se opone unas veces a lo romántico y otras a lo gótico y a lo barroco. Esto, como veremos más adelante, es falso.

Desprovisto de tal modo de su substancia propia, el concepto de lo clásico ha sido víctima también de la biología cultural general. Spengler ha extraído las consecuencias de esta perspectiva: se trata de descubrir las «almas culturales» preclásica, clásica y barroca en las diferentes substancias culturales. Así habría tantos clásicos como culturas. Tal «florecimiento» se realiza como el crecimiento y la muerte propios de las leyes biológicas. El clasicismo se ve como un estadio transitorio meramente morfológico, no como algo innovador y original, sino únicamente el resultado del destino histórico.

Lo clásico como modelo

Ahora podemos aproximarnos por otro camino al fenómeno del clasicismo. Se trata de abandonar el camino de la teoría general del arte o el de la especulación morfo1ógica de la historia, y recorrer nuestra historia y nuestro pasado espiritual. Werner Jaeger ha mostrado la dirección adecuada mediante su nueva y profunda reflexión acerca de la naturalaza del concepto de civilización emparentado con el de clasicismo.

Incluso cuando se comete el error de elevar el concepto de lo clásico a una categoría formal general, pervive en ello algo que es propio de la antigua cultura. Ese algo ha dejado huella en el clasicismo alemán. Tal como han entendido la palabra los dirigentes de aquel movimiento cultural, encierra en su núcleo un significado que en la actualidad se considera poco científico y que todavía vive esencialmente en el uso popular de la lengua.

Lo clásico no se entiende entonces como categoría formativa, sino como un valor formal máximo . Decir «clásico» es lo mismo que decir «valido como muestra», «ejemplar», «modelo». En este sentido hablaba la elocuencia del siglo XVIII de autores clásicos como aquellos que representaban ejemplos prácticos de estilo, y en este sentido, el humanismo de Winckelmann y de Goethe confiere al arte antiguo el carácter de clásico como algo absoluto.

Concebido como un ejemplo o una muestra, el concepto de clásico se abre a distintos aspectos. En primer lugar, deja de pertenecer a la esfera puramente teórica, de tal modo que ya no puede concebirse como pura categoría formal: pertenece, por el contrario, al ámbito de lo práctico. Al ponerse un objeto como modelo reconocible, se pone a la vez a un sujeto, resuelto a dejarse modelar y refinar mediante la contemplación creadora de este objeto a la que antes me refería. En rigor, el clasicismo no se opone al romanticismo o al gótico; lo clásico sólo puede oponerse a lo no clásico. Lo clásico es excepcional, único, paradójico. Lo excepcional y lo normal a un tiempo.

En segundo lugar, lo clásico, concebido como ejemplo y modelo, presupone una convención, un acuerdo, en razón de la cual un objeto de arte es considerado precisamente como clásico. Si digo de una obra de arte que es clásica, eso equivale a decir que se ha reconocido y se reconoce como ejemplar. El reconocimiento significa que una comunidad ha determinado considerar aquella obra como clásica. Esta elección y selección la hacen los espíritus sobresalientes de las diferentes épocas, quizás inconscientemente, pero siempre de modo unánime, y el proceso por el que esa elección se hace y se nos comunica no es otra cosa que lo que llamamos tradición. La tradición se entiende, no como una persistencia mecánica e inerte –la conservación verdadera implica renovación–, sino como el principio constructor, más aún, creador de la historia.

Decir de algo que es clásico no significa someterlo a determinadas categorías formales, sino valorar el juicio que de ese algo nos han dado nuestros antecesores y que no es otra cosa, repito, que la tradición.

Clásico es el arte al que épocas de nuestro pasado han considerado como digno de ser modelo para la formación y modelación de la vivencia humana intensa. En este sentido, es clásico, en primer lugar y en general, la antigüedad misma, en cuya sucesión se ha formado la Europa de la Edad Media y de los tiempos modernos; ella constituye una unidad espiritual, y lo que ha producido en figuras que permanecen a través del tiempo, lleva desde Homero hasta Nono y Ausonio los rasgos clásicos en impresión y agudeza variables. Cuando se dice simplificando «la antigüedad», indudablemente se piensa en distintos representantes individuales que fueron ejemplos destacados en distintas épocas. Estos se reúnen en grupos temporales y reconocemos en segundo lagar, varias épocas que se destacan sobre la antigüedad clásica total formando un valor clásico especial, un clasicismo por excelencia. Son tiempos de grandes síntesis, tiempos en los que el empuje creador, seguro de si mismo y caprichoso, se eleva a un rango espiritual, donde renuncia a una expresión «inmediata» y busca la propia originalidad en la plasmación de lo espiritual de la idea. En este sentido propio son clásicas la épica de Homero, considerado durante casi toda la antigüedad como guía y maestro; el arte ático del siglo V hasta la prosa del siglo IV, a los que ha recurrido la antigüedad hacia el cambio de nuestra era a través del helenismo.

Por último, el conjunto de escritos, especialmente la poesía de la Roma de Augusto, que en lo sucesivo constituyó un ejemplo para el ámbito de la lengua latina mientras duró la antigüedad y posteriormente en la Edad Media. El reconocimiento de estos clásicos por excelencia se apoya de nuevo en el juicio de la tradición. Pertenece a la naturaleza de estos clásicos por excelencia que sean a la vez telos y arche , perfección y nuevo comienzo.

Tanto el clasicismo ático como el de la época de Augusto son, en su clase, Renacimientos. Y por esto mismo, los Renacimientos occidentales se presentan unidos al clasicismo antiguo. En ellos renacen el espíritu y la forma de lo clásico en contacto creativo espiritual con el pasado, partiendo del alma y la fuerza de una nueva época y de un pueblo propio. Puede decirse que todo clasicismo esta determinado y limitado por el hecho de repetir las formas clásicas como tales formas, sólo por el placer de hacerlo.

La revisión del concepto

Parece que volvemos de las teorías sobre la naturalaza de lo clásico a la palabra misma. ¿Qué hemos adelantado? El concepto se ha concentrado en sí mismo, su ámbito de uso se ha estrechado, pero su valor y su fuerza han aumentado. Mientras que casi siempre se habla de una naturaleza abstracta de lo clásico, el análisis del concepto nos ha enseñado que la naturalaza de lo clásico aparece ante todo en su validez práctica. Clásico es lo que –para nosotros– vale como clásico. Con este «nosotros», me refiero a la comunidad cultural greco-europea, tal como está unida por destino y tradición. El clasicismo es un hecho y una obra histórica extraordinaria, que radica en la substancia espiritual de una determinada cultura, la antigua. Esta cultura nos ha sido dada en objetos históricos con Homero, Sófocles, Fidias, Platón, Demóstenes, Cicerón, Virgilio y Horacio y en ellos hemos de reconocer y describir ese clasicismo. La historia de Occidente ha atribuido a estas obras un valor por encima de la historia como muestras y modelos. Así se desarrolla el clasicismo como una forma determinada de vida espiritual, que sigue estando presente, tanto si la afirmamos como si la rechazamos –también la recusación es reconocimiento–, y que no podemos ignorar.

Surge, entonces, una nueva pregunta. Lo clásico, lo que vale como modelo, ¿posee efectivamente una fuerza secreta, que brota de los propios objetos llamados clásicos y que como una corriente atraviesa las diferentes épocas históricas, o es todo una simple farsa de la casualidad histórica?.

La naturaleza, tal y como la conciben los griegos, es decir como eidos , se determina según ser y obrar, según ousia y energeia . Así, el valor que se atribuye a los objetos clásicos en las distintas épocas es una realización siempre nueva, precisamente «histórica», del ser. Pues lo que una vez fue creado, sigue viviendo y actuando en la historia, y esto no puede considerarse un juego de azar. La misma naturaleza surca el interior del tiempo, originando nuevas dimensiones en la historia. La validez de lo clásico continúa en el espíritu, lo que el clasicismo era y es por naturaleza.

Ser y valor clásicos

Al llegar a este punto podemos considerar un nuevo aspecto del concepto de lo clásico. Este concepto nos permite distinguir el «ser clásico» del «valer como clásico», o lo que es lo mismo, la consistencia ontológica y la realización práctica de lo clásico. El valor remite a una naturaleza especifica que es la que lo hace valer y, esa naturalaza posee una estructura que es preciso delimitar.

Esta estructura ha sido explicada anteriormente en tres puntos bien definidos. El valor de lo clásico tiene su razón y su derecho interno en la naturaleza. Clásico, como dije antes, quiere decir valer como norma y modelo y, por tanto, encarnación del modelo y la norma en la naturaleza. Es un concepto práctico y «ético» tanto según su valor como según su naturalaza. Además, el valor de lo clásico presupone una comunidad y se transforma en un asunto «político». Finalmente, veíamos que el valor clásico es el resultado de la tradición, y que él mismo también actúa formando la tradición. Las categorías de la comunidad y de la tradición, como soporte viviente de la acción y mediador de la norma, no ocupan un lugar relevante en la estética. Parece como si la estética tuviera que ver con lo clásico, pero no lo clásico con la estética. Realmente la consideración de lo estético, de la aparición sensible de lo clásico, lleva más allá de lo estético si nos entregamos confiadamente a la impresión inmediata de la forma.

La armonía de lo clásico

La vivencia del arte clásico produce un efecto unánime en los observadores: la sensación de equilibrio ante fuerzas contrapuestas. Esta vivencia, fundamento de la estructura de la obra clásica, es lo que los griegos llamaron armonía . Al hablar de armonía pensamos primeramente en algo que causa bienestar y deleite, algo ante lo que se halla tranquilidad y descanso. Existe una ley secreta de la medida, que configura y modela en una inexpresable interrelación las líneas y las formas, de manera respetuosa y libre a la vez. La armonía une los elementos del arte en un orden visible. Tiene, como base profunda, la actuación de una voluntad ordenadora que enlaza las fuerzas de la vida en una unidad de sentido. De la armonía de la forma surge la norma. De esta manera somos capaces de percibir el clasicismo de cualquier apariencia sensible. Percibimos tras de lo bello ( kalon ) lo correcto y bueno, tras de lo sensible y material bien ordenado, la fuerza humana espiritual que lo ha configurado.

La esencia a través de lo bello

La tarea de cualquier arte consiste generalmente en dar forma a la vida interior, es decir, en transformarla en apariencia sensible limitada según la materia y los medios de que disponemos. El arte bárbaro –me refiero con este término a todo arte neoclásico–, aunque posee también valores profundos y ricos, pretende plasmar ciertos fragmentos de vida en la más clara arbitrariedad. Sus imágenes son imágenes de nuestro deseo y de nuestra propia debilidad: ¿cómo podríamos no quererlas? El arte clásico, en cambio, ha intentado abarcar la totalidad de la vida y repetirla en detalles. Abarcar la totalidad significa asignar a cada uno el lugar que le corresponde, limitar, ampliar, excluir, realzar. En pocas palabras, desempeñar las funciones de un juez o del demiurgo que mira la idea y crea e1 mundo. El arte clásico, el clasicismo, consiste precisamente en mostrar la unidad de lo múltiple y, por ello la naturaleza propia de la forma clásica es la justicia. El artista clásico es el legislador, quien en la palabra, en el sonido o en la piedra desposa la idea y la norma con la vida. El artista clásico no aspira a reflejarse en su obra, ha dejado su «yo» atrás. Su lenguaje es esclarecedor, su forma serena, su sabiduría sencilla y su verdad tan antigua como el mundo. Cuando, como a todo ser humano, le acosan los peligros de su humanidad, ahoga lo bajo y mezquino que ésta tiene en la imagen del bien. «La gran actitud de un autor se pone de manifiesto en que se digna no ver tanto», (Hofmannsthal). El artista clásico es capaz de levantar, en tiempos de crisis espirituales, modelos de vida de épocas anteriores que conservan la esencia auténtica de lo humano mediante el poder de lo bello.

El arte clásico lleva a cabo una organización espiritual del mundo, realiza un cosmos moral. ¿De qué manera? Quizás este intento se halla mostrado por primera vez en Homero, después en la Atenas del siglo V y más adelante en el Renacimiento.

Conclusión

Concluyo sin tocar más cuestiones, como podrían ser la relación entre lo clásico en la poesía y en el arte figurativo, el contacto espiritual entre clasicismo y renacimiento o la relación entre lo clásico con lo postclásico y aclásico. La posibilidad de un nuevo clasicismo, del que tantas veces se habla en la actualidad, reside en la capacidad de hacer propio el patrimonio espiritual europeo, poniendo cada cosa en el lugar que le corresponde. Si he de añadir un resumen de mis consideraciones, diría como conclusión: el clasicismo es la nobleza de la humanidad espiritual elevada a ley de la forma. Pues la substancia del hombre espiritual –ese genial descubrimiento de los antiguos griegos– no puede concebirse fuera de la forma clásica. En virtud de la humanidad que el arte clásico imprime, admiramos y respetamos el tributo de nuestros padres y antecesores. En virtud de la misma humanidad el arte clásico rechaza al adepto farisaico que desprecia a los otros. Pertenece a la esencia de lo clásico la disposición a la comprensión fraterna y amorosa. En él se ha convertido la idea del ser humano en certeza. Él ha llegado a conocer lo que mueve a los hombres y al mundo: dicta la norma de lo que el hombre es, de lo que debe ser, y de cómo debe superarse a sí mismo. Por ello se inclina ante todo lo humano como un órgano al servicio de la comprensión.


Publicado en el nº 8 de Atlántida

 

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29/06/2005 ir arriba
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