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CATÓN EL VIEJO (Marco Tulio Cicerón)

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CATÓN EL VIEJO

La obrita titulada Cato Maior o De Senectute figura entre el número de obras filosóficas escritas por Cicerón en los últimos años de su vida, durante la forzosa inactividad a que le redujo el régimen de César.

o De la vejez
Por Marco Tulio Cicerón

Traducción de Eduardo Valenti Fiol




NOTICIA PRELIMINAR

FECHA DE LA COMPOSICIÓN.— La obrita titulada Cato Maior o De Senectute figura entre el número de obras filosóficas escritas por Cicerón en los últimos años de su vida, durante la forzosa inactividad a que le redujo el régimen de César. De los datos que Cicerón mismo nos da en el prefacio del 2º libro De Divinatione, y de los contenidos en su correspondencia ( Ad Att. , XIV, 21), se deduce que fue compuesta en el año 44 a. de J. C., el mismo de la muerte del dictador. No es tan claro si su composición debe datarse antes o después del 15 de marzo, fecha del tiranicidio; pero el tono general del libro, de una tranquila serenidad, turbada sólo por vagas y no urgentes inquietudes, cuyo consuelo admite espera ( qaurum consolatio... est in aliud tempus differenda) , hace improbable la suposición de que Cicerón pudiera escribirlo en medio del torbellino de emociones que siguió a la desaparición de César. Tenemos, pues, como fecha más verosímil de la composición, los primeros meses del 44 a. de J. C., antes del 15 de marzo.

FUENTES. — La filosofía no era, ni con mucho, lo que más interesaba a Cicerón. Estudió la de joven para completar su educación y persuadido de la utilidad que reportaba al orador y al hombre de Estado; la formación filosófica era, pues, sólo un aspecto de la educación que convenía a un hombre que se sentía llamado a desempeñar un papel en la ciudad. Pero ya entrado en años, después de múltiples fracasos y desengaños, Cicerón descubre otra aplicación de la filosofía: la de contribuir a la felicidad humana. Cicerón se entrega, pues, al estudio de los filósofos griegos buscando en ellos la paz y la serenidad que las luchas civiles le han arrebatado.

Dado lo tardío de su vocación, se comprende que la significación de Cicerón en la historia de la filosofía sea exigua en cuanto a la originalidad de su pensamiento. No lo es tanto, sin embargo, en otro aspecto: el de transmitirnos noticias de muchos filósofos griegos cuyas obras hemos perdido para siempre. Cicerón escribe para el público romano, no familiarizado con la lengua griega y desconocedor de las obras de los grandes pensadores helenos. Sus tratados son, por lo común, resúmenes de lecturas o desarrollo de las ideas de otros autores. Así el problema de las “fuentes” se plantea en todos ellos.

En el Cato Maior pudo seguir las obras de Aristón de Ceos (citado en el proemio), Teofrasto, Demetrio Falereo; si los siguió y hasta qué punto, no podemos precisarlo, por haberse perdido las obras de estos autores. Otras influencias pueden señalarse: en los capítulos II y III se imita el diálogo entre Sócrates y Cefeo en la introducción de la República de Platón; en los caps. XVII y XXII se traducen pasajes de la Ciropedia y el Económico de Jenofonte; en el XXI se reproducen los argumentos sobre la inmortalidad del alma expuestos por Platón en el Fedón . Pero estos préstamos se combinan con multitud de pensamientos propios y ejemplos tomados de la historia patria, y en general puede decirse del Cato Maior que es de sabor marcadamente romano.

EL DIÁLOGO Y SUS PERSONAJES.— La obra está escrita, a la manera de Aristóteles más que a la de Platón, en forma de diálogo. Los personajes son Catón el Censor o el Viejo, Escipión Emiliano y Cayo Lelio, llamado el Sabio. La plática entre estos personajes se supone tenida el año 150 a. de J. C., un año antes de la muerte de Catón.

Marco Porcio Catón, bisabuelo de Catón de Utica, contemporáneo y amigo de Cicerón, vivió del año 234 al 149 a. de J. C. Nacido en Túsculo, de familia plebeya, fue en Roma un enérgico defensor de las tradiciones y costumbres antiguas, en lucha constante con las novedades que el trato con Grecia y el Oriente helenizado introducía en la ciudad. Su carrera política fue espléndida: cuestor el 204, edil el 199, pretor el 198, cónsul el 195, gobernador de España el 194 y censor el 184. Su gestión en este último cargo fue particularmente ruidosa, por haber usado sin ningún género de contemplaciones de la facultad que tenían los censores de borrar del censo de senadores y caballeros a todo aquel que por sus costumbres se hubiera mostrado indigno de su rango. Aparte de su importancia política, Catón ocupa también un puesto en la historia de la primitiva Literatura Latina. Orador enérgico, fue el primer romano que dió forma literaria a sus discursos y los publicó; escribió una obra histórica titulada Orígenes ; se conserva de él un tratado de agricultura, De Re Rustica, además de fragmentos de otras obras. Aunque enemigo de la cultura griega, a los 70 años aprendió esta lengua; gracias a esta circunstancia, pudo Cicerón, sin faltar demasiado a la verosimilitud histórica, poner en su boca tantos y tan sutiles argumentos sacados de la mejor tradición filosófica ateniense.

Publio Cornelio Escipión, llamado el Segundo Africano, era hijo por la sangre. de Lucio Emilio Paulo, el vencedor de Pidna, y por adopción, de Publio Cornelio Escipión, lujo a su vez del vencedor de Aníbal. Apasionado por la cultura helénica, reunió a su alrededor un círculo de intelectuales y artistas que influyeron decisivamente en el ulterior desarrollo cultural de Roma; entre ellos se contaron el historiador Polibio, el filósofo Panecio y el comediógrafo Terencio. También en política desempeñó un papel excepcional: él fue el definitivo vencedor de Cartago en la 3ª guerra púnica y el destructor de Numancia en España. En el tiempo en que se supone haber tenido lugar este diálogo, Escipión tenía sólo 34 años, y le faltaban tres para llegar por primera vez al consulado.

Cayo Lelio, llamado el Sabio, fue uno de los hombres más cultos de Roma y el más elocuente de su tiempo. Fue célebre su intimidad con Escipión, lo que dió lugar a que Cicerón le eligiera como protagonista de su diálogo sobre “La Amistad”.

CONTENIDO DEL DIÁLOGO.— Empieza la obra con un proemio dedicado a Ático, el íntimo amigo de Cicerón (1-3).

Empieza el diálogo: Escipión y Lelio expresan a Catón la admiración que les produce ver la manera como este soporta la vejez, y le invitan a hablar sobre este tema. Catón accede (4-6).

El discurso de Catón comprende: a) Consideraciones generales sobre el escaso fundamento de las acusaciones comúnmente hechas a la vejez; lo que hay que acusar no es la edad, sino el carácter y las costumbres (7-14).

b)Defensa de la vejez contra cuatro acusaciones particulares, a saber: 1ª La ancianidad impide la vida activa y la gestión de los negocios. Se contesta que los ancianos tienen sus ocupaciones propias (15-26). 2ª La vejez debilita las fuerzas del cuerpo; sí, pero queda compensado con el aumento de sabiduría y experiencia que dan los años (27-38). 3ª La vejez está privada de ciertos placeres; cierto, pero tampoco los desea, y por otra parte hay placeres de orden elevado que persisten hasta la edad más avanzada (39-65). 4ª La vejez es vecina de la muerte; pero la muerte no debe ser temida, antes bien, deseada, como término natural de la vida de este mundo y tránsito a otra inmortal y mejor.


CATÓN EL MAYOR, O DE LA VEJEZ
A TITO POMPONIO ÁTICO


Por MARCO TULIO CICERÓN


I. 1. Oh Tito, si mi ayuda en algo aliviare el cuidado que clavado en tu corazón te acongoja ahora, ¿qué premio me darás?(1) pues licito me es, Atico (2), dirigirme a ti con los mismos versos con que hablaba a Flaminino aquel varón, no de gran fortuna, pero rico en lealtad; por más que de cierto sé que no estás, como Flaminino, atormentado así, Tito, de día y de noche; pues bien conozco la mesura y serenidad de tu ánimo, y entiendo que de Atenas no trajiste sólo el sobrenombre (3), pero también cultura y prudencia. Sospecho, con todo, que algunas veces te sientes seriamente preocupado por las mismas circunstancias que a mí me inquietan (4); pero consolarte de ellas es cosa de mayor empeño, y hay que diferirlo para otra ocasión. Por el momento, me ha parecido bien escribirte algo sobre la vejez; 2. me propongo, en efecto, aliviarte a ti, y de rechazo también a mí, de esta carga de los años común a los dos, (5) que ya nos oprime o, en todo caso, nos amenaza de cerca; aunque estoy seguro que tú la llevas y la has de llevar con mesura y filosófica resignación, como haces con las demás. Pero, al resolverme a escribir algo sobre este tema, me ocurrias tú como digno de un don del cual ambos pudiéramos servirnos en común. A mí, en todo caso, tan deleitosa me ha sido la composición de este libro, que no sólo me ha borrado todas las molestias de la vejez, sino que aun me la ha hecho dulce y placentera. Nunca, pues, será la filosofía alabada como se merece, ya que habilita a quien le es obediente para pasar sin molestia todas las edades de la vida.

3.Pero de las restantes ventajas de la filosofía he hablado ya mucho y no me faltarán ocasiones para seguir hablando; ahora este libro que te dedico es sobre la vejez. He puesto el discurso entero, no en boca de Titón, (5) como hizo Aristón de Ceos (7) (pues habría poca autoridad en un mito), sino de Marco Catón el Viejo, para dar mayor peso a los razonamientos; y a su lado represento a Lelio y a Escipión admirándose de la facilidad con que soporta la vejez; y Catón les contesta. Y si te diere la impresión de hablar con mayor erudición de la que suele mostrar en sus libros, atribúyelo a las letras griegas, a las cuales consta que fue muy aficionado en sus últimos años. Pero, ¿para qué decir más? El discurso del mismo Catón va a desarrollar todo mi sentir acerca de la vejez.

II.4. ESCIPIÓN.— Muchas veces solemos admirarnos, yo y Cayo Lelio, aquí presente, de tu eminente y perfecta sabiduría en todas las materias, Catón; y especialmente de que nunca hayamos advertido que te fuera gravosa la vejez, ella que tan odiosa es a la generalidad de los ancianos, que dicen sostener una carga más pesada que el Etna.

CATÓN.— Me parece, Escipión y Lelio, que os maravilláis de una cosa nada difícil; porque toda edad es gravosa a los que en sí mismos ningún recurso tienen para vivir honrada y felizmente; en cambio, a los que buscan en sí mismos todos los bienes, nada que les sobrevenga por necesidad natural puede parecerles malo. A esta clase pertenece en primer término la vejez: todos desean alcanzarla, y al tenerla la vilipendian; tanta es la inconstancia y la perversidad de la insensatez. Dicen que se la han encontrado encima sin darse cuenta y más presto de lo que pensaban. En primer lugar, ¿quién les obligó a pensar falsamente? ¿y en qué va más aprisa la vejez en insinuarse en la juventud de lo que va la juventud en insinuarse en la niñez? Ademas, ¿cómo les había de ser menos pesada la vejez si llegasen a los ochocientos años, de lo que les es a los ochenta? Pues ningún lapso de tiempo, por largo que fuera, podría, una vez pasado, traer consuelo a una ancianidad insensata.

5.Por consiguiente, si soléis admiraros de mi sabiduría —que ojalá fuera merecedora de la estima en que la tenéis y de mi sobrenombre, (8)— os diré que en esto sí soy sabio, en seguir al mejor de los guías, la naturaleza, y obedecerla como a un dios; no es verosímil que, habiendo compuesto bien las restantes edades de la vida, se haya descuidado, como un poeta sin arte, en el último acto. Con todo, preciso era que hubiese un término, algo, por así decir, marchito y caduco, como en los frutos de los árboles y de la tierra cuando llegan a su madurez; y esto el sabio lo debe sufrir con paciencia. Pues, combatir a los dioses como los gigantes hicieron, ¿qué otra cosa es sino luchar contra la naturaleza?

6.LELIO.— Pues bien, Catón, nos darás un gran placer (y te lo aseguro también en nombre de Escipión) si, puesto que esperamos o por lo menos deseamos llegar a viejos, nos enseñares mucho antes los medios que nos han de hacer más llevadero el peso creciente de los años.

CATÓN.— Lo haré, Lelio, sobre todo si, como dices, os ha de ser grato a los dos.

LELIO.— Ciertamente, Catón; queremos, si no te es molesto, que después de haber, por decirlo así, recorrido un largo camino que también a nosotros nos toca emprender, nos hagas ver cómo es ese término al que tú has llegado.

III. 7. CATÓN.— Lo haré lo mejor que pueda, Lelio. Muchas veces, en efecto, he presenciado las lamentaciones de gente de mi edad (pues, como dice el viejo adagio, “cada oveja con su pareja”), las quejas de Cayo Salinator, de Espurio Albino, (9) personajes consulares, deplorando o la privación de placeres, sin los cuales tenían en nada la vida, o el menosprecio que sufrían de parte de los mismos que antes solían cortejarlos. Pero a mí me parecía que no acusaban lo que debían acusar. Pues si esto sucediera por culpa de la vejez, lo mismo me acontecería a mí y a todos los demás hombres de edad; de los cuales he visto a muchos soportar la vejez sin lamentos, que no tenían a molestia el haberse librado de las cadenas de la pasión, ni eran despreciados por los suyos. Mas la culpa de todas estas lamentaciones radica en el carácter, no en la edad. Pues los ancianos morigerados, que no son ni agrios ni impertinentes, llevan una vejez soportable; mientras que la acritud de carácter y la grosería son pesadas en cualquier edad.

8.LELIO.— Es tal como dices, Catón; pero quizá alguien podría replicar que los recursos, riquezas y rango social de que gozas te hacen encontrar la vejez más soportable; pero que esto no muchos lo pueden alcanzar.

CATÓN.— Algo hay de ello, realmente, Lelio, pero no todo consiste en esto; a propósito viene lo que cuentan que contestó Temístocles a uno de Serifo, (10) que en un altercado le había dicho que su reputación no la debía a su propio mérito sino al lustre de su patria “Cierto, por Hércules, contestó; ni yo hubiera sido nunca famoso siendo de Serifo, ni tú siendo de Atenas.” Lo mismo puede decirse de la ancianidad; pues ni en la extrema indigencia puede ser llevadera la vejez, aun para el sabio, ni para el necio puede dejar de ser pesada aun nadando en la abundancia.

9.Es indudable, Escipión y Lelio, que las armas más adecuadas para la vejez son los principios y la práctica de las virtudes, las cuales, cultivadas en todas las edades, al término de una vida larga e intensa, producen frutos maravillosos, no sólo porque nunca te abandonan, ni siquiera en el último extremo de la vida (aunque esto ya es muy importante), sino porque da mucho gozo la conciencia de una vida bien empleada y la memoria de muchas bellas acciones.

IV. 10. De joven amaba al viejo Quinto Máximo, (11) el que recobró a Tarento, como si fuera de mi edad. Pues había en él una dignidad templada con cortesía y los años no le habían mudado el carácter; aunque cuando empecé a cultivar su trato no era todavía anciano, pero sí de edad ya avanzada. Pues su primer consulado fue al año siguiente de nacer yo, y en su cuarto consulado partí con él a Capua para hacer mis primeras armas, y cinco años más tarde a Tarento; después, a los cuatro años fui nombrado cuestor, cargo que desempeñé en el consulado de Tuditano y Cetego, cuando él, ya muy anciano, habló en defensa de la ley Cincia (12) de donativos y recompensas. Él, a pesar de su edad, hacía la guerra como un joven, y con su paciencia hacía mascar el freno a la juvenil fogosidad de Aníbal; de él dijo mi amigo Ennio, en versos magníficos:

Un solo hombre, contemporizando, nos ha restaurado el Estado;
no anteponía al bien de la patria los rumores del vulgo;
así la gloria del héroe brilla más y más cada día.
(13)

11. Y realmente, ¡con qué vigilancia y con qué habilidad recobró a Tarento! Fue en aquella ocasión que, en presencia mía, le dijo con jactancia Salinator, (14) el cual al perderse la ciudad se había refugiado en la ciudadela: “Gracias a mí, Quinto Fabio, has recobrado a Tarento.” “Cierto es, le contestó riendo, pues de no haberlo perdido tú, yo nunca lo hubiera recobrado.” Pero en la vida civil no fue menos esclarecido que en las armas; cónsul por segunda vez, ante la inactividad de su colega Espurio Carvilio, (15) se opuso con todas sus fuerzas al tribuno de la plebe Cayo Flaminio, (16) que intentaba repartir por cabezas las tierras del Piceno y de la Galia contra el dictamen del Senado; y siendo augur, atrevióse a declarar que “todo lo que se hacía por el bien de la república, se hacía con los mejores auspicios; y que todo lo que iba contra la república, iba también contra los auspicios”. 12. Muchas cualidades notables conocí yo en este gran hombre, pero nada más admirable que el modo como sobrellevó la muerte de su hijo, varón ilustre y que había sido cónsul. En manos de todos está su elogio fúnebre; al leerlo, ¿a qué filósofo no tenemos en poco? Y no era grande sólo en público y bajo la mirada de sus conciudadanos, sino que en la intimidad de su hogar se crecía más todavía. ¡Qué conversación la suya, qué máximas! ¡Qué conocimiento de la historia, que ciencia del derecho augural! Grande era también, para un romano, su cultura literaria; tenía en la memoria todas las guerras, no sólo las romanas, sino también las extranjeras. Ponía yo entonces tanta avidez en gozar de su conversación, como si presintiera lo que luego sucedió, que muerto él no habla de quedarme nadie de quien aprender.

V.13. Pero, ¿para qué hablar tanto de Máximo? Porque seguramente comprendéis que sería impiedad llamar desgraciada una vejez como la suya. Sin embargo, no todos pueden ser Escipiones o Máximos, que recuerden tomas de ciudades, batallas terrestres y navales, guerras que han dirigido, triunfos que han obtenido. También es plácida y tranquila la vejez de una vida pasada con sosiego, en actividades puras y refinadas, como sabemos que fue la de Platón, (17) que murió, pluma en mano, a los ochenta y un años, como la de Isócrates (18) que, según él mismo dice, escribió la obra titulada “Panatenaico” a los noventa y cuatro, y vivió todavía cinco más: su maestro Gorgias (19) de Leoncio cumplió los ciento y siete años sin haber interrumpido nunca sus estudios y su actividad; preguntáronle a éste por qué se empeñaba en vivir tanto tiempo: “Nada tengo que reprochar a la vejez”, contestó. ¡Nobilísima respuesta y digna de un hombre docto! 14. Pues los necios imputan a la vejez sus propios defectos y su culpa; no hacía así aquel a quien mencioné poco ha, Ennio:


    Como un brioso corcel que muchas veces en la carrera final
    venció en Olimpia, ahora abrumado por los años descansa.
    (20)


Compara su vejez a la de un corcel brioso y vencedor. Os podéis acordar muy bien de Ennio (21), pues los actuales cónsules Tito Flaminino y Manio Acilio fueron elegidos a los diez y nueve años de su muerte; y él murió en el consulado de Cepión y Filipo (éste por segunda vez), año en que yo, a pesar de mis sesenta y cinco años, defendí la ley Voconia (22) con potente voz y buenos pulmones. Pero él a los setenta —pues estos años vivió Ennio— de tal manera sobrellevaba las dos cargas que más pesadas parecen, la pobreza y la vejez, que casi parecía recrearse en ellas.

15. Pues bien, cuando reflexiono sobre este asunto, encuentro que son cuatro las razones que hacen parecer miserable la vejez:

una, porque nos aparta de los negocios;

otra, porque debilita el cuerpo;

la tercera, porque priva de casi todos los placeres;

la cuarta, porque no dista mucho de la muerte.

Examinemos, si os place, la importancia y verdad de cada una de estas razones.

VI. La vejez nos aparta de los negocios. ¿De cuáles? ¿De los que requieren energías juveniles? Así, pues, ¿no hay funciones propias de los ancianos, que, aun sin fuerzas físicas, puedan ejercerse con la mente? ¿Nada hacía, entonces, Quinto Máximo, nada hacía Lucio Paulo (23), padre tuyo y suegro de mi excelente hijo? Los demás ancianos, los Fabricios, Curios, Coruncanios, (24) ¿nada hacían cuando con su experiencia y prestigio defendían la república? 16. A la vejez de Apio Claudio (25) añadíase también la ceguera; a pesar de ello, cuando el Senado inclinábase a la paz y quería pactar con Pirro, no vaciló en pronunciar aquellas hermosas palabras que Ennio nos ha conservado en sus versos:

Vuestras mentes, hasta ahora firmes y rectas,
¿qué demencia las tuerce de su acostumbrado camino?
(26)

y todo lo que sigue, con suma gravedad; ya conocéis el poema; de todos modos, subsiste también el discurso de Apio. Y esto lo hizo a los diez y siete años de su segundo consulado, habiendo entre sus dos consulados un intervalo de diez años, y antes del primero ya había sido censor; de lo que se infiere que era de edad muy avanzada cuando la guerra de Pirro; y esto mismo es lo que nos dice la tradición. 17. Ninguna razón aducen, pues, los que niegan toda actividad a la vejez, y son como si uno dijera que en la navegación el piloto está inactivo, ya que mientras unos trepan por los mástiles, otros van y vienen por el puente, otros achican la sentina, él en cambio está sentado tranquilamente en la popa con la mano en el gobernalle. No hace, es verdad, lo que los jóvenes, pero hace cosas mucho más difíciles e importantes. Las grandes empresas no se administran con las fuerzas, la agilidad o la velocidad del cuerpo, sino con la reflexión, el prestigio, el juicio; cualidades que en la vejez no sólo no se pierden sino que se acrecen todavía. 18. A no ser que creáis que yo, que como soldado, tribuno, legado y cónsul he intervenido en las más variadas actividades bélicas, ahora estoy inactivo porque no voy a la guerra: pero señalo al Senado las que deben empeñarse y cómo; Cartago tiempo ha que medita siniestros proyectos: yo le estoy declarando la guerra con mucha anticipación (27), y no dejaré de recelar de ella mientras no la sepa destruida hasta los cimientos. 19. ¡Ojalá los dioses inmortales te reserven a ti, Escipión, la gloria de completar la obra que a medio hacer dejó tu abuelo! (28) Treinta y un años hace ya de su muerte, pero los años venideros se transmitirán uno a otro la memoria de aquel héroe. Murió el año antes de ser yo censor, once años después de mi consulado, durante el cual fue él elegido cónsul por segunda vez. ¿Se lamentaría, acaso, de su vejez, si hubiera llegado a los cien años? No podría, sin duda, correr, ni saltar, ni disparar la lanza, ni luchar cuerpo a cuerpo con la espada, pero usaría de su reflexión, de su razón y de su juicio. De no ser estas cualidades propias de la vejez, nuestros mayores no habrían llamado “senado” a la suprema asamblea. 20. En Lacedemonia, por ejemplo, los que ejercen la suprema magistratura se llaman igualmente “ancianos”, como son efectivamente. Que si queréis leer u oír las historias extranjeras, encontraréis los más potentes estados arruinados por la gente joven, pero sostenidos y restaurados por los ancianos.

Decidme, ¿cómo tan pronto habéis perdido vuestra república, tan poderosa?

Así es cómo preguntan, como en la comedia del poeta Nevio (29); puede contestarse de diversas maneras, y especialmente así:

Iban saliendo demagogos nuevos, necios jovenzuelos.

Tan cierto es que la temeridad es propia de la edad que florece, la prudencia de la que decae.

VII. 21. Pero la memoria se debilita. Lo creo, si no la ejercitas, o si eres algo tardo de natural. Temístocles había aprendido de memoria los nombres de todos los ciudadanos de Atenas; ¿pensáis, pues, que al avanzar en edad saludaría a Arístides llamándole Lisímaco? Por mi parte, no sólo conozco a los que ahora viven, sino que conocí también a sus padres y abuelos, y no temo, al leer los epitafios sepulcrales, perder, como dicen, la memoria (30); pues esta misma lectura me refresca el recuerdo de los muertos. Ni tampoco he oído nunca de un anciano que olvidara el lugar dónde enterró su tesoro; recuerdan todo lo que les interesa, las citaciones judiciales, sus deudores, sus acreedores. 22. ¿Qué diremos de los jurisconsultos, de los pontífices, de los augures, de los filósofos? Con todo y sus años, ¡de cuántas cosas se acuerdan! Conservan los ancianos sus facultades mentales, con tal que subsista en ellos el interés y la aplicación, y no sólo los hombres ilustres y cargados de honores, sino también los de vida retirada y tranquila. Sófocles compuso tragedias hasta la extrema vejez; y como parecía que esta pasión suya le hacía descuidar la hacienda familiar, fue llamado a juicio por sus hijos, para que los jueces le quitaran, como chocho, la administración de ella, del mismo modo que nuestras leyes suelen incapacitar para la administración de sus bienes a los padres que los dilapidan. Entonces dícese que el anciano leyó a los jueces la tragedia que tenía en manos y que acababa (le escribir, “Edipo en Colono”, y preguntó si les parecía aquel poema obra de un viejo chocho. Terminada la lectura, fue absuelto por veredicto del jurado. 23. ¿Obligóle, pues, a éste la vejez a enmudecer en sus estudios? ¿Ni a Homero, ni a Hesíodo, a Simónides, a Estesícoro, o a los que antes dije, a Isócrates, a Gorgias, a los principales de los filósofos, a Pitágoras, a Demócrito, a Platón, a Xenócrates, o posteriormente, a Zenón, a Cleantes, a éste que también vosotros visteis en Roma, a Diógenes el estoico? (31) ¿O es más cierto decir que en todos ellos el ardor por los estudios duró tanto como su vida? 24. Y dejando aparte estos sublimes estudios, podría citarte a campesinos romanos del campo Sabino, vecinos y amigos míos, que ninguna labor de importancia permiten que en su ausencia se haga en los campos, como siembras, recolecciones, almacenajes. Aunque en estas operaciones es menos de maravillar: pues nadie es tan viejo que no crea poder vivir un año; pero es que también se afanan en cosas que saben que no les han de producir ningún provecho:

‘Planta árboles que sirvan a otra generación” ,

como dice nuestro Estacio (32) en los “Sinefebos”. 25. Mas tampoco duda el labrador, por viejo que sea, en contestar a quien le pregunta para quién planta: “Para los dioses inmortales, que no sólo quisieron que yo heredara estos bienes de mis mayores, sino también que los transmitiera a mis descendientes.”

VIII. Mejor habló Cecilio del anciano que miraba por la siguiente generación, que cuando escribió aquellas líneas:

En verdad, vejez, si ningún otro achaque
trajeras contigo al llegar, este sólo bastaría,
que viviendo mucho, ve uno muchas cosas que más quisiera no ver.


¡Y quizá también muchas que había querido ver! y en cosas que no quisiera ver también tropieza muchas veces la juventud. Peor es todavía lo que dice el mismo Cecilio:

Y lo que en la vejez tengo por más miserable,
es sentirse en esta edad molesto a los demás.


26. Agradable, antes que molesto. Pues así como los ancianos sabios se deleitan con los jóvenes dotados de buena índole, y el respeto y amor que la juventud les guarda les hacen más llevaderos los años, así también los mozos gustan de las enseñanzas de los viejos, que los encaminan a la práctica de las virtudes; y bien veo que yo no os soy menos agradable a vosotros que vosotros a mí. Mas ya veis cómo la vejez, lejos de ser lánguida e inerte, es al contrario activa, ocupada siempre en hacer o proyectar algo, es decir, algo de acuerdo, en cada caso, con las inclinaciones de su vida anterior. ¿Y qué diremos de los que aun aprenden algo de nuevo? Tal es el caso de Solón, (33) a quien vemos gloriándose en sus versos de hacerse viejo aprendiendo algo cada día; e igual hice yo, que en mi vejez he aprendido el griego; y me entregué a este estudio con la avidez de un hombre que anhelaba satisfacer una sed de largo tiempo, y así ahora me veis en posesión de estos conocimientos que a manera de ejemplos uso en esta conversación. Y al oír que lo mismo hizo Sócrates con la lira, me hubiera gustado hacerlo también; en todo caso, aprendí las notas.

IX. 27. Ni ahora echo de menos las fuerzas de la juventud —pues éste es el segundo punto sobre los achaques de la vejez— más de lo que siendo joven echaba de menos las de un toro o un elefante. Hay que usar de lo que se tiene y cualquier cosa que hagamos, hacerla según nuestras fuerzas. No hay, en efecto, palabras más despreciables que las de Milón de Crotona (34), quien siendo ya viejo, y contemplando a unos atletas que se entrenaban en la carrera, dice que miró sus brazos y exclamó con lágrimas: “¡Ay, éstos sí que ya están muertos!” ¡No tanto ésos como tú mismo, mentecato! Porque nunca ganaste renombre por ti mismo, sino por tus pulmones y brazos. No se quejaron así Sexto Elio, ni muchos años antes Tiberio Coruncanio, ni más recientemente Publio Craso, que dictaminaban a los ciudadanos sobre materias de derecho y cuya ciencia les acompañó hasta su último suspiro.

28. Del orador sí que temo que con la vejez languidezca; porque su oficio no requiere sólo talento, sino también pulmones y fuerza física. Sin duda aquel timbre sonoro de la voz brilla todavía, no sé cómo, en la ancianidad; así yo no lo he perdido hasta ahora, y ya veis mis años; sin embargo, lo que encanta en las palabras de un anciano es un tono apacible y reposado, y muchas veces el discurso templado y suave de un viejo elocuente se gana por sí mismo la atención del auditorio. Y si uno es incapaz de obtener este resultado, puede por lo menos dar preceptos a un Escipión y a un Lelio! ¿Qué cosa hay, en efecto, más agradable que una vejez rodeada de una juventud afanosa de aprender? 29. ¿O no le dejaremos a la vejez ni siquiera fuerzas suficientes para enseñar a los jóvenes, instruirlos, prepararlos para cualquier exigencia del deber? ¿Y qué ocupación puede haber más hermosa que ésta? A mí, en verdad, me parecían afortunados Cneo y Publio Escipión (36) y tus dos abuelos (37) Lucio Emilio y Publio Africano, con su séquito de nobles mozos; y ningún maestro de artes liberales puede dejar de ser considerado feliz, por más que sus energías se hayan marchitado y desfallecido. Aunque este mismo desfallecimiento es causado más a menudo por los vicios de la juventud que por los de la vejez; pues una juventud viciosa e intemperante entrega a la vejez un cuerpo ya agotado. 30. Por ejemplo, Ciro (38), en Jenofonte, en aquella plática que tuvo moribundo, siendo ya muy anciano, afirma que nunca sintió que su vejez fuera menos vigorosa de lo que había sido su juventud. Y yo recuerdo de niño haber visto a Lucio Metelo (39), el cual, nombrado pontífice a los cuatro años de su segundo consulado, ejerció este sacerdocio durante veintidós años, gozar de tan buenas fuerzas al final de su vida, que no echaba de menos la juventud. No tengo necesidad de hablar de mí mismo, aunque esto es privilegio de viejos, permitido a los de mi edad. X. 31. ¿No veis cómo en Homero Néstor (40) proclama a cada momento sus propios méritos? Es que veía ya la tercera generación de hombres y no debía temer, diciendo de sí mismo cosas que eran verdad, que pareciera insolente o locuaz en demasía. En efecto, como dice Homero, “de su lengua fluía el discurso más dulce que la miel” (41); y para esta dulzura no le hacían falta las fuerzas físicas; y sin embargo, aquel famoso caudillo de la Grecia (42) nunca desea tener diez hombres más como Ayax, sino como Néstor, y no duda que su posesión significaría para Troya una rápida ruina. 32. Pero vuelvo a mí mismo. Tengo ochenta y cuatro años; en verdad que me gustaría poder gloriarme de lo mismo que Ciro, mas sí puedo decir una cosa: cierto que no tengo las energías que tenía cuando era soldado en la guerra púnica, o cuestor en la misma, o procónsul en España, o cuatro años más tarde criando luché como tribuno militar en la decisiva batalla de las Termópilas a las órdenes del cónsul Manio Acilio Glabrión; y sin embargo, como veis, no me ha enervado del todo ni abatido la vejez, y la curia (45) no siente la falta de mis fuerzas, ni el foro, ni mis amigos, clientes y huéspedes. Y nunca he estado de acuerdo con aquel antiguo y renombrado proverbio que aconseja “hacerse viejo pronto, si quiere uno ser viejo mucho tiempo”. Lo que es yo, más quisiera ser viejo menos tiempo que ser viejo antes de serlo. Por esto, hasta ahora, a nadie que haya querido verme, le he hecho decir que estoy ocupado.

33. Pero, se dirá, tengo menos fuerzas que cualquiera de vosotros. Tampoco vosotros tenéis las del centurión Tito Poncio; ¿acaso por esto es él mejor que vosotros? Que cada uno haga un uso adecuado de sus energías y se esfuerce en la medida que pueda, y de seguro que no sentirá mucho la falta de fuerzas. Dícese de Milón que entró por el estadio de Olimpia sosteniendo un buey sobre sus hombros. ¿Qué preferiríais si os dieran a escoger, la fuerza física de éste o la mental de un Pitágoras? En fin, es éste un bien del que debes usar mientras lo tengas y no echarlo de menos al perderlo; a no ser que digas que está bien que los jóvenes sientan la pérdida de la niñez y los hombres maduros la de la mocedad. El curso de la vida está determinado y la ruta de la naturaleza es una sola y ésta sencilla; a cada edad de la vida se le ha dado su carácter peculiar, de modo que tanto la debilidad de los niños como la fogosidad de los jóvenes, la gravedad de la virilidad y la madurez de la ancianidad son como frutos naturales que a su debido tiempo deben recogerse. 34. Supongo habrás oído, Escipión, las cosas que hace todavía hoy, a la edad de noventa años, Masinisa (46), huésped de tu familia: cuando emprende una marcha a pie, no monta a caballo en absoluto, cuando a caballo, no se apea; ni lluvias ni fríos le reducen a cubrirse la cabeza; de complexión extremadamente enjuta, puede así cumplir con todos los deberes y funciones de un rey. Pueden, por tanto, el ejercicio y la templanza conservar, incluso en la vejez, algo del primitivo vigor.

XI. Que no hay fuerzas en la vejez. Tampoco se le exigen fuerzas a la vejez. De aquí que la ley y la costumbre eximen a nuestra edad de aquellos servicios para los que las fuerzas son imprescindibles; de suerte que lejos de exigírsenos hacer más de lo que podemos, ni siquiera se nos exige todo lo que podemos. 35. Pero muchos ancianos hay enfermizos hasta el punto de no poder cumplir con ninguna función requerida por el deber o simplemente por la vida. Bien, pero esto no es achaque exclusivo de la vejez, sino en general característico de la mala salud. ¡Cuán enfermizo no fue el hijo de Publio Africano, padre adoptivo tuyo! ¡qué salud tan débil tenía, o mejor dicho, qué falta total de salud! De no ser por esto, hubiera llegado a ser la segunda lumbrera de la ciudad; pues a la grandeza de espíritu de su padre había unido una instrucción mas rica. ¿Qué tiene, pues, de extraño si los ancianos son a veces enfermizos, cuando ni los jóvenes pueden evitarlo? Hay que resistir a la vejez, Escipión y Lelio, poner cuidado en compensar sus defectos, luchar con ella como con una enfermedad, 36. tener cuenta de la salud, usar de ejercicios módicos, tomar el alimento suficiente para rehacer las fuerzas sin agobiarlas. Y no hemos de limitarnos a cuidar del cuerpo, sino mucho más de la inteligencia y del espíritu; pues éstos también, como una lámpara a la que no se echa aceite, se extinguen por efecto de la vejez. Además, un exceso de ejercicio fatiga y vuelve pesado el cuerpo; el espíritu, en cambio, ejercitándose se hace más ágil. Pues cuando Cecilio (47) habla de “necios vicios de comedia” , alude a estos ancianos crédulos, desmemoriados, negligentes, defectos que no son peculiares de la vejez, sino de una vejez inactiva, indolente y soñolienta. Así como la petulancia y el libertinaje son más propios de los jóvenes que de los viejos, sin que ello implique que lo sean de todos los jóvenes, sino sólo de los perversos, del mismo modo esa estupidez senil, que suele llamarse chochez, es propia de los viejos frívolos, no de todos. 37. Cuatro hijos ya crecidos, cinco hijas, una gran casa, una numerosa clientela regía Apio (48), con todo y ser ciego y viejo; tenía en efecto su espíritu en tensión, como un arco, y no se rendía lánguidamente a la vejez; mantenía sobre los suyos no sólo su autoridad, sino también su imperio; le temían los siervos, le respetaban los hijos, todos le tenían cariño; las costumbres y disciplina paternas mantenían su vigor en aquella casa. 38. Pues la vejez es honorable a condición de que se defienda a sí misma, mantenga sus derechos, no se haga sierva de nadie, conserve hasta el último aliento el dominio sobre los suyos. En efecto, me gusta un mozo en cuyo carácter haya algo de anciano, y asimismo un anciano que tenga algo de mozo; quien siga este precepto podrá ser viejo de cuerpo, pero nunca de alma. En manos tengo el séptimo libro de los “Orígenes”, estoy coleccionando todos los recuerdos de la antigüedad, en este preciso momento hago la redacción definitiva de los discursos pronunciados en las causas notables que he defendido; me ocupo de derecho augural, pontifical, civil; dedico también mucho tiempo a la literatura griega, y para ejercitar mi memoria, observo la costumbre pitagórica de recapitular por la noche todo lo que durante el día he dicho, hecho u oído. Tales son los ejercicios de mi ingenio, ésta mi gimnasia intelectual; sudando y atareándome en ella no siento gran necesidad de fuerzas físicas. Asisto a mis amigos, voy con frecuencia al Senado, donde por propia iniciativa presento mociones cuidadosa y largamente preparadas, y las defiendo no con las energías del cuerpo, sino con las del alma. Pero aun si fuera incapaz de hacer estas cosas, recrearíame en mi cama, reflexionando sobre las mismas cosas que ya no tendría fuerzas para llevar a cabo. Pues el que vive ocupado en estos afanes y trabajos, no se da cuenta del insensible insinuarse de la vejez. Así invisiblemente y sin sentir va envejeciendo la vida, sin quebrarse de golpe, sino extinguiéndose a lo largo de su duración.

XII. 39. Sigue el tercer reproche que se hace a la vejez: dicen que está privada de placeres. ¡Oh don precioso de la edad, si realmente nos quita aquello que más vicioso es en la juventud! Oíd, en efecto, nobilísimos jóvenes, el antiguo discurso de Arquitas de Tarento (49), hombre grande e ilustre como pocos, que me fue referido estando yo, cuando joven, en Tarento con Quinto Máximo. Decía: “Ninguna plaga más funesta ha dado al hombre la naturaleza que el placer sensual; ávidos de él los apetitos son arrastrados al goce, en ciega y desenfrenada carrera. 40. De aquí nacen las traiciones a la patria, de aquí las subversiones políticas, de aquí los tratos clandestinos con los enemigos; en una palabra, no hay crimen ni fechoría a cuya perpetración no incite el apetito del placer sensual; cuanto a los estupros, adulterios y otras infamias semejantes, ningún otro estímulo los excita sino los del deleite; y siendo así que nada más excelso ha dado al hombre la naturaleza —o algún dios, quizá— que la inteligencia, el placer es lo más enemigo que hay a este don de la divina bondad; 41. pues ni hay lugar para la templanza bajo el despotismo de la pasión, ni en el reino tiránico del placer puede establecerse la virtud.” “Imaginaos”, proseguía, para hacer más inteligibles sus palabras, “a un hombre en el momento de estar excitado por el deleite sensual más vivo que gozarse pueda; nadie puede dudar que mientras lo está gozando es incapaz de usar de su inteligencia, de su razón, de su pensamiento. Nada hay, por consiguiente, tan detestable como el placer sensual, puesto que al aumentar en intensidad y duración llega a extinguir todas las luces del espíritu”. Estas cosas dijo Arquitas en una conversación con el samnita Cayo Poncio (50), padre del que venció a los cónsules Espurio Postumio y Tito Veturio en la batalla de las Horcas Caudinas; así me dijo haberlo oído de la gente de más edad mi huésped de Tarento Nearco (51), que había permanecido fiel a la amistad dcl pueblo romano y por cierto que a esta conversación asistió el ateniense Platón, que, según mis investigaciones, vino a Tarento durante el consulado de Lucio Camilo y Apio Claudio (52). 42. ¿A qué fin esta digresión? Para que entendierais que si la razón y la sabiduría no fueran capaces de hacernos despreciar el deleite, hemos de estar muy agradecidos a la vejez por quitarnos el deseo de hacer lo que no debemos. El apetito carnal impide, en efecto, la reflexión, es adversario de la razón, ofusca, por así decir, los ojos del entendimiento y no tiene trato ninguno con la virtud. Bien contra mi gusto obré cuando expulsé del Senado a Lucio Flaminino, hermano del valeroso Tito Flaminino (53), a los siete años de haber sido cónsul, pero creí mi deber marcar su liviandad con nota infamante. Pues Lucio, siendo procónsul en la Galia, cedió al requerimiento de una ramera que deseaba ver decapitar a alguno de los condenados a muerte que estaban en la cárcel. Pudo escapar a la censura de su hermano Tito, que precedió a la mía; pero lo que es a mí y a Flaco (54), de ninguna manera podía parecernos tolerable liviandad tan infame y perdida, que juntaba con el oprobio personal el deshonor del mando.

XIII.43. Muchas veces oí de gente de más edad —los cuales a su vez decían haberlo oído, cuando niños, de los viejos— que Cayo Fabricio solía extrañarse de lo que le había dicho Cineas (55) de Tesalia durante su embajada junto al rey Pirro: que en Atenas había un hombre (56), que hacía profesión de sabio y que afirmaba que todos nuestros actos deben ser encaminados al placer. Al oírselo contar a Fabricio, Manio Curio y Tito Coruncanio solían hacer votos para que los samnitas y el mismo Pirro adoptaran esta doctrina, para poder vencerlos más fácilmente una vez entregados a los deleites sensuales. Manio Curio había vivido con Publio Decio, que cinco años antes del consulado de Curio se había sacrificado, siendo cónsul por cuarta vez, en aras de la república; Fabricio lo había conocido, y también Coruncanio, y tanto por su propia experiencia como por el hecho que digo de Decio, juzgaban que existe realmente algo, por naturaleza bello y sublime, que es apetecido por sí mismo y que todos los hombres de bien persiguen, con menosprecio y vilipendio del placer. 44. Pero, ¿a qué fin extenderme tanto sobre el placer? Pues porque el hecho de que la vejez no sienta gran cosa la falta de placeres, no sólo no es vituperio ninguno, sino más bien su elogio mejor. Carece de festines, mesas bien provistas, frecuentes libaciones; fáltanle, pues, también embriaguez, indigestiones e insomnios. Pero si algo hay que conceder al placer, puesto que no nos es fácil resistir a sus halagos —ya que él es, como Platón divinamente lo llama, “cebo de males”, es decir, que con él los hombres son cogidos como peces—, aunque la ancianidad carece de comilonas inmoderadas, puede sin embargo recrearse con módicos convites. Muchas veces veía, de niño, regresar de cenar a Cayo Duilio (58), hijo de Marco, el primero que venció a los cartagineses en el mar; le gustaba ir precedido de antorchas y flautas, honor entonces sin precedentes en un particular; tanta licencia le permitía su gloria. 45. Pero, ¿para qué hablar de otros? dejadme volver a mí mismo. En primer lugar, siempre tuve mis compañeros de tertulia. Y siendo yo cuestor se fundaron cofradías con ocasión de haberse introducido el culto ideo de la Gran Madre (59). Comía, pues, con mis cofrades, con toda moderación, pero con el ardor propio de la edad; al avanzar la cual todo se vuelve de día en día más templado. Y no medía tanto el placer de aquellos festines por el deleite físico como por el placer de reunirme con mis amigos y charlar con ellos. Bien hicieron nuestros mayores al llamar convivium a una reunión de amigos para comer, porque esta palabra implica una comunidad de vida; mejor que los griegos que la llaman “bebida en común o cena en común”, apreciando sobre todo en ella lo que menos valor tiene.

XIV.46. Por mi parte, el deleite de la conversación me hace gustar incluso de los “banquetes tempranos” (60) y no sólo con mis coetáneos, que pocos quedan ya, sino también con vosotros y los de vuestra edad, y estoy profundamente agradecido a la vejez por haberme aumentado el gusto por la conversación y quitado el de comer y beber. Pero si alguien encuentra deleite en los placeres de la mesa (para que no parezca que declaro guerra sin cuartel al placer, ya que una cierta medida de él es quizá natural), no entiendo yo que la vejez carezca totalmente de sensibilidad respecto de estos placeres. A mí realmente me gusta el cargo de presidente del banquete (61), establecido por nuestros antepasados, el discurso que, por tradicional costumbre, se inicia a la cabeza de la mesa al empezarse a beber, las copas diminutas, de las que se bebe gota a gota, como se dice en el “Simposio” (62) de Jenofonte, la frescor en el verano y a su vez el sol o la lumbre en el invierno; así suelo vivir incluso en la Sabina, donde cada día lleno mi mesa con un convite de vecinos, que dilatamos tanto como podemos hasta bien entrada la noche en variada conversación.

47. Pero el cosquilleo, por decirlo así, del deleite no es tan vivo en los ancianos. Lo creo, pero el deseo es también menos vivo, y no es molesta la privación de lo que no se echa de menos. Bien respondió Sófocles a uno que le preguntaba, siendo ya de edad avanzada, si usaba de los placeres de Venus: “¡Guárdenme los dioses! de buena gana escapé de ellos, como de un señor salvaje y furioso.” A los ávidos de tales cosas su carencia es quizá molesta y odiosa, pero a los ya saciados y hastiados más agradable es la carencia que el disfrute; por más que, quien no echa de menos, no carece, y por esto digo que la ausencia de deseo es mejor que el goce. 48. Que si la edad juvenil goza con más intensidad de estos mismos deleites, en primer lugar, como dije, disfruta de cosas frívolas, y por otra parte la vejez, aunque no las posea en abundancia, tampoco está del todo falta de ellos. Del mismo modo que el espectador de primera fila disfruta más del arte de Turpión Ambivio, (63) sin perjuicio de que también disfrute el que está en la última, así la juventud viendo de cerca los placeres quizá goza más, pero también la vejez encuentra el deleite suficiente contemplándolos de lejos. 49. Mas, ¡qué gran cosa es para el alma, cumplido ya, como quien dice, el servicio del deseo, de la ambición, de las contiendas, de las enemistades y de todas las pasiones, recogerse en sí misma y, como se dice, consigo misma vivir! Y si tiene además alguna ciencia que le sirva de pasto para el estudio, nada hay más delicioso que la paz de una ancianidad semejante. A Galo (64), amigo íntimo de tu padre, Escipión, le veíamos morir ocupado, como quien dice, en medir el cielo y la tierra. ¡Cuántas veces le sorprendió el día trazando un diseño que había empezado de noche, o la noche ocupado en tareas comenzadas por la mañana! ¡Cómo le satisfacía anunciarnos con mucha anticipación los eclipses de sol y de luna! 50. Y ¿qué diré de otros estudios más ligeros, pero que también requieren ingenio? ¡Cómo gozaba Nevio con su “Guerra Púnica”, Plauto (65) con “El Feroz” o con “El Embustero”! Vi también al anciano Livio, el cual habiendo representado una obra seis años antes de nacer yo, en el consulado de Centón y Tuditano, prolongó aún su vida hasta mi juventud. ¿Por qué hablar de los estudios de derecho pontifical o civil de Publio Licinio Craso, o de este Publio Escipión (66) que estos últimos días ha sido nombrado pontífice máximo? Y todos estos que he recordado, yo los he visto ancianos y apasionados por sus estudios. A Marco Cetego (67), al que muy acertadamente llamó Ennio “médula de la Persuasión”, ¡con qué afán le veíamos, a pesar de sus años, ejercitarse en la oratoria! ¿Qué deleite se encuentra, pues, en los banquetes, en los espectáculos o en las mujeres, que pueda compararse con estos placeres? Tales son los estudios especulativos, la afición a los cuales crece, por cierto, con la edad en los hombres sensatos y bien educados; así es un honroso pensamiento aquel de Solón, expresado, como dije, en un verso suyo, que envejecía aprendiendo cada día muchas cosas; ningún deleite puede haber mayor que este placer del alma.

XV.51. Paso ahora a los placeres de la agricultura, en los que yo increiblemente me recreo; placeres que la vejez no impide y que a mi me parecen los más adecuados a la vida del sabio. Pues tienen trato con la tierra, que nunca es rebelde al mando ni deja nunca de devolver con usura lo que recibe, a veces con ganancia menor pero por lo común crecida; aunque a mí de la tierra me encantan no sólo los frutos sino también la fuerza creadora que le es natural. La tierra, después que ha recibido en su reblandecido y arado regazo la esparcida simiente, la esconde en la oscuridad (por lo cual, la operación de cubrir la simiente se llama occatio ) (68); después, calentándola con su húmedo calor y con su compresión, la dilata y saca de ella una hoja verdeante que, estribada en las fibras de la raíz, poco a poco va creciendo, y levantada por el nudoso tallo, se encierra en vainas cuando llega, por así decir, a la pubertad; al emerger de estas vainas, echa el fruto en forma de espiga, protegiéndolo del pico de las aves pequeñas con una empalizada de aristas. 52. ¿Para qué mencionaros la germinación, cultivo y desarrollo de la vid? Es un placer del que no sé saciarme; os lo digo para que conozcáis el recreo y la delicia de mi ancianidad. Paso, pues, por alto la íntima virtud de todo lo que engendra la tierra; que de una tan pequeña pepita como la del higo o del grano de la uva, o de las diminutas simientes de otros frutos o plantas procrea troncos y ramas tan grandes. Los majuelos, renuevos, plantones, estacas de raíz, acodos, ¿no es cierto que a cualquiera admiran y deleitan? La vid, por ejemplo, que es por naturaleza caediza y se inclina hacia el suelo si no está rodrigada, ella misma para levantarse se agarra a todo lo que encuentra con sus tijeretas, que le sirven de manos; y cuando serpentea con erráticas y variadas revueltas, el arte del agricultor la reprime, podándola con el hierro, para que no eche un bosque de sarmientos y se disipe inútilmente en todas direcciones. 53. Así, al volver la primavera, en los artejos de los sarmientos que se han dejado brota lo que llamamos yema, saliendo de la cual se muestra la uva que, creciendo con la humedad de la tierra y el calor del sol, primeramente es de un gusto muy agrio, después, al madurarse va endulzándose y cubierta de pámpanos no carece de un calor moderado y está al abrigo de los excesivos ardores del sol. ¿Puede haber algo de fruto más delicioso y de aspecto más bello? De ella me encanta no sólo el provecho, como dije antes, sino también el cultivo y su misma naturaleza; las hileras de rodrigones, el horquillado, el atar los mugrones, la propagación de los sarmientos, la poda de unos y el injerto de otros. ¿Para qué hablar de los riegos, las cavas y binas, con las que aumenta mucho la fertilidad del suelo? 54. ¿Qué diré de la utilidad de estercolar? De ella hablé en mi libro sobre la agricultura; ni una palabra dijo de ella el docto Hesíodo al escribir sobre el cultivo de los campos. En cambio Homero, que vivió, a lo que me parece, muchos siglos antes, presenta a Laertes (69) trabajando un campo y estercolándolo para mitigar la nostalgia que sentía por su hijo. Pero no sólo las mieses y prados y viñas y arboledas hacen deliciosas las faenas campestres, sino también las huertas y frutales, el pastoreo del ganado, los enjambres de abejas y la infinita variedad de flores. Y no sólo deleitan las plantaciones, sino también los injertos, el más ingenioso de los inventos de la agricultura.

XVI.55. Podría extenderme sobre los múltiples encantos de las cosas del campo, pero me doy cuenta de haber sido demasiado prolijo en lo que he dicho. Pero me disculparéis: pues me he dejado arrastrar por mi afición a la agricultura y la vejez es algo charlatana de suyo (lo confieso para que no parezca que quiero absolverla de todos sus defectos). Pues bien, en una vida semejante pasó sus últimos años Manio Curio, después de sus triunfos sobre los samnitas, los sabinos y Pirro. Y por cierto que cuando contemplo su granja (pues no dista mucho de la mía) no me canso de admirar ya la moderación de aquel hombre ya la austeridad de aquellos tiempos. 56. Una vez los samnitas le ofrecieron una gran cantidad de oro y Curio, que estaba sentado junto a la lumbre, los rechazó diciendo que lo que él tenía a gloria no era tener oro, sino mandar a los que lo tenían. ¿Podía un alma tan grande dejar de depararle una vejez agradable? Pero vuelvo a los agricultores, para no apartarme de mí mismo. En el campo vivían entonces los senadores, es decir, los ancianos, si es verdad que a Lucio Quincio Cincinnato (70) le sorprendió arando la noticia de haber sido nombrado dictador; por orden de este dictador el maestre de la caballería Cayo Servilio Ahala se adelantó a la intentona de Espurio Melio (71) de establecer una tiranía y le dió muerte. Desde sus granjas eran convocados al Senado Curio y los demas ancianos, y de aquí viene el nombre de “viandantes” dado a los que los convocaban. ¿Fue acaso mísera la ancianidad de éstos, que se recreaban en el cultivo de los campos? En mi opinión por lo menos, difícilmente puede haber otra más feliz, y no sólo desde el punto de vista del deber, por los beneficios que la agricultura reporta a la humanidad en general, sino por el deleitamiento que dije y por la profusión y abundancia de todas las cosas pertinentes a las necesidades de los hombres así como al culto de los dioses; y digo esto para terminar haciendo las paces con el placer, puesto que hay quien se complace en estas cosas. En efecto, en casa de un patrón hábil y asiduo está siempre llena la bodega y las jarras de ace

29/06/2005 ir arriba
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