Una sociedad
sin canon
Autor:
Francisco de Borja Santamaría
Fuente:
Arvo.net
Fecha:
29.10.2008
Por
muy amplia y abierta que pretenda ser una
sociedad,no lo puede ser completamente.Para
empezar porque, completando el título de
la conocida obra de Popper,la sociedad
abierta tiene sus enemigos,
El pluralismo de las sociedades modernas es
unánimemente celebrado. Esto es así porque
la pluralidad de estilos de vida, de valores
desde los que las personas construyen su
existencia, de tradiciones y culturas
presentes en este tipo de sociedades, habla
de un gran espacio en ellas para la
libertad. Las denominadas por Popper
sociedades abiertas se caracterizan por su
amplitud para acoger una gran diversidad de
formas de entender y vivir la propia vida, y
ello es bueno porque maximiza la libertad de
los individuos, lo que representa un gran
bien. Es unánimemente aceptado como ideal de
organización social, aquélla en la que,
coloquialmente hablando, cada uno tiene
derecho a hacer de su capa un sayo, en el
mayor grado que la convivencia social lo
permite.
Pero, por muy amplia y abierta que pretenda
ser una sociedad, no lo puede ser
completamente. Para empezar porque,
completando el título de la conocida obra de
Popper, la sociedad abierta tiene sus
enemigos, y si se les hace sitio es a cambio
de que reduzcan algunas de sus libertades;
es decir, mientras su libertad esté
limitada.
Pero para que una sociedad permanezca
abierta es preciso no sólo que desactivemos
los elementos totalitarios; hace falta
también que haya motivos racionales para
argumentar por qué no se puede hacer
cualquier cosa. Es obvio que no hay sociedad
sin leyes que prohíban u obliguen; que una
sociedad necesita para subsistir establecer
límites, y estos han de estar argumentados.
Para ello es preciso superar un extendido y
bienintencionado equívoco: el que prescribe
que, para acoger la gran diversidad presente
en la sociedad, es preciso que nos
abstengamos de formular juicios acerca de
los valores defendidos por los diversos
estilos de vida, tradiciones o culturas
llamados a convivir en ella. De acuerdo con
ese tópico, para que las sociedades sean
realmente abiertas, sería preciso asumir lo
que cabría llamar “discurso de la
indiferencia”.
Entiendo por “discurso de la indiferencia”
el que, en aras del mayor grado de libertad
posible, decreta que todos los valores
presentes en la sociedad han de ser
considerados igualmente valiosos. Desde esta
premisa, se concluye que la crítica de
valores que puedan ser importantes y
sustantivos para algún tipo de identidad
cultural, nacional, religiosa o sexual,
representa un atentado a la convivencia y a
la libertad. El discurso de la indiferencia
establece que la libertad social requiere
que aceptemos que no existen cosas buenas o
malas, mejores o peores, deseables o
rechazables; en fin, lo bueno o lo malo;
sólo existen formas diferentes de vivir o
entender determinados aspectos de la vida.
Al tratarse simplemente de formas diferentes
de entender la vida, y que, sin embargo, son
esenciales para la identidad de determinadas
personas, resultaría un atentado a la
libertad cuestionar su bondad y señalar sus
deficiencias. A partir de este supuesto se
formula el imperativo de que, en el debate
público, es obligado mostrarse indiferente
ante lo que es sólo diferente, es decir, lo
que de suyo no es ni mejor ni peor.
Se trata de algo parecido a lo que ocurre en
el ámbito estético y del gusto. “Sobre
gustos, no hay nada escrito”, suele decirse;
aunque también hay quien responde:
“¡hombre!; sobre gustos hay mucho escrito,
lo que pasa es que usted no se lo ha leído”.
El caso es que en cuestión de gustos y de
arte parece que hay una gran gama de
posibilidades en las que elegir, sin que
resulte obvio afirmar que unos productos
artísticos sean mejores que otros.
Seguramente no podemos decir que “Las
Meninas” de Velázquez sea mejor que el
“Gernika” de Picasso, pero estamos de
acuerdo en que las dos obras son geniales y
en que resulta posible discernir entre una
mediocridad artística y una obra sublime.
Parece que, por muy elástico que sea, es
preciso admitir algún tipo de canon en el
arte, que permita discriminar lo valioso de
la basura.
En las cuestiones políticas, en cambio, se
nos dice que hay que renunciar a adoptar
algún canon sobre lo valioso, porque, en
caso de admitirlo, estaríamos negando el
derecho a la diferencia. Pero el derecho a
la diferencia, como valor exclusivo y
absoluto, puede dar lugar a situaciones
inverosímiles. Un caso muy ilustrativo, que
generó su debate en el Reino Unido meses
atrás, es el de la pareja formada por Tomato
Lichy y Paula Garfield, sordos los dos, que
acudieron a la fecundación in vitro para,
tras un diagnóstico preimplantatorio, poder
seleccionar un embrión sordo. En la polémica
que generó esta insólita decisión, la pareja
argumentó, precisamente, que la sordera no
es peor ni mejor que su contrario; que es
simplemente diferente. “La sordera
–argumentaron- es una realidad positiva, con
aspectos maravillosos; es como ser judío o
negro, y no tenemos la impresión de que
pertenecer a uno de esos grupos minoritarios
sea una desgracia… Si las personas que oyen
tienen derecho a eliminar embriones sordos,
nosotros deberíamos tenerlo también para
desechar un embrión sin sordera”;
argumentación que Tomato Lichy remató con
esta observación dirigida al entrevistador
de la BBC: “en una comunidad de sordos
usted sería el discapacitado”.
Efectivamente, se trata de un caso límite,
pero perfectamente válido para constatar que
el discurso de la indiferencia –que el
respeto a los diferentes exige una
indiferencia valorativa- no es argumento; el
caso Lichy-Garfield sirve para comprender
que la discusión en los debates sociales no
es acerca de lo simplemente diferente, sino
sobre lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor
y que, por tanto, el respeto a las
diferentes sensibilidades e identidades no
pasa por admitir cualesquiera exigencias
formuladas a partir de lo que cada uno
considera fundamental para la propia
identidad.
Necesitamos un canon de lo humano capaz de
discernir si lo que está en juego es una
simple cuestión de diferencias o una
elección entre lo más o menos plenamente
humano o, incluso, lo inhumano. Adoptar
algún tipo de canon sobre lo humano entraña,
desde luego, gran dificultad, pero más
complicado todavía es que podamos convivir
si renunciamos a encontrar una base racional
para discutir sobre lo mejor y lo peor. Si
eliminamos una base racional para el
diálogo, estamos admitiendo que la única
justificación de las decisiones políticas es
al fin y a la postre la fuerza de los votos;
o sea, la fuerza.