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Política invertebrada
Por Francisco de Borja Santamaría
Si usted está en Facebook, es probable que le lleguen con asiduidad reclamos para apoyar una iniciativa o denunciar algo. Las cuestiones pueden abarcar desde lo más trivial hasta lo más noble; desde hacerse “amigo” de un plato de comida hasta frenar la lapidación de una mujer en África, pasando por impedir la desaparición de una costumbre inveterada del pueblo que le vio a usted nacer. En cualquier caso, resulta llamativa –y agotadora- la proliferación de causas para las que uno es requerido. Algunas pueden ser circunstanciales, otras, en cambio, son banderas con pretensiones de mayor alcance social y temporal.
El caso es que nos encontramos en plena apoteosis del “causismo”. Cada día se nos ofrece una causa por la que luchar o batallar. Un día puede ser la defensa de Assange y Wikileaks, al día siguiente las descargas en Internet frente a la ley Sinde y, otro la fiesta taurina, la memoria histórica, la asignatura de educación para la ciudadanía, la ley del tabaco o cualquier situación sangrante a lo largo y ancho del planeta. Se desea generar adeptos a causas y movilizar a través del ciberactivismo a la adormecida masa social.
Las tecnologías de la información y de la comunicación se nos suelen presentar como una oportunidad inédita de construir un mundo más próximo e interconectado; y, sin embargo, tengo la impresión de que, en realidad, la sociedad se vuelve cada vez más fragmentada y atómica. Las redes sociales, que cuentan con cerca de 1.000 millones de usuarios en el mundo, propician la imagen de un mundo próximo; pero, es más realista pensar que las redes nos han enredado en infinidad de mundos pequeñitos y aislados, porque lo que de verdad sucede es que en las redes sociales nos juntamos con compañeros de la escuela o de la universidad y nos hacemos “amigos” de quienes tienen nuestros mismos gustos o aficiones, o de aquellos con quienes compartimos afinidad ideológica.
Esto último quizá sea lo más significativo. La afinidad ideológica crea redes de amigos que piensan lo mismo y que se nutren de mensajes creados para reforzar las ideas que ya se comparten. Lejos de facilitar una mayor integración social y un escenario de mayor diálogo, las tecnologías de la información, las redes y los foros de discusión parecen contribuir a lo contrario: a un creciente encapsulamiento de los diversos grupos sociales en su propia dinámica, dentro de un horizonte compartido sólo por los miembros del grupo. Los ciberactivistas propician en las redes sociales, en los foros o en sus blogs adeptos a un determinado objetivo que el activismo mantiene vivo.
La transposición de este fenómeno al espacio público se están traduciendo muy probablemente en un encogimiento del mismo y, nuevamente, en un debilitamiento de la política. Lo compartido, la “cosa publica”, es cada vez menor, porque los intereses de los votantes, agrupados en redes cerradas sobre sí mismas, se van segmentando. La arena política resulta interesante para los activistas sólo en la medida en que puede servir a la causa que defienden; el resto de la agenda política les trae sin cuidado. Por esta razón, la cuestión del activismo socio-político resulta, para mí, paradójica. Evidentemente, su insistencia en un determinado objetivo social permite que se alcancen metas que de otro modo quizá no se conseguirían; pero, por otro lado, el activista focaliza la atención política en un punto muy determinado y se desentiende del conjunto de cuestiones y problemas que han de ser políticamente articulados. Para los activistas, la política no es el instrumento para resolver las cuestiones que nos afectan a todos, sino el ámbito en el que la causa defendida puede avanzar o retroceder.
El activismo político –normalmente diferente al de los partidos- no es un fenómeno nuevo. Lo novedoso, desde mi punto de vista, consiste en el influjo sobre él de las tecnologías de la comunicación, que, lejos de interrelacionar a los actores sociales, más bien los encierran en burbujas aisladas y configuradas por discursos autorreferenciales. De este modo, la acción política queda cada vez menos vertebrada, con el peligro que eso entraña para la adecuada solución de los problemas. Una vez más, avance tecnológico no es sinónimo de mejora humana. Quizá mi análisis no sea acertado. Me alegraría que así fuera.
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