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MICHAEL JACKSON, EL MITO
Francisco de Borja Santamaría
La muerte prematura de Michael Jackson ha ubicado definitivamente al rey del pop en el olimpo de los dioses. Michael Jackson ha sido –y ahora todavía lo es más- un mito con las características que los mitos poseen en una sociedad de masas.
A mi entender, un ídolo contemporáneo requiere como requisito poseer un nivel excepcionalmente elevado de notoriedad, encarnar algo que se considere valioso y suscitar la admiración y, en cierto modo, la identificación con él de sus seguidores. Las, según algunas estimaciones, 750 millones de copias vendidas por el malogrado artista hablan por sí solas de la inusitada popularidad de que gozaba. La genialidad de su arte musical y escénico constituye, por otra parte, el valor que encarnaba como pocos el menor de los Jackson. En el escenario y fuera de él, el creador de Thriller era reconocido como un artista excepcional. Y como sucede con todo personaje mítico, en Michael Jackson se operó un proceso de personificación de una cualidad poseída en grado eminente: no es que compusiera, cantara o bailara excepcionalmente bien; él encarnaba –personificaba- la música pop; para sus seguidores, el pop era Michael Jackson.
Los avatares de su vida, en muchos sentidos tan trágica como su muerte, han colaborado en ese proceso de “personificación” de una cualidad. Y es que el proceso de mitificación, que consiste en personificar algo ideal –la música pop en su caso-, requiere el elemento argumental y dramático característico de la vida humana. La fuerza del mito reside en la conjunción de algo sublime, y en cierto sentido sobrehumano, con los elementos contingentes, dramáticos y narrativos que componen toda biografía humana.

La personificación dramática de un don sublime es esencial para que se construya un mito. Pero el mito tiene también la capacidad de suscitar algún tipo de identificación con él por parte de sus seguidores. Los mitómanos proyectan en su ídolo un anhelo, un sueño, una vivencia o una experiencia esenciales. En el caso de Michael Jackson lo que, tal vez inconscientemente, sus seguidores han visto encarnado seguramente también es el sueño de la inocencia infantil y la fragilidad del individuo que tiene que sobrevivir –aunque disfrute de una fortuna fabulosa- en un mundo hostil y agresivo. Michael Jackson era un sujeto inadaptado, algo que, desde nuestra fragilidad, podemos experimentar, en mayor o menor grado, como elemento característico de la condición humana.
Un rasgo que ayuda a completar esta breve aproximación mitológica al rey del pop es que los mitos no representan un arquetipo humano digno de imitación (salvo en algunos rasgos exteriores). El mito, por serlo, no personifica necesariamente un valor moral, salvo cuando un personaje encarna precisamente un rasgo de ese tipo, como puede ser el caso de Ghandi o la Madre Teresa de Calcuta. Michael Jackson era un icono exclusivamente artístico. A diferencia de otros artistas y a pesar de las fabulosas cantidades de dinero donadas para causas benéficas, Michael Jackson no aleccionaba moralmente ni pretendió (quizá con la excepción del concierto USA for Africa y su tema We are The World) encarnar ningún valor moral. No cayó en lo que Nietzsche denominaba moralina. Lo suyo era puro arte. Por eso es exclusiva, pero intensamente, un mito artístico.♦
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