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¡Mi cuerpo
es mío!
Por
Francisco de Borja SANTAMARÍA
Arvo.net, 09.04.2008
A
veces tienen lugar reuniones pintorescas. Hace unas semanas,
por ejemplo, la prensa daba cuenta de una convención
internacional de tatuajes. En declaraciones a la prensa, una
invitada especial de la reunión, Isabel Varley, que, a sus
setenta años, luce un cuerpo tatuado de pies a cabeza
explicaba su visión de la cosa: “Es mi cuerpo y puedo hacer
lo que quiera con él”. La verdad es que afirmaciones como
éstas se agradecen porque son una perla. Uno se había
preguntado muchas veces qué le encontrará la peña a eso del
tatuaje y el piercing, y, aunque lo dicho por esta
setentona tatuada de pies a cabeza no sea una respuesta
definitiva, alguna pista da. ¿Que a la gente no le gusta
cómo va una tatuada? ¡Allá ellos! ¡Mi cuerpo es mío!
El afán de
posesión no tiene límites y poseer el propio cuerpo nos
produce una satisfacción indescriptible. Para el hombre, el
propio cuerpo ha sido siempre un enigma y hay quien piensa
que el mejor modo de desentrañar algo enigmático es
dominarlo. En el caso que nos ocupa, se trata de demostrarle
al propio cuerpo que uno es el que manda, por ejemplo,
convirtiéndolo en un objeto de artesanía.
No muy lejos
de este empeño por manejar el propio cuerpo está la moda del
fitness y la wellness en el contexto de una
nueva concepción de la belleza y la salud corporales. En un
breve ensayo que publicaba hace unos meses Alejandro Navas,
profesor de Sociología de la Universidad de Navarra, el
autor sostenía que se ha abierto paso una concepción moderna
de la belleza corporal entendida como derecho. La belleza,
como todo ahora, es algo que uno, si quiere, puede conseguir
y no sólo eso, sino que también puede exigir, desde el
momento en que la Organización Mundial de la Salud define la
salud como “completo bienestar físico, psíquico y social”.
La “modernidad” del nuevo concepto de belleza y de salud
estriba en no reconocer límites, es decir, en ponerla a
disposición de la propia libertad. El dato quizá más
significativo en este sentido sea el recurso a la cirugía
estética, a la que, según cifras que aporta el artículo
mencionado, cada año acuden en nuestro país 400.000 personas
y doce millones en Estados Unidos. A mayor abundamiento, el
autor aporta el dato de la existencia en China de más de un
millón de clínicas y centros de belleza, la existencia en
Alemania de 7.000 establecimientos de fitness al que
acuden cinco millones y medio de usuarios o los 20.000
millones de dólares anuales que gastan los adolescentes
estadounidenses en productos de belleza y cuidado del
cuerpo.
Como explica
Navas, tras la emancipación política y social, le ha llegado
el turno al cuerpo. La supertatuada Varley, como hemos
visto, lo dijo con claridad meridiana, “Es mi cuerpo y puedo
hacer lo que quiera con él”. Y ésa es, precisamente, la
lógica interna de una relación “moderna” con el propio
cuerpo. Ni providencia, ni destino, ni naturaleza: el hombre
es el dueño único, no sólo de lo que hace a nivel personal o
colectivo, sino del propio cuerpo.
En el manejo
desmesurado de la belleza propia y del bienestar físico
late, aunque no lo parezca a primera vista, el mismo esquema
mental que justifica el recurso al aborto, los
anticonceptivos, la fecundación in vitro, la
clonación o los cambios de sexo a la carta; subyace en todo
ello la idea de que el cuerpo no puede ser un impedimento
para nuestras pretensiones. Para el hombre y la mujer
actuales resulta incomprensible que lo que se desea tenga
que pasar por el aro de las exigencias corporales. Una
relación sexual no puede estar condicionada por la
posibilidad de un embarazo, y el deseo de paternidad o
maternidad no puede dejar de cumplirse por el hecho de que
haya un problema de esterilidad. Los avances tecnológicos,
por su parte, ayudan a crear la ilusión de que se puede
hacer todo lo que se quiera. No sólo de que se puede hacer,
sino de que no pasa nada por hacerlo.
Se trata de
una contradicción más de nuestra cultura, condenada a
moverse con registros antitéticos. A la vez que, tras la
irrupción de la mentalidad ecológica, lo natural goza de un
gran prestigio, mantenemos una relación con el propio cuerpo
en la que prima la tecnología, a la que acudimos, no sólo
para mantener la salud, sino para disponer a nuestro antojo
de él. Procede aclarar ahora que una cosa es la medicina y
otra muy distinta el abuso tecnológico del cuerpo. La
medicina, aunque requiera cada vez más de una refinada
tecnología, es tal porque ayuda o suple al organismo en su
actividad natural o porque aminora el dolor. El abuso
tecnológico, por el contrario, prescinde de que algo sea
bueno o malo para el cuerpo y obvia los límites corporales.
Una cosa es, por ejemplo, hacer una trasplante de corazón,
mediante el que el organismo puede cumplir su función
natural, y otra muy distinta hacerse una liposucción para
sentirse más a gusto con la propia imagen.
La, llamemos,
concepción tecnológica del cuerpo reside en plantear la
relación con el propio organismo en términos despóticos: “es
mi cuerpo y puedo hacer lo que quiera con él”, Varley
dixit. En este planteamiento, el cuerpo no merece ningún
respeto, ni tiene un ser propio con el que nuestra libertad
haya de entrar en diálogo. En definitiva, se trata de una
visión cosificante del cuerpo, que queda reducido a algo
externo a uno mismo.
Pero ¿qué
importancia tiene todo esto? ¿No estaremos adentrándonos en
una disquisición academicista? El asunto tiene más miga
práctica de lo que pudiera parecer, porque, si el cuerpo es
realmente algo más que la carcasa en la que viaja un yo
libre y sin ataduras, una cosa de la que podemos disponer a
nuestro gusto, el diálogo con él resulta decisivo para
nuestra felicidad y para la de los demás, de modo que no es
indiferente hacer o no un uso banal del sexo, ni es una
bagatela abortar o no (ni para la criatura abortada, por su
puesto, ni para su madre); igualmente, no es lo mismo ser
concebido en un tubo de ensayo que venir al mundo en una
unión amorosa, ni conocer que desconocer la identidad del
padre o la madre biológicos; y tampoco es una tontería
sufrir anorexia, vigorexia o alguna de las patologías
ligadas a la obsesión por la imagen corporal. En fin, mi
cuerpo es mío, ma non troppo.
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