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Más allá de la paridad
por Francisco de Borja Santamaría
Arvo.net, 02.12.2009
La revista “Mujer Hoy” del grupo Vocento publicaba el pasado 25 de octubre una encuesta realizada por esta revista sobre el perfil de la mujer española. Un dato apabullante de dicha encuesta es la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral. Sólo el 13,8% de las españolas se dedica exclusivamente al hogar. Aunque no representa seguramente una gran novedad, esta cifra ayuda a visualizar la normalidad de la presencia de la mujer en el ámbito laboral.
Pero junto a ese dato elocuente, también resulta significativo el hecho de que tan sólo el 1% de las mujeres aduce como motivo de su vida laboral “liberarse del trabajo doméstico”. Las mujeres trabajan porque lo necesitan económicamente, porque quieren ser independientes o por otros motivos, pero no porque juzguen con desagrado la dedicación al hogar. Cruzando ambos datos cabe concluir que el feminismo ha dado sus buenos resultados –independencia de la mujer sobre todo-, sin que esto signifique que los planteamientos feministas, para los que el hogar venía a ser sinónimo de cárcel, sean siempre y del todo acertados. Concretamente, y me alejo ya de los resultados de la encuesta, considero que la lucha por la paridad que vienen librando algunos sectores feministas no es acertada y, en ocasiones, tiene más de ideológico que de ayuda eficaz a la mujer.
Entiendo que el feminismo paritario es ideológico porque, en vez de atenerse a la realidad de lo que realmente quieren y desean las mujeres, se propone construir un modelo de sociedad conforme a lo que las mujeres “deberían” hacer y elegir, desde el supuesto apriorístico de que el hombre y la mujer somos completamente idénticos; aspira a una sociedad en que la presencia de la mujer en los distintos ámbitos sea simétrica al varón. El feminismo paritario considera un error social que el poder -político, económico, social- no esté compartido al 50%. También considera un desajuste social la mayor presencia de mujeres en determinadas profesiones –ATS, trabajo social, labores administrativas o enseñanza, entre otras- y su menor presencia en otros trabajos, como pueden ser los ligados al sector industrial y a los negocios o en los que se requieren destrezas ligadas a la tecnología, la ingeniería o las matemáticas. El rechazo a la asimetría laboral se argumenta en ocasiones con razones económicas: sucede a menudo que en los trabajos en que la presencia femenina es mayoritaria la remuneración es inferior. La paridad llevaría a la igualdad económica y sería, por tanto, más justa.
En mi opinión, la cosa no es tan sencilla. La paridad como objetivo sobreentiende que los hombres y las mujeres poseemos exactamente las mismas cualidades y las mismas preferencias, y en consecuencia la asimetría sociolaboral ha de interpretarse como pervivencia de una anomalía discriminatoria. Sin embargo, son cada vez más los estudios que hablan con rigor de las diferencias cognitivas, afectivas y psicológicas entre el varón y la mujer, de manera que en la explicación de las diferencias laborales ha de tenerse muy en cuenta este dato. Es cierto que la situación laboral de la mujer en el trabajo debe mejorar, sobre todo en el aspecto económico. Pero lo que cabe plantearse es si la mejor manera de conseguirlo es la vía de la paridad simétrica.
La socióloga canadiense Susan Pinker en “La paradoja sexual”, un libro cargado de referencias que obligan a repensar ciertos dogmas, sostiene que el servicio a la mujer a día de hoy no consiste tanto en conseguir la paridad al precio de imponer a la mujer preferencias masculinas, cuanto en hacer que la organización laboral sea más acorde con las preferencias reales de las mujeres, basadas en gran medida en las diferencias de género entre varón y mujer. Quizá, en vez de empeñarse en imponer a las mujeres el mismo paso del varón para todo, sea más beneficioso para ellas cambiar la cultura empresarial para que estén mejor renumerados ciertos trabajos o puestos con mayor presencia femenina o para que las empresas, en vez de castigar, beneficien la maternidad. Por eso sostiene Pinker que “en lugar de esperar que las mujeres se incorporen a trabajos que no les interesan, reconocer las diferencias de género en lo que concierne a las profesiones que se escogen podría dar lugar a un debate más productivo sobre cómo corregir estos desequilibrios”. Atender a las diferencias de género en el ámbito educativo, explica la socióloga canadiense, sería además beneficioso no sólo para las mujeres sino también para los varones, cuyo fracaso escolar y sus índices de violencia son muy superiores a los femeninos.
Los logros alcanzados por el feminismo clásico en términos de libertades sociales para la mujer no deben llevarnos a aceptar todos sus planteamientos. Concretamente, hay que rehuir de planteamientos ideológicos que pretenden ahormar a la sociedad y a las mujeres, soslayando sus preferencias sociológicamente constatables, por temor a que el reconocimiento efectivo de las diferencias represente un paso atrás en el camino recorrido. En un contexto de libertades, como el que disfruta Occidente, la diferente presencia femenina de la mujer en el campo laboral y social es preciso interpretarla, antes que nada, como un ejercicio de su libertad.
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