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Francisco de Borja SANTAMARÍA
Arvo Net, 25 de julio de 2005
El pasado dieciocho de julio, UNICEF ha puesto en funcionamiento la web “nohayescusas”, para combatir la explotación sexual infantil, muy unida al fenómeno del llamado turismo sexual, que llevan a cabo, fundamentalmente, ciudadanos de países desarrollados. UNICEF aporta datos escalofriantes, que hieren todavía más, si se piensa que lo que se sabe es sólo una parte de lo que está ocurriendo. Algunas de las cifras que ilustran la magnitud de esta tragedia son las siguientes: en Asia, en la subregión del Mekong, entre un 30% y un 35% de las personas que ejercen la prostitución tienen entre 12 y 17 años de edad; en Taiwán hay entre 40.000 y 60.000 niños y niñas dedicados a la prostitución; en la región turística de Tulear, en Madagascar, la cuarta parte de las personas obligadas a prostituirse son menores de 18 años. Si estos datos, que representan sólo una pequeña parte del problema de la explotación sexual, los unimos al crecimiento de las redes dedicadas a la pederastia (recordemos que hace apenas un par de meses fue noticia el descubrimiento de una red de pederastas, que violaba a niños y bebés, fotografiaba sus imágenes y las distribuía en la red), la conclusión es que el ansia de satisfacción sexual no conoce fronteras de ningún tipo: ni geográficas, ni morales, ni humanitarias.
El fenómeno de la explotación sexual infantil resulta especialmente indicativo de la dificultad que encontramos los seres humanos para canalizar debidamente nuestra tendencia sexual. Con el sexo ocurre lo que con la agresividad: siendo elementos necesarios de la constitución humana, manifiestan una especial dificultad para encauzarse adecuadamente. Este hecho debería hacernos reflexionar y llevarnos a renunciar, de una vez por todas, al discurso ramplón del “todo vale” sexual, a dejar de elogiar bobaliconamente la trasgresión como expresión de audacia artística, de superación de tabúes, manifestación de progreso, y no sé cuántas necedades más. Resulta lamentable, por ejemplo, que un actor porno alcance celebridad o que quienes se las dan de ilustrados aplaudan ciertos eventos cargados de erotismo.
Si queremos ser intelectualmente honestos, hemos de aceptar que la pederastia, los abusos con menores y el turismo sexual que se ceba con niños y niñas, auque no lo parezca a primera vista, tienen como caldo de cultivo un marco cultural que entroniza una determinada concepción del sexo: aquélla en la que el único límite que se le reconoce es la violencia. Una cultura que considera que todo comportamiento sexual es admisible, mientras no entrañe violencia, sin quererlo, está fomentando la violencia sexual. Pienso que para ir a la raíz del problema es necesaria una transformación cultural que disuelva el dogma contemporáneo, según el cual todos los comportamientos sexuales, por el mero hecho de ejercerlos libremente, resultan igualmente valiosos.
Esta perspectiva respecto al sexo es, en mi opinión, deudora de una trasposición al orden moral del liberalismo político y, por ello, sería adecuado referirse al discurso dominante en Occidente en relación con la sexualidad denominándolo “liberalismo sexual”, que no sería más que una concreción de lo que cabría llamar “liberalismo moral”.
En efecto, la cultura política liberal se manifiesta en un escrupuloso respeto a las decisiones personales de los demás; en no inmiscuirse en las vidas y opciones ajenas, mientras no perturben a los demás: ¡perfecto!. El error, a mi modo de ver, reside en que esa actitud política nos ha llevado a los hombres y mujeres de Occidente a convertir todas las decisiones del ámbito privado en indiferentes desde el punto de vista de su valor: a confundir la improcedencia de que otros juzguen mis decisiones con que tales decisiones no sean, en sí mismas, ni buenas ni malas.
Pero esto es un error, porque el hecho de que los demás no puedan juzgarme no significa en absoluto que mis acciones sean moralmente indiferentes; en efecto, una cosa es que nadie esté legitimado para decirme si hago bien o no en tomar una decisión y otra muy diferente es que resulte indiferente que me comporte de una u otra manera. Ésta es, según la entiendo yo, la errónea traslación al orden moral del liberalismo político: lo que es un acierto en el ámbito político –la asepsia moral respecto a las conductas privadas en cuanto privadas-, representa un craso error si se traslada a la moral privada, en la que nada –o casi nada- es aséptico. Por eso representa un error lamentable confundir la indiferencia moral de los demás respecto a mis decisiones con que éstas sean, efectivamente, moralmente indiferentes. Una denominación adecuada para el error moral que trato de describir podría ser la de “liberalismo moral”.
Donde más claramente se percibe este erróneo liberalismo moral es en el ámbito sexual, en el que cristaliza como “liberalismo sexual”: una perspectiva que juzga como moralmente irrelevantes las conductas sexuales de cualquier tipo, mientras no medie en ellas coacción o violencia; del hecho de que nadie pueda inmiscuirse en la vida sexual de los demás, se pasa a considerar que cualquier conducta sexual es igualmente valiosa. Es seguro que casi nadie realiza reflexivamente este raciocinio, pero pienso que, de una manera subrepticia, este esquema mental late en el comportamiento de muchas personas. También es seguro que no todo el mundo actúa con la misma manga ancha en materia de sexo; que hay personas que tiene unos principios morales –es decir, unos criterios de actuación- más elaborados que otras, pero puede decirse que, en general, nos encontramos en un marco cultural en el que se considera que la vida sexual resulta ajena a la moral; lo cual equivale a admitir que el tipo de comportamiento sexual es irrelevante en términos de riqueza interior.
En mi opinión los discursos liberacionistas en materia de sexo y las celebraciones frívolas del erotismo como conquista social, cultural o artística nos están haciendo un flaco favor a los hombres y mujeres de Occidente, y, de rebote, están causando un daño colosal a los niños y niñas y a las mujeres de países menos desarrollados, con quienes acaban desahogando su libido los respetables ciudadanos del Primer Mundo. Pienso que sería muy saludable para todos un cambio de mentalidad en Occidente que nos llevara a reconocer sin complejos algo tan sencillo como que, también a nivel privado, el sexo debe cumplir unos criterios de calidad: seríamos mucho más felices. Que ningún gobierno esté legitimado para establecer un ideal de vida sexual no significa que, en materia de sexo, no haya comportamientos mejores y peores.
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