|
La política teatral y sus problemas
por Francisco de Borja SANTAMARÍA
Arvo.net, 24.09.2009
El comportamiento de los políticos resulta no pocas veces irritante para los ciudadanos. Lo curioso es que lo que nos molesta muchas veces no es su gestión, sino su gesticulación. Lo que atrae nuestra atención es con grandísima frecuencia, no lo que hacen, sino lo que dicen -y cómo lo dicen- los servidores de la cosa pública. Para convencerse de ello, basta con caer en la cuenta de que el contenido de la actualidad política, es decir, de lo que los medios de comunicación nos ofrecen como tal (desde la pendiente sentencia del Constitucional sobre el Estatut hasta los vericuetos del “caso Gürtell”, pasando por la gestión de la crisis), versa más sobre lo que dicen los distintos actores políticos que sobre lo que hacen. No es infrecuente que los titulares de prensa vengan dados por declaraciones. Y lo que ya resulta, no infrecuente, sino sistemático es la ilustración de noticias mediante fotografías en las que el protagonista es un político. De hecho, parte importante de la agenda de un político consiste en la generación de noticias en las que él es el protagonista principal, aunque sólo sea porque ha hecho una declaración.
El recuerdo de algo tan reciente como la inauguración del curso escolar con la presencia de algún cargo público –sea éste el consejero o ministro de turno, el presidente de una Comunidad Autónoma, o el Presidente de los Estados Unidos- ayuda a visualizar la costumbre política de generar fotografías y presencia mediática. Asistimos, sin duda alguna, a una política gesticular.
Que la política sea tan gesticular puede obedecer a varios motivos. La explicación más malévola quizá sea que tanta declaración, rueda de prensa, comunicado o fotografía protagonizados por políticos no sean más que una maniobra de distracción: mientras los ciudadanos hablamos de la última aparición pública del político –o partido- de turno, no nos fijamos en lo que realmente hace o deja de hacer. En la medida en que la noticia es el político, su gestión queda en segundo plano. Pero siendo verosímil esta apreciación, resulta incompleta, porque lo cierto es que la política gesticular requiere más claves de comprensión.
La clave quizá más importante resida en comprender que, en una sociedad mediática, la política no puede avanzar sin cierto grado de teatralización. El hecho es que el acceso a la realidad por parte de una sociedad configurada por los media está condicionado por estos, de manera que la relación de los ciudadanos con los asuntos que les conciernen y con sus gestores más directos no puede ser sino a través de aquéllos. Así que parece obligado asumir que nuestra relación con la política se encuentra, valga la redundancia, mediatizada por los media.
De este modo es como los asuntos públicos parecen abocados a seguir la pauta de una representación teatral, en la que los diferentes actores políticos son, precisamente, esto, actores; pero actores de teatro. La “mediatización” teatral de la política opera sobre una demarcación previa y obligada: la que distingue entre espectadores y actores de la representación teatral. A los ciudadanos, en calidad de tales, nos corresponde la condición de espectadores de una acción que se representa ante nuestros ojos y en la que los personajes son los distintos y variados actores políticos: partidos, diputados, concejales, sindicatos y representantes sindicales, organizaciones empresariales y profesionales, colectivos de diversa índole, etcétera.
Es de esta manera –mediante la dramatización que representa a diario la clase política- como los ciudadanos podemos hacernos cargo y como simplificamos una realidad política enormemente compleja. Se trata de una dramatización que confiere estructura narrativa a la vida social y política y que tiende a personificar en los actores políticos los distintos valores –solidaridad, eficiencia, orden, aprecio por el pluralismo, simpatía, capacidad de diálogo, compromiso, dinamismo, ilusión por el futuro, etcétera- que pueden ser relevantes para los ciudadanos. Este proceso de identificación entre valores y actores políticos refuerza en estos últimos la obligación de dramatizar o representar algo, llegando en muchos casos, si no en la mayoría, a la sobreactuación. Se consolida de esta manera la teatralización de la vida pública, que tiende a girar en torno a un argumento sencillo y falto de hondura. Explica esto la sensación compartida por muchos ciudadanos de falta de autenticidad en los políticos.
La política teatral tiene el problema de que, si bien simplifica la percepción de los acontecimientos públicos por parte de los ciudadanos, por otra parte genera desconfianza en los más críticos. En efecto, si la política se percibe como representación teatral, resulta inmediata la sospecha de que la verdad de lo que está ocurriendo no se encuentra en el escenario, no está ante nuestros ojos. El convencimiento de que no nos enteramos de lo que realmente está pasando resulta inevitable.
Pero la política gesticular plantea aún otro problema, quizá todavía más grave. Como he señalado más arriba, la teatralización de la vida política opera sobre la previa distinción entre espectadores y actores de los asuntos públicos. Pero esto, de suyo, va contra uno de los ejes más valiosos de la democracia: la consideración de los ciudadanos como protagonistas de la vida pública, ya que ser espectador representa la antítesis de la participación.
Nos encontramos, por tanto, con que la teatralización de la vida pública, exigida de alguna manera por su constante exposición a los focos mediáticos, tiene efectos perversos sobre la política, de manera que la promesa de transparencia, en forma de información veraz e independiente, traída por los medios de comunicación se materializa en lo contrario: la ocultación y el engaño como herramienta de la política, con el consiguiente decaimiento del interés ciudadano. La cuestión, entonces, es saber si esta situación es estructural e inevitable o si podemos aspirar a una presión mediática que no empuje hacia la desvirtuación de la política; la pregunta es si la presencia de los focos mediáticos puede arrojar luz sobre los acontecimientos públicos sin distorsionarlos con su mera presencia. En la respuesta a estas preguntas se encuentre tal vez en buena parte la clave de la ansiada movilización política de la ciudadanía.
|