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GRAMÁTICA DE LA CALLE
por Francisco de Borja SANTAMARÍA
Hay cierta polémica en Barcelona con si hay que prohibir o limitar de algún modo que la gente se pasee en barrios y zonas próximas a las playas en bikini o, versión masculina, en bañador sin camiseta. En Sitges, para obviar prohibiciones, el Ayuntamiento ha propuesto normas de “buenas prácticas”, para evitar el bañador como única prenda en las vías y locales públicos. Sea lo que
fuere, y al margen de la cuestión del bikini, el asunto tiene su miga, porque la calle es algo que compartimos todos, es la materialización más inmediata y obvia de lo público, de lo común y, por tanto, tiene sus exigencias. Invocar la libertad sin más representa una solemne tontería. Que la calle es de todos significa, entre otras cosas, que no es de nadie. Lo de “la calle es mía” sólo se le ocurrió a Fraga, y eran otros tiempos.
La calle es de todos y, por eso, no vale todo. De hecho, las calles dicen algo acerca del nivel de civilización de un país. Su limpieza, su seguridad, su prestancia dicen bastante de su cultura. Cuando una sociedad alcanza un grado mínimo de civilización, se preocupa por sus calles. En cierto sentido, la calle representa un ideal de comunidad, al que no le son ajenas las exigencias estéticas.
Que la gente se vista mejor, al menos un poco, para salir a la calle (como suele decirse, “arreglarse”) es un detalle más significativo de lo que a primera vista parece. Una persona mínimamente educada utiliza códigos diferentes en casa y en la calle. Y eso porque entiende que el espacio público es un ámbito de respeto: un espacio en el que hay que manifestar y exigir respeto. Respetar y hacerse respetar lleva a discernir códigos válidos en el ámbito privado-doméstico, de códigos propios del ámbito público. Las personas con un sentido elemental de lo que son las cosas disciernen qué comentarios, gestos, actitudes, posturas pueden ser oportunos en el ámbito privado y no lo son, en cambio, pasado el umbral de la propia casa. En el caso que nos ocupa, no hace falta ser muy perspicaz para pillar que la indumentaria tiene su gramática. En efecto, sentarse a cenar en un restaurante luciendo bañador está tan fuera de lugar como llegar a la playa embutido en un frac. Las fotografías del ambiente playero de hace un siglo nos resultan ridículas porque, efectivamente, muestran que en aquella época no se sabía todavía que la gramática del vestido permitía una indumentaria más relajada e informal para las zonas de baño. Pero esa misma gramática es la que impone algunas normas mínimas de decoro en las playas y la que indica cuál es la indumentaria más adecuada en cada lugar.
Lo del bikini callejero, por otra parte, es sólo un paso más en una prolongada tendencia de degradación de las urbes. Previamente se han descendido otros escalones: publicidad indecorosa ubicua, en mobiliario urbano, vallas publicitarias y tiendas; parejas que exhiben sus efusiones amorosas en plena calle, botellones en parques y plazas, baños en fuentes públicas cuando suben los termómetros, mascotas que ensucian las aceras, diálogos soeces en los medios de transporte…
Cuando una persona considera irrelevante su apariencia y comportamiento en la calle, está manifestando sin darse cuenta, bien que su sentido cívico deja mucho que desear, bien que su intimidad es deficiente y además carece de gusto, o bien todo ello a la vez. ♦
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