Por Joaquín FERRER ARELLANO (*)
Desde el comienzo de la década de los sesenta el A. se ha ocupado con frecuencia de la relación. Lo atestiguan sus numerosas publicaciones sobre el tema ya desde sus años de docencia e investigación en la Universidad de Navarra, en los inicios de las Facultades de Filosofía y Teología (tales como Filosofía de las relaciones jurídicas, publicada en el n. 3 de la misma colección filosófica, cuya 2ª ed. es inminente). “He sentido la necesidad -escribe en la introducción- de compendiar aquí y continuar la reflexión -de modo sistemático, en su interna coherencia- lo esencial de mis escritos anteriores sobre el tema en un estudio monográfico sobre la metafísica de la relación y de la alteridad -en ella implícita- en la perspectiva personalista que su estudio mismo postula”. (De ahí el subtítulo: persona y relación).
El A. propone en este libro una metafísica relacional “enraizada en el evento sapiencial de Tomás de Aquino”. Una metafísica capaz de iluminar una antropología personalista que dé cuenta cabalmente explicativa -en perspectiva trascendental, la propia de la Filosofía primera- de los caracteres aparentemente contradictorios con que la persona se presenta a sí misma: subsistencia y pertenencia, clausura y apertura, incomunicabilidad y comunión, independencia y respectividad. Una metafísica que ilumine, en definitiva, la verdad del hombre: esa misteriosa entidad simultáneamente espiritual y corpórea, medio cosa y medio logos, abierta al horizonte trascendental del ser irrestricto, que permite -e impone, salvo desatención más o menos culpable- la inferencia que remite inexorablemente al Ser Absoluto Trascendente. A esa luz, aparece la subjetividad personal humana como una "respuesta -tendencia" ontológica a una invocación -voz en la nada- del Absoluto, que la implanta en la existencia, llamándola por su propio nombre -como única criatura querida por sí misma- en una constitutiva respectividad al cosmos irracional -al Universo infrahumano- y a las demás personas. "Finitus capax infiniti", es capaz de vivir -por su vertiente espiritual- la infinitud del ser, en la precaria medida que le compete al espíritu encarnado: la que alcanza la experiencia "ontológica" del ser del ente -mediada en una experiencia "óntica" vigente siempre en un "perceptum"- que remite a la trascendencia del Absoluto Creador.
La descripción fenomenológica de la condición humana, a la luz de aquella experiencia ontológica, impone, en efecto, una ontología de la persona fundada en la participación trascendental en el ser que explica el porqué de aquellos caracteres que pudieran parecer antitéticos, que pueden reconducirse a dos dimensiones fundamentales: subsistencia irreductible y coexistencia o relacionalidad; constitutivas ambas de la condición personal. Es más, a juicio del A., la "apertura" o trascendencia relacional de la persona, es la razón formal de la "clausura" o subsistencia irreductible de su perfección inmanente. ¿Cómo no ver en ello algo así como un reverbero o pálido reflejo de las relaciones subsistentes en la Comunión de Vida trinitaria de su Creador, del cual es imagen? (De hecho, el A. ha ido elaborando su propuesta metafísica en constante relación con el saber teológico, al que ha dedicado una larga actividad docente e investigadora, en la triple dimensión del misterio cristiano: trinitario, cristológico y eclesiológico, al que aluden repetidamente estas páginas).
Así va siendo progresivamente reconocido por la filosofía personalista de raigambre clásica, pero abierta a la fenomenología de la condición humana subyacente a la antropología de la "Gaudium et Spes" del Concilio Vaticano II -especialmente valiosa en nuestra área cultural (X. Zubiri, J. Marías, Millán Puelles, L. Polo, con los que el A. mantiene un constante diálogo)- que es la misma antropología y metafísica implícitas en la Biblia y cultivada por numerosos autores personalistas profusamente citados en este estudio).
“Cabe describir a la persona -escribe- como un ser irrepetible, dueño de su propio destino, irreductible a cualquier otro, innumerable (no es mero ejemplar de su especie, pues tiene "nombre" ireductiblemente "único": se ha dicho acertadamente que Dios sólo sabe contar hasta uno, pues llama a la persona por su propio nombre, otorgándole una intimidad constitutivamente libre, que es como una respuesta ontológica, siempre inédita, a la Voz en la nada de la Palabra creadora); dotado de una intimidad inacabable, inabarcable (inaccesible al pensar objetivo: se me revela sólo libremente, en el encuentro inmediato de la comunión de amor, a través de la expresión corpórea de su espíritu; de su rostro, en especial de su mirada que, como describe tan emotivamente E. Lévinas, me interpela como un reto inquietante). Pero, además de estos caracteres expresivos de una irreductible intimidad subsistente que tan morosamente describen los filósofos personalistas, debe afirmarse con no menos énfasis, que la persona es un ser constitutivamente relacional intrínsecamente comunicativo, con el poder de darse a los demás, y al Otro trascendente que funda ontológicamente aquella intimidad ("intimor intimo meo", según la genial formulación agustiniana)”.
Las dos dimensiones más radicalmente constitutivas de la persona a las que cabe reconducir todos sus caracteres -que si pueden parecer incompatibles, se concilian a la luz de la experiencia ontológica- son: 1) su irrepetibilidad, que los clásicos denominaban subsistencia e incomunicabilidad. Por esta propiedad cada persona es un Quién, y no simplemente un qué. Y 2) su apertura a los demás, es decir, su máxima comunicabilidad o apertura constitutiva. Esta, que ha sido denominada también como coexistencia, se manifiesta, en acto segundo, según el A., según la triple inflexión: ser-de, ser-con -diferenciado éste a su vez en la "tipicidad trascendental" en ser-desde y ser-en, según sea varón o mujer- y ser-para (diversas expresiones de su respectividad constitutiva al orden de participación en el ser -implícita en la metafísica de Tomás de Aquino).
No es cierto, como quería Plotino, que el principio originario sea el Uno. "En la Cumbre" -decía el Pseudo Dionisio- "el Uno se identifica con el Tres". La unidad es tan originaria como la multiplicidad -en especial, el "dos" y el "tres"- (si se toma en sentido trascendental); y la sustancia como la relación. Esta afirmación capital expresa, justamente, "el misterio del ser", según la libre automanifestación que de él hace en la historia, el Dios Uno "El que es" como Trinidad. Ella es la respuesta trascendente y gratuita a la pregunta radical que plantea a la mente humana la "óntica apertura" (potencia obediencial), del misterio ontológico propio de la persona, que refleja estructuralmente la Comunión Tripersonal de la que es imagen. (El A. reivindica la sugerencia de la Teología del oriente cristiano que explica la Trinidad por relaciones triádicas de mutua implicación, como desarrolla en el capítulo II y el anexo II).
Este planteamiento supone toda una "heurística" de diversos tipos de relación que constituyen, configuran o manifiestan el Universo -y el puesto del hombre en él- (capítulo I) que estudia temáticamente, a continuación en su tipología fundamental de la relación (trascendental, predicamental y lógica) , en diálogo con otras posiciones que le parecen peor fundadas (capítulo II).
El A. reinvidica la relación constitutiva -no muy afortunadamente llamada trascendental desde Domingo de Flandes- saliendo al paso de su negación por un sector del tomismo Contemporáneo influído por Krempel y C. Fabro (C. Cardona, F. Ocáriz. T, Meléndo, etc…) que admiten sólo como real en el ámbito creatural la relación predicamental distinta de su fundamento (incluído -extrañamente- el respecto creatural a Dios). Según el A., la sustancia -como la cantidad y la cualidad de la que emergen- está penetrada de una relacionalidad que es constitutiva de su subsistencia, que propiamente compete sólo a las realidades personales dotadas de espiritualidad (en tanto que capaces de vivir la infinitud del ser por su emergencia de la materia), formando un único orden de participación en el ser llamado a la existencia por “El que es”: el Ser Absoluto imparticipado creador del universo. Persona es, pues, “distinctum subsistens respectivum”. Esta respectividad constitutiva se manifiesta en relaciones dinámicas predicamentales que no se distinguen de su fundamento inmediato, cantidad cualidad en unidad estructural -o sólo cualidad, según se trate de acciones transitivas o inmanentes. Las relaciones lógicas pertenecen al mundo de lo “irreal” (de “los objetos puros”, necesario para manifestar al espíritu humano la realidad en su respectividad (trata ese tema en díalogo con Frage, Propper y -en especial- Millán Puelles, que con tanta finura analítica ha estudiado el amplio repertorio de la pura objetualidad).
El A. estudia en este contexto el triple orden de relación dinámica configuradora de la personalidad (es decir, del desarrollo perfectivo de la persona). El hombre busca su realización en y a través de sus relaciones de filiación ("ser-por"), de conyugalidad y convivencialidad ("ser-con"), y de procreación y producción ("ser-para"). Ellas configuran su "nombre nuevo". Si no se malogran por desatención culpable a la propia vocación personal, en y a través de ellas, "conquista" la propia dignidad a la que está llamado, encuentra su propia felicidad. En la relación: jamás en el aislamiento infecundo y destructor a que conduce una interpretación del hombre en clave de sustancialismo "solipsista".
Aborda, a continuación (capítulo III), las relaciones de alteridad, fundadas en la constitutiva relacionalidad -o coexistencia- de la condición humana, que configuran la vida social. Si bien estudia las relaciones sociales en perspectiva filosófica -en su compleja tipología y normatividad que incluye las relaciones jurídicas a las que dedicó el A. una amplia monografía en 1963, recientemente actualizada- incluye también una referencia a la acción social que estudian los cultivadores de la sociología científica, con la intención de mostrar la relación entre ambos niveles de conocimiento, que son -deber de ser- distintos y complementarios (capítulo III).
Concluye este ambicioso estudio -una antropología metafísica, personalista y relacional, de consensada inspiración bíblica, prácticamente en la integridad de su temática, que apenas queda esbozada en esta breve reseña -con un estudio especial, ontológico y noético- de la relación del hombre con Dios (Capítulo IV). El respecto creatural constitutivo de la persona humana se expresa en una típica variedad de relaciones noéticas con Dios, del hombre naturalmente religioso -sobrenaturalmente cristiano, y antinaturalmente ateo- que fundan sus distintas actitudes teístas, agnósticas y ateas. Se exponen en esta última parte los fundamentos de una Filosofía de la religión (que el autor desarrolla después ampliamente en un libro recientemente publicado del mismo título, en ediciones Palabra) en su típica diversidad y mutua relación.
En "METAFÍSCA DE LA RELACIÓN Y DE LA ALTERIDAD. PERSONA Y RELACIÓN",
Pamplona. Eunsa. 1998.
|