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INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA (Lluís Pifarré)

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ROPERO Alfonso
Introducción a la Filosofía
Edit. Clie, Tarrasa
2000, 734 págs.

Por Lluís Pifarré


El libro “Introducción a la Filosofía” de Alfonso Ropero, está dividido en 10 capítulos, a través de los cuales, y siguiendo la cronología clásica, analiza el pensamiento desde los filósofos griegos hasta los más importantes pensadores contemporáneos. A lo largo del libro reproduce de forma exhaustiva, diversos textos de los filósofos que considera más significativos. Haciéndose eco del principio orteguiano de que “la claridad es la cortesía del filósofo”, el autor muestra la difícil cualidad de expresarse con un estilo llano e inteligible, haciendo agradable su lectura, a pesar de las dificultades de algunas cuestiones propias de la disciplina filosófica. Alfonso Ropero ejerce el cargo de pastor evangélico en la provincia de Ciudad Real, es escritor y ensayista, y ha publicado otras obras, enfocadas fundamentalmente a describir los diferentes movimientos filosóficos y su vinculación o lejanía con las doctrinas teológicas que se han dado en el mundo cristiano a lo largo de la historia.

Es indudable el interés que supone leer un libro de historia de la filosofía escrito por un pastor evangélico, teniendo en cuenta que en el ámbito de estos sectores ministeriales del mundo protestante, a menudo se ha concebido con recelo la relación entre la religión y la filosofía. Sólo haría falta reproducir, para confirmar este tradicional rechazo histórico, algunas de las frecuentes frases que Lutero dijo en contra de la filosofía, especialmente de la metafísica tomista, pues consideraba, basado en la “sola fides”, que la filosofía fomentaba la soberbia humana, no servia para iluminar los contenidos de la fe y era inútil para obtener la salvación. Se podría decir, en este orden de cosas, que el libro de Alfonso Ropero, rompe, de algún modo, con estos planteamientos de la tradición luterana, pues a través de sus comentarios, nos sabe mostrar la importancia de la metafísica y de la razón natural como elementos necesarios para obtener una mejor comprensión y fundamentación de las verdades reveladas de el Evangelio. Por este motivo, consideramos que lo más interesante del libro y que conviene destacar, es el noble esfuerzo intelectual que hace el autor para conciliar la filosofía y la religión cristiana, la fe y la razón natural, la teología y el pensamiento especulativo.
En el capítulo dedicado a la filosofía griega, Ropero valora el hecho de que el primitivo cristianismo y especialmente algunos Padres de la Iglesia, supieron aprovechar los elementos positivos de la filosofía griega, para cimentar adecuadamente las verdades cristianas, y así poder transmitir mejor el mensaje de la salvación. Así nos dirá el autor: “¡Que duda cabe que la reflexión filosófica prestó servicios innegables a la incipiente teología cristiana!. El cristianismo está en continuidad con la filosofía griega, del mismo modo que estaba en continuidad con la religión hebrea” (p 48 y 79). En contra de esta actitud de los primeros cristianos, el autor reconoce que en “la historiografía protestante, en virtud de su principio de la sola Escritura, y su correlato de tradición igual a tergiversación, se ha esforzado siempre en demostrar que el molde del pensamiento griego desvirtuó, traicionó la originalidad del mensaje cristiano” (p 48). A pesar de su admiración por Platón, Ropero escribe que el idealismo platónico al desvalorizar las realidades del mundo sensible, y, por tanto, la realidad del cuerpo humano, no es el pensamiento más idóneo para ilustrar a la teología en la comprensión de la Encarnación de Cristo, este misterio que tan grandemente ha ennoblecido la naturaleza humana: “Frente al concepto de cuerpo como cárcel del alma en Platón, la teología desde un principio confiesa que Dios se hizo carne… El cuerpo para el cristiano reviste desde el principio la mayor excelsitud y dignidad” (p 56).

El autor pone de relieve que la filosofía y la teología tienen en común la búsqueda de la verdad, y a pesar de que parten de objetos diferentes de conocimiento (la razón natural y la verdad revelada) estableciéndose entre ellas mutuas y fecundas influencias: “La filosofía es conquista penosa de la verdad, la fe es contemplación meditativa de la misma, que también tiene su parte de conquista, como aquella de contemplativa. La Revelación no anula la razón, sino que la eleva a una mejor comprensión de sí misma” (p 34 y 37). Debido al rico contenido germinal que posee la verdad revelada, tanto la filosofía como la teología tienen un papel fundamental para hacer más inteligibles estas verdades, y extraer de ellas sus luminosas posibilidades: “La filosofía y la teología cristianas no consisten en otra cosa que explicitar los contenidos de la revelación, mostrando su relevancia actual y su poder de transformación… La fe tiene que llevar al conocimiento, pues siempre hay más por revelar en lo ya revelado” (p 35). El autor considera que fundado en la luz de la razón natural, el cristianismo sin ser una filosofía, engendra una filosofía: “Aportada por la fe cristiana nace una filosofía que incluye en su armazón el dato revelado a la luz de la razón” (p 31).

Ropero, siguiendo la línea de la tradicional filosofía cristiana, expone sin reticencias que la exigencia de la filosofía es la búsqueda honesta de la verdad, aceptando sin manipulaciones la realidad misma de las cosas: “La adoración del filósofo es adoración en honestidad, que no se contenta con nada menos que la verdad, con el respeto supremo a lo real tal como es, sin engaños ni falsedades. La filosofía es la luz que avanza el conocimiento y el progresivo esclarecimiento de la verdad” (p 25 y 35). Pero la verdad revelada, en cuanto a sí misma, en sus contenidos esenciales, no puede estar condicionada ni subordinada a los cambios ni a las evoluciones temporales, a pesar de que se modifiquen y se transformen las circunstancias históricas en las que se ha de desenvolver: “No es que la verdad progrese o evolucione en el sentido de hacer falsos los estadios previos. De hecho no se puede hablar de “evolución” en la verdad… La atemporalidad de las verdades de la revelación no están en su forma, sino en su contenido” (p 35 y 38).

Ropero manifiesta su desacuerdo por aquellas actitudes que han desconfiado de la filosofía, pues son las responsables de la ruptura entre la fe y la razón, y sus consecuencias es que han dejado a la teología desprotegida, sin fundamentos racionales: “La revelación no anula la razón, sino que la eleva a una mejor comprensión de sí misma. El divorcio entre fe y razón se consuma: la culpa es de los creyentes que no supieron estar a al altura de su misión… Es suicida y negación del contenido universal de la fe, creer que la teología versa únicamente sobre la interpretación de la Escritura” (p 37 y 45). En este orden de consideraciones, el autor haciéndose eco del pensamiento aristotélico-tomista, reconoce la importancia de la inmediación de la realidad sensible como punto de partida de la reflexión filosófica: “Se adquiere conocimiento a partir de la experiencia sensible en este mundo. La filosofía tiene que partir de la experiencia sensible” (p 58). y para dar más solidez a sus argumentos recalcará lo que dice S. Pablo en la 1ª epístola a los Romanos: “El deber de la razón es conocer a Dios por las cosas visibles… Así en San Pablo; las cosas invisibles de El, su eterno poder y deidad se hacen claramente visibles” (p 69). Ropero mostrará su ingenio al describir la bondad del ser por el hecho de ser, ya que es en la realidad del ser como acto donde se cimienta y deriva el bien y todas las demás perfecciones divinas: “Toda realidad es buena en la medida que es”, y nos recordará un pasaje del Génesis, en el que el Creador se admira de la bondad del ser de las cosas que iba creando: “Cada realidad creada cuenta con la aprobación divina: Y vio Dios que era buena” (p 167).

Para el autor, el rechazo de la filosofía es una insensatez por parte de los creyentes, pues se exponen a tener una fe irracional, cándida e inestable: “Para el creyente informado la huida de la filosofía es una caída en la irracionalidad. Una fe ciega prestada con ligereza no tiene ninguna estabilidad y es incauta y carente de discernimiento” (p 115 y 225). En este ámbito de consideraciones, es lógico que realice una crítica del intuicionismo nominalista por considerar que los métodos racionales basados en los conceptos universales no son aptos para acceder a las verdades religiosas, con lo que se deben sustituir por la experiencia de lo individual, no cimentada en la racionalidad metódica, sino en un subjetivo misticismo: “El nominalismo tiende a convertir el misticismo en una manifestación no susceptible de examen y a presentar la experiencia religiosa individual como un substituto de todo método racional” (p 209). En este contexto, sabe admitir, con honesta imparcialidad, que esta actitud mística influirá en los inicios de la reforma luterana, provocando la escisión entre la fe y las obras: “El repudio de la filosofía y el apego de la vida mística (rechazo de las obras) será fundamentalmente la opción protestante de la reforma. Lutero rechaza los universales aceptando solamente la realidad de las experiencias particulares e individuales” (p 283 y 311). Esta histórica desvaloración de la filosofía medieval en ámbitos luteranos, reconoce que se ha traducido en que “La imagen de Tomás de Aquino esté muy distorsionada, principalmente en el protestantismo” (p 239).

Ropero introduce en alguno de sus comentarios, los planteamientos de la “ékstasis” heideggeriana sobre el sentido de la conciencia del pasado como elemento para la comprensión del presente en el horizonte de la temporalidad: “Es un grave error ponernos a pensar sobre alguna cosa con independencia del pasado… pensamos el presente con nuestro pasado y desde la altura a la que nuestro pasado nos ha traído” (p 699). Y la Edad Media es uno de estos pasados que el autor valora como una fase enriquecedora en el desarrollo de la cultura y el pensamiento filosófico, de la que no podemos prescindir: “Hasta los filósofos más positivistas y menos proclives a los intereses religiosos, siquiera metafísicos, reconocen que la Edad Media tocante al pensamiento, fue una época de inmensa actividad y de atrevidas innovaciones” (p 697).

En uno de los apartados sobre la filosofía contemporánea, Ropero se referirá al teólogo y eclesiástico anglicano William Temple, destacando el esencial valor que para este pensador tienen las realidades materiales de nuestra vida corriente, cuando están precedidas e informadas por las dimensiones del espíritu religioso. Un planteamiento sobre la relación entre religión y vida, que recuerda al de los personalistas cristianos, y aprovecha la circunstancia para hacer una sugerente reflexión de la que se pueden extraer ricas consideraciones: “Temple nos dice que creemos en la realidad de la materia que el espíritu informa, en este sentido, hizo notar a menudo que el cristianismo es la más materialista de todas las religiones”. (p 654).

Si nos referimos a algunos aspectos no tan elogiosos de esta obra de Ropero, habría que señalar la distinción que hace en algunos apartados, entre el libre arbitrio y la libertad individual, o la diferencia que establece entre lo que denomina fe ilustrada y fe confiada, puesto que estas consideraciones, frecuentemente se apoyan en argumentos confusos y poco convincentes. Tampoco queda aclarada su formulación sobre el libre examen de las Escrituras que cada individuo debe realizar por su propia cuenta y fiándose de sí mismo, pues este planteamiento se contradice con lo que expone en otros apartados al decir que la participación en las verdades esenciales de la fe no se puede recluir en el ámbito de la conciencia particular, ya que ello obstaculizaría su participación universal en todos los creyentes. Por otra parte, resulta algo sorprendente su opinión de que la reforma luterana tuvo un origen laico, cuando en realidad sabemos, que sus iniciales líderes doctrinales fueron casi todos clérigos o frailes exenclaustrados. También aparecen los recurrentes prejuicios del mundo protestante respecto del catolicismo, como es el caso de la interpretación peyorativa que hace el autor del concepto de la “tradición”, en el que frecuentemente, sin aportar argumentos, le da un significado históricamente negativo, o las referencias al papa y a la sede romana, basadas en los obsoletos tópicos de que su primacía jerárquica se mantiene mediante su autoridad tiránica que tiene sometida y encadenada la libertad de conciencia de sus fieles.

El autor termina el libro, sugiriéndonos que leamos los relatos evangélicos, con la inteligencia despierta para dejarnos inspirar sin ilusiones engañosas o prepotentes disposiciones: “Es preciso ir a la Biblia no con la mirada del visionario, sino con los ojos de la razón, iluminados por la fe, y así rectamente, estudiar cada parte con precaución y humildad” (p 701). Actitudes semejantes nos había recordado en páginas precedentes, al aconsejarnos cual ha de ser el talante del filósofo, como buscador de verdades, o como dice Platón, como un cazador que busca ansiosamente en la llanura de la verdad: “La vocación filosófica como pasión de verdad sólo puede darse en desprendimiento y humildad” (p 25). En última instancia, Ropero nos dice que la fe y la razón se influyen mutuamente en el itinerario de una existencia que ama las profundas realidades de la vida humana y anhela el conocimiento de la verdad: “Fe y razón se identifican en su andar hacia la meta suprema de la vida humana” (p 160). Es indudable que libros de historia de la filosofía como los de Alfonso Ropero, pueden ser una óptima herramienta intelectual para llegar a una mejor comprensión doctrinal entre las diferentes confesiones cristianas, y diluir malos entendidos históricos que en ocasiones se basan en ambigüedades y equívocos terminológicos.

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

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