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¿EVOLUCIÓN O CREACIÓN? RESPUESTAS (-)

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¿EVOLUCIÓN O CREACIÓN? RESPUESTA A UN FALSO DILEMA

(Metafísica de la Creación y ciencias de la evolución). J. FERRER ARELLANO. - J. M. BARRIO MAESTRE

Este profundo e interesante ensayo, de evidente actualidad, se propone exponer el modo que parece más adecuado, en el actual horizonte cultural, de plantear la cuestión de la existencia de Dios, trascendente al Universo y Creador del mismo; y mostrar las líneas maestras del desarrollo de una metafísica creacionista -abierta a la revelación bíblica, pero estrictamente racional- que, lejos de contradecir las conclusiones más fiables de las disciplinas científicas —verdaderamente tales, no de las “ciencias de falso nombre” (I Tim 6, 20)— que investigan el fenómeno evolutivo, se integran -como las dos alas para volar, en la sugerente metáfora de la “Fides et Ratio” de Juan Pablo II-, iluminándose mutuamente en las búsqueda de la verdad de los orígenes del hombre. Está concebido como respuesta al falso dilema que propone un “cientificismo” absoluto y excluyente de quienes hacen de la evolución algo así como el dogma fundamental de una nueva religión en el que debe creerse con un apriorismo anticientífico que sustituiría al viejo dogma bíblico y metafísico de la creación por caduco e incompatible con “la ciencia”.

Los A A. se enfrentan con el tema de los orígenes del mundo y del hombre —que estudian al nivel fenoménico que le es propio, las ciencias de la evolución,—, con una intencionalidad formalmente filosófica, poniendo de relieve que la Metafísica de la creación puede enriquecer el punto de partida empírico de su estudio —de intención ontológica y causal— con las aportaciones científicas al misterio de los orígenes (de las ciencias que investigan el fenómeno de la evolución de lo inerte a la vida, el origen de las especies y la emergencia del fenómeno humano), en las que no faltan mixtificaciones, conclusiones precipitadas y extrapolaciones del método científico, en las que se incurre, con lamentable frecuencia, en interpretaciones de conjunto pseudocientíficas. Desenmascararlas, poniéndolas en evidencia, es uno de los objetivos de este ensayo, con la intención expresa de mostrar que los datos más fiables que ellas aportan sobre la evolución, que culmina en el hombre, confirman las afirmaciones de la metafísica de la creación, la cual funda radicalmente, a su vez, el hecho evolutivo que ellas tratan de esclarecer de manera empírica (la propia de las ciencias positivas de los fenómenos).

Ya en la introducción al libro se cita como ejemplo paradigmático de toda una mentalidad muy extendida, el caso Edward O. Wilson, conocido profesor de Harvard y autor de varios best-sellers. Se propone Wilson en su último libro, que titula significativamente “Consilence”, poner en el centro de todo la biología evolutiva como principio integrador de todos nuestros conocimientos, en un nuevo intento de lograr la vieja aspiración de los jónicos, en los inicios de la filosofía griega, que buscaban el arjé, el principio explicativo de todo lo real más allá del mito. “La idea central de la concepción consiliente del mundo es que todos los fenómenos tangibles, desde el nacimiento de las estrellas hasta el funcionaminento de las instituciones sociales, se basan en procesos materiales que en último término son reductibles, por largas y tortuosas que sean las secuencias, a las leyes de la física...” (pp. 389-390). Pero si es cierto que el pensamiento, la libertad, la decisión moral, e incluso las experiencias místicas del hombre, -“corpore et anima unus”- se encuentran entretejidos con neuronas, genes y carbohidratos -de ahí su apariencia de verdad- el materialismo científico es falso porque elimina “a priori” cualquier dimensión trascendente a lo material que de cuenta de las exigencias inteligibles del origen, del ser; del obrar y del sentido del hombre y del universo en un flaso dilema “a lo Galileo”.

En la primera parte J. FERRER -coordinador de esta monografía- estudia, en cuatro capítulos el acceso humano a Dios Creador, que es siempre intelectual y metafísico, en sus condicionamientos antropológicos, y en las varíadas expresiones que le son respectivamente connaturales.

Se trata en ella, en primer lugar (Capítulo I), la estructura del dinamismo mental que conduce —en las diversas inflexiones y modalidades de un mismo movimiento del espíritu— a la inferencia metafísica de Dios Creador— Aquél que es y da el ser al mundo —según el nombre que se dio a sí mismo en la teofanía bíblica a Moisés (YHWH) desde la zarza ardiente—, que es del todo connatural a la condición humana constitutivamente religada al Creador.

Aborda después (Capítulo II), el tema del origen en la conciencia del hombre, de la noticia primera acerca de Dios como fundamento Absoluto del mundo —que es el núcleo de lo que Newman llamaba “experiencia religiosa fundamental”— y de su naturaleza epistemológica, que es la propia de aquel tipo de saber precientífico, vehiculado por el amor, que Tomás de Aquino denomina conocimiento por connaturalidad (por modo de inclinación). La advertencia de Dios como Absoluto trascendente fundamento del mundo emerge en el hombre, en efecto, de modo espontáneo, por connaturalidad, con una actitud de amor benevolente, de orden ético—personal. Pero está también condicionada por hábitos intelectuales o dianoéticos de origen —en buena parte— sociocultural. Se trata de un saber originario de Dios, que brota de la metafísica espontánea del entendimiento humano.

Expone a continuación (Capítulo III), las pruebas de la Teodicea clásica, que presenta, acertadamente, como otras tantas inflexiones y modalidades de un mismo movimiento del espíritu, conducido por la advertencia —inexpresa quizá— de la causalidad metafísica (que analiza con gran finura en el anexo). Tienen, si son concluyentes, el cometido de poner “en forma”, en su rigor lógico y certeza metafísica, aquella espontánea inferencia del hombre, naturalmente religioso, apoyada en el principio metafísico de causalidad. Buscan, pues, elevar una previa convicción intelectual en rigurosa y explícita intelección convincente.

La segunda parte —escrita por José María Barrio Maestre, profesor de Filosofía de la Universidad Complutense— aborda (en dos capítulos, muy profundos y elaborados, cuajados de interesantes sugerencias que aquí no desarrolla) la exposición del sentido metafísico y ético de la creación. Su título —“ontología y deontología creacionista”— alude al hecho de que la verdad metafísica de la creación, que expone en un primer capítulo, proyecta sobre la fundamentación del deber ser moral una viva luz, en el dinamismo de toda libertad finita. La obligación ética y religiosa es la expresión de la conciencia humana de la religación ontológica del hombre a su Creador, de la índole de creatura del sujeto del deber.

En la tercera parte; redactada por el prof. Ferrer, se expone (en dos capítulos) un tema de la evolución y del origen del hombre, con la intención expresa —que explica la selección de datos (siguiendo sugerencias especialmente de C. Tresmontant, M. Artigas y de L. Polo)— de mostrar cómo una aproximación honestamente científica al misterio de los orígenes, contribuye a reforzar el punto de partida experimental intramundano —no hay otro— que conduce inexorablemente a la inferencia de Dios creador como exigencia inteligible, que es —siempre y sólo—, de orden metafísico (No hay pruebas físicas ni matemáticas de Dios).

La evolución, en efecto, presupone la creación como un acontecimiento que se extiende en el tiempo: a modo de creación continuada en la cual Dios se hace “como visible”, a los ojos del creyente y del metafísico en tanto que Creador del cielo y la tierra. No sólo por el orden teleológico de inimaginable precisión en una complejificación creciente, que postula una Sabiduría trascendente creadora excluyendo todo recurso al azar y la necesidad mecanicista, sino -como ha mostrado de modo especialmente convincente Tresmontant- porque hay en ella “saltos cualitativos” -en la aparición de la vida y el surgimiento súbito de nuevas especies biológicas, sobre todo del pensamiento, con el homo sapiens- de verdadera epigénesis o novedad radical de ser que no emerge de lo anterior.

La célula, el más simple de los vivientes monocelulares, “sabe” hacer lo que nosotros no sabemos hacer todavía en el laboratorio: su propia síntesis. Suponiendo incluso que las leyes de la físico–química solas fuesen suficientes para explicar las moléculas gigantes que entran en la composición del viviente, en modo alguno bastarían para explicar la actividad propia: esta actividad coordinada mediante la que el viviente hace su propia síntesis, asimila, elimina, se reproduce, se restablece, se regenera, etcétera. El dinamismo de cada uno de los átomos integrados no es suficiente para explicar la actividad organizadora de la estructura total, global, que los integra. Es evidente que asistimos a la emergencia de una total novedad no explicable por lo anterior (epigénesis).

Pero si la trascendencia de la vida respecto al simple plano mecánico fisicoquímico ya constituye una refutación del evolucionismo materialista espontáneo, lo es aún más la existencia de realidades de orden superior, que trascienden lo material.El orden de la conciencia, del pensamiento, constituye una realidad radicalmente nueva, a pesar de que, por supuesto, el ser pensante integra y engloba el orden biológico, y por tanto el orden físico. El pensamiento no está asociado de modo intrínseco a la materia. Desde el comienzo de la evolución biológica, la información de la materia es la preparación de la génesis de la conciencia del homo sapiens (y éste del nuevo Adán, a cuya imagen fue creado, según la revelación bíblica, cuya consumación es un universo cristofinalizado). El cuerpo vivo es un cuerpo animado, informado, y la información no se puede disociar del psiquismo. Todas las características específicamente humanas no tienen paralelo posible; el lenguaje humano, y el pensamiento abstracto, la personalidad, la autoconciencia reflexiva, la libertad, la moralidad, la capacidad de hacer ciencia. Todas ellas emergen de esa mentalización del viviente capaz de abstraer universales: la aparición del nous (intelecto) raíz de la dignidad personal, por la que el hombre se abre -como espíritu en la materia- a la infinitud del ser..

Es precisamente la aparición en el mundo de órdenes de realidad irreductibles —aparición de la vida, y, después, la aparición del pensamiento— la que plantea un dilema. O bien se dice que lo real, el mundo, tenía desde siempre en sí la vida y el pensamiento, por lo menos en germen —esto es lo propio del animismo cósmico y pansiquismo—. O bien se dice, como hace el atomismo, que la vida y el pensamiento no son más que la materia en movimiento –esto no es respetar lo real, sino desnaturalizarlo–. O bien se reconoce que la vida constituye un orden irreductible al orden meramente físico, y que el pensamiento constituye un orden distinto, irreductible al físico y al solamente biológico.

La epigénesis o surgimiento de lo nuevo (vida y pensamiento) en la evolución, implica necesariamente un Principio creador “evolvente” (Zubiri) que lo cause y sea eminentemente Vida y Pensamiento de perfección absoluta, Creador del universo de lo finito, porque quien causa novedad de ser en un orden cualquiera —en lo perfectible a lo largo de la evolución— es causa propia e inmediata del ser qua ser, pues la perfección de ser es trascendental, omniabarcante, omniconstituyente, de todo cuanto escapa al naufragio de la nada —es decir, de cuanto "tiene parte" en el ser—; y no puede ser otro que Aquél cuya esencia es Ser sin restricción y Causa creadora trascendente de todo el orden de los entes finitos que de él participan. Es la vía de la participación —la cuarta vía— que presta plena inteligibilidad metafísica a las otras cuatro que, tomando como punto de partida un índice de limitación, conducen como tales a un Primero trascendente según un aspecto, aquél que en cada una de ellas toma en consideración su punto de partida. (Éste tema está muy convincentemente desarrollado en la I parte)

Las afirmaciones irresponsables que niegan la creación para explicar el origen del Universo, sustituyéndola por nociones psudocientíficas tales como la del “azar y la necesidad” de J. Monod -se concluye-, son fruto de la ignorancia, o quizá -en no pocas ocasiones- de una desatención más o menos culpable a las exigencias inteligibles de datos científicos de orden fáctico —tremendamente tozudos como todos los hechos— cuya única explicación etiológica posible es la existencia de un Dios creador. A no ser que, por ceder a la pereza mental de dejarse dominar por los ídolos de la tribu —o en determinados ambientes, por lo políticamente correcto—, renunciemos a pensar (como se dice en la introducción de este libro -cuya amplia temática apenas queda aquí esbozada).

El capítulo sobre el origen del hombre, después de describir las diversas hipótesis teológicas que registra la historia de la teología de la creación (siguiendo el esquema clasificatorio del Cardenal Journet), glosa las acertadas sugerencias de L. POLO que distingue hominización (aparición de homínidos prehumanos) y humanización, cuya clave es la aparición de la inteligencia, que es la raíz de la trascendencia del hombre respecto a su especie, como fundamento de su dimensión ético-religiosa y de su condición familiar y social. Concluye con una apertura a la revelación bíblica, ampliamente tratada por el A. en su reciente obra: “El misterio de los orígenes” (Eunsa, 2001) mostrando el cristocentrismo de la creación. Adán, el primer Adán, era figura del que habría de venir, Cristo, el nuevo Adán.

Pascal decía que somos “cañas pensantes” -escribe el A.-. Nuestro primer deber es aprender a usar correctamente la noble facultad de pensar, y evitar que la caña sea zarandeada por todos los vientos. De lo contrario podríamos formar parte del número de los insensatos —incontable, a decir de la Biblia (Sir 1, 45)—: de aquellos de los que dice el salmista: “Dijo en insensato en su corazón, no hay Dios” (Sal 13, 1; 52, 1)>>. Como justamente escribe X. Zubiri -cuyo influjo es constante en estas páginas, en las que tan ampliamente aparece citado: “no hay evolución creadora, sino creación evolvente” (en todo caso y en la medida en que se confirme la hipótesis evolucionista, que últimamente encuentra, al parecer, no pocos detractores).

 

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