| Joaquín FERRER ARELLANO
Pamplona, Eunsa 2001. 28,25 € PVP
2001. ISBN: 84-313-1914-3 500 Págs
Es indudable -observa el A.- el eclipse actual de la doctrina de la Creación, entre otras muchas razones por el prestigio de las teorías evolucionistas con frecuencia mal asimiladas y extrapoladas al plano metafísico y teológico, sin advertir que trasciende a los métodos de las ciencias positivas. La perspectiva creaccionista –a la que accede con dificultad la razón humana por sus solas fuerzas naturales- está en el trasfondo de toda la Revelación bíblica. Es más, la fe en un Dios creador constituye la clave de bóveda de todas las otras verdades cristianas. Si se vacila aquí (Ratzinger se ha lamentado de un declinar en la teología actual de la doctrina de la creación), el edificio entero se derrumba, porque la creación es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios, que alcanzar su culminación escatológica en el misterio de la recapitulación del misterio de Cristo, centro y eje de la historia. Por otra parte, si el hombre no admite el mundo como don de Dios, en el que se contiene un mensaje moral de la Sabiduría creadora, su relación con la naturaleza no es de escucha y respeto, sino de manipulación.
Estos son los motivos que han inducido al A. a acometer esta ambicioso estudio de carácter interdisciplinar, estructurado en tres partes, según la triple perspectiva de aproximación de la razón humana al misterio de los orígenes: bíblica, metafísica y científica; con la intención de mostrar su convergencia y complementariedad en una circularidad virtuosa subrayada vigorosamente por la Encíclica Fides et ratio de Juan Pablo II. El A. se propone contribuir así a evitar malentendidos sobre el verdadero sentido, así como los límites de cada una de ellas, las cuales están llamadas -en la intención de Dios- a potenciarse mutuamente en sinergia noética, con vistas a profundizar en las cuestiones –inseparables- del origen y del fin del universo, decisivas para el sentido y la orientación de la vida humana.
La I parte se propone una aproximación creyente y reflexiva a la Revelación judeocristiana sobre los orígenes y último destino del Universo –el alfa y el omega, siempre correlativos–, no con la pretensión de realizar un estudio completo de teología bíblica sobre el tema, sino de ofrecer una visión de conjunto de las conclusiones más seguras de los estudiosos de las ciencias bíblicas y de la reflexión teológica, siguiendo la pauta del Magisterio, en especial de Juan Pablo II, y del Catecismo de la Iglesia Católica, coherentemente con la índole interdisciplinar y divulgativa del libro, cuya conveniencia parece clara en el actual horizonte cultural de excesiva especialización y de mutuo recelo e ignorancia respecto a otras aproximaciones al mismo tema de los orígenes (fundamental para reencontrar el sentido de la existencia humana). La exposición está especialmente centrada en los conocidísimos relatos sobre los orígenes del Génesis, con las oportunas referencias, más breves, a los otros escritos veterotestamentarios–especialmente de los libros sapienciales– que tratan también de la creación, en un “crescendo” que conduce a su revelación plenaria en Jesucristo, a cuya luz adquieren aquéllos su pleno sentido.
Toda la exposición se orienta a mostrar, en efecto, cómo puede encontrarse en el sentido pleno de los tres primeros capítulos del Génesis –en el comienzo mismo de la Sagrada Escritura, leída a la luz de Cristo– la entera historia de la salvación, que tiene en el misterio de la creación su piedra basilar. La creación es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios y el comienzo de su realización histórica, que culminan en la formación del Cristo total formado por la “descendencia de la Mujer” del alfa y del omega (cfr. Gen 3, 15), la fraternidad de los hijos de Dios (hijos en el Hijo por el Espíritu) en un universo transfigurado. < >.
Una lectura del Génesis a la luz del paralelismo bíblico y en continuidad con la interpretación tradicional de los Padres, bajo la guía del Magisterio, como la que aquí se hace, permite descubrir el sentido pleno del misterio de la creación a la luz del misterio de Cristo, en vista del cual “al principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gn 1, 1) y permitió la caída (a la que dedica tres amplios capítulos), dando lugar a una restauración de la vida sobrenatural perdida, más admirable que la de la condición originaria del hombre, por obra de la estirpe de la Mujer sobre la antigua serpiente en el trono triunfal de la Cruz (cfr. Gn 3, 15. La exégesis que hace el A. sobre el sentido cristiano, mariológico y eclesiológico del Protoevangelio es muy profunda y sugerente). “Desde el principio –en los orígenes que el Génesis describe– preveía Dios la gloria de la nueva creación en Cristo” (CEC. 280), en la fraternidad de los hijos de Dios dispersos por el pecado, obrada por el Espíritu, fruto de la Cruz salvadora. Maravillosamente lo sintetiza Clemente de Alejandría: si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres, y se llama Iglesia” (Pedagogo I, 6).
Dios siempre tiene la iniciativa -concluye el A. al final de la I parte-, tanto en la creación, como en la nueva creación sobrenatural del hombre a tener parte en su vida trinitaria, restaurada en Cristo después de la caída original. El es siempre "el que ama primero" (1 Jn 4,19), derramando gratuitamente su libre don. Pero, el don salvífico del Padre, en la doble misión del Verbo y del Espíritu –las dos manos del Padre, que reúnen a sus hijos dispersos por el pecado de los orígenes en un proceso, cuyo vértice es la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu, consumada en la Pascua del Señor, centro y eje del misterio del tiempo (que el A. describe al modo de Soloviev, Incarnatio in fieri)–, sólo fructifica en la tarea de cooperación creatural, su arquetipo es María, figura ejemplar de todo pueblo de Dios en sus relaciones con Dios, en el misterio de la alianza salvífica, que comprende la entera historia de la salvación, desde las puertas del Paraíso (como anunció el oráculo del Protoevangelio) hasta su consumación escatológica, cuando Dios sea todo en todos en la recapitulación del universo por el nuevo Adán, del que era imagen el primero.
Tal es la finalidad última -omega- de la creación originaria -el alfa- de los relatos del Génesis con los que el A. comenzaba la exposición del tema de la creación en esta primera aproximación teológico-bíblica, a la Palabra creadora de Dios. A su luz, se presentan las otras dos aproximaciones, metafísicas y científicas, a este misterio de los orígenes. Todas ellas se potencian en sinergía noética, en una circularidad de mutuo influjo dinámico en la búsqueda de la verdad, impulsada por las dos alas de la fe y la razón, según la sugerente metáfora de la carta encíclica “Fides et ratio” de Juan Pablo II (c. 1).
Esta luz de la Palabra creadora de Dios, que se autocomunica en el Espíritu por la Revelación bíblica, ha guiado la inteligencia humana en su función sapiencial -así lo atestigua la historia- a una metafísica creacionista, que funda una interpretación filosófica del hombre abierta a la trascendencia. Ella es la única que permite dar sentido y orientación a la vida humana en su trayectoria histórica hacia su verdadero destino en Dios Creador, Alfa y Omega de la historia. (Proporciona un control negativo para no errar y un positivo impulso de progreso en el esfuerzo de la razón natural por lograr una sabiduría natural metafísica y ética, que deriven de la superior guía y orientación de la fe sobrenatural, mediante una especulación que jamás deja de ser netamente racional).
De esta perspectiva metafísica de la Creación, siguiendo las principales líneas del pensamiento tomista, se trata la parte siguiente (II), que incluye el estudio de conjunto de la diversidad de vias de acceso intelectual -siempre metafísico- al misterio ontológico del ser de ente abre a la Trascendencia originaria y originante de todo cuanto es, y funda todo deber ser en el dinamismo de toda libertad finita. Tanto el deber moral como el religioso se fundan en la índole de criatura del sujeto de la obligación. La obligación en la expresión es la conciencia humana de la religación ontológica del hombre a su Creador. La noticia originaria que el hombre tiene de Dios -llamada por Newman experiencia religiosa fundamental- es, en efecto, como la “palpitación sonora” en la conciencia del espíritu creado, de aquella Palabra creadora que, al llamar a cada hombre por su propio nombre, –voz en la nada– da origen a su ser creatural, implantándole en la existencia, en constitutiva coexistencia con los otros hombres y con todo el universo creado, para que tenga parte en la comunión con Dios –y de los hombres entre sí– en su intimidad trinitaria, que se consuma en la participación en su vida bienaventurada (tal es la antropología personalista subyacente a la Biblia, a cuya exposoción dedica un interesante anexo al II capítulo de la I parte).
Se trata, según el A., de un conocimiento por connaturalidad, vehiculado por el amor y socialmente condicionado, cuya dimensión ética y sociológica es innegable (capítulo I). Las pruebas de la Teodicea no son sino inflexiones diversas de un mismo movimiento metafísico del espíritu (como explica convincentemente el A.) –expuestas con rigor filosófico– implícito en aquella experiencia religiosa originaria, que alcanza a Aquél que es “por sí mismo” en tanto que Creador de todo cuanto es finito, haciendo que sea (capítulo II). Tienen –si son concluyentes– el cometido de poner en forma con el rigor lógico propio del saber científico, en su certeza metafísica, las diversas modalidades de aquella espontánea inferencia, “elevando una previa convicción intectual a rigurosa y explícita intelección convincente” (Zubiri). Tal es el tema de los dos primeros capítulos.
Trata a continuación (capítulo tercero) de los siete tipos naturales, y sobrenaturales, gnoseológicamente diversos, de acceso intelectual a Dios, en su distinción y nexo. El primero de ellos –aquella originaria experiencia religiosa (tratada con amplitud por el A. en su Filosofía de la religión, ed. Palabra– es el primer preámbulo de la fe que se consuma en la visión beatificante; y la puerta que abre –al menos a título dispositivo– a los otros seis tipos humanos de conocimiento de Dios (científicos -teodicea y teología del la fe, y metafísicos -mística natural y sobrenatural-, y consumativo -visión betatífica a la luz de la gloria en el Jesucristo celestial). Concluye este estudio sobre la gnoseología humana del acceso al Creador, fundada de la ontológica condición creada del hombre con el estudio de su negación. Es el fenómeno del ateísmo (capítulo cuarto), estudiado aquí en la perspectiva antropológica del espíritu humano que niega a Dios según seis formas diversas formas de negación en la intimidad de una libre actitud personal que sólo Dios discierne con exactitud, que el A. dexribe en su tipología y en la trágica conexión de su secuencia causal.
La conclusión de esta aproximación metafísica que resume el A. en las siguientes proposiciones:
1/ La religión –expresión de la originaria experiencia religiosa fundada en el respecto ontológico creatural constitutivo del hombre– es, en sus diversas formas, más o menos desviadas (politeísmo, panteísmo, dialismo, monoteísmo), natural a la condición humana.
2/ La inferencia espontánea de Dios creador como Persona trascendente al mundo, le es connatural, pero nada fácil a la naturaleza caída no sanada y confortada con la gracia (moralmente imposible, de lograr en toda su pureza, aunque no de presentir).
3/ El cristianismo (e incoativamente la antigua alianza que lo prepara) es sobrenatural. Y como tal, asume, perfecciona y transfigura, elevándola, aquella natural dimensión religiosa del hombre. Es, pues, una respuesta trascendente y gratuita, a una apelación impotente del hombre naturalmente religioso, que busca a Dios que viene al encuentro del hombre en oferta de comunión salvífica con El en el misterio de Cristo y de su Iglesia.
4/ El ateísmo –si es verdaderamente tal y no teología meramente negativa que busca el verdadero rostro del Dios vivo a través del rechazo de figuraciones antropomórficas de las que se advierte su falsedad– es antinatural; porque tiene su raíz en un no uso o abuso de la inteligencia (in–sensata) por una desatención culpable –y como tal, voluntaria– que impide, al violentarla, el acceso noético a la noticia que el Creador ha dejado de Sí en la obra de sus manos (revelación natural) y un rechazo de las divinas activaciones de la gracia de Cristo “que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim).
Estas conclusiones, afirma el A., completamente obvias para quien tenga alguna familiaridad con la Escritura y medite su mensaje a la luz de la metafísica prendida en el uso espontáneo de la inteligencia, en la que Dios creador ha dejado grabada la imagen de sí mismo para que le busque el que le ame –el que ame la verdad que es El, –procurando evadirse de los ídolos de la tribu–.
Concluye esta monografía sobre el misterio de los orígenes con una última aproximación de la razón humana al tema: la que es propia de las ciencias positivas de los fenómenos (III Parte). Como postula la índole prevalentemente teológica de este estudio, se expone en ella un sintético estado de la cuestión sobre las teorías evolutivas y el origen del hombre, a la luz de la doctrina filosófica y revelada sobre la creación aquí fundamentada, que de ninguna manera entran –no pueden entrar– en colisión contradictoria con la ciencia bien fundada. Es decir, con aquella que no es del tipo que San Pablo califica justamente de “ciencia de falso nombre”, fruto de precipitadas conclusiones sin fundamento riguroso o de una metodología abusiva e inadecuada que extrapola el ámbito de su competencia, y llega en algunos casos a presentarse como el dogma fundamental de una nueva religión que responde a la cuestión del sentido último de la vida humana. Las conclusiones de estas ciencias –de orden fenoménico, propio de la ciencias físico-empíricas– contribuyen a reforzar el punto de partida del acceso intelectual del hombre aDios, que es siempre y sólo metafísica (en el doble plano natural y sobrenatural).
El I capítulo sobre la evolución y del origen del hombre, está dedicadocon la intención expresa —que explica la selección de datos (siguiendo sugerencias especialmente de C. Tresmontant, M. Artigas y de L. Polo)— de mostrar cómo una aproximación honestamente científica al misterio de los orígenes, contribuye a reforzar el punto de partida experimental intramundano —no hay otro— que conduce inexorablemente a la inferencia de Dios creador como exigencia inteligible, que es —siempre y sólo—, de orden metafísico (No hay pruebas físicas ni matemáticas de Dios). La epigénesis o surgimiento de lo nuevo (vida y pensamiento) en la evolución, implica necesariamente un Principio creador “evolvente” (Zubiri) que lo cause y sea eminentemente Vida y Pensamiento de perfección absoluta, Creador del universo de lo finito, porque quien causa novedad de ser en un orden cualquiera —en lo perfectible a lo largo de la evolución— es causa propia e inmediata del ser qua ser, pues la perfección de ser es trascendental, omniabarcante, omniconstituyente, de todo cuanto escapa al naufragio de la nada —es decir, de cuanto "tiene parte" en el ser—; y no puede ser otro que Aquél cuya esencia es Ser sin restricción y Causa creadora trascendente de todo el orden de los entes finitos que de él participan. Es la vía de la participación —la cuarta vía— que presta plena inteligibilidad metafísica a las otras cuatro que, tomando como punto de partida un índice de limitación, conducen como tales a un Primero trascendente según un aspecto, aquél que en cada una de ellas toma en consideración su punto de partida. (Éste tema está muy convincentemente desarrollado en la I parte).
El capítulo II de la III parte, sobre el origen del hombre, después de describir las diversas hipótesis teológicas que registra la historia de la teología de la creación (siguiendo el esquema clasificatorio del Cardenal Journet), glosa las acertadas sugerencias de L. Polo que distingue hominización (aparición de homínidos prehumanos) y humanización, cuya clave es la aparición de la inteligencia, que es la raíz de la trascendencia del hombre respecto a su especie, como fundamento de su dimensión ético-religiosa y de su condición familiar y social. Concluye esta III parte mostrando la luz de la Revelación bíblica sobre los orígenes ampliamente expuesta en la I parte, y de la metafísica a ella subyacente explicitada a lo largo de la II parte- el cristocentrismo de la creación. Adán, el primer Adán, era figura del que habría de venir, Cristo, el nuevo Adán.
El logro del propósito inicial de esta monografía -mostrar la unidad convergente y complementaria de las diversas aproximaciones de la razón humana al misterio de los orígenes, a la luz de la palabra creadora de Dios (según las pautas trazadas por la carta encíclica “Fides et ratio” de Juan Pablo II), se va manifestando progresivamente a lo largo de la amplia secuencia expositiva de esta sugenete monografía interdisciplinar como gozosamente cumplido. Bienvenida sea.
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