ENTREVISTA A
ANA MARTA GONZÁLEZ,
profesora de Ética
Por CORINA DÁVALOS
En NUESTRO TIEMPO,
Marzo 2007
"Confieso que la
sospecha sistemática me
produce cansancio. Hay
que desembarazarse de
prejuicios, sólo puede
haber verdadero diálogo
cuando atendemos a las
razones y no tanto a
quién dice qué."
“La
ley que más usamos, la
más democrática de
todas, es la ley
natural”
“El rechazo de la ley
natural excluye los
principios que permiten
distinguir leyes y
procedimientos justos e
injustos”
No todas las leyes están
escritas en un pesado
tomo de hojas
amarillentas, ni se
expresan siempre en
artículos como los que
leemos en el BOE o en el
Código Penal. La ley que
con más frecuencia
usamos, la más
democrática de todas, es
la ley natural. Así lo
explica la Profesora de
Ética de la Universidad
de Navarra, Ana Marta
González.
AUNQUE LA LEY NATURAL no
está escrita en un código,
por sí misma está llamada a
inspirar las legislaciones
positivas. Se trata de una
mentalidad formada a partir
de unas intuiciones morales
básicas de las que vamos
sacando conclusiones para
dirigirnos en la vida. A
veces sacamos conclusiones
acertadas, y otras veces no
tanto. Eso no convierte la
ley natural en un asunto
puramente subjetivo o
privado, precisamente porque
esos principios son comunes
a todos, más allá de las
diferencias que percibimos
entre unos y otros.
A lo largo de la historia,
la convicción de que la
común humanidad ofrece
razones relevantes para la
ética y el derecho, se ha
expresado de diversas
maneras. Hoy suele
reflejarse en el lenguaje de
los derechos humanos; en
contra de lo que a veces se
argumenta, los derechos
humanos no son simplemente
un producto occidental.
Aunque su formulación
histórica haya tenido lugar
en Occidente, los contenidos
a los que apuntan recogen
valores universales. De su
reconocimiento depende, en
buena parte, el respeto a la
dignidad humana. De aquella
universalidad y de ese
respeto nos habla también la
ley natural, que es, con
diferencia, la teoría ética
más recurrente, a la hora de
expresar la existencia de
unos principios morales
universales.
Más allá de las
controversias académicas, la
referencia tanto a una ley
natural como a los derechos
humanos recoge una idea
fundamental: hay criterios
morales que preceden a
nuestros acuerdos
convencionales, que son
anteriores a nuestras
diferencias de credo,
cultura, nación o partido.
Hablar de ley natural nos
remite a unos principios
morales básicos, cuya
vigencia no depende de
ninguna autoridad política o
eclesiástica, pues precede a
ambas. Podríamos decir que
la ley natural la “llevamos
puesta”, por el hecho de ser
humanos. Precisamente por
eso, la ley natural es más
democrática que la misma
democracia, y constituye la
base para un auténtico
“diálogo de civilizaciones”.
¿Por qué hay entonces
tantas ideas distintas de la
moral?
Porque la ley natural es un
principio muy básico: “Haz
el bien y evita el mal”, en
eso estamos todos de
acuerdo, porque somos seres
morales por naturaleza. El
problema viene cuando eso
tan general se concreta en
situaciones distintas: de
lugar, de cultura, de
tiempo. Acertar, en la
práctica, no es cuestión de
fórmulas hechas, es cuestión
de meter cabeza, de ponderar
los bienes que están en
juego. Y ahí podemos
equivocarnos de muchas
maneras. Pero, en lo
fundamental, estamos más de
acuerdo de lo que parece.
La mayor parte de nuestros
desacuerdos morales no se
refieren a la ley natural
sino a su materialización
práctica en circunstancias
determinadas. No discutimos
si es bueno ser justos o no.
Discutimos sobre la justicia
de esta operación
financiera, de esta
reducción de plantilla…
Tampoco ponemos en duda el
derecho de ciudadanía, sino
los criterios que, en un
determinado momento, definen
la condición de ciudadano...
Entramos entonces en
terrenos más complejos, en
los que, llevados por
nuestros intereses, podemos
engañarnos a nosotros mismos
con bastante facilidad. La
ley natural no ofrece una
fórmula mágica para
solucionar todos problemas.
Sencillamente, nos impulsa a
obrar con rectitud, sin
perder de vista los bienes
comprometidos en nuestros
actos. En esta tarea de
discernimiento no estamos
solos; los demás, con sus
críticas y objeciones, nos
advierten acerca de las
cosas que, por inclinación
personal, tendemos a
olvidar.
Este razonamiento es más
evidente en el ámbito
privado, pero ¿cómo se
aplica esto a los asuntos de
la vida pública?
La ley natural no hace
superflua – ¡al contrario!-
la discusión racional sobre
los asuntos que nos
conciernen a todos, porque
afectan tarde o temprano a
la calidad de la
convivencia. En este
sentido, es lamentable el
bajo nivel del debate
político y social, donde las
razones quedan
sistemáticamente sepultadas
bajo la demagogia y las
estrategias de manipulación.
Si en cualquier controversia
somos capaces de prescindir
de lo que suene a ofensa
personal hasta descubrir la
parte de razón que tienen
los demás, nuestra
percepción moral se hace más
fina y más justa, quedamos
en mejores condiciones para
obrar bien porque lo que
pide la ley natural es obrar
conforme a la razón. Por eso
hay que apostar por la
razón, pero una razón en
guardia contra sus propias
debilidades.
Si la ley natural no está
en un código, ¿dónde miro
para acertar con mis
decisiones?
En moral no hay expertos,
salvo los que obran bien, y
esos normalmente no salen en
los periódicos. Aristóteles
sugería mirar al hombre
bueno. Hay más de los que
parece. Pero también
disponemos de un criterio
negativo: siempre que alguna
conducta nos parece
reprobable, es porque
consideramos que se ha
dejado de lado un bien que
debería haberse tenido en
cuenta –cuando no se ha
atentado de manera flagrante
contra él–.
La ley natural opera en
nuestros juicios de
conciencia cuando reprobamos
la conducta de un estafador,
o de un matón. En esos casos
damos por hecho que estafar
o amenazar está mal. Y todos
estamos de acuerdo en eso.
El problema está en que
algunos problemas morales
son bastante complejos, y
para estar a su altura, el
juicio de conciencia debe
refinarse. Por eso, insisto,
necesitamos a los demás, su
experiencia moral, para
contrastar nuestras posturas
y rectificar nuestra visión
unilateral. La moral no es
pura prescripción, es una
forma de sabiduría. En este
sentido, nunca es algo
netamente privado. Todos
aprendemos de todos
–ciertamente de unos más que
de otros.–
La Iglesia Católica
defiende la ley natural, que
“curiosamente” coincide con
su Decálogo, ¿No es una
estrategia para que su
doctrina moral goce de
legitimidad fuera de las
fronteras de la Iglesia?
Que los cristianos defiendan
la ley natural no quiere
decir que la ley natural sea
un asunto cristiano. Todo el
mundo sabe que la referencia
a una ley no escrita se
encuentra de un modo u otro
en todas las culturas. En
Occidente contamos con
ejemplos clásicos, tomados
de la literatura, de la
historia, de la filosofía,
basta pensar en la Antígona
de Sófocles, o en la
discusión sobre si hay algo
justo por naturaleza, que
ocupó a los sofistas en el
siglo V antes de Cristo; por
no hablar de la ética
estoica: los estoicos son
los que más explícitamente
han apelado a una ley
natural. La historia de las
culturas y del pensamiento
muestra que la ley natural
no es un asunto
específicamente cristiano.
Pongo empeño en decir
“cristiano”, y no
simplemente “católico”,
porque, como es sabido, hay
varias tradiciones de ley
natural específicamente
protestantes.
Por lo que a la Iglesia
Católica se refiere, es
verdad que habla de la ley
natural. Jesucristo mismo,
al hablar del matrimonio,
remite a un orden moral
originario, derivado de la
Creación, y que vale para
todo hombre, no importa la
fe que profese. En este
sentido, la Iglesia reconoce
en la ley natural una huella
del plan original de Dios
sobre el hombre; una verdad
plena sobre el hombre que la
Iglesia descubre en
Jesucristo. Por esa razón,
San Pablo no tiene
inconveniente en hablar de
la ley natural y de
relacionarla, no con el
Decálogo –que valía para los
judíos– sino con la
conciencia, justo cuando se
dirigía a personas que no
profesaban la religión judía
ni la cristiana.
La cuestión no es que la ley
natural coincida con el
Decálogo sino, más bien, que
el Decálogo expresa por
escrito y con más
contundencia verdades de la
ley natural que pueden
oscurecerse por diversos
motivos. En ese sentido, sí
puede ocurrir que los judíos
y los cristianos encuentren
en la Revelación una de lo
que todo hombre puede
descubrir en su conciencia y
en su relación con los
demás. Sobre esta base
podría suceder que los
cristianos se pronunciaran
con mayor convicción sobre
asuntos en los que otros
manifiestan menos certeza.
Al obrar así, los cristianos
no pretenden ponerse por
encima de las leyes,
simplemente ejercen su
derecho de ciudadanía,
opinando sobre lo que les
parece más justo y
solidario. Pero eso no
autoriza a considerar la
apelación a la ley natural
como una estrategia o un
complot para imponer
disimuladamente la fe
cristiana.
Confieso que la sospecha
sistemática me produce
cansancio. Hay que
desembarazarse de
prejuicios, sólo puede haber
verdadero diálogo cuando
atendemos a las razones y no
tanto a quién dice qué. La
cuestión no es quién habla
de la ley natural y si tiene
motivos personales para
hacerlo, sino si lo que
dicen nos parece sensato o
no. Considerada en sí misma,
la ley natural no es un
asunto cristiano, es un
asunto profundamente humano,
en el que todos podemos
coincidir. Por eso, la ley
natural es también hoy un
punto de encuentro entre
todos; creyentes y no
creyentes. La naturaleza
humana es lo que tenemos en
común, a partir de lo cual
podemos construir.
¿Es compatible la ley
natural con la democracia?
Sin reconocer una ley
natural, la democracia se
convierte en tiranía, y la
tolerancia y la dignidad
humana terminan
convirtiéndose en palabras.
Es un ejemplo muy manido,
pero viene bien recordar que
Hitler subió al poder por
unas elecciones
democráticas, y decía de sí
mismo que no había en el
mundo jefe de Estado más
representativo de su pueblo.
Los procedimientos
democráticos son importantes
–entre otras cosas porque no
son meros procedimientos–,
pero no se sostienen solos,
ni garantizan por sí mismos
la legitimidad moral de un
régimen. Esto depende de si
salvaguarda o no
efectivamente el bien
humano, algo imposible si no
se respeta la ley natural.
Como antes he dicho, es una
ley no escrita, pero llamada
a inspirar las leyes
escritas.
La ley natural es más
democrática que la
democracia. No es una frase
bonita. Lo que nos hace
iguales es el hecho de que
todos somos humanos, de que
poseemos la misma naturaleza
y reconocemos la misma “ley”
que nos prescribe hacer el
bien y evitar el mal.
Ciertamente, esto solo no
basta para constituir un
régimen político. La ley
natural nos impulsa a
concretar los modos de
organizar nuestra
convivencia, y uno de ellos
es la democracia.
Posiblemente sea el régimen
más adecuado a la igualdad
fundamental de todos los
hombres. Pero la democracia
también puede corromperse.
Sucede cuando se actúa
marginando los mecanismos
que protegen la democracia y
evitan que degenere, por
ejemplo, en tiranía. También
cuando se debilita el
compromiso de los ciudadanos
con el bien del hombre, esto
ocurre siempre que se
promulgan leyes que atentan
contra los bienes de los que
depende la integridad
humana. En definitiva,
siempre que se atenta contra
la ley natural.
Sin ley natural, las mismas
apelaciones a la democracia
pueden convertirse en una
excusa para la tiranía de la
mayoría. La referencia a una
ley natural nos permite
distinguir entre leyes
justas e injustas, o
discernir si una ley, tal
vez justa en sí misma, no
debe aplicarse en un caso
determinado.
La equidad de nuestros
juicios depende de que
sepamos reconocer el
espíritu con el que fue
escrita una ley. (Con ello
no debilitamos la seguridad
jurídica. Todos somos
iguales ante la ley, pero la
justicia no termina en la
simple promulgación de una
norma jurídica, sino con el
juicio del juez. Él
dictamina si en un caso
concreto, con tales
circunstancias, se puede
aplicar o no una determinada
ley).
¿Cómo se conjugan ley
natural y tolerancia?
El objeto de la tolerancia
no es lo bueno sino lo malo,
o lo que se percibe como
tal. Uno tolera aquello con
lo que no simpatiza, aquello
que, por cualquier motivo,
no podemos querer
positivamente. Como ya
indicaba Tomás de Aquino, un
cierto grado de tolerancia
es necesario para la
convivencia, siempre y
cuando los males que se
toleran no sean tan graves
que comprometan seriamente
el bien común. En ese caso,
la tolerancia, lejos de
facilitar la integración de
la sociedad, aceleraría su
descomposición. Por ejemplo,
no cabe tolerar impunemente
el terrorismo, porque la
violencia no es un
instrumento político
legítimo; si el diálogo
político supone igualdad, en
este caso la igualdad está
amenazada porque uno tiene
armas. Toda capitulación en
el terreno de la justicia
–arbitrariedad, impunidad,
mentira- acarrea
inevitablemente el
descrédito de las
instituciones y la
debilitación de los vínculos
políticos.
La corrupción es otro
ejemplo; si en un Estado
disminuye la mentalidad
institucional a favor del
compadreo y el amiguismo,
decae la necesaria confianza
en los poderes públicos; se
llega a la situación
vulgarmente conocida como
“república bananera”. Algo
similar ocurre cuando la
veracidad es
sistemáticamente atropellada
por la demagogia, decirle al
pueblo lo que le gusta oír,
incluso mentiras, con tal de
ganar su favor, o desviar su
atención de otros problemas.
Esa situación no es
sostenible a largo plazo, ni
siquiera mediante el recurso
a grandes poderes
mediáticos. La ley natural
define el ámbito de la
tolerancia: si en una
sociedad se atenta
sistemáticamente contra la
ley natural, el resultado no
es más tolerancia, sino
menos. El rechazo de la ley
natural mina las bases para
cualquier diálogo razonable
sobre las leyes y excluye
los principios que permiten
distinguir leyes y
procedimientos justos de
leyes y procedimientos
injustos.
Ha dicho que la ley natural
protege bienes
fundamentales, de los que
depende la integridad
humana. ¿Cuáles son esos
bienes? ¿Cómo los protege?
Obviamente no los protege
como la ley positiva, que
dispone de sanciones para
quien la incumple. La ley
natural no tiene más
eficacia que la que nosotros
libremente le queramos
reconocer. Pero no hace
falta ser muy listo para
advertir que de ese
reconocimiento depende en
gran medida nuestro propio
bien y el bien común de la
sociedad.
Por ejemplo, el respeto a la
vida propia y ajena es una
exigencia moral que
experimentamos todos en
nuestra conciencia. En ese
sentido, podemos decir que
la ley natural protege el
bien de la vida humana,
porque prohíbe negociar con
ella, o manipularla como un
bien de consumo cualquiera.
La ley natural también
invita a buscar la verdad
sobre nosotros mismos, y a
procurar la convivencia
presidida por la paz y la
justicia. Parecen principios
muy vagos, pero sus
implicaciones prácticas son
muy concretas. En Occidente
han alcanzado una
formulación positiva en
declaraciones de derechos
humanos o en la forma de
derechos fundamentales, como
el derecho a la libertad de
pensamiento y de religión,
el derecho a la educación, a
la información, etcétera.
El matrimonio homosexual
y la redefinición de la
familia son dos de las
cuestiones más
controvertidas en la
sociedad actual. ¿Qué
establece la ley natural a
este respecto?
Conviene ser delicado al
tratar este aspecto de la
ley natural para no herir
sensibilidades. Como dice
Tomás de Aquino, pertenece a
la ley natural “que uno no
ofenda a aquellos con los
que debe conversar”. Eso no
quiere decir que no haya que
abordar el tema, quiere
decir únicamente que, por lo
general, es mejor abordarlo
en un contexto en el que la
sinceridad no hiere, es
decir, entre amigos. En ese
ámbito tiene sentido hablar
de estas cosas, que por
tocar tan de cerca la propia
intimidad, tienden a
desvirtuarse cuando se
convierten en espectáculo.
Me parece que para
deshacerse del puritanismo,
que hace de la sexualidad
algo innombrable, no hace
falta caer en el extremo
opuesto, que la convierte en
algo irrelevante. No es
posible respetar al hombre
sin respetar su naturaleza y
ahí va incluida la
sexualidad. Manipular la
sexualidad es manipular al
hombre.
Esta materia deja de ser una
cosa para tratar
exclusivamente entre amigos,
y comienza a ser un asunto
políticamente relevante
cuando las conductas
sexuales empiezan a tener
trascendencia pública. En
ese momento puede y debe
abordarse desde la
perspectiva de la justicia.
Esto es obvio siempre que
hablamos de “delitos contra
la libertad sexual”. Pero
también lo es cuando
afrontamos el tema de los
“diversos modelos
familiares” y su repercusión
social. Pienso en la
controvertida equiparación
de las uniones homosexuales
al matrimonio es evidente
que esta identificación sólo
se puede plantear en el
plano de los roles sociales,
y que no alcanza a la
naturaleza misma de la
relación. Si fuera lo mismo
no habría sido preciso
introducir la nomenclatura
“progenitor a” y “progenitor
b”, y podríamos seguir
hablando tranquilamente de
padres y madres. Pero no
podemos, porque no es
verdad.
Me preocupa la violencia que
se está haciendo a las
palabras, en particular a la
palabra “matrimonio”, porque
eso se llama manipulación,
sin más calificaciones. La
justicia consiste en dar a
cada uno lo suyo, esto es,
“su derecho”. Pero dar a
cada uno lo suyo no
significa dar a todos lo
mismo; significa únicamente
que, a la hora de asignar
bienes, las diferencias
entre unas personas y otras
han de estar justificadas.
Una cosa es regular
legalmente la convivencia
entre personas –lo cual
puede ser necesario- y otra
redefinir la institución del
matrimonio. Ya decía Cicerón
que no existe en absoluto la
justicia, si no está fundada
sobre la naturaleza; si la
justicia se funda en un
interés, otro interés la
destruye.
Algunos filósofos se han
opuesto a la idea de que, de
la naturaleza de las cosas
se deriven necesariamente
unos deberes. ¿Son válidos
estos argumentos, que
presentan la ley natural
como un caso de falacia
naturalista?
La falacia naturalista es
una expresión original de
Sidgwick y que después
retomó el filósofo británico
G. E. Moore para denunciar
todas aquellas teorías
éticas que pretendían dar un
contenido concreto al
predicado “bueno”. También
David Hume había dirigido ya
en el siglo XVIII una
crítica a las teorías éticas
precedentes, sobre todo de
tipo racionalista. Estas
teorías solían presentarse
haciendo afirmaciones sobre
la naturaleza humana, por
ejemplo, que la naturaleza
humana es racional, para
luego concluir que se debía
actuar de una determinada
manera, o que se debe
obedecer la ley natural.
Hume, no sin ironía, replicó
que él no veía de qué modo
se pasaba de enunciados que
describen cómo son las
cosas, a enunciados que nos
dicen cómo deben ser.
A la pregunta de si sucumbe
la ley natural ante la
falacia naturalista, la
respuesta es un no rotundo.
Más bien se podría destapar
la falacia implícita en la
“ley de Hume” y en la propia
“falacia naturalista” que
toma como si fuera real una
fractura entre hechos y
deberes. En la realidad, no
hay puros hechos ni puros
deberes: tanto “hechos” como
“deberes” constituyen
abstracciones que hacemos
nosotros a partir de una
realidad que, se mire como
se mire, se nos presenta
como cargada de valor. En
efecto, ni la realidad
misma, ni las acciones
humanas, son puros hechos
vacíos de sentido, como no
son tampoco deberes o
valores puros, sin conexión
con las cosas.
Muchas personas piensan que
sólo la ciencia puede
conocer las leyes naturales.
En ese sentido la ética
sobraría o estaría
subordinada a las ciencias.
¿No nos basta el
conocimiento científico para
saber cómo actuar?
La ley moral natural no es
como las leyes naturales de
la ciencia moderna. La
ciencia no es la única que
nos ofrece conocimientos
sobre cómo es el hombre. La
ciencia puede proporcionar
conocimientos con influencia
en la práctica, pero no es
ella misma un saber
normativo. Por ejemplo, para
saber que matar está mal no
hace falta consultar a un
médico. Su conocimiento
puede ser relevante a la
hora de enjuiciar si una
persona está muerta o no.
Como es sabido, los
criterios para diagnosticar
la muerte han variado. Pero
no ha variado, ni puede
hacerlo, el juicio moral
según el cual, matar a un
ser humano está mal.
La ciencia no es un saber
directamente normativo. Lo
es solo en cuanto
incorporado a un
razonamiento ético. Los
razonamientos éticos sí son
normativos, aunque sus
directrices sean violadas
con tanta frecuencia. En eso
se advierte la diferencia
entre la ley moral natural y
las leyes naturales de las
que habla la ciencia, las
leyes físicas sólo se pueden
formular sobre la base de
regularidades empíricas, de
tal manera que si se
comprueba una excepción, ya
no puede propiamente
hablarse de “ley”. En
cambio, las leyes morales
son conculcadas a menudo en
la práctica, y no por ello
desaparecen. La ley de la
gravedad se cuestionaría, o
se limitaría su esfera de
aplicación, si encontráramos
algún caso en el que los
cuerpos no cayeran. Por el
contrario, del hecho de que
los hombres roben no se
sigue que la ley moral que
prohibe el robo haya perdido
su validez. Esto se debe a
que la ley moral natural no
es una ley que descubramos o
impongamos en la naturaleza,
sino una ley que descubrimos
en nuestra propia razón.
¿En dónde reside entonces la
fuerza normativa de la
ética, en la naturaleza o en
la razón?
La fuerza normativa de la
ética procede de la razón,
pero eso no significa que la
naturaleza no tenga nada que
decir en ética. Lo que
ocurre es que hemos de
precisar qué entendemos por
naturaleza. Muchas veces se
entiende naturaleza como
biología. Yo no tendría
inconveniente en admitir
esto, siempre y cuando
advirtiéramos que el saber
sobre la vida no puede
limitarse a exponer procesos
causales –esta secuencia de
aminoácidos produce esta
proteína, cuando se dan
tales circunstancias,
etcétera- sino que ha de
incluir además una
referencia al sentido de
tales procesos. El saber
sobre la vida no puede
limitarse a un saber causal,
sino que ha de incluir
referencia al sentido de los
procesos vitales.
Esto es importante, porque
la referencia a un sentido
ya nos introduce en un
terreno éticamente
relevante. A eso me refería
antes cuando hablaba de que
la realidad no es un
conjunto de hechos vacíos de
valor y de sentido. Y me
parece que no es muy
aventurado decir que el
sentido de los procesos
vitales es servir a la vida,
y a la vida buena de los
seres vivos. La familiaridad
con el pensamiento evolutivo
nos ha llevado a privilegiar
el proceso sobre la
sustancia, y la consecuencia
es que se piensan las
especies como si no fueran
más que pasos en una cadena
sin fin. Pero cada especie,
cada forma, es un fin para
sí misma. Con mucha más
razón esto es aplicable al
ser humano, que no es sólo
un fin para sí mismo, sino
–como dijo Kant– un fin en
sí mismo.
¿De qué modo se armoniza el
sentido normativo de la ley
natural con las tendencias
humanas?
Ciertamente, las
inclinaciones, por sí solas
no bastan para dirigir una
conducta tan compleja como
la nuestra. Obrar bien
requiere introducir orden en
nuestros actos y deseos,
para lo cual es
indispensable preguntar a
dónde nos llevan nuestras
inclinaciones, anticipar sus
fines, sus objetos, y
valorarlos. Todo ello es una
obra de la razón. Me
interesa subrayar que todo
esto es algo que hacemos en
la vida ordinaria cuando,
tras experimentar la
atracción de un objeto, lo
examinamos y, a resultas de
esta operación, lo
aceptamos, lo descartamos, o
lo retenemos como algo
valioso, pero para ser
realizado en otro momento.
Este proceso, implícito en
nuestras decisiones, es
significativo de que nuestra
conducta no está determinada
por nuestras inclinaciones,
pero también es
significativo de que
nuestras inclinaciones
proporcionan el sustrato
básico a partir del cual
podemos proponernos
objetivos e intenciones.
Si no me equivoco, los
desarrollos de la etnografía
y de la antropología social
de los últimos dos siglos
subrayan la radical
diversidad de formas que
adopta lo humano en la
historia y en las culturas.
¿Considera sensato seguir
hablando hoy día de algo así
como lo “natural”, inmutable
para todos de los seres
humanos?