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Por qué la historia pudo ser de otro modo
Por Hugh Trevor-Roper
¿Qué suele decir alguien en una lección magistral de despedida, además de la despedida que se deja para el final? Me voy a retirar, pero no de mi asignatura, ni de Oxford, espero, ni de ustedes, sino sólo de mi cátedra. En todo caso, yo añadiría un epílogo a la lección inaugural que impartí hace treinta y tres años. Entonces hablé de la necesidad de la Historia, aun que con profesionalidad en los métodos, para proporcionar una educación al no entendido. Ahora he pensado hablar de otro aspecto no profesional de los estudios de Historia. En un principio, cuando estaba redactando mi disertación, la titulé “Historia y libre albedrío”; y quizás piensen ustedes que es un título más apropiado para lo que voy a decir. Pero el libre albedrío, la elección de alternativas, se da en el agente: la función del historiador es discernir esas alternativas, y eso, seguramente, es la función de la imaginación. Por tanto, he titulado mi disertación “Historia e imaginación”.
De algún modo, cualquier disertación es por necesidad subjetiva, y espero que me perdonen, especialmente en estas circunstancias, por añadir algo de mi autobiografía. Nuestros puntos de vista sobre la Historia proceden de la huella de la experiencia sobre las lecturas y de las lecturas sobre la experiencia; y ambas, lecturas y experiencias, son algo personal. La ciencia objetiva tiene su lugar en el estudio de la Historia, pero es un lugar subordinado: lo esencial de esta materia no está en el método sino en el motor, no en la técnica sino en el historiador.
Por supuesto que hay personas que creen que la Historia es en sí misma una ciencia objetiva. Supongo que la ven como un ajuste progresivo de técnicas académicas por las que se puede reconstruir el pasado con precisión matemática y objetividad total. Sin embargo, no creo que muchos historiadores estén hoy de acuerdo con esta forma de pensar. Debemos mucho a los técnicos de la Historia, desde los filólogos del Renacimiento hasta los críticos de las fuentes del siglo XIX. Gracias a ellos, abordamos los grandes problemas de la reconstrucción histórica de una manera más exacta y útil que la de nuestros predecesores; sin embargo, eso no nos hace mejores historiadores. Incluso los historiadores más “objetivos” están prisioneros de una filosofía condicionada por su experiencia subjetiva. A los ordenadores también hay que programarlos. Las teorías objetivas, instrumentos perfectos, no existen. Es en vano suponer que se pueden captar en la tranquilidad de un monasterio o en un centro de documentación: ¿qué idea útil podría obtenerse de un centro de documentación? Las ideas y las habilidades se desarrollan bajo la influencia del mundo exterior; una influencia que varía de generación en generación, de persona a persona, y que nunca puede ser exactamente la misma.
A veces nos entra la tentación de hacer una Historia más científica que la que encontramos: de reducir la, desde sus comienzos con la literatura, el mito o la poesía, a un sistema regularizado, con leyes férreas. Pero al final tenemos que admitir que dicho proceso, aunque pueda mejorarse, nunca se puede perfeccionar. Lo mejoramos, reduciendo el componente del azar o del libre albedrío, pero si alguna vez tuviéramos éxito en eliminar ambas cosas, habríamos dado muerte a nuestra asignatura. Nuestras destilaciones químicas serán rechazadas en favor de un agua menos antiséptica, fresca como la primavera.
Me pregunto ahora qué me movió a estudiar Historia y un género particular de Historia en mi juventud. En parte, pienso en ocasiones, por las circunstancias de mi nacimiento. Evidentemente, ésta no es una razón muy intelectual para estudiar Historia. Si acaso es también una razón demasiado simple. Pero de alguna manera hay que empezar, y quizás empezar con la imaginación no es mala cosa. Después siempre se puede rectificar, teniendo en cuenta que empezar del modo más perfecto puede llevar a terminar del modo más aburrido. ¿Qué fue lo más adecuado para mí? Me gustaría decir que fue cuando estudié la Historia de la Universidad de Oxford, pero no estoy seguro de que sea cierto. En el mejor de los casos sólo sería una verdad a medias.
Fue durante mi segundo año de Oxford, cuando estudié aquel tedioso e inexpresivo poema épico griego de Nonnus, así me lo pareció, cuando decidí cambiar los clásicos por la Historia. Hasta ahora, me dije a mí mismo, había hecho bastantes lecturas de literatura clásica, y con eso no me bastaba. ¿Por qué seguir rebañando las últimas migajas? Me parecía que con Nonnus había llegado al límite. Desde entonces supe que los clásicos podrían ser mi descanso, pero buscaría mi sustento en la Historia, en la que no veía límite ni fin. Los profesores de Christ Church eran entonces, y no me cabe duda que lo siguen siendo, muy tolerantes. No hubo discusiones, objeciones o razonamientos; y me cambié a la Historia Moderna. Mis estudios de aficionado se transformaron o empezaron a transformarse en profesionales. Casi de manera inmediata descubrí que la Historia no era un arte sino una ciencia.
En esa época había un joven profesor en mi College, hoy político retirado con título nobiliario, que se decidió a reformar y modernizar lo que él consideraba de alguna manera tradicional y pasado de moda en la enseñanza de la asignatura. Durante mi primera etapa de estudiante de Historia, me invitó a mí y a mis compañeros en sus clases y nos dio una charla sobre la filosofía marxista de la Historia, a la que se había adherido con vehemente pasión. Nos explicó que, en teoría, sería posible descubrir las leyes objetivas de los cambios históricos, que la manera de demostrar dichas leyes, una vez descubiertas, era ver si permitían predecir el estadio siguiente en el proceso histórico (1).
La interpretación marxista -nos aseguraba- había superado esta prueba; había predicho la marcha de los acontecimientos desde la propia época de Marx con notable exactitud, y por lo tanto podía contemplarse como algo científicamente válido, tal y como lo expuso otro escritor marxista, de la escuela de Baillol. Una vez que se acepta, “todo encaja inmediatamente en su sitio”. Nuestro profesor habló de más cosas, pero esto es lo que más me impresionó. El gran espectáculo de la historia, hasta entonces tan indeterminado, tan sin forma, tan misterioso, tenía ahora, así me lo pareció, una hermosa y mecánica regularidad, y la ciencia moderna había facilitado una llave maestra, que, con un golpe seco, encajaría en cada cerradura, abriría sus oscuras habitaciones y revelaría todos sus resortes secretos. Esto era muy emocionante. Desgraciadamente, cuando empecé a utilizar la llave, me encontré enseguida con algunas dificultades. Estas dificultades no residían en la historia del pasado, esa materia débil y sin resistencia que es maleable a voluntad, sino en la experiencia concreta, que no existía.
Pienso que los historiadores de cada generación, a menos que sean simples anticuarios, ven a la Historia enfrentada con el conocimiento predominante de los hechos corrientes. Para explicar los problemas de su propia época, recurren a un contexto filosófico, un “continuum” que pueda reducirse a una proporción que se pueda comprender. Los historiadores del Renacimiento italiano tomaron en consideración las revoluciones que destruyeron su mundo en su más grande esplendor, los de la Ilustración quisieron descubrir la mecánica del progreso, los historiadores ingleses buscaron en la historia las fuentes de nuestra estabilidad institucional, mientras que los alemanes justificaron la derrota de Napoleón y la unificación de Alemania bajo la monarquía prusiana; un punto de vista no aceptado por los franceses.
¿Y cuál fue el gran problema de la década de 1930? Fue, por supuesto, la repentina y aparentemente irresistible ascensión de dictaduras agresivas en un mundo del que siempre se había dicho que se había salvado para la democracia después de la victoria de 1918. ¡Qué ilusorias parecían ahora aquellas viejas esperanzas! En Italia Mussolini había dado origen a una nueva forma de poder y preparaba la fundación de un nuevo Imperio Romano en el Mediterráneo y en África. En Alemania, Hitler había puesto fin a la democracia y amenazaba con reorganizar Europa por la fuerza. El imperialismo japonés estaba conquistando China. Aquellos nuevos y dinámicos dictadores hacían su paz en la política mundial. Ya habían fomentado la guerra civil en España. Y esa guerra civil, que ellos ganarían, nos pareció el preludio, y el ensayo general, para una guerra mucho más importante que, vista la desgana y el pacifismo de Occidente, también podrían ganar.
Todos sabemos que este problema obsesionó a aquella generación de estudiantes aún no graduados, y cómo en preclaros y aislados círculos de algunos Colleges de Cambridge, ello llevó incluso a jóvenes inteligentes a las posturas más absurdas, entregándose ellos mismos, “perinde ac cadavera”, al comunismo soviético, única fuerza que podría garantizar un futuro de libertad para el mundo. En Oxford, esas despreciables conclusiones no se formularon. Consecuencia de ello fue para mí que encontré difícil aceptar la autoridad de la ciencia histórica marxista.
¿Había pronosticado Marx, o cualquier profeta marxista, la ascensión del fascismo? La respuesta era no. Todo lo que pudo decirse después de la aparición del fascismo, era que los profetas habían fechado apresuradamente sus profecías, explicando que el fascismo era simplemente el último estadio del imperialismo. Así como los profetas milenaristas del siglo XVII encontraban objeciones incómodas y molestas a sus predicciones científicas para explicar que el Anticristo debía ser desatado y tener su última y breve aparición antes de que empezara el definitivo reinado de Cristo y sus santos, así también los modernos pensadores marxistas despacharon a Hitler y Mussolini como fenómenos efímeros, no demasiado importantes como para mencionarlos en los planes establecidos, burbujas que saldrían a la superficie para reventar y disolverse de nuevo en la majestuosa corriente de la Historia, que sigue adelante su curso predeterminado. Esto, evidentemente, había sido siempre la doctrina oficial del Partido Comunista ruso. En 1933, Moscú había dado la consigna a los comunistas alemanes de no malgastar el tiempo oponiéndose a los nazis, que estaban predestinados al fracaso, y que reservaran sus energías para usarlas contra los mucho más peligrosos “social-fascistas” -es decir, los socialdemócratas-. De igual modo se descubrió que la misma doctrina era válida para las independientes investigaciones de los objetivos intelectuales marxistas de Occidente.
En 1939, se aproximaba la esperada guerra de Europa y, cuando llega, aquellas cómodas racionalizaciones empezaron a mostrarse de muy poca consistencia. La Rusia comunista, lejos de transformarse en el único oponente de la Alemania nazi, se convirtió en su aliado y aseguró su éxito inmediato. Hacia 1940, gracias a la cooperación de Stalin, Hitler era el amo de Europa, y en cualquier momento del año siguiente, una circunstancía -sí, una circunstancia- podría haberle puesto en situación de conquistar el mundo. El fascismo, esa irrelevante burbuja, habría desviado la majestuosa corriente de la Historia por un curso completamente nuevo. Entonces fue cuando adquirí la más firme convicción que sostengo como historiador: la creencia en el libre albedrío en la Historia.
Dirán ustedes que he planteado varias cuestiones. Así pues, permítanme ser un poco más explícito. De hecho, en 1940 Hitler había ganado la guerra en Europa Occidental y el rechazo de Gran Bretaña a aceptar la derrota era ilógico, irreal y absurdo. Si Gran Bretaña hubiera reconocido esto y abandonado la lucha, Hitler se habría encontrado en la posición de Bismarck en 1866. Después de haber derrotado a sus otros adversarios, habría tenido libertad para concentrar sus fuerzas contra el último adversario y, tras derrotarlo en una tercera “Blitzkrieg” (guerra relámpago), establecer su nuevo imperio. Difícilmente se puede negar en tales circunstancias que él hubiera podido derrotar a Rusia. Incluso cuando esto sucedió, estaba a punto de con seguirlo. “Todo lo que Lenin y nosotros hemos tratado de construir, se ha perdido ahora”, exclamó Stalin cuando evacuó a su gobierno de un Moscú que parecía destinado a caer ante aquella sorprendente e inicial invasión. Si se hubiera conseguido una victoria definitiva de Alemania en el frente occidental, todo habría sido diferente.
¡Y sin embargo, de manera fácil, en aquel año, la victoria alemana en el frente occidental pudo haber sido definitiva por una simple casualidad! Pienso en cuatro hipótesis, como mínimo, y cualquiera de ellas podría haber tenido ese efecto. Primero, nadie racionalmente podría haber supuesto que en el preciso momento de la caída de Francia habría en Gran Bretaña un estadista capaz de unir a todos los partidos y al pueblo, en la voluntad y en la con fianza de seguir adelante en lo que podía calificarse sencillamente de lucha sin sentido. Las crisis no dan lugar siempre al hombre; los momentos de decisión vitales pasan rápidamente; y en un período de confusión la capacidad de actuar puede perderse irremediablemente. Del mismo modo, nadie habría pronosticado que, en aquel momento histórico, la información secreta vital –ultrasecreta- directa o indirectamente pudo haber asegurado la victoria aérea en la batalla de Inglaterra (2).
En tercer lugar, no era razonable suponer, o incluso esperar, que el general Franco, al que después de todo nuestros enemigos habían puesto en el poder, resistiría la tentación en la que fácilmente había caído Mussolini, y rechazaría lanzarse rápidamente en pos de una aparente victoria. Si Franco hubiera dado permiso para un ataque a Gibraltar, ese ataque -como demuestran las experiencias de Creta y Singapur- probablemente habría tenido éxito. Entonces el Mar Mediterráneo habría estado cerrado para Gran Bretaña y todo un completo y potencial escenario de la futura guerra y victoria se habría que dado aislado. Por último, nadie habría supuesto que a Mussolini se le metería en la cabeza desbaratar los planes de Hitler de invasión de Rusia con una invasión de Grecia por sorpresa.
Si alguna de estas circunstancias no se hubiera producido, pienso que toda la historia de la guerra podría haber cambiado. ¿Habría atacado Japón sin motivo Pearl Harbour cuando las derrotadas Gran Bretaña y Rusia resultaran una presa indefen sa? ¿Habría intervenido Estados Unidos en Europa sin haberse establecido allí una cabeza de puente, para salvar a la Rusia comunista? ¿O no es más probable que se hubiera cumplido el sueño de Hitler: el establecimiento de un Imperio alemán, que dominaría Europa y Asia, con lo que, según una frase del propio Hitler, habría comenzado en el mundo la era alemana?
Evidentemente, hay cientos de posibles variaciones en los detalles, pero son irrelevantes para mi argumentación, que es, simplemente, que la configuración política del mundo en cualquier época no es deducible por lógica de la Historia precedente. Esa Historia “científica” se hace imposible a causa del componente humano, y en particular (aunque esto es ahora simplemente el motivo de la argumentación), cualquier ciencia resulta ridícula cuando tiene que “salvar los fenómenos” por medio de recursos desesperados. Porque seguramente es un gesto de desesperación desestimar como efímero un movimiento que, por una ligera variación de la suerte, podría haber dominado la Historia de una época entera.
Y no sólo la Historia: también la historiografía. Nada tiene tanto éxito como el propio éxito, y si Hitler hubiera establecido su imperio -ese terrible imperio y cuyas características formuló en sus “Conversaciones en la mesa”- podemos imaginar cómo le habrían tratado los historiadores posteriores a él. En general los historiadores son aduladores con el poder. Hitler no era más cruel -o menos inteligente- que Lenin o Stalin, y sin embargo a ellos, que tuvieron éxito, nunca les faltó el apoyo entre los historiadores.
Si Hitler hubiera triunfado en su última empresa así como Bismarck ganó en la suya, ¿de qué manera se le habría mostrado en los libros de texto? ¿Acaso no aparecería como el fundador del último y más importante Reich alemán, el estadista genial que -a un alto precio en verdad, pero siempre que hay que pagar un precio en política: la grandeza no se adquiere sólo con la virtud, o a lo mejor ni aún así- habría llevado a término la ambición de un siglo, el destino histórico de una nación? ¿No se le alabaría por haber restablecido, sobre fundamentos más amplios y permanentes, y por iguales métodos (lo que supondría su dudosa consagración), el imperio que Bismarck había crea do, pero que estaba desde entonces destinado al fracaso, por un cálculo mal hecho, no por un error fundamental? Y sin embargo, desde un punto de vista objetivo, él es la misma persona que, después de que fuera denotado por un estrecho margen, ha sido despreciada por una sucesión de historiadores de prestigio como un simple “dictador charlatán”, un estúpido, un aventurero desarraigado, sin otra idea que la búsqueda del poder personal.
No es sólo una reputación personal la que se modificó por aquel estrecho margen. En su caída, Hitler arrastró también a Bismarck. El éxito de Bismarck, que parecía tan sólido en la década de 1890, parece más frágil desde la perspectiva de 1945. Y con Bismarck también se hundió su peculiar filosofía de la Historia, que se había edificado en la Alemania del siglo XIX, donde se había consolidado su éxito y que fue oficial en los centros de enseñanza alemanes hasta nuestros días.
¡Era una filosofía liberadora cuando se puso en circulación por vez primera, recién salida de la inspiración de Herder y Goethe, tras el atardecer de la Ilustración, en el primer y dorado amanecer del Romanticismo: una filosofía que restableció la autonomía del pasado y nos dio todo un concepto de cultura! En el transcurso de un siglo, esa filosofía impregnó por completo la manera de pensar de los historiadores. Fuera de Alemania -en Suiza, en Rumania- inspiró a algunos de los más grandes historiadores (3). Pero en Alemania, cuando el poder del Estado se hizo con la propiedad de la cultura y de la raza, y las dos se añadieron a los derechos ya usurpa dos por el Estado, se transformó poco a poco; y sin embargo, como estaba aferrada a sus antiguas de mostraciones, aún se exponía en 1939 por propagandistas vulgares y también por los historiadores alemanes más importantes y con métodos más perfeccionados, los cuales sin duda se enorgullecerían de la victoriosa guerra de Hitler y del cumplimiento de la misión histórica de su propia filosofía de la Historia. Si Hitler hubiera ganado la guerra, ¿podemos dudar de que esa filosofía, que ahora está muerta, se habría revitalizado y convertido en oficial en el Continente europeo?
Así pues, no vacilo en afirmar que en 1940-41 una simple casualidad, que podía haber ocurrido de modo sencillo, podía no sólo haber dado la vuelta al resultado de la guerra y transformado el subsiguiente aspecto del mundo, sino que también habría impuesto en el mundo una nueva síntesis de ideología y poder, creando un nuevo contexto para los dos. Una vez creada dicha síntesis, podría haber perdurado durante generaciones, como ha sucedido con la síntesis comunista; la cual, por la misma casualidad, habría sufrido en cambio el destino del nazismo, para ser totalmente desmantelada y nunca reconstruida en la misma forma. Esta es una opinión muy simple, y no puede por menos que afectar a nuestras ideas sobre el proceso histórico.
Cuando Pascal escribió que si la nariz de Cleopatra hubiera sido más larga, el aspecto del mundo habría podido cambiar, estaba cediendo a una retórica no probada que cualquier historiador exigente no puede aceptar. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que si en Hendaya el 23 de octubre de 1940 el general Franco hubiera cambiado un monosílabo por otro -si en vez de decir No hubiera dicho Sí-, nuestro mundo sería completamente diferente: el presente, el futuro y el pasado se habrían podido cambiar. Pero una vez que hubieran cambiado, nadie se hubiera fijado en aquel episodio menor. La victoria alemana habría sido atribuida entonces no a causas triviales, sino a la necesidad histórica.
Claro que, después de 1945, se restablecieron las antiguas escuelas. Una vez que Hitler hubo perdido la guerra, se nos dijo que no podía haberla ganado. Había desafiado a las grandes potencias del futuro de forma estúpida e insensata. Había intentado detener el progreso de la humanidad y desviar el curso de la Historia del mundo. Indudablemente, era un lunático y estaba destinado a fracasar. Lo que se conoce después de haber sucedido es lo que, por definición, permanece.
Esta restablecida ortodoxia la expresaba, de manera lapidaria y completa, un distinguido historiador, E. H. Carr, en una serie de lecciones impartidas en Cambridge en 1961 y publicadas en el mismo año bajo el título de ¿Qué es la Historia? Según Carr, la Historia es el registro de lo que hicieron las personas, no de aquello en lo que fracasaron. Habló despectivamente de aquellos que tenían interés por los callejones sin salida y los “podría haber sucedido” en la Historia. Esto no era sólo una ocurrencia, sino algo evidente en la propia obra de Carr, en la que la doctrina del progreso, y su identificación con la causa entonces triunfante, era explicada con buen gusto: podía verse en ella a Napoleón derribando “los escombros milenarios del feudalismo” y a los desgraciados rivales de Lenin enviados ignominiosamente al basurero de la Historia. El método más adecuado para el historiador, decía orgullosamente Carr, es escribir como si lo que sucedió estuviera realmente destinado a su ceder, y como si su labor consistiera simplemente en explicar lo que sucedió y por qué. Los que hacen juegos de salón con los podría haber sido históricos, afirmaba, no pueden ser ni historiadores serios ni hombres honrados. Podían creerse interesados por la verdad, pero en realidad estaban buscando una compensación por su fracaso personal o su decepción. Y por supuesto, ya estaban en el basurero de la Historia, y la basura llama a la basura con débil y quejumbrosa voz. Así pues, no perdamos el tiempo ni cansemos nuestros oídos tratando de comprender esas sílabas timoratas y mortecinas ahogadas entre lágrimas y basura. Y, tal y como afirmó de forma concluyente, vamos a deshacernos de este arenque ahumado de una vez por todas.
Supongo que ninguna frase se oponía más a mi propia concepción de la Historia que la referente a los podría haber sido históricos. Evidentemente estoy de acuerdo en que algunas especulaciones históricas son inútiles, y en que pueden reflejar alguna nostalgia personal. Pero en momentos dados de la Historia existen alternativas reales; desecharlas como no reales porque no llegaron a consumarse -porque (en expresión de Carr) “se agotaron por los hechos consumados”- es salirse de la realidad. ¿Cómo podemos explicar lo que sucedió y por qué, si únicamente nos fijamos en lo que pasó y nunca tenemos en cuenta las alternativas, el conjunto total de fuerzas cuya presión da lugar a los acontecimientos?
Tomemos ejemplo de las revoluciones. Todos sabemos lo que sucedió en ellas. Pero, ¿cómo podemos ‘explicarlas” a menos que podamos compararlas con las revoluciones que no sucedieron, es decir, con esos momentos de la Historia en los que fuerzas y situaciones similares no las hicieron estallar?
Para comprender “que lo que sucedió estaba destinado a suceder”, hay que preguntarse por qué sucedió, y no privar a la Historia, de un solo soplo, de sus lecciones y de su vida.
En 1646 el Parlamento inglés había ganado la guerra contra Carlos I, y su recién nombrado historiador oficial, el poeta republicano Tom May, expresó el punto de vista, luego repetido por muchos historiadores posteriores, de que la revolución había estado destinada a suceder desde siempre. Se habría gestado, escribió, desde los últimos años de la reina Isabel, y se percibía con evidencia bajo la superficie de la aparentemente pacífica época de Carlos I. Esta opinión la confirmaron los ideólogos puritanos del momento, que también entraron en este juego. Haciendo juegos malabares con las matemáticas místicas de la ciudad del Paraíso, afirmaron que las luchas políticas de Inglaterra fueron pronosticadas de forma misteriosa por los profetas de Israel, y que el resultado de la batalla de Marston Moor -terrible y encarnizada desde el punto de vista de los que combatieron en ella- se encontraba implícitamente en los enigmas del libro de Daniel y del Apocalipsis. Pero un historiador más importante que Tom May pensaba de otra manera: “No soy tan perspicaz, escribió el monárquico Clarendon, como los que han visto que esta rebelión se originó desde la muerte de la reina Isabel, si no antes”, e insistía en que en muchas ocasiones, especialmente en 1641, una política prudente podría haber evitado “esta rebelión innecesaria”. Probablemente estaba en lo cierto. ¿Quiénes somos nosotros, tres siglos después, para negar dicha posibilidad? Quizá después el tiempo habría agotado aquellas fantasías milenaristas, que habrían permanecido sepultadas en la obsoleta subcultura de los retrogrados y fundamentalistas puritanos hasta que, en el transcurso de una generación, hubieran quedado sepultadas, como tantas otras fantasías inocentes, en el siempre dispuesto basurero de la Historia.
¿Se pudo haber evitado la revolución en Inglaterra en la década de 1640, tal y como se evitó, por así decirlo, en la década de 1840? ¿Estaban Carlos I y Jacobo II destinados a fracasar? ¿No podía un rey más inteligente que cualquiera de ellos haberla evitado, o haber reestablecido una monarquía absoluta en Inglaterra, similar a la de otros países europeos? Si sus contemporáneos pensaban que podía, ¿por qué vamos nosotros a descartarlo? En la década de 1630 Inglaterra estaba empezando a acostumbrarse al gobierno de los Consejos. No cabe duda de que a los hombres del viejo Parlamento no les gustaba, del mismo modo que a los Estados tampoco les agradaba el nuevo gobierno centralizado de Baviera o Austria; pero una nueva generación aceptaba el cambio. En 1640, según Brunton y Pennington, los oponentes a Carlos I tenían por término medio once años más que los miembros monárquicos del Parlamento. Unos pocos años más, y el balance de fuerzas podría haber cambiado de forma decisiva. Entonces, puesto que el poder es un gran imán, ¿no se habrían adaptado los dirigentes de la sociedad a las nuevas formas?
Lo mismo sirve para los comienzos de la década de 1680. Por aquel entonces, un monarca autoritario, firmemente asentado sobre la alianza de los propietarios de tierras, las ciudades y la Iglesia, era de hecho algo real. Si Jacobo II, al igual que su hermano, hubiera antepuesto la política a la religión -si no hubiera roto sin motivo el consenso entre la Iglesia y el estamento de los terratenientes-, podría no haber originado la “reacción de los Estuardo”, que habría carecido de base; ¿y acaso la nobleza “whig” de Inglaterra, al igual que la nobleza hugonote de Francia, no se habría vuelto a adorar al nuevo sol naciente? En vez de una “ascendencia whig” habríamos tenido un “despotismo ilustrado”, y los historiadores también habrían explicado que era algo inevitable.
Si estudiamos la Historia como una asignatura viva, no simplemente como un espectáculo colorista, o una crónica de antigüedades, o un esquema dogmático, no debemos perdernos en especulaciones estériles; debemos dejar alguna puerta abierta a la imaginación. La Historia no es únicamente lo que sucedió: es lo que sucedió en el contexto de lo que podría haber sucedido. Hay que incorporar como elemento necesario las alternativas, los podría haber sucedido. Y aunque ahora estén en el cubo de la basura, son ellas mismas las que fueron a parar allí; ¿y quién es nadie para afirmar con seguridad cuál es el callejón sin salida. Ni que decir tiene que Pilato, después de lavarse las manos, pensó que había “cerrado” un episodio más con el hecho consumado de la Crucifixión; pasarían tres siglos hasta que los romanos entendidos se dieran cuenta de que era él, y no Jesús, el callejón sin salida.
Es un error confundir los hechos con las causas, y suponer que el historiador lo puede explicar todo reduciendo su interés a “lo que sucedió”. ¿Por qué tenemos que aceptar que todas las respuestas estén contenidas dentro de los hechos? Hay hechos que no son causas y causas que no son hechos. Las ideas y los mitos son fuerzas poderosas en la Historia. Sencillamente hay formas de ser: en dos coyunturas históricas los hechos objetivos pueden ser los mismos, pero los comportamientos pueden ser opuestos. Existen esas “oportunidades perdidas”, esas coyunturas históricas en las que las grandes aspiraciones están a punto de cumplirse, pero se vienen abajo, quizá no de una manera inevitable, por alguna circunstancia o por la es tupidez humana, hasta una realidad muy diferente. Pienso en aquel verano de 1641 en Inglaterra, cuando parecía que se iba a llegar a un acuerdo, al fundamento de una nueva reforma pacífica: cuando John Milton y Stephen Marshal saludaban “el jubileo y la resurrección de la Iglesia y el Estado”; o los comienzos de la Revolución Francesa, cuando Wordsworth pensaba en lo feliz que era por estar viviendo; o en ese momento de la historia de Holanda, después de la Pacificación de Gante, tan genialmente reconstruido por Dame Francis Yates. Todas esas oportunidades de esperanza se perdieron; ¿pero se perdieron inevitablemente? ¿No hubo otras oportunidades que sí se aprovecharon? Ignorar tales oportunidades perdidas, borrarlas con impaciencia de las páginas de la Historia como simples no acontecimientos, seguramente no es sólo un error, sino un error de mal gusto: un error, porque, aunque frustradas, explican los motivos de los personajes de la Historia y contienen una lección histórica; un error de mal gusto porque esconden una realidad más profunda, e ignorarlas es no tener sensibilidad, y aunque hayan sido políticamente estériles, contribuyen, más que los simples hechos, a ese arte y esa literatura que son un depósito valioso y permanente del pasado histórico.
Únicamente cuando nos situamos ante las alternativas del pasado, como ante las del presente, y sólo si las vivimos por un instante, tal y como las vivieron los hombres de la época, en su contexto todavía variable, y entre problemas aún no resueltos, sólo si contemplamos esos problemas de forma cercana a nosotros, al igual que reflexionamos sobre ellos después de que han sucedido, será cuando podamos sacar útiles enseñanzas acerca de la Historia. Esto es lo que significa la famosa frase del joven Ranke, aún no contaminado por el determinismo filosófico de Berlín, la frase que ha sido a menudo citada como mal empleada: “Wie es eigentlich gewesen”.
Para devolver al pasado sus incertidumbres perdidas, para volver a abrir, al menos un instante, las puertas que los hechos consumados han cerrado, se requiere un es fuerzo de imaginación. Pero sin duda es un esfuerzo necesario si contemplamos la Historia como una realidad, y no simplemente como un sistema de conveniencias. ¡Con qué frecuencia la verdadera historia se ha burlado de sus profetas científicos! ¡Cuántas veces su curso no se desborda por acontecimientos obvios, sino por escondidos e imperceptibles manantiales!.
A los que afirman que se puede predecir el curso de la Historia de un modo no general o condicionado, me siento inclinado a hacerles una pregunta sencilla. Dejemos que esas personas se imaginen a sí mismas en cualquier época, no demasiado remota, y todavía en el recuerdo, y que digan honradamente si, en esa época, ellos habrían podido predecir lo que sucedió en la realidad: los acontecimientos de su propia vida, su propia experiencia.
Tomemos una época histórica, el año 1945. Cualquiera podría haber pronosticado la rivalidad de las dos superpotencias, los Estados Unidos y Rusia. Después de todo, eso ya lo habrían previsto Tocqueville y otros un siglo antes. Pero, ¿podía haber predicho alguien que Alemania, treinta y cinco años después de su derrota, seguiría aún dividida; que Berlín sería aún una isla dividida en un mar comunista; que habría una avanzada rusa junto a las costas de Florida; y que países enteros de África serían conquistados por los ejércitos de esa isla del Caribe?
Retrocedamos un poco más atrás, a 1910. Cualquiera, en 1910, podría haber pronosticado una guerra europea provocada por el poderío militar e industrial de Alemania. Pero, ¿quién habría previsto las consecuencias de dicha guerra: el colapso de tres grandes imperios, la revolución bolchevique, la ascensión del fascismo? En una mirada retrospectiva, por supuesto, leemos las señales, seleccionamos las evidencias y predecimos a nuestro gusto aquello que únicamente sucederá de manera evidente; pero en aquella época, ¿quién pronosticó esas cosas, o las creyó cuando se pronosticaron? Hace un siglo, los geopolíticos podían haber predicho la colonización continuada por Rusia y Estados Unidos de tierras despobladas en Oriente y Occidente, pero, ¿quién podía haber previsto la mucho más sorprendente colonización del Mediterráneo Oriental: la creación del Estado de Israel? Nos guste o no, podemos admirarla como la culminación de un sueño romántico, de la fuerza de la voluntad humana sobre las obstinadas realidades que se creía que la limitaban, o bien podemos deplorarla como la última cruzada de Occidente, la aventura más tardía del imperialismo occidental, que buscaba no el comercio, sino la colonización, Le bensraum; y de hecho seguramente las dos cosas. Pero no podemos negar que es una extraordinaria hazaña histórica. ¡Qué insignificantes los gobernantes ingleses que escucharon a sus más tempranos valedores predecir las actuales consecuencias: la sustitución de un “hogar nacional judío” por un Estado nacional; la con siguiente transformación del Oriente Medio; la cólera de todo el mundo musulmán; las grandes potencias, incluso las superpotencias, con rehenes tomados por fundamentalistas islámicos en Libia y o por sacerdotes en Irán. Pero ¿quién podría haber previsto en esa época el terrible holocausto que lo hizo posible?
Hace veinte años me encontraba en Irán, y tuve la oportunidad de visitar la ciudad santa de Qom, la residencia de un entonces desconocido mullah chiíta, el ayatollah Jomeini. Se habían abierto nuevos pozos de petróleo cerca de Qom, y allí fui recibido por el ingeniero encargado de ellos, un persa inteligente y educado a la manera occidental, que se alegraba de esta nueva victoria del progreso tecnológico. Con creciente entusiasmo me enumeró los cientos de barriles de petróleo que ahora circulaban, y las decenas de miles que pronto lo harían diariamente; al igual que el joven Macaulay, se regocijaba con su visión de la nueva y moderna sociedad que se crearía al rededor de todo esto: Un poste eléctrico saludaría a otro sobre las colinas persas, y el desierto llegaría a ser como un montón de lava. En el plazo de veinte años, dijo orgullosamente, habremos creado un nuevo Irán, un nuevo hombre iraní, y todos esos viejos mullahs de ahí -señaló desdeñosamente hacia la ciudad santa- habrán encanecido; no tendrán sitio, no podrán ser imaginables, en nuestro mundo feliz... Hoy ya pasaron los veinte años. Me pregunto si aquel inteligente técnico vive aún en Irán. Si es así, debe de estar muy sorprendido.
Pero él no necesita sorprenderse, La Historia está llena de dichas sor presas y no hay hombres más sorprendidos que aquellos que creen que han descubierto su secreto; los que piensan que ellos saben, no in tuitiva sino científicamente, la dirección en la que se mueve. Los calvinistas del siglo XVI eran de esa clase de hombres. Habrán construido además de las dos ciencias más exactas de la época, la Biblia y las Matemáticas, un gran sistema de la Historia cuyas operaciones podían proyectarse hacia el futuro. A principios del siglo XVII esperaban ansiosa y presuntuosamente el cumplimiento de sus sueños, o mejor, tal como se lo imaginaban, los de la Divina Providencia. ¡Se quedaron totalmente decepcionados! En el espacio de unos pocos años, su gran síntesis yacía en ruinas, como los restos de una elaborada, mala y artificiosa máquina voladora, cuyas partes aún sensibles -relojes, compases y accesorios- se habían detraído para usos domésticos. Pero su poderosa máquina teológica y sus orgullosas alas filosóficas fueron abandonadas, se desplomaron y se apagaron, para acabar oxidadas en un barranco de Bohemia.
Tal es por lo general el destino de los grandes métodos históricos. Los enciclopedistas del siglo XVIII quedaron sorprendidos por la Revolución Francesa. A los liberales del siglo XIX les sorprendió la ascensión del socialismo, y a los marxistas del siglo XX, la del fascismo. La revolución islámica de nuestros días, al igual que el desarrollo del Estado de Israel, son un fenómeno que habría podido predecirse; pronto, no cabe duda, los libros de textos los presentarán como la cosa más evidente del mundo. Pero nunca los pronosticaron los “historiadores científicos”, que aguardaron con mucha seguridad el futuro simplemente porque habían contemplado el pasado con una imaginación insuficiente.
¿Quién entonces, entre los historiadores, va más lejos en su visión de futuro? Irónicamente, son aquellos que hacen menos caso de las profecías racionales; aquellos que, observando la historia pasada, han admitido las limitaciones del libre albedrío humano, pero han tenido cuidado de admitir sus derechos, y quienes, para abrir alguna ventana a las actividades de la imaginación, han preferido plantearse preguntas en vez de responderlas, preguntarse en lugar de “explicar el por qué”. Lo que se ha llamado “la misteriosa sabiduría de Tucídides” continuará siendo estudiado, aunque no ofrezca un método ni responda a ninguna pregunta, mientras las “historias universales” de los grandes filósofos caen una tras otra en el olvido. Sólo Gibbon permanece entre los grandes historiadores filosófos, y no porque tenga una filosofía consecuente (aunque realmente la tiene), sino porque su filosofía nunca forzó las cosas. No negó nunca el poder del libre albedrío. Y sobre todo, su imaginación nunca descansó.
Cuando fijaba su atención en un acontecimiento o situación históricos, el pensamiento de Gibbon siempre recorría diferentes perspectivas pensando en analogías, contrastes y posibilidades, para enfocar, o rectificar, los aspectos generales. ¿Podrían haberse conservado de forma más completa los clásicos de la Antigüedad, en la Edad Media, si la técnica de la imprenta, en lugar de la industria de la seda, se hubiera llevado desde China a Europa? ¿O temblaríamos ante la idea de que podría haberse perdido mucho más a causa de una conquista más temprana de Bizancio por los turcos? ¡Por qué poco se salvó Roma, por el coraje de un solo Papa, en el siglo VII, del olvido que envolvió a Tebas, Babilonia y Cartago! ¡Qué injustamente se acusó a los godos, aquellos bárbaros inocentes, de la ruina de la Antigüedad! ¡“Qué ocasión en los anales de la ciencia” fue la preservación por Alejandro de los registros astronómicos de los babilonios, y su transmisión, a petición de Aristóteles, a los astrónomos de Grecia! ¡Qué bien aguantan la comparación los bárbaros lombardos de la Alta Edad Media, en su actitud hacia las viudas, respecto de los juristas y el clero del siglo XVII! ¡Qué nefastas fueron a largo plazo las consecuencias de la conquista de Rusia por los mongoles, la profunda y quizá imborrable marca que la esclavitud de 200 años ha impreso en el carácter de los rusos!
No puedo resistir, en este con texto, la tentación de citar esa visión del futuro si el resultado de la batalla de Poitiers en el siglo VIII hubiera sido diferente: el avance del Islam hacia las fronteras de Polonia y las tierras altas de Escocia. El Rin no es más infranqueable que el Nilo o el Eufrates, y la flota árabe podría haber navegado sin esfuerzo hasta la desembocadura del Támesis. Quizás se enseñaría ahora a interpretar el Corán en las escuelas de Oxford, y en sus púlpitos se podría de mostrar a un pueblo de circuncisos la santidad y la verdad de la revelación de Mahoma. Quizás esto aún puede suceder.
Al final, es la imaginación del historiador, y no su formación o su método (por más necesarios que sean ambos), los que ayudan a conocer las fuerzas ocultas del cambio. Supongo que es lo que Theodore Mommsen quería decir cuando hablaba del don de adivinación del historiador, y a lo que Jacob Burckhardt se refería cuando hablaba de Ahnung, contemplación, la capacidad de “ver el presente escondido en el pasado”. Burckhardt negaba que la Historia fuese una ciencia. No re conocía ninguna ordenada Weltgeschichte, ninguna planificación del mundo. “Conoceríamos de buen grado las olas que nos trasportan al océano del futuro inmediato”, escribió en 1870, pero esas olas somos nosotros mismos. En su maravillosa combinación de entendimiento histórico e imaginación, él solo predijo lo que ni Ranke ni Marx, ni otros contemporáneos, pudieron prever: la ascensión, por encima del cadáver descompuesto de la Europa liberal, de los nuevos despotismos industriales del siglo XX, y, en particular, el de Alemania. Hace algunos años publiqué un artículo en el que insistía de forma sencilla en esto, y fui debidamente reprobado por el historiador marxista, que alegaba que Burckhardt sólo tuvo un “golpe de suerte”: No hay en él ciencia más allá de ese acierto accidental; no puede compararse con Marx “el científico”. Sólo si se estudian los escritos de Burckhardt, y se extrae la filosofía profunda que yace en su interior y sustenta sus sentidas y hondas convicciones, puede hacerse esa crítica. Por lo demás, no lamento haber hecho a muchos de ustedes leer algo de Gibbon y saborear un poco de Burckhardt.
Pienso que la imaginación es algo que siempre necesitarán los escritos y estudios históricos. Ejercitar esa imaginación puede no estar dentro de nuestra capacidad como historiadores, pero considerar su importancia, aceptarla si se emplea, es, creo yo, esencial si queremos mantener el estudio de la Historia entre las Humanidades y conservarla viva.
Con estas últimas palabras tengo que prepararme para mi partida; estoy siempre agradecido a la Universidad a la que debo mi formación durante un período tan largo, y a la facultad que me ha apoyado y sostenido, y estoy satisfecho porque la cátedra que ahora voy a dejar no se ha quedado vacía, o se ha suprimido, sino que va a ser ocupada por un historiador de gran categoría, que también fue un gran colega, un antiguo alumno, y un viejo amigo.
Estoy contento asimismo de observar, en las circunstancias de mi propio retiro, un ejemplo de predicción histórica casi burckhartiana. Hace treinta y seis años yo era tan desafortunado como para disgustar, por un obiter dictum histórico, a aquel gran campeón de la Iglesia Católica, el fallecido Evelyn Waugh. En el transcurso del debate público que siguió, y que a veces fue algo desagradable, aquel escritor enérgico, creyendo que me había vencido, rompió en un grito de triunfo: “Una carrera de honores”, escribió, se abre para el señor Trevor-Roper. Debería cambiarse nombre y ganarse la vida en Cambridge (4). Este episodio menor se había borrado hace tiempo de mi memoria, pero volvió a ella, hace pocas semanas, en la puerta de la librería de Blackwell, junto a ese certero memorizador de la Historia antigua, el profesor Momigliano. Siento que Waugh no esté vivo para saborear esta pequeña victoria, que de buena gana le concedería a quien se preocupó tanto de “nuestro abundante y delicado idioma”, vehículo necesario y único que conserva para nosotros la Historia y la imaginación.
© Oxford University Press
Publicado en el nº 5 de la Revista Atlántida
Edición digital autorizada de Arvo Net.
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