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De José Morales
Publicamos aquí la Introducción del reciente libro de José Morales, El valor distinto de las religiones (*), que nos permite vislumbrar el interés de la obra y nos adelante algunos conceptos de gran ayuda sobre la materia.
La Iglesia católica ha afirmado tradicionalmente la singularidad del Cristianismo y su absoluta diferenciación respecto a las demás religiones. Lo ha hecho generalmente apelándose a la Revelación sobrenatural y a la historia salutis que la origina y justifica. La Iglesia sigue pensando hoy que no todas las religiones son iguales y que el Cristianismo sobresale nítidamente respecto a las otras tradiciones religiosas.
Pero este modo de pensar y sentir aduce ahora de modo preferente, en el debate público, motivos y consideraciones de naturaleza más bien empírica y de comprobación común. Valora además, desde una actitud constructiva y de respeto, los demás mundos religiosos.
La idea de que todas las religiones son iguales o equivalentes, y que lo mismo sirve o vale una tradición religiosa que otra, disfruta en nuestros días de relativa difusión, tanto a nivel culto como a nivel popular. Por lo menos parece ser así en el mundo occidental, donde las cuestiones teóricas y prácticas que las religiones y su variedad suscitan, vienen determinadas por presupuestos emocionales e intelectuales que han cristalizado sobre todo en los últimos decenios. El no disminuido interés por la religión en un mundo secularizado se vierte en actitudes de gran flexibilidad y apertura, o tiende a poner en tela de juicio cualquier planteamiento, antiguo o moderno, considerado dogmático o exclusivista. El atractivo moderno de la alteridad y de la diferencia no se percibe como un obstáculo decisivo a la hora de buscar un denominador común que nivele las religiones, y predomine de hecho sobre sus particularidades.
Se piensa en suma que el hombre y la mujer son seres religiosos, y que esta cualidad es un propio que les pertenece, como les pertenecen también otras propiedades personales innatas: sociabilidad, capacidad de lenguaje, derechos humanos, etc. Ese modo radical e inalienable de ser se materializaría de modo distinto según mentalidades y culturas, que son productos temporales y pertenecen a las contingencias de la historia. Existen así un núcleo esencial de lo religioso y unas modalidades, adjetivas y no estrictamente necesarias, que se expresan en las diferentes tradiciones religiosas, y designamos con los nombres de Judaísmo, Islam, Cristianismo, Budismo...
Se añadirá que todas las religiones sin excepción ofrecen metas de un cierto desarrollo espiritual y estimulan unos afanes de mejora, que culminarían en lo que genéricamente puede denominarse salvación. Todo hombre y toda mujer consigue esas metas practicando en mayor o menor medida lo que prescribe la religión en la que ha nacido, o que ellos mismos han elegido en su edad adulta. Todas las religiones incluyen, de otro lado, exigencias éticas legitimadas por la tradición o por la autoridad religiosa pertinente, y ayudan por lo tanto a que sus seguidores lleven una vida honesta e incluso sin tacha.
La conclusión de este encadenamiento de ideas y de deducciones es que todas las tradiciones religiosas son caminos convergentes hacia un mismo objetivo, y pueden así considerarse como equivalentes en lo esencial. En términos más populares y sencillos se afirmará que lo importante para el hombre y la mujer es ser buenos y comportarse bien, y que esa meta puede conseguirse en cualquier religión.
La variedad en las religiones
Este modo de juzgar las religiones y de afirmar su equivalencia última para los fines del ser humano no ignora, como es lógico, la variedad de tradiciones religiosas, ni el hecho de sus grandes diferencias empíricas. Es evidente que las religiones y los cultos practicados por el hombre en su relación con la divinidad, forman un mundo en el que reina ante todo la diferenciación. Las religiones de la tierra se distinguen unas de otras por la doctrina, el culto, los modos de oración, las ceremonias rituales, los libros o documentos sagrados, las devociones, el estilo espiritual, las vivencias interiores, la trayectoria histórica, y las civilizaciones a las que han dado forma o en las que han influido de manera decisiva.
La razón de ser de disciplinas como la historia de las religiones, las religiones comparadas, y la fenomenología religiosa, entre otras, radica precisamente en levantar acta de las diferencias que existen de hecho entre los credos religiosos. Más tarde se procederá, en su caso, al análisis de esas variantes y a examinar su significado.
Pero la opinión niveladora de las religiones en cuanto a su sentido y utilidad relega las diferencias a un plano secundario, para detenerse únicamente ante su significación formal equivalente. Se pretende en estas páginas analizar y debatir la idea de que las religiones son en el fondo equivalentes, a pesar de su marcada diversidad, que no pasaría de ser irrelevante.
Debe afirmarse, por el contrario, que existen diferencias externas y de orden empírico, que aparte de consideraciones doctrinales que pudieran invocarse, implican y traducen diferencias esenciales de fondo. Las religiones de la humanidad pueden cumplir algunas funciones análogas, pero no son equivalentes ni en los fines que realmente se proponen, ni en los caminos que enseñan para conseguirlos, ni en la certeza que inspiran acerca de su consecución. Las religiones no son iguales. Se asemejan a los alimentos en buen estado. Todos pueden nutrir al hombre, pero no todos poseen la misma calidad ni producen los mismos efectos benéficos, con la misma intensidad y en el mismo grado.
Las ideas contenidas en los capítulos de este libro son las de un autor que se considera cristiano, pero que no pretende colocarse fuera o por encima de las demás religiones, para intentar valorarlas con una «fría objetividad». Tampoco se imagina haberlas comprendido del todo, porque para comprender a fondo una tradición religiosa hace falta vivirla desde dentro. Esto no significa que no puedan formularse comparaciones y juicios válidos que apunten directamente a mostrar las credenciales racionales e históricas de la religión cristiana, y que establezcan su especial derecho a la credibilidad.
Para afirmarse a sí mismo, el Cristianismo no necesita denigrar a las otras religiones. Procura sencillamente darse a conocer, y sabe que, para muchos hombres y mujeres de buena voluntad, contemplar los trazos firmes de su figura equivaldrá a percibir su naturaleza veritativa como religión que no han forjado solamente los hombres, pero que vive y se desarrolla en el curso de la historia humana. Ver el Cristianismo puede ser reconocerlo.
Mucho puede y debe decirse a favor de las religiones de la tierra, tanto tomadas en conjunto, como cada una de ellas individualmente. Son las manos de los hombres y mujeres de todos los tiempos elevadas hacia el cielo. Son causa y efecto de la civilización, de la que en muchas ocasiones configuran el alma.
Valor y límites de la religión
Ciertamente las religiones presentan con frecuencia, a lo largo de la historia de la humanidad, una imagen y unas repercusiones ambiguas. Contrariamente a lo que podría pensarse, no han sido a veces factores de paz y de entendimiento entre pueblos, naciones, y comunidades. Guerras y enfrentamientos desencadenados en nombre de la religión han desolado territorios y llevado muerte y desgracia tanto a beligerantes como a inocentes. Son muchos los que se preguntan si las religiones unen o separan a los hombres, y la experiencia de los tiempos presentes en muchos lugares del planeta no ha silenciado ese tipo de interrogantes. En una época de secularización dentro del mundo occidental, la humanidad continúa viviendo, sin embargo, los efectos positivos y negativos de la religión.
La verdad es que las divisiones innegables causadas y mantenidas por la religión en numerosos grupos humanos no pueden hacer olvidar los efectos benéficos que los valores religiosos, su percepción y su ejercicio han originado y desarrollado en la humanidad. Han sido efectos de relación con Dios, armonía en el espíritu, paz, consuelo y compasión, concordia, y orientación hacia la justicia. La religión ha dado a individuos y comunidades el sentido que los demás aspectos de la cultura humana no pueden dar. La política, el arte, la economía, la ciencia, y la técnica no han pasado de ser, cuando se han planteado como fines absolutos, meros sucedáneos de la religión.
Después de narrar la anécdota de un coronel alemán que ejercía su oficio en el lager de Auschwitz y se conmovía en casa con la música romántica, observa George Steiner: «Interpretar a Schubert por la noche y marchar por la mañana al campo de concentración para cumplir su triste deber, indica que el arte, la filosofía, la cultura a secas, no impiden que el hombre sea criminal, y no le cambian el corazón».
La religión que, a pesar suyo, ha podido mover a hombres y mujeres de carne y hueso a perpetrar odiosos crímenes en sus semejantes, ha sido y es una religión impura, que reniega de su naturaleza verdadera. La humanidad ha permitido en incontables situaciones que los odios étnicos, los nacionalismos, las ambiciones políticas y económicas, se disfracen de religión y movilicen para esas metas puramente terrenas las energías elementales que son propias del espíritu religioso. Las agresiones que se cometen en nombre de una u otra religión dentro de las fronteras de un país determinado (India, Pakistán, Indonesia, Balkanes...) obedecen por lo general a fanatismos, que son activados y utilizados por la ideología, la raza, o los afanes de predomino socio-económico.
Profundo en el corazón humano, el instinto religioso del hombre no puede expresarse siempre aparte e independientemente de sus otros instintos. En la medida en que estos se orientan en la dirección del enfrentamiento y de la división antes de que la religión consiga evitarlo, el factor religioso podrá convertirse en piedra de escándalo y en motivo de desintegración. Pero son fenómenos y situaciones que pertenecen a la patología de la religión, y no a su normal ejercicio.
Son las miserias de la religión, y en este caso los defectos de quienes algunas veces la invocan de modo indebido, lo que hacía exclamar a Erasmo de Rotterdam en tiempos de la revolución religiosa del siglo XVI: «Gritan sin cesar:¡Evangelio, Evangelio! Pero quieren ser sus únicos comentadores. Hubo un tiempo cuando el Evangelio hacía dulces a los violentos, obradores de bien a los malvados, pacíficos a los belicosos, y de los blasfemos hacía creyentes. Mientras que hoy los que apelan a él se asemejan a poseídos, fomentan agitaciones de toda especie, y atacan a los hombres de bien. Veo nuevos hipócritas, sin la menor chispa de espíritu evangélico».
A pesar de sus limitaciones y de la invasión de elementos y actitudes que las pueden contaminar, las religiones llevan a cabo una función constructiva e integradora, tanto a nivel social como individual.
También el ejercicio y el uso y abuso de la religión forman parte de la biografía del hombre, y no siempre hacen una narración edificante.
Depositarias de la religiosidad natural, apuntan siempre, sin embargo, hacia una trascendencia en la que pueda respirar mejor el hombre caído y pegado a la tierra.
Sus creencias extravagantes y desorbitadas en algunos casos proporcionan cuerpo a los presagios de una aurora en la que el hombre se encuentre en paz consigo mismo, con la naturaleza amenazadora, y con los demás.
Las religiones son aptas para proteger y purificar el instinto moral rudimentario que vive en el fondo de la persona, sepultado a veces por rutinas destructoras y crueles tradiciones ancestrales. Los terrores de la religión, que pueden ser lo único percibido por el primitivismo humano, tienden a diluirse cuando el sano sentido religioso deja de verlos como anuncio de un castigo infligido por dioses vengativos.
La religión contribuye a la cohesión social, puede humanizar la política y la economía, y proporcionar el sentido de la ciencia y de la técnica. Las religiones son actualmente las mejores y más típicas depositarias de los afanes y metas de paz y justicia a los que aspira la humanidad. Pueden elevar al hombre y despegarle de la tierra, y recordarle que su destino definitivo no se encuentra en este mundo pasajero. Muchos credos religiosos alientan en los hombres anhelos de salvación y de plenitud que responden a lo mejor de su naturaleza. Las religiones engendran, en suma, una insatisfacción de los ideales y logros, siempre limitados, que puedan desearse y alcanzarse durante la existencia terrena.
En estos y otros aspectos que podrían mencionarse, las religiones de la tierra presentan notables semejanzas y poseen elementos comunes, que realizan, sin embargo, en un grado diferente de intensidad y de pureza. Todas contribuyen en principio a la mejora y equilibrio del hombre, aunque no todas sean capaces de liberarle de un posible estancamiento en su desarrollo como persona.
La religión ha de humanizar al ser humano, al mismo tiempo que lo acerca a Dios. Entre ambos objetivos no existe oposición alguna, aunque un logro simultáneo pueda resultar paradójico. La religión y la religiosidad, que es su ejercicio práctico, afecta a la totalidad de la persona, impregna su intelecto, sus emociones y sentimientos, y guarda una relación directa con sus hábitos, valores, y tradiciones.
No sólo toma forma en la mente y en el corazón de los individuos, sino que se encuentra también situada en el mundo, donde nace, vive, y se desarrolla. Las religiones son un aspecto visible de la historia de la humanidad. Aunque la religión descienda de lo alto por una revelación que la origine, debe existir en el tiempo con todas sus consecuencias. Esta existencia temporal no es un aspecto contingente o secundario del ser de la religión, sino que pertenece a su esencia y la configura de modo decisivo.
Las religiones de la humanidad se distinguen por una afinidad esencial, como aspectos innatos que son del espíritu humano, y también por una diversidad extraordinaria, reflejo de los elementos culturales que les dan forma y les permiten existir y desarrollarse en el mundo.
La común raíz humana de las religiones se diversifica en formas y ramas distintas que constituyen las tradiciones religiosas que han existido en el pasado y existen actualmente. Porque la religión no aparece nunca como una esencia pura, sino en manifestaciones individuales concretas, condicionadas por la idiosincrasia de grupos humanos que habitan un espacio determinado en un tiempo determinado. Así ocurre con las religiones tribales y nacionales, que antes de pasar, en su caso, a un momento universal, han estado estrechamente vinculadas a una comunidad particular. No existe la religión en general. La religión se constituye y existe siempre en el mundo a través de los elementos de una tradición religiosa concreta.
No puede hablarse, en realidad, de la religión como un género que cabría dividir en especies. Cada religión es por sí misma un género dentro de las realidades humanas, dada la honda diversidad que separa a unas de otras, a lo que solemos llamar religiones en el lenguaje ordinario, y hasta en el lenguaje culto y académico.
La diferencia entre las religiones comienza ya a apreciarse metodológicamente en el mismo momento de la identificación, como religiones propiamente dichas, de las diversas tradiciones usualmente consideradas religiosas.
Lo que aparece como religiones en los labios y textos especializados que las exponen con mayor o menor detalle, apenas se deja integrar coherentemente bajo un único concepto de religión. Los nombres con los que suelen designarse las diferentes tradiciones religiosas de la humanidad han sido creados en su mayoría por el mundo intelectual de Occidente con el fin de dar una cierta unidad conceptual a un conjunto heterogéneo de elementos socio-culturales, de doctrinas y de ritos, percibidos todos ellos por la observación empírica.
La idea de religión como un sistema de creencias y prácticas, que implica una especial relación con una divinidad trascendente viene en gran medida determinada por las experiencias religiosas y los presupuestos culturales de la civilización occidental. No es aplicable sin más a la religiosidad primitiva, donde lo religioso no se distingue de lo socio-cultural, y donde los aspectos y estados emocionales son mucho más decisivos que las ideas.
Tampoco las tradiciones religiosas asiáticas caben dentro de la mencionada idea de religión. Carecen de una clara distinción entre la deidad trascendente y todo lo demás, entre un Creador y su creación, entre Dios y el hombre. Falta en ellas sobre todo la diferenciación entre lo sagrado y lo profano. Puede decirse que si todo es religión, nada lo es, y que entonces los elementos llamados religiosos pertenecen directamente a la esfera de lo socio-cultural, de los ritos y mitos ancestrales, y del folklore. Estas tradiciones acentúan los estados y las experiencias interiores de realización espiritual, e ignoran en todo o en parte la doctrina y el culto.
La religión entendida como un conjunto armónico de doctrinas y prácticas con las que el creyente establece una relación personal con Dios, supone la existencia de una realidad sagrada que se mantiene en cierta discontinuidad con nuestro mundo, pero que interacciona habitualmente con él. Hay un nivel invisible de la realidad que se cruza en determinados lugares y momentos con la realidad visible que denominamos natural. Son dos órdenes de la realidad que se hallan comunicados, y de ahí toma sentido lo santo, como algo distinto, pero no ajeno, a lo profano.
Plan de este libro
Los capítulos que siguen tratan de argumentar las hondas diferencias que existen entre las religiones de la tierra, deteniéndose de modo especial en algunas de ellas.
Se examinan inicialmente el Budismo, el sistema Confuciano, y el Islam. A los dos primeros se les niega frecuentemente el carácter mismo de religión, y aunque no se busca dirimir ahora ese asunto, su simple planteamiento habla ya a favor de la diversidad y de la ausencia de factores comunes con religiones que consideramos típicas.
El Islam constituye un caso especial. Siendo como es una religión bien definida dentro de las llamadas religiones monoteístas de matriz bíblica, el Islam presenta una naturaleza polifacética y versátil, que lo puede asimilar a un proyecto socio-religioso de tendencia expansiva en todos los órdenes.
Se expone a continuación la religión civil, cuya sola denominación indica con claridad la equivocidad y ambigüedad del término religión.
El capítulo III se detiene en las diferencias doctrinales de fondo que distinguen a los principales credos de la tierra. Las religiones defienden y difunden enseñanzas que configuran su identidad doctrinal, y que resultan generalmente incompatibles unas con otras.
Los capítulos IV al VIII forman un bloque unitario. Muestran la singularidad y el carácter incomparable de la religión cristiana, en asuntos fundamentales acerca de la naturaleza, la historia, el binomio fe-razón, la relación con la cultura y el progreso humanos, y la realidad del Dios vivo.
El capítulo IX explora el sentido y el papel que cabe atribuir a las religiones en una visión de la Creación abierta a la gracia.
(*) El autor es sacerdote, profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Trabaja en temas de Teología dogmática y espiritual, y ha investigado en la vida y escritos del Cardenal Newman. Es autor de numerosos estudios sobre teología, historia y literatura.
Título del libro: El valor distinto de las religiones
Autor: José Morales
Editor: Rialp, Madrid, 2003
Cód.: 120176 ISBN: 84321-3465.1
12,0X19,0 cms. 208 págs. Rústica
€ 10,50 con IVA 10,10 sin IVA
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