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EL OPIO DE LAS SECTAS (Hervé Pasqua) |
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EL OPIO DE LAS SECTAS
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Por Hervé Pasqua
LA hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud; de modo semejante las sectas lo han rendido a la verdadera religión. A la superstición, a la beatería, a la idolatría, caricaturas del espíritu religioso, las sectas añaden el fanatismo, que es su perversión. Surgen, en realidad, como indicio de una carencia espiritual, sanción de un fracaso. Las sectas proliferan cuando las sociedades se disgregan y se multiplican al ritmo que el tejido social se descompone. ¿No es la crisis de la familia la que ha engendrado la búsqueda de comunidades sustitutivas? Nadie duda que asistimos al replanteamiento de una sociedad cerrada a los valores morales.
La aparición de las sectas nos invita a reflexionar sobre las condiciones de renacimiento de una espiritualidad auténtica. Quien dice espiritualidad dice unidad: unidad de vida, coherencia personal, cohesión social. La unidad debe, sin ponerse en peligro, respetar la diversidad de los seres. No puede tratarse más que de una unidad que repose sobre un fundamento trascendente, universal y permanente; una unidad que no sea totalidad. Ahora bien, el espíritu sectario divide, opone, aísla. Se interesa por todo lo que particulariza, singulariza, atomiza. Llevando al extremo cuanto separa, las sectas cierran al individuo en la subjetividad y sacralizan el yo, al que rinden un culto exclusivo y totalitario: todo se convierte en yo.
ESPIRITUALIDAD FALSA
El gusto por lo sensacional, extraordinario, esotérico viene de ahí. Porque el individuo, que busca el Absoluto en el nivel de lo relativo, se lanza a cuerpo descubierto al sueño, la locura o el lodo. Trata desesperadamente de combatir el aburrimiento con el exotismo, la melancolía con la nostalgia, la angustia con la negación del mundo. Desposeído por esta huida violenta, lo espiritual se le muestra como la última escapatoria; pero aún demasiado carnal, busca la satisfacción de los sentidos; de ahí esta espiritualidad adulterada, este elemento sobrenatural desnaturalizado, esta falsa mística que se desahoga en un sentimentalismo exaltado y en unas pasiones exacerbadas. Ello entraña manifestaciones extrañas, prácticas inquietantes, cercanas al delirio dionisíaco, cuyo secreto resorte es Eros y cuyo término fatal es la muerte.
Así, lo espiritual y lo sensual acaban por unirse. Para el tantrismo, por ejemplo, el abrazo de la pareja divina Siva y Saki ofrece el modelo de una voluptuosidad sin fin. Esta unidad dual adquiere la figura de un andrógino en el que la moda cree ampararse como en una novedad. El hombre mujer o la mujer hombre son la expresión de esta unidad indisoluble de la pareja divina. El amor reducido a un gesto físico reproduce el acto cósmico. Provoca el despliegue fuera de sí y la fusión en el otro. La vida comunitaria, las participaciones colectivas expresan el ritual por el que el individuo celebra su inmersión en el gran todo: cada uno debe ser digerido, disuelto en eso que el budismo llama la matriz de la realidad.
El hermoso ponerse de rodillas del hombre en oración se sustituye así con la actitud encogida de los fetos antes de nacer; porque se trata no de adorar a Dios, sino al devenir (es decir, adorarse a sí mismo), uniéndose al origen, donde el comienzo se identifica con el fin, el camino con la meta. De ahí las invitaciones al viaje, las salidas para Katmandú, hacia la frontera más allá de las fronteras, hacia lo que no es este mundo en via de desaparición. El rechazo de lo real, la repulsa de la creación, tales son los rasgos comunes de las doctrinas transmitidas por los gurús de toda índole: la multiplicidad de los seres no es más que un reino de sombras, de apariencias, una telaraña tejida por un dios antropólogo.
EL DESLUMBRAMIENTO
Las sectas atomizan el universo y el hombre; los dividen hasta la extenuación, hasta la aniquilación. Es la consecuencia del egocentrismo. Concentrándose sobre sí como en un punto donde debe reunirse todo el universo, el iniciado acaba por desaparecer en un resplandor final, en un deslumbramiento de luz. Es éste el precio para efectuar su retorno al origen. ¿Qué oponer a este peligro de atomización sino un espíritu verdaderamente universal? La universalidad es lo que permite a todos ir hacia la unidad dejando a cada uno ser él mismo. A este respecto, la fe católica, que afirma la filiación divina de la criatura humana, está siempre por redescubrir. Religión revelada y no sabiduría humana ofrece la garantía de una espiritualidad auténtica cuya señal es el desarrollo de la personalidad y no su destrucción. La gracia no destruye la naturaleza, la perfecciona.
Un renacimiento espiritual capaz de acabar con la degeneración de las sectas no será posible más que apoyándose sobre este axioma de la fe que salva.
Hervé Pascua es doctor en Filosofía por la Universidad de Lovaina.
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