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EL ORIGEN DE LA VIDA (Carlos Javier Alonso)

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El origen de la vida

EL ORIGEN DE LA VIDA
 

Por Carlos Javier Alonso
Profesor de Filosofía.


1. Una definición harto compleja.

“¿Qué es la vida[1], cuál es su origen? ¿Cómo han surgido los seres vivos que nos rodean? La respuesta a estas preguntas constituye uno de los problemas más grandes de las ciencias naturales”,[2]afirma categóricamente A.I. Oparin. Consciente o inconscientemente, todos los hombres, cualquiera que sea el nivel de su desarrollo, se plantean estas preguntas y, mal o bien, les dan una respuesta. Sin responder a estas preguntas no puede haber ninguna concepción del mundo, ni siquiera la más primitiva. El término “vida” -del latín vita, fuerza o actividad interna mediante la que obra el ser que la posee-, sirve para caracterizar el conjunto de propiedades de los organismos diferenciados de la pura materia inerte. De hecho, ya en esta primera aproximación se muestra la dificultad de una definición de este término, ya que involucra las nociones de “organismo” y de lo “inerte”, en cuya definición ya se presupone, circularmente, la vida. En realidad no existe una definición clara de este concepto, de manera que más que definirlo procuraremos comprenderlo a partir de las propiedades y características comunes a todos los seres “vivos”, aunque según el nivel de análisis en el que nos movamos se darán distintas definiciones.

Según el nivel de análisis en que nos coloquemos (Biología celular, Biología molecular, Termodinámica) se consideran una serie de características como definitorias de la vida, aunque según desde qué perspectivas no se considerarán fundamentales las mismas propiedades. No obstante, de entre las características comunes de todo “ser vivo”[3] se han señalado como rasgos propios definitorios los siguientes: el nacimiento, el metabolismo (crecimiento, nutrición y asimilación de la energía externa), la reproducción, la evolución y la capacidad de adaptación al medio, la homeostasis, la sensibilidad (o las diversas formas de taxias) y, en algunos casos, la autonomía motriz. Tradicionalmen-te, las funciones que distingue la Biología comprenden esencialmente la nutrición, la reproducción y la relación. Por la nutrición, el ser vivo permanece en su ser -valga la redundancia- y crece; por la reproducción, genera otros seres semejantes a sí mismo, y por la relación, entra en comunicación con el mundo exterior. Modernamente se habla de otra función más, la regulación, por la cual, el ser vivo mantiene la relación armónica de todas sus partes. Algunos biólogos contemporáneos la han definido como “la propiedad de los objetos dotados de un proyecto” (Jacques Monod, en El azar y la necesidad), y la han caracterizado por su teleonomía, su capacidad para una morfogénesis autónoma y su invariancia reproductiva (el mismo Monod y François Jacob).

Pero cada una de estas características, por separado, no son suficientes para caracterizar a los seres vivos. Así, el metabolismo (capacidad para utilizar la energía y la materia externas al propio organismo para la preservación y reproducción de éste), aunque en los organismos evolucionados es un proceso muy complejo, no se distingue de otros procesos que se dan en el mundo no vivo. No obstante, en los fenómenos vitales se aprecia siempre un proceso de autoorganización relativamente independiente del medio externo, de manera que en ellos se produce (no tomado en su conjunto y en relación con el medio, sino en el organismo vivo), una inversión del sentido general de la entropía, ya que, en lugar de aumentar, genera una entropía negativa o neguentropía, regulada por procesos de homeostasis (estabilización de los parámetros biológicos frente a las exigencias y constricciones del mundo externo). Pero, tal como lo ha teorizado Prigogine y tal como se ha estudiado en la moderna física del caos, el orden y la autoorganización surgen del desorden, sin necesidad de un ser vivo que invierta el proceso entrópico. Por su parte, tampoco la reproducción, tomada aisladamente, es una característica específica de los seres vivos., ya que los cristales, por ejemplo, también presentan propiedades de reproducción semejantes a las propias de los seres vivos. Así, la introducción de gérmenes de cristales en determinadas soluciones salinas permite la reproducción indefinida de dichos cristales, que siguen unas pautas de organización que copian del germen inicial introducido.

En cuanto a la evolución y capacidad de adaptación al medio, se ha sugerido que es una propiedad común a los seres vivos y a otras estructuras, tales como la misma cultura. Esta tesis es la que defiende Popper en su concepción del “mundo tres”, capaz de evolucionar de un modo semejante a como se efectúa la evolución darwiniana. Además, la sensibilidad (entendida como respuesta a estímulos exteriores) y la autonomía motriz pueden verificarse también en máquinas y artefactos que difícilmente situaríamos entre los seres vivos. De ahí que ninguno de los mencionados rasgos tomados aisladamente sea suficiente para caracterizar el fenómeno vital. Por ello, cualquiera que sea la definición que se haya dado de la vida, siempre se presenta un problema de demarcación entre lo vivo y lo inerte, ya que, tanto las propiedades de autoorganización, como las del nacimiento, crecimiento y muerte (en el sentido de desestructuración), se dan en el mundo considerado inerte.

No obstante, la Biología nos muestra que, más allá de la gran diversidad aparente y de la gran multiplicidad de seres vivos conocidos, se encuentra una unidad estructural a nivel molecular. Por esta razón una mejor comprensión del fenómeno vital debe darse en dicho nivel. En su organización molecular todos los seres vivos (conocidos) están constituidos por los mismos componentes fundamentales: proteínas y ácidos nucleicos, que, a su vez, se componen de solamente veinte aminoácidos y cinco nucleótidos, y todo ello basado en la química del carbono[4].

Característica de todos los seres vivos es la propiedad de la transcripción de su código genético, que correlaciona cadenas de nucleótidos en ácidos nucleicos con cadenas de amino-ácidos en proteínas. Esta transcripción se basa en un código genético esencialmente común que asocia un conjunto de tres nucleótidos (llamado codón) en un orden determinado, con uno, y sólo uno, de los veinte aminoácidos de las proteínas. De esta manera, se ha comparado un ácido nucleico (formado por un máximo de 64 codones) con una “palabra” formada por “letras” (los nucleótidos) y por “sílabas” (los codones), de manera que el ácido nucleico puede “traducirse” por la proteína cambiando cada uno de los codones por los aminoácidos que están asociados a él. Teniendo en cuenta esta unidad estructural, puede decirse que el “alfabeto” que constituye el código genético es universal, y vale tanto para una bacteria como para un elefante. Puesto que esta es la característica mejor conocida de los seres vivos, la noción del fenómeno vital debe probablemente entenderse a partir de este nivel, que, en la medida en que muestra unas características universales para todos los seres “vivos” terrestres, sugiere la existencia de un origen común de éstos, lo que nos remite, por una parte, a las teorías evolutivas y, por otra parte, al problema de la biogénesis.

2.Teorías clásicas sobre el origen de la vida

Pues bien, lo enigmático de la vida no consiste en saber cuándo apareció, sino cómo apareció. La Tierra se formó hace unos 4.000 a 5.000 millones de años. Existen fósiles de criaturas microscópicas del tipo de las bacterias que prueban que surgió la vida hace más de 3.000 millones de años. En algún momento entre estas dos fechas —la evidencia molecular supone que hace cerca de 4.000 millones de años— debió de tener lugar el increíble suceso del origen de la vida. Nadie sabe qué ocurrió, aunque los teóricos coinciden en que la clave fue la aparición espontánea de seres que se autorreplicaban, es decir, algo equivalente a los ‘genes’ en sentido general. Existe menos acuerdo sobre cómo llegó a producirse. Muchas veces los filósofos y científicos se han preguntado si la vida pudo surgir de la no-vida.

Desde la Filosofía, un punto básico que debemos dejar claro es que la vida no constituye una realidad única ni unívoca. Dos son, al menos, las acepciones que recubren este término: a) el ser de una sustancia viviente, es decir, de una sustancia capaz de automovimiento; y b) la operación vital, esto es, el moverse a sí mismo, el actualizarse a sí mismo. La introducción de la noción de vida en las discusiones sobre la biogénesis es causa frecuente de confusiones. No es una noción aristotélica, sino platónica. Para Platón existe una vida, mientras que Aristóteles no conoce sino seres vivos, y su descripción correcta no implica necesariamente el recurso a una fuerza especial que se llamaría vida.

2.1. Teorías míticas y racionalizadoras del mito: Tales de Mileto y otros filósofos jónicos.

El problema del origen de la vida se ha planteado desde diversas perspectivas, que, obviamente, en sus inicios, fueron especialmente de tipo mítico y religioso, pero que, ya desde la aparición de la filosofía, intentaron evitar recurrir necesariamente al mito, lo que preparó el terreno para explicaciones de orden científico. Las hipótesis se remontan ya a la especulación griega. La noción de ser vivo plenamente diferenciado del resto de la naturaleza va apareciendo paulatinamente. De hecho, algunas concepciones presocráticas, como las de los milesios, por ejemplo, no establecían esta distinción de manera tajante, puesto que consideraban que toda la materia es viva (hilozoísmo). Para el filósofo griego Tales de Mileto (624-547 a. C.), la vida posee su principio último explicativo -su arjé- en el agua. El agua es el elemento constitutivo de la materia eternamente viva y eternamente cambiante.

2.2. El mecanicismo: Concepción mecánica de los fenómenos vitales.

a) Teoría atomista

Para hallar la génesis del concepto “azar”, hemos de remontarnos a los griegos. Empédocles y Demócrito elaboran sus teorías filosóficas descartando el concepto de finalidad como factor realmente explicativo. El amor y el odio, de los que Empédocles habla, son para él simples fuerzas, energías que no implican ninguna inteligencia ordenadora. En Demócrito el azar se refiere únicamente a la “necesidad ciega”, con lo cual termina por identificar el concepto de azar con el de fortuna, transmitiendo la idea de una completa ausencia de finalidad. Demócrito admite solamente los átomos y el vacío en el que éstos se mueven, sin un “logos” que en definitiva los ordene y dirija. El atomismo de Demócrito y Leucipo alumbró una concepción, un modelo mecanicista de la naturaleza llevado hasta sus últimas consecuencias: el Universo no está presidido por plan alguno trazado por una inteligencia trascendente, ni existe tampoco finalidad inmanente que preste inteligibilidad a los procesos naturales. El Universo es el resultado de una necesidad ciega y opaca que para el hombre viene a confundirse con el azar. Pero la concepción mecanicista, es decir, la consideración de los organismos como mecanismos en los que no hay más que un puro conjunto de elementos y fuerzas físico-químicas, tal explicación podría ser suficiente dentro de un planteamiento estrictamente empírico, pero el científico sabe que la realidad no se agota a ese nivel. Explicar los seres vivos atendiendo sólo a sus componentes materiales es, en el fondo, no explicar, pues todo lo que existe ha requerido, además de su materialidad, un diseño previo y una ejecución del diseño.

Aristóteles no se adhirió a las tesis de Demócrito, sino que las criticó declarando absurdo que el cielo -que obedece a movimientos más regulares que ninguna de las cosas de la Tierra- hubiese sido producido por azar o fuese algo en que suceden acontecimientos azarosos. Aristóteles proporcionó el primer análisis detallado del concepto de azar en la historia de la Filosofía occidental. Después de examinar los cuatro diferentes tipos de causas (material, formal, eficiente, final), el Estagirita se pregunta si hay otro tipo de “causa”.[5] Por lo pronto, parece haber otros dos tipos: el azar y la suerte o fortuna. Ambos tipos de “causas” se refieren a clases de acontecimientos que se distinguen de los ordinarios por un rasgo preminente: la excepcionalidad. Ni el azar ni la suerte tienen que ver con cosas que acontecen siempre ni siquiera la mayor parte de las veces. Pero el azar y la suerte son causas “reales”, si bien expresan un tipo de causalidad por accidente -causa per accidens-. Cuando un arquitecto de tez pálida o con dotes musicales construye una casa, el arquitecto es la causa directa -o una de las causas directas- de la construcción de la casa. Pero el tener la tez pálida o el poseer dotes musicales son sólo causas accidentales de tal construcción. El arquitecto es necesario para la construcción de la casa, pero no es menester a tal fin que tenga tez pálida o posea dotes musicales. El que sea accidental excluye que sea necesario, pero no implica que sea absurdo o inexplicable.

Común al azar y a la suerte es el hecho de designar acontecimientos “excepcionales” que tienen lugar cuando se entrecruzan series causales independientes. Cuando una ardilla se come una mazorca, se han cruzado dos series causales: la serie “vida y movimiento de la ardilla” y la serie “crecimiento de la mazorca”, produciéndose el acontecimiento excepcional e inesperado -pero no inexplicable- llamado azar. El acontecimiento por suerte o fortuna tiene una característica que no posee el acontecimiento por azar: el que pudiendo ser el acontecimiento objeto de un propósito, tenga lugar, al menos en una de las dos series causales, sin propósito. La suerte es, por ejemplo, mayor cuando el que va al ágora para mercar aceite no tiene en aquel momento el propósito de cobrar su deuda y encuentra allí a alguien que le debía dinero y que le paga. La suerte o la fortuna -lo mismo que el azar- no son fundamentos irracionales de los acontecimientos, sino, como ha escrito Aristóteles, “privaciones”: la suerte es una privación del arte, y el azar es una privación de la naturaleza.[6]

De la unión al azar de determinados átomos sutiles surgiría la vida. En esto coinciden Demócrito, Leucipo y Lucrecio.La idea de que la vida pueda deberse a una generación espontánea fue expuesta por Demócrito, quien la consideraba, como todo cuanto existe, como el fruto de la unión al azar de átomos en el vacío. Para Demócrito (460-370 a. C.), la materia se compone de una multitud de pequeñísimas partículas dotadas de movimiento constante y separadas unas de otras por espacios vacíos. De la unión de determinados átomos, especialmente sutiles, surgiría la vida, sin necesidad de sustentar la intervención de los dioses ni de ningún mecanismo teleológico. También Lucrecio proclamaba que “dondequiera que la materia inmensa encuentre un espacio que la contenga, no habrá dificultad ninguna para su desarrollo, y hará nacer la vida bajo formas variadas”. Pero estas tesis materialistas no fueron aceptadas en la antigüedad, ya que prevaleció la concepción de tipo vitalista y animista que se reforzó con la filosofía platónica.

No obstante, se siguió creyendo (hasta bien entrado el siglo XIX) que determinados seres vivos, tales como los hongos, los gusanos, la mayoría de los insectos, e incluso las ratas y ratones, en determinadas condiciones, podían surgir espontáneamente de la materia, especialmente si ésta se hallaba en estado de descomposición o putrefacción. Pero ya desde el siglo XVII algunos naturalistas (Francesco Redi o Leeuwenhoeck, por ejemplo) redujeron la creencia en la generación espontánea a algunos pocos casos, como los infusorios, descubiertos gracias al microscopio, que eran de los pocos seres vivos considerados todavía como fruto de la generación espontánea. También se defendía desde determinadas corrientes de la filosofía (Schelling, por ejemplo, y su discípulo Oken).

Pero en 1862 Pasteur asestó un golpe definitivo a esta teoría. Desde entonces, fue totalmente abandonada. Ya nadie podía creer que pudiese surgir la vida de la mera materia sin más. Pero esto tuvo como consecuencia el crecimiento de las concepciones de corte vitalista, teleológico y animista. Por ello E. Haeckel declaró que “negar la generación espontánea significa aceptar un milagro: la creación divina de la vida. O la vida aparece espontáneamente sobre la base de ciertas leyes particulares, o bien ha sido producida por fuerzas sobrenaturales”. Ahora bien, esta declaración de Haeckel daba un significado distinto a la generación espontánea: una cosa es afirmar que los organismos surgen espontáneamente de la materia, y otra es afirmar que la vida como tal tiene su origen en las propiedades fisicoquímicas de la materia.

b) El mecanicismo cartesiano

En siglo XVII, a partir de la obra de Galileo y, especialmente, de Descartes, se concibió la posibilidad de entender los fenómenos vitales como reducibles a leyes mecánicas (lo que para los cartesianos, seguidores de una concepción dualista entre mente y materia, no era aplicable al caso del ser humano). A partir de su diferenciación entre la sustancia pensante y la sustancia extensa, el mecanicismo cartesiano negó la existencia de alma en los animales, a los que consideraba como meras máquinas. El mecanicismo ya había sido sustentado por Hobbes, y el descubrimiento del mecanismo de la doble circulación de la sangre por parte de Harvey en 1628, lo vino a reforzar. Esta concepción del animal-máquina, concebido como un autómata, condujo a la radicalización del mecanicismo reduccionista, que tuvo sus máximos exponentes en los filósofos materialistas del siglo XVIII: La Mettrie, D"Holbach y Helvetius.

Julien Offroy de la Mettrie centra su estudio en el hombre, afirmando que su diferencia esencial con los animales es que tienen más cerebro. La Mettrie dice que no podemos saber si la materia es eterna o ha sido creada, si hay Dios o no lo hay, y que, en definitiva, el materialismo es el resultado de todas las observaciones y experiencias:


“El hombre es una máquina, y que en todo el Universo no existe más que una sola substancia diversamente modificada. No se trata aquí de una hipótesis construida a base de postulados y suposiciones; ésta no es obra del prejuicio, ni tampoco de la sola razón. Habría desdeñado una guía que creo tan poco segura, si mis sentidos, llevando por así decir la antorcha, no me hubieran impulsado a seguirla, iluminándola. La experiencia me ha hablado, pues, para la razón, y así es como las he reunido a ambas”. [7]


Los efectos inmediatos de esta consideración fueron la anulación de la diferencia de género, o de naturaleza, entre el hombre y el animal, que pasa a ser una diferencia de grado, y la extensión del mecanicismo filosófico a todo el universo, transformándose en materialismo. En su obra El hombre máquina, La Mettrie -basándose en los estudios de los biólogos de su época: Trembley, Réaumun y Haller-, señala en la materia una tendencia natural al movimiento y a la autoorganización. De esta manera la noción de alma como “principio vital” queda completamente descartada y, por tanto, se descarta también toda relación entre cuerpo y alma. Teniendo en cuenta que, en esta concepción, la diferencia entre el hombre y los otros animales es sólo de grado, La Mettrie señala incluso la posibilidad de educar a los primates. Además, puesto que ha quedado descartada la noción de alma, sustenta un pleno monismo materialista que le conduce a postular una continuidad entre lo físico y lo moral (y le acerca a posiciones defendidas por Spinoza). Las ideas de La Mettrie estaban plenamente en consonancia con las de otros filósofos de la Ilustración, como el sensualismo de Condillac, que consideraba al hombre como una estatua con sentidos, o el pensamiento del barón d´Holbach.

Paul Henri, barón d’Holbach, el otro materialista destacado del siglo XVIII, afirma en El Sistema de la Naturaleza que la materia ha existido siempre y que a su movimiento se deben los cambios, combinaciones y formas de la realidad, una realidad exclusivamente material. D´Holbach, sin embargo, no tiene para su materialismo más apoyo que el que tiene La Mettrie. Como todo buen materialista, ha de limitarse a postular como científicas afirmaciones que no lo son. Una vez lanzado a ese juego, no hay ningún inconveniente para decir que la materia sensible se llega a cambiar en materia pensante.[8]

El mecanicismo adoptó distintas formas, una de ellas fue la del emergentismo de Malpighi, que consideraba todo cuerpo como una conjunción de máquinas diminutas interrelacionadas, y el cuerpo total resultante como un fenómeno emergente. Esta tesis se fue imponiendo a medida que fueron realizándose los primeros descubrimientos de biología celular. Durante el s. XIX, el mecanicis-mo entra en polémica abierta con el vitalismo. Entre finales del s. XIX y comienzos del XX, se produce una crisis del mecanicismo como consecuencia de una profunda revisión de la mecánica y de la introducción de la noción de “campo”.

2.3. Finalismo: Concepción teleológica de los fenómenos vitales.

Los conceptos de “azar” y “finalidad”, que guardan una estrecha conexión con los procesos biológicos, se remontan ya a los presocráticos. En Anaxágoras aparece por primera vez de modo explícito la idea de Dios como principio rector del Universo. Esto parecía llevar a una concepción del orden del Universo como resultado de una inteligencia que actúa conforme a fines, de modo tal que el resultado de los procesos naturales sea siempre la consecución de lo mejor, de la máxima perfección y belleza. El entusiasmo con que Sócrates acogió la lectura de la obra de Anaxágoras nos es narrado en un diálogo de Platón, el Fedón en que Sócrates recuerda:


“Pues bien, en cierta ocasión oí la lectura de un libro de Anaxágoras en que se decía que es el entendimiento el ordenador y la causa de todo. Una cosa tal me llenó de alegría y me pareció muy bien que el entendimiento sea la causa de todo. Y pensé que, de ser así, el entendimiento ordenador ordenaría todas las cosas y a cada una la dispondría de forma que alcanzase el estado más perfecto”.[9]


Sin embargo, Anaxágoras apenas desarrolla este aspecto implícito en su cosmología, concediendo de hecho el papel fundamental en la construcción del Universo al remolino y, por tanto, a fuerzas de carácter mecánico. En el mismo diálogo platónico expresa más adelante Sócrates la desilusión que le produjo Anaxágoras:


“Pero, amigo, hube de abandonar mi maravillosa esperanza cuando, avanzando en su lectura, observé que este hombre (Anaxágoras) no echaba mano para nada del entendimiento, sino que recurría como causas al aire, al éter y a otras muchas cosas”.[10]


Sócrates reaccionaba contra algunos sofistas para quienes la idea de la finalidad carece de valor explicativo. Según Sócrates, nadie explica de modo suficiente el hallarse en algún lugar, si se limita a decir que sus pies le han llevado a él, y no acaba por expresar la finalidad que ha perseguido al ponerlos en movimiento. Sócrates se dio cuenta de que el conocimiento cuantitativo, científico, empirista no proporciona ninguna clave acerca del sentido de la finalidad, del significado de la existencia, ni, por supuesto, acerca de la inmortalidad. Comprendió esto tan claramente que eligió la muerte, obedeciendo a su conciencia, y en este acto trascendió las limitaciones humanas. Pero hubo una limitación que no consiguió trascender. No se dio cuenta de que intentaba remediar las limitaciones de un tipo de conocimiento, las limitaciones del razonamiento cuantitativo, empirista, utilizando otro tipo de conocimiento igualmente limitado, el basado en la reflexión y en la introspección. los dos milenios siguientes heredaron en gran medida esta limitación de Sócrates. La herencia consistía en la concentración casi exclusiva en cuestiones relacionadas con la finalidad.

Si para Platón existe una vida, para Aristóteles no hay sino seres vivos. Fue precisamente el Estagirita (384-322 a. C.) quien dio a su tesis una forma seductora gracias a un análisis teórico bastante profundo e influyó así en varias generaciones de pensadores posteriores. Su teoría hilemórfica sustentaba la necesidad de la intervención de un principio formal estructurante de la materia, y se hacía eco de las concepciones que atribuían al alma la existencia de la vida. En el caso de los seres vivos, este principio formal era, según Aristóteles, las diversas almas: vegetativa, sensitiva e intelectiva. Debido a la gran influencia de este autor y a la preponderancia del pensamiento religioso, las concepciones vitalistas y animistas fueron las más extendidas durante siglos. Aristóteles incorporó en su sistema la noción de generación espontánea como origen de los gusanos, larvas, avispas y garrapatas... Así, se siguió creyendo (hasta bien entrado el siglo XIX) que determinados seres vivos, tales como los hongos, los gusanos, la mayoría de los insectos, e incluso las ratas y ratones, en determinadas condiciones, podían surgir espontáneamente de la materia, especialmente si ésta se hallaba en estado de descomposición o putrefacción.

La causa final es, en cambio, una de las dos causas extrínsecas de los entes. Desde Aristóteles, se ha entendido con frecuencia la noción de finalidad en relación con la idea de causa.[11] El fin es “causa final”, o “aquello por lo cual algo se hace”. Así, la salud es fin del pasear, pues se pasea con el fin de conseguir o mantener la salud. A veces, es difícil distinguir entre el fin como causa final y la causa eficiente. A veces, en cambio, como sucede con las acciones humanas, el fin como causa final es principio del obrar.[12] Conviene distinguir entre el ser para el cual algo es un fin y el fin mismo. Según Aristóteles, en el segundo sentido el fin puede existir en los seres inmóviles, pero no en el primer sentido.

De acuerdo con la concepción finalista aristotélica, las cosas del mundo físico no se agotan en su mera facticidad, sino que poseen una interna inteligibilidad, un sentido que se manifiesta en que su función no es arbitraria o casual, sino que está intrínsecamente orientada hacia la consecución de una finalidad. El fin no es mensurable ni calculable; sólo se puede decir que está ahí. La causalidad final de los seres vivos no se muestra a la vista, no la conocemos. Pero eso no nos permite negarla. Aristóteles consideraba tan evidente la finalidad en la naturaleza que se preguntaba cómo sus predecesores no la habían visto o, aún peor, cómo habían podido negar su presencia. A sus ojos, este error explicaba por qué aquéllos se habían equivocado en las nociones de esencia y de sustancia[13]. La historia posterior había de confirmar la exactitud de su diagnóstico, pues mientras sobrevivió la noción aristotélica de la sustancia como unidad de una materia y de una forma, la noción de finalidad permaneció indiscutida; pero, desde que, en el siglo XVII, Bacon y Descartes negaron la noción de forma sustancial -forma que en su unión con una materia constituye una sustancia-, la noción de causa final se hizo inconcebible.

La analogía del arte, sostiene Aristóteles, nos ayuda a conocer la presencia, en la naturaleza, de una causa análoga a lo que es la inteligencia en las operaciones del hombre; mas no sabemos qué es esta causa. La noción de una finalidad sin conocimiento e inmanente a la naturaleza permanece, para nosotros, en el misterio, pero Aristóteles no cree que sea una razón para negar su existencia. La finalidad, en Aristóteles, es una de las causas inmanentes al ser vivo, que no tiene otro ser real que el suyo. Por consiguiente, la materia, la forma y el fin son constituyentes reales del ser, pero no existen más que en él y para él. En ello se distingue la finalidad de la naturaleza de la del arte. El artista es exterior a su obra, luego la obra de arte es exterior al arte que la produce. El fin de la naturaleza viva le es, por el contrario, consustancial. Aristóteles concibe al artista como un caso particular de la naturaleza. Por eso, en su filosofía natural, el arte imita a la naturaleza, y la naturaleza no imita el arte. Un técnico, un artista que actuar con la seguridad de una araña tejiendo su tela o de un pájaro haciendo su nido, sería el artista más perfecto que jamás se hubiera visto. Pero no es así. Los artistas más poderosos y fecundos no se parecen más que de lejos a las fuerzas de la naturaleza, siempre preparadas, que dan forma al árbol y, por el árbol, al fruto. Por eso, dice Aristóteles que hay más plan, más bien y más belleza en las obras de la naturaleza que en las del arte.

Respecto a esta finalidad natural, Aristóteles afirma que la existencia de comportamientos regulares en los seres naturales, y de tal manera que esos comportamientos se combinan entre sí para producir efectos óptimos, prueba que existe una finalidad en esa actuación. De ahí se concluye que debe existir una Inteligencia superior que ha creado ese orden natural, puesto que se da en seres que carecen de conocimiento. El mundo es una gigantesca obra de ingeniería, que, a la vez, es una obra de arte -en el sentido clásico, el “arte” coincide con la “técnica”-, y que, por tanto, reclama la existencia de Alguien que lo haya proyectado.

No es de extrañar que toda la física aristotélica, que giraba en torno a la finalidad, fuera en gran medida una proyección injustificada de la finalidad en todos los fenómenos de la naturaleza. La finalidad se proyectaba en la caída de los cuerpos, en el movimiento de los astros, en el levantamiento de los vientos, incluso en la diferencia entre las aguas saladas y las dulces. Por tanto, no hay que admirarse de que toda la física aristotélica fuera una cadena continua de proposiciones erróneas y tampoco resultará extraño que la reacción contra ella fuera tan extremada como la de Sócrates contra la física de los filósofos jónicos. Puesto que el mayor error de la física aristotélica fue la proyección de la finalidad en todas las cosas, la reacción contra ella -el mecanicismo- sólo podía consistir en poner en duda la finalidad de todos los modos posibles.

En la pugna que mantienen desde hace veinte siglos el mecanicismo y el finalismo, las fuerzas no son iguales. Los mecanicistas que admiten que haya finalidad en la naturaleza son raros, y los finalistas que niegan el mecanicismo y su función necesaria en los seres naturales son, si es que los ha habido, rarísimos. Esto se pudo ya constatar en tiempos de Aristóteles. Este nunca negó que fuera verdadero el mecanicismo de Empédocles, pero le reprochaba que fuera planteado como una explicación total de la realidad en el orden de los seres vivos, y mantuvo la presencia del fin en el ser vivo. Normalmente, el mecanicismo excluye el finalismo, pero el finalismo no excluye el mecanicismo; por el contrario, lo implica necesariamente. [14]

En la Edad Media, con la introducción del aristotelismo en Occidente, se discutieron de nuevo las distinciones propuestas por Aristóteles. Ello puede verse en S. Alberto Magno y en Santo Tomás de Aquino, que emplearon las expresiones casus y fortuna. Santo Tomás trató con detalle estas cuestiones en varios escritos[15]. El problema del azar, especialmente en tanto que suerte o fortuna, fue ampliamente tratado durante el Renacimiento, entre otros por Marsilio Ficino y Gassendi. En la medida en que dominó durante la Edad Moderna la idea de un encadenamiento causal estricto, cuando menos en los procesos naturales, los filósofos modernos mostraron escasa inclinación a ocuparse del problema nuevamente. Ulteriormente, Descartes mantiene una actitud equívoca, en la que da frecuentemente la impresión de tratar de explicarlo todo prescindiendo de la finalidad, y Spinoza usa un método transferido de la Matemática, donde sólo se atiende a las causas formales.

Más sutil que Descartes, puesto que era menos sistemático, Bacon jamás negó completamente la finalidad. Se limitó a decir que la consideración de las causas finales era científicamente vana. Dividiendo las causas en dos clases, físicas y metafísicas, atribuía la consideración de las causas material y formal a la Física y las de las causas finales a la Metafísica.[16] Esta separación de la Física y la Metafísica, decisión en sí muy “moderna” constituía por sí sola una revolución de considerable alcance. La abstracción sólo es necesaria para fijar el contenido flotante de la experiencia sensible. Sin conceptos abstractos, el espíritu se perdería en sus imágenes particulares. Las palabras dan significado a tales conceptos, pero se pueden dar nombres abstractos a los seres sin saber gran cosa de lo que son. Buscando un ejemplo que citar en el pasado, Bacon se acuerda de Demócrito, que, habiendo el menos intentado describir la estructura de los seres, hizo más progresos que Aristóteles en su clasificación:


“Más vale disecar la naturaleza que abstraerla... Lo mejor de todo es examinar la materia, su conformación, su acción propia o la ley de esa acción o de ese movimiento, pues las formas son simples ficciones del espíritu humano, a no ser que llaméis así a tales leyes”.[17]


¿Y por qué reconocer esa superioridad de la Física sobre la Metafísica? Porque, como dice Bacon, el conocimiento físico de la causa material hace posible nuevas invenciones, mientras que el conocimiento abstracto de la causa formal es inútil en cuanto a su carácter práctico. No dice cómo actúan, funcionan o viven los seres. Tras la crítica de la causa formal, viene la de la otra causa metafísica, la causa final. Bacon con gran penetración, va derecho al centro del problema. Su principal objeción es que el goce contemplativo del espectáculo de las causas finales desvió la atención de los antiguos filósofos del estudio de las causa materiales y motrices, las únicas cuyo conocimiento tiene alguna utilidad práctica. En este punto Bacon tenía razón. Totalmente absorbidos por las “armonías de la naturaleza”, perdidos en la contemplación de su belleza, los antiguos creyeron haber comprendido la naturaleza, cuando sólo la habían admirado.

La causa mecánica, además de ser la única movida por la naturaleza, es la única útil para conocerla. Incluso si hay finalidad, cosa que Descartes negaría, pero que Bacon concedería, no hay sitio para ella en una ciencia cuyo fin es hacernos dueños y poseedores de la naturaleza. La finalidad no se deja reinventar. Es superfluo decir que los pájaros se han hecho para volar. Es demasiado evidente. Pero si alguien puede decir cómo vuelan los pájaros, podremos intentar fabricar alguna máquina voladora. Si la filosofía identifica el conocimiento verdadero con el conocimiento útil, como hace el cientificista moderno, la finalidad será eliminada a la vez de la naturaleza y de la ciencia como inútil.

Durante la Edad Moderna, el término “azar” pierde su acepción ontológica, restringiéndose solamente a su dimensión epistemológica. Así, para Laplace, el azar es tan sólo una palabra que encubre nuestra ignorancia. Mas a partir del s. XIX abundaron los análisis sobre el concepto de azar, polarizándose en tres posturas: a) El azar no existe más que como un concepto. Se mantiene que hay azar sólo porque se desconocen algunos elementos en el encadenamiento riguroso y universal de todos los fenómenos; b) Hay efectivamente azar en toda la realidad, tanto la natural como la social o histórica; c) No hay azar en la Naturaleza, pero lo hay en la Historia.

Entre los que defienden la inexistencia ontológica del azar, se encuentran Boutroux, Poincaré, y De Broglie. E. Boutroux describía el azar del modo siguiente: “Esta palabra, con la cual cubrimos nuestra ignorancia, lejos de explicar las cosas, implica la renuncia misma a toda tentativa de explicación y, en alguna manera, la abdicación del pensamiento”.[18]

Setenta años más tarde, Henri Poincaré reproduciría la misma idea, al recoger el sentir de los científicos de su época en la afirmación de que “el azar no es más que la medida de nuestra ignorancia”[19]. Para Poincaré, como para Laplace o Boutroux, el verdadero azar no existe. Si en ciertos fenómenos hay un azar aparente, esta apariencia es debida, bien a nuestra dificultad para resolver un problema demasiado arduo, bien a nuestra ignorancia de los datos necesarios para su solución. Así, si se lanza un dado al aire, no se puede predecir de antemano qué cara quedará arriba cuando llegue a detenerse en el suelo, y, sin embargo, la aparición de una o de otra cara dependerá de las leyes que rigen en la caída y en los choques de los cuerpos. Es decir, que la cara finalmente resultante dependerá de la forma del dado y del cubilete, de la posición de aquél dentro de éste, de la fuerza y dirección que imprimamos al dado, etc. Pero, son tantas las variables que intervienen en el proceso, que nosotros no somos capaces de prever el resultado final. Es lo que expresa más recientemente Louis de Broglie sobre este punto:


“A veces conocemos las leyes de los fenómenos y las ecuaciones diferenciales que es necesario escribir para expresarlos, pero la complicación del problema es tal que no sabemos encontrar soluciones; a veces lo que nos falta es un conocimiento exacto de los datos iniciales que nos permitiría elegir entre las integrales de las ecuaciones diferenciales aquélla que debe representar el curso exacto de los acontecimientos, y esta incertidumbre sobre los datos trae consigo la incertidumbre de nuestras previsiones; a veces nuestra ignorancia puede ser aún más grave, pues podemos ignorar la forma misma de las leyes que se aplican a los fenómenos estudiados”.[20]



Según esta concepción, el término “azar” designaría simplemente la resultante -determinada en realidad- de procesos muy numerosos y desconocidos hasta tal punto y coimplicados de tal forma, que hacen imposible su determinación[21].

Entre los que han defendido la teoría de que hay realmente azar, se encuentran Peirce, Cournot, Borel y François Meyer. Según Charles Sanders Peirce, el azar es un principio real. Peirce considera el tychismo -afirmación del azar- como una de las grandes categorías cosmológicas, junto al synechismo -afirmación de la continuidad- y el agapismo -afirmación de la evolución-[22]. Augustin Cournot ha mantenido una doctrina sobre el azar semejante a la aristotélica, distinguiendo dos tipos de series causales: las solidarias -que expresan el orden- y las independientes entre sí -que expresan el azar-:


“Los acontecimientos producidos por la combinación o la coincidencia de otros acontecimien-tos pertenecientes a series independientes son los que se llaman acontecimientos fortuitos o resultados al azar”.[23]



Según Émile Borel, la necesidad y el determinismo pueden ser afirmados de la realidad globalmente, pero no de las realidades en particular; cuanto más particular es una realidad, tanto más azarosa es. El azar puede tratarse mediante leyes estadísticas que tienden a convertirse, pero sin jamás lograrlo, en “leyes absolutas”. Borel indica que las leyes deterministas expresan el “estado más probable”. Para François Meyer, el universo en estado corpuscular, que obedece a leyes estadísticas de la mecánica cuántica, representa el “estado de menor probabilidad”, mientras que el universo “formado” representa el “estado de mayor probabilidad”.[24]

El concepto de “finalidad” ha corrido pareja suerte al del “azar”. Las dudas sobre la finalidad se vieron fuertemente reforzadas por el éxito de la física de Newton, que se apoyaba precisamente en la evidencia sensorial o experimental. En virtud de ese éxito, resultaba muy tentador deducir que sólo un conocimiento directamente relacionado con lo sensorial o cuantitativo era válido. Al final de su Enquiry concerning Human Understanding (Investigación acerca del entendimiento humano), David Hume llegaba a esta conclusión, que ya había estado fraguándose dentro de la escuela empirista, de Ockham en adelante. Hume invitaba a sus lectores a expurgar las bibliotecas según los preceptos contenidos en el Enquiry. Sus lectores, ya humeanos convencidos, debían examinar cada libro, especialmente los que versaran sobre teología y filosofía escolástica y hacer dos preguntas: “¿Contiene algún razonamiento abstracto acerca de la cantidad o el número?” y “¿Contiene razonamientos experimentales acerca de la realidad y la existencia?” ¿Qué se debía hacer si la respuesta era negativa?: “Entonces -aconseja Hume- entrega el libro a las llamas porque no puede contener más que sofistería e ilusiones”.[25]

Rechazado ampliamente durante la Edad Moderna, tampoco los positivistas lo admiten, considerando su uso un puro “antropomorfismo”, solamente explicable en las mentalidades primitivas. Otros, como el filósofo de la naturaleza Matisse, arguyen que en el mundo inanimado la finalidad no se manifiesta y, como el ser viviente no es más que una suma de fenómenos físico-químicos, concluyen que la finalidad no existe. Pero el problema estriba en saber si el ser viviente es sólo “una suma de fenómenos físico-químicos”, o más bien una integral de dichos fenómenos. No se pueden identificar dos estados -el de la materia viva y el de la materia inerte- que, a la vez que obedecen a las leyes de la Física y de la Química, difieren profundamente[26]. Entre los positivistas, uno de los más fieles y entusiastas discípulos de Comte, así como uno de los más ardorosos adversarios de la causa final es, sin duda, Émile Littré, que la convierte en el blanco de sus más rebuscadas ironías. Un ejemplo de esta mordacidad nos lo dan las siguientes frases:


“Decidme para qué están en el mundo las chinches y los cáncanos o, sencillamente, las lombrices, y yo aceptaré también la explicación para los caballos y los bueyes; decidme cuál es la finalidad de que Rothschild no tenga menos oro y la de que éste no sea más abundante en el erario de Austria o del Vaticano, y la aceptaré también para que el aire no haya ni más ni menos oxígeno, ni más ni menos nitrógeno (...) Decidme para qué el agua del mar es salada, y admitiré también sus propiedades. No cabe duda de que al navegante le vendría mejor que fuese dulce”.[27]


Pero es igualmente un antropomorfismo negar la existencia de la finalidad en los casos en los que no podemos señalarla de una manera concreta. Nuestra ignorancia de cuál sea la finalidad en ciertos casos no es realmente ninguna prueba de que en ellos no exista, como no sea que nos tengamos a nosotros mismos por la medida absoluta de la verdad y del ser, lo cual, evidentemente, constituye una antropomorfismo radical de mucha mayor envergadura que el escarnecido por Littré. Prescindiendo de algunas puntualizaciones -como que en el agua salada es más fácil la flotación-, lo decisivo estriba en que dentro del pensamiento de Littré, al igual que en el de tantos otros seguidores de la manera positiva de pensar, el concepto de finalidad no está ni analizado ni explicado en sus presupuestos ontológicos, sino que es sólo objeto de una mera consignación, y ello, a su vez, en una forma exclusivamente psicológica.

El concepto de antropomorfismo suele ser empleado con una frecuencia solidaria de la escasa o nula hondura de su examen, con lo que ha llegado a convertirse en algo así como un “espantapájaros” frente a cualquier pretensión, por modesta que pueda ser, de dar un valor científico a la causa final. No cabe la menor duda de que la atribución de tendencias conscientes a los seres que no poseen la capacidad de la conciencia es un antropomorfismo craso, aunque también, ciertamente, algo mucho más grave: una burda contradicción. Pero ello no demuestra, en modo alguno, que el hablar de tendencias inconscientes sea un mero antropomorfismo, ni que sea una contradicción el atribuir esas tendencias a unos seres que de ningún modo son conscientes. La única contradicción aquí posible sería aquella en la que, sin duda, se estaría incurriendo en el caso de atribuir unas tendencias conscientes a los seres que carecen de conciencia.

2.4. Vitalismo: Doctrina que sostiene el peculiar carácter específico de los fenómenos vitales.

Según esta concepción, los fenómenos vitales poseen un carácter singular y específico y, por tanto, se desprende su irreductibilidad a los fenómenos mecánicos y a la dinámica puramente físico-química

13/05/2005 ir arriba
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