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DIOS NO ES «EL OTRO» (Antonio Orozco Delclós)

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SENTIDOS CLÁSICO Y MODERNO DE



DIOS NO ES «EL OTRO»

 

 

 

Sospecho que tras el derrumbamiento del muro de Berlín en 1989, el materialismo dialéctico de cuño marxista no ha muerto. Permanece el mito de la religión como alienación del hombre y, en el creyente, el riesgo de "deísmo".

Antonio Orozco Delclós

Arvo Net, 27 de julio de 2005

 

 

        Sospecho que tras el derrumbamiento del muro de Berlín en 1989, el materialismo marxista no ha muerto. Se ha descubierto el horror de una dictadura de mentira y miseria de siete u ocho décadas. La teoría económico sociológica de Marx se ha mostrado no sólo falsa en buena parte sino en conjunto catastrófica. Pero el principio marxista de la religión como alienación del hombre, la siembra de odio a la religión permanece en el corazón de muchos, algunos de los cuales ocupan altos cargos en la vida pública de naciones. Ciertamente en la ex Unión Soviética, el renacimiento del sentido religioso es impresionante, las raíces cristianas de aquel pueblo han saltado de nuevo a la vista. Gorvachov proclamó que el Papa, entonces Juan Pablo II, era la máxima autoridad moral del mundo, pero el mito del materialismo dialéctico, con su lucha –entrañando odio a toda religión, especialmente al cristianismo- como motor de la historia, está ahí. Se dice que el ateismo decrece mientras el agnosticismo – y el gnosticismo – avanzan. En todo caso es preciso salir al paso de esta nueva ola de materialismo militante con las armas con las que siempre ha contado un buen cristiano: la oración, la penitencia y … el cumplimiento ejemplar de todos sus derechos y deberes cívicos.   

 

En esta ocasión quiero referirme a un riesgo que ha acechado siempre y que ahora - tal vez, con la extensión de los poderosos medios de que gozan la superstición materialista (J. Eccles), el agnosticismo y la gnosis -, se hace más peligroso: el del creyente que se desanima ante un aparente avance del ateismo y contagiado por el estilo materialista de la vida, no pierde la fe –sentido común- en la existencia de Dios, pero se lo imagina, como ya advirtiera san Josemaría Escrivá en Camino, como un ser lejano, distante, que habita «más allá de donde brillan las estrellas», ajeno al vivir cotidiano del hombre sobre la tierra; una especie de artífice o arquitecto que pone en marcha el universo y acto continuo regresa a su Olimpo para entretenerse pensando en quién sabe qué pensamientos, sin preocuparse ni poco ni mucho de la suerte del mundo y de sus moradores. En consecuencia, si Dios no se interesa por mi suerte, ¿por qué yo debería ocuparme de Dios? Que piensen en Dios, si les place, las abuelas y los curas; pero los ciudadanos del siglo XXI vamos a ser adultos, no necesitamos a Dios para explicar el rayo o el terremoto, la salud o la enfermedad, la vida o la muerte. Dios ha pasado al baúl de los recuerdos inútiles, más aún, lastrantes. Somos autosuficientes. Construyamos un nuevo mundo según nuestras reglas y gustos, y si se nos apura mucho, con una religión ligth, para vivir contentos con la conciencia tranquila, sin agobios éticos; quiién sabe si así alcancemos la estatura del superhombre nietzscheano, y lleguemos a ser lo que queremos: dioses. Es a la letra lo que pensaron los ninguneados Adán y Eva en el alba de la humanidad. Y la humanidad se hizo vieja, cruel, destructora antes de poder llegar a ser madura, tierna y creativa. Se perdió un tiempo precioso, porque hubo que empezar a construir no de cero sino de mucho más abajo, entre enormes dificultades.

 

A punto para mojar

 

            Los conceptos de Creador, creación y criatura que, con el cristianismo, imprimieron al mundo un formidable impulso de crecimiento en humanidad, parecen naufragar. Con ello, emergen el sectarismo, las antiguas artes adivinatorias, los horóscopos, el zoologismo y el pluralismo ético donde todo vale. Hora y horas de radio y televisión, páginas y páginas de periódicos y revistas se dedican a ello obteniendo pingües beneficios.

 

            Convendría a todos que la familia humana no regresara a situaciones de vana credulidad, a la superstición, a los dioses de barro, de bronce, o de escayola. La negación o la indiferencia respecto a Dios no puede ser un motor de progreso, porque es nihilista, motor de la nada, que nada puede mover; o si parece moverlo es para dejarlo todo tal como estaba. Llamar «progresismo» a una ideología atea es un sarcasmo en el que ya nadie debiera incurrir. Cualquier historiador documentado sabe que el progreso científico y técnico, como los conceptos de persona, dignidad y libertad, en sentido riguroso, lleno, han llegado al mundo con el Cristianismo. Si queremos progresar en humanidad es preciso redescubrir al Creador del hombre y de su libertad, verdadero e inmutable fundador y fundamento de los derechos y deberes humanos, el Dios tan inmenso y trascendente como cercano e íntimo, sin el cual todas las declaraciones de principios son papel mojado o... siempre a punto para mojar: declaraciones de derechos para usar y tirar.

 

¿Quién es Dios?

 

            ¿Quién es Dios? La razón humana, sin necesidad de revelaciones sobrenaturales puede llegar a conocer con certeza que Dios es la Verdad, la Bondad, la Belleza, la Sabiduría, el Amor..., el Ser que es por Sí mismo, sin comienzo ni término. Todo lo demás, sin su acción creadora, no es nada, es imposible y racionalmente ininteligible. O Dios o el absurdo total. Por eso se ha dicho que «si no hubiera Dios, habría que inventarlo». Pero ésta no es una buena manera de concebir a Dios. Dios no es necesario porque exista la criatura, sino que la criatura -innecesaria- para existir necesita el Ser que es eterno, infinito, verdadero, bello, bueno, sapientísimo, amorosísimo, capaz de donar el ser y la vida. Todo lo que no es Dios es ininteligible por sí solo, no existe por sí mismo. El «ser» sólo puede ser obra del «Ser»; la vida sólo puede ser obra de la Vida; el pensamiento, sólo puede ser obra de la eterna Sabiduría.

 

            Ningún ser que no sea Dios es autosuficiente (un resbalón en la bañera y se acabó la autosuficiencia); nada puede existir ni subsistir sin el Ser estricta y absolutamente autosuficiente.

 

 

El deísmo

 

            Si todo lo que es, ahora mismo, es «por Dios», el deísmo es falso. El deísmo, es un modo de entender a Dios como si fuese el ser «necesario-para» sacar el universo de la nada, pero nada más. Desde el «big bang», o lo que la ciencia pueda descubrir, Dios habría regresado a su olimpo y el mundo rodaría a su aire. Esta «cosmovisión», ese modo de entender la realidad global, permite desentenderse de Dios, y montárselo todo como si Él no existiese.

 

            Ha habido en el siglo XX una falsa teología que dice que sí, que existe Dios, pero lo imagina como «el Otro», en el sentido de un hallarse tan distante de la criatura que ésta no puede saber nada sobre él. Y lo mejor que puede hacerse con algo de lo que nada se sabe -como ha subrayado Wittgenstein- es callarse. Ahora bien, esta pseudo «teología», que carece de «logos» (palabra) sobre Dios, implica un total desconocimiento del concepto cristiano de creación y de criatura. Ciertamente el Dios que se manifiesta en la revelación bíblica, el Dios de Abraham y el Dios que se revela en su Hijo Jesucristo, es un Ser absolutamente trascendente al mundo: no es en modo alguno parte del universo, ni materia, ni alma, ni nada que fuera una mixtura de finito e infinito.

 

Pero a la vez, sin contradicción, es un Ser tan próximo, que el Apóstol Pablo puede decir que «en el vivimos, nos movemos y somos» (Hch 17, 28). La criatura existe no «fuera», sino «en» Dios. Un antiguo autor cristiano pudo escribir: «ningún ser es exterior a Dios: Dios se encuentra en todos los seres; pero lo ignoran; huyen lejos de Él, o mejor dicho, lejos de ellos mismos». Nada es o existe fuera de Dios, lo cual no quiere decir que Dios y el mundo se identifiquen. Indica que toda criatura -de por sí insuficiente en su ser y en su obrar- es sostenida por Dios como la fuente actual de su vivir, de su respirar, de su entender y amar. Si algo existe es «en Él», sin confundirse ni mezclarse.

 

            Las criaturas dependen unas de otras en algunos aspectos de su ser o vivir; pero respecto a Dios todas guardan una dependencia absoluta en todas las dimensiones de su existencia. Por eso, olvidarse de Dios, montarse la vida como si no existiese, es ignorar la propia identidad; tener un conocimiento de sí epidérmico, meramente superficial y a todas luces insuficiente para comprender el sentido de la propia vida, con sus venturas y desventuras. No es raro que una persona con tal ignorancia, a menudo desespere de sí o de todo.

 

            Dios no es yo; yo no soy Dios. Pero Dios no es «el Otro», lejano, inasequible, inescrutable. Dios, como dijo lapidariamente San Agustín, es Aquél que me es más íntimo que yo mismo (San Agustín, Confesiones, cap. VI). Yo soy más suyo que de mí mismo. No es necesario «salir a» buscarle, basta centrar el pensamiento, con toda sencillez -sin necesidad de ejercicios psicológicos estrambóticos ni de «meditaciones trascendentales» esotéricas-, en la propia conciencia, para conversar con Él, con una intimidad tal que no se puede alcanzar con ninguna otra persona. Tom Hahn llega a decir, con razón que yo, cada uno, está más cerca de Dios que de sí mismo.

 

¿Qué es lo que «sobrenadamos»?

 

            Dios está «en» todo lo creado y todo lo creado está «en» Él. Tendemos a imaginarnos -la imaginación es una mentirosa, decía Pascal, tanto más cuanto que no lo es siempre-, agarrados por Dios pero suspendidos, como colgados «sobre la nada»; incluso ciertos ateos se imaginan «sobrenadando la nada» (expresión tan ingeniosa como hueca). ¿Hay alguna verdad en esa imagen? Rebuscando, alguna se puede encontrar, porque es cierto que la criatura de suyo nada es. Por eso solemos decir en momentos en los que experimentamos lo que somos sólo por nosotros mismos: «¡no somos nada!».

 

Es cierto que Cristo ha dicho «sin mí, nada podéis hacer». Pero también es verdad que nunca somos sin Él, sin Dios. Desde que fuimos concebidos en el seno de nuestra madre «en Él vivimos, nos movemos y somos» (Hch 17, 28). No estamos, pues, sobrenadando la nada, ni colgados sobre la nada, ni siquiera asidos de la mano de Dios que impide que nos hundamos en un abismo de nada. Existimos no sobre el fundamento de la nada, que nada puede fundar; sino sobre el fundamento inconmovible que es el Ser divino. El nihilismo, el existencialismo ateo, el vértigo o la náusea de la existencia carecen de fundamento real, son mera imaginación. Ni la nada, ni la muerte fundan la existencia. El fundamento es Dios, que es la consistencia misma, lo inquebrantable, la seguridad absoluta, que presta solidez y seguridad a nuestra frágil naturaleza. Frágil de suyo, pero robusta «en Dios». Cuando digo: «¡Dios mío!» expreso la «propiedad» más mía que existe. Tanto que si Él no fuera mío, nada sería mío, ni yo mismo. Aunque, en rigor, Dios es mío porque yo soy de Él.

 

 

Nuestra «pre-existencia»

 

Siempre ha sido mío y yo de él, porque yo estoy en Él eternamente: en su Amor, en su Providencia sapientísima. Por eso yo, de algún modo, soy eterno. He existido siempre, he pre-existido a mi existencia actual.

 

¿Es éste un pensamiento cristiano o más bien platónico o ancestral del lejano Oriente, donde las personas han sido antes lagartos, ofidios, tigres de Bengala, libélulas o mariposas de mil colores? Respuesta: es un pensamiento cristiano, de uno de  los pensadores cristianos más eminentes, de Tomás de Aquino, y de otros anteriores y posteriores que de éste han aprendido. Dice el santo doctor que todo lo que hay de perfección en cualquier criatura, preexiste y se contiene en Dios de modo eminente. (Cfr. Summa Theologica I, 14, 6).

 

Las criaturas –explica- están en Dios de dos maneras:

 

a) En cuanto las contiene y conserva el poder divino, como están ciertas cosas en nosotros, por estar en nuestro poder. Por ejemplo, el presente escrito preexistía en mí semanas antes de escribirlo. Ahora está ahí, con subsistencia propia, al alcance de cualquiera. Así, pero mucho más perfectamente, todas las cosas que existen, han existido o existirán, están actualmente en Dios, con todo lo que han sido, son o serán.

 

b) También están las cosas en Dios por sus razones o ideas correspondientes; que no son ideas que habitarían (subsistirían) en un mundo «ideal», como pensó Platón; sino ideas que en realidad no se distinguen de la Esencia divina. Y como la Esencia divina es vida, en este sentido todas las cosas son vida en Dios. Más llanamente, las personas hemos existido siempre en la Mente divina de un modo incluso más noble que el terreno, aunque allí no teníamos la existencia como propia, como sujetos distintos de Dios, que es lo que somos desde que fuimos creados por Él (Cfr. S. Th. I, 18, 4 in corp.)1

 

 

¿Me puedo imaginar «inexistente»?

 

Quizá todo aquél que ha pensado un poco sobre la conciencia de sí mismo y de su propio pensamiento, se haya inquietado tratando de imaginarse no existiendo. ¿Por qué no puedo imaginarme no existiendo? Puedo imaginar el mundo sin mí, pero no puedo imaginarme a mí mismo inexistente, «siendo nada». Ese intento no es trivial. Indica profundidad. Karl Marx, que lo había experimentado, sostenía que el hombre se cree falsamente inmortal porque no se puede imaginar a sí mismo inexistente. Pero la realidad es que no puedo imaginarme no existiendo porque, de algún modo, siempre he existido.

 

¿Qué era yo antes de existir en el mundo? ¿Nada? No puede ser, porque la nada, nada es; por tanto, la nada no puede «estar antes ni después» de cosa alguna. Antes del ser sólo puede haber el Ser. Antes de existir yo, que soy más que materia, más que cuerpo; que no puedo -en cuanto que soy un yo- venir de la materia, ni siquiera de la de mis padres, existía el Yo divino. Yo existía en Él, en su proyecto, en su Inteligencia, en su Voluntad, en su Sabiduría, en su Amor, de un modo eminente. Y por eso he llegado a existir con existencia propia, donada.

 

 

Fundados en Dios

 

La criatura no está, pues, «sobrenadando la nada». Está fundada en el Amor inmenso e inmutable de Dios. Yo no tengo derecho a pensar en que me pueda fallar el fundamento de mi vivir, el suelo de mi existencia, porque mi «suelo» es Dios-Amor. Él no puede soltarme. Puede fingir que no está, para que yo experimente lo que sería estar sin Él; para que yo combata mi soberbia y valore su don con humildad y gratitud. Pero yo no estoy colgado sobre la nada. Esto es una imaginación engañosa. ¿Si Dios «me suelta de su mano», qué pasa? Es una pregunta de ciencia ficción, porque es seguro que Él no me va a soltar. Yo puedo no quererle conmigo y esto sería el infierno, porque sería vivir en contradicción conmigo mismo, incurrir en una serie de errores y de mentiras monstruosas. Pero Él jamás dejará de amarme, porque ya me quiere y, por tanto, me quiere eternamente.

 

El está y estará eternamente con-migo. Mi existir no es existir, sino co-existir. Mi ser no es ser, es co-ser. Mi vivir no es vivir, sino con-vivir, en primer lugar y ante todo, con Dios, más íntimo a mí que yo mismo. Por eso el acto más propio de la criatura racional es la oración, es decir, la con-versación con Dios; vivir con la consciencia habitual de que Dios existe no «más allá de donde brillan las estrellas» [2], sino que ha querido convivir conmigo, en lo más íntimo de mi ser personal.

 

Escritos Arvo, nº 198 (noviembre 1999)

Actualización, Arvo Net 27 de julio de 2005
 


 

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