Jueves - 24.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Etica y Política Etica y Política
Introducción a la filosofía Introducción a la filosofía
Curso de filosofía elemental Curso de filosofía elemental
Metafísica Metafísica
Filosofía sobre dios Teología natural
Metafísica y Persona Metafísica y Persona
Filosofía del hombre Filosofía del hombre
Filosofía del conocimiento Filosofía del conocimiento
Psicología Psicología
ética general Etica general
Filosofía / teología de la rel Filosofía / teología de la religión
Estética, arte y belleza Estética. Arte y belleza
Filosofía sobre la naturaleza Filosofía sobre la naturaleza
Sobre el materialismo Sobre el materialismo
Filosofía y derecho Filosofía y derecho
Filosofía de los valores Filosofía de los valores
Filosofía de la educación Filosofía de la educación
Filosofía actual del ser Filosofía actual del ser
Historia de la filosofía Historia de la filosofía
Filosofía moderna Filosofía moderna
Filosofía contemporánea, del s Filosofía contemporánea, del ser
Filosofía medieval Filosofía medieval
Filosofía antigua Filosofía antigua
Filosofía analítica Filosofía analítica
Filosofía «postmoderna» Filosofía «postmoderna»
Sección estructuralismo El estructuralismo
Filosofía de la ciencia, críti Filosofía de la ciencia
Kierkegaard. una senda en el b Kierkegaard
La historia de la filosofía La historia de la filosofía
Conceptos frecuentes en filoso Conceptos frecuentes en filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

PARAÍSOS PERDIDOS... Y ENCONT (Enrique Banús)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo
Paraísos perdidos... y encontrados

PARAÍSOS PERDIDOS... Y ENCONTRADOS

"De la incomunicación no puede surgir sino la catástrofe"

Por Enrique Banús

La posibilidad de estudiar la condición humana analizando los personajes de una novela presupone la estructura narrativa de la vida humana. La narración de la vida sólo es posible si se afirma la comunidad del sujeto; sólo si el yo no se disuelve en la acción es posible narrar la propia vida de modo inteligible. Ahora bien, el sentido de la existencia solo se desvela para mirar al origen y al final y, por esta razón, en rigor nadie puede contar su propia historia.

DESDE CHARLIE CHAPLIN sabemos que los tiempos modernos tienen sus mitos: la velocidad, la eficacia forma parte sustancial del progreso técnico. Sucedió con el fax en sus inicios: cualquier cosa que llegaba por él sugería que era importante, urgente, reclamaba una reacción inmediata. Recuerdo una tarde que llegó un fax: eran aquellos tiempos en que aún estaba rodeado de esa aura de urgencia. Una de las secretarias se abalanzó a recogerlo, para, rápidamente hacer algo. Pero quedó como paralizada: el fax traía la noticia de que había un niño enfermo de cáncer e ingresado en un hospital, que, antes de morir, quería batir un récord: recibir más postales que nadie en el mundo. Por un instante, lo humano se había apoderado de la máquina. Porque desde Chaplin sabemos que los tiempos modernos también tienen su precio.

De los avances comunicativos de los últimos tiempos, el correo electrónico parece el más humano. Permite un contacto personal, con una cierta privacidad (al menos aparente), supera la distancia y acorta el tiempo. Por correo electrónico llegan multitud de mensajes, de tipos muy diversos. Hace pocas semanas, encontré en mi buzón una historia que ya conocía, la de dos personas ingresadas en una clínica, ambas tan enfermas que ni siquiera pueden levantarse de la cama. Hay una sola ventana en la habitación y al enfermo tumbado en la cama más próxima le permiten sentarse una hora al día, que pasa describiendo a su compañero de habitación todo lo que ve desde la ventana: un parque con un precioso lago, con patos y asnos. A sus orillas, juegan niños con sus cometas y los jóvenes enamorados pasean cogidos de la mano, entre flores y árboles. Al fondo se divisa la ciudad.

Quien estaba siempre tumbado empezó a ansiar que llegara aquella hora, en que su mundo se ensanchaba al relato de su vecino. Una tarde calurosa incluso le describió un desfile y, aunque el parque no estaba tan cerca, casi le parecía oírlo. Pero un buen día, aquel hombre de la ventana murió: por la noche, plácidamente, mientras dormía. Su compañero dejó pasar algún tiempo y, como la cama junto a la ventana seguía libre, pidió que le cambiaran. Así lo hicieron y, en cuanto se quedó solo, puso todo su esfuerzo en alzarse un poco, para -al fin- ver él mismo todas aquellas maravillas. Lo consiguió y... se encontró con un muro blanco nada más. Decepcionado, extrañado, le contó la historia a la enfermera y le preguntó por qué aquel hombre se inventaba todo aquello: "Quizá -le contestó- para animarle a usted".

La historia es conocida y no tiene mayor valor. En el correo electrónico era uno de esos mensajes que te dicen que lo reenvíes a otros, que eso da buena suerte. Cosa que, por cierto, yo nunca hago. Pero es el relato de cómo alguien inventa una historia. Lo mismo, por cierto, que esa maravillosa película que es La vida es bella: también aquí va de la invención de un relato, en medio de un campo de concentración, invención con la que un padre convierte aquel horror, para su hijo, en un juego. La invención de historias, es decir, la "razón literaria" va a ser el tema de este texto, texto en cierto -y programático- sentido "ingenuo", es decir, dejando de lado citas eruditas, exposición del status quo de la investigación en los últimos dos siglos... Un proceder ingenuo que, sencillamente, intenta encontrar respuesta a la simple pregunta: "¿Por qué las historias son necesarias, por qué el relato es necesario, por qué la literatura es necesaria?". Repito que se trata de una exposición consaente, programáticamente ingenua.

La pervivencia de la literatura

Es muy fácil deconstruir la historia que se ha narrado antes -e incluso La vida es bella-, con el concepto de escapismo: el relato como evasión; la "realidad real" es tan deprimente, que se inventa una realidad alternativa, en la que poder vivir una vida ficticia, más agradable que la existencia cotidiana. En cierto sentido, el relato como "opio para el pueblo", que no es suficientemente fuerte para soportar la realidad y acude a "realidades alternativas". Además, ¿no va unido ese relato a un cierto carácter mágico, supersticioso diríase desde una perspectiva religiosa: el transmitirlo da buena suerte? Está, pues, desenmascarada esa intención. Con un pequeño problema: no es esa la respuesta que la enfermera da al decepcionado y extrañado vecino. Ahí hay un elemento, esencial, lo mismo que en La vida es bella.

Además, frente a esa deconstrucción racionalista se mantiene el asombro -principio de toda ciencia- ante un hecho sorprendente: la pervivencia de la literatura en todas las culturas y a través de periodos de tiempo muy prolongados, en Europa de al menos veintiocho siglos. El científico, desde ese asombro, debe buscar una explicación a esa continuidad: si no responde a una necesidad intrínseca, debe ser consecuencia de acciones desde fuera, de impulsos económicos o políticos. Esto quizá es así en algunos momentos de la historia y en algunas sociedades, pero no se puede postular con carácter general: hay muchas sociedades en que no se da vida económica en torno a la literatura y, sin embargo, existen los relatos. Y ha habido (hay) otras sociedades en que la literatura (o al menos parte de ella) ha estado perseguida y, sin embargo, ha pervivido. Es sin duda un desafío apasionante descubrir las "leyes de la historia" (si es que las hay) y, especialmente en tiempos de cambio, llegar a indagar por qué suceden esos cambios. Pero tan apasionante es descubrir las constantes de la persona y de las culturas, aquello que permanece a través de los cambios.

La literatura es depositaria de al menos dos razones: la razón relatora y la razón simbólica (o metafórica). Razones ambas que posiblemente respondan a tendencias ancladas en el imaginario de la persona y que tienen también su canalización social, es decir, configuran sociedades, la consciencia de pertenecer a un "nosotros" caracterizado precisamente por compartir ciertos relatos y ciertos símbolos.

La "vivencia del relato" tiene para cada persona, desde momentos muy tempranos, una importancia decisiva. Efectivamente, al niño se le transmiten "verdades", "sabidurías", por medio del relato: así, el cuento y otros relatos asumen un papel importante en la primera educación. Pero también la identidad personal se configura a través de relatos. Los episodios de "antes de la memoria" nos los cuentan: nuestra infancia no son recuerdos, sino relatos de cómo éramos y qué hicimos de pequeños. La configuración, por lo tanto, de la identidad vive también del relato. Y también en la posterior historia interviene el relato: lo que nos va sucediendo lo vamos elaborando en relatos. Precisamente las vivencias traumáticas -negativas o positivas- se asumen en forma de relatos, es decir, de selección y de interpretación desde una perspectiva determinada, la del narrador. Esa perspectiva es la que permite, de una parte, el distanciamiento y, de otra, la organización del material, atribuyendo a cada personaje sus funciones y reconstruyendo el hilo argumental. En ese "relatar", lo sucedido se reorganiza de forma acorde con los intereses del narrador. Incluso se puede reescribir el pasado, cambiando un relato anterior por otro nuevo, más acorde con las nuevas circunstancias. Un ejemplo muy claro resulta de los cambios en las relaciones interpersonales: cuando se da, por ejemplo, una ruptura con alguien se suele reescribir la historia de toda la relación con él / ella, destacando los elementos que ya tempranamente hacían "inevitable" esa ruptura.

También en la amistad, en la relación interpersonal el relato juega un papel importante: conocerse -que dicen que es amarse- es intercambiarse los relatos; es transmitir más o menos -según el grado de intimidad- el relato del "yo" a un "tú". Este proceso es clarísimo, por ejemplo, en las relaciones que pueden ir avanzando hacia un noviazgo: ahí se pone el pasado en común para unirlo en un presente que ya es común y un futuro que parece que puede serlo. Esa puesta en común abarca también la presentación de los grupos (familiar, social, étnico, etc.) a que se pertenece: se cuenta de ellos.

Transmisión de valores

Y es que, en general, y especialmente en la niñez, son importantes los relatos familiares (las historias del abuelo, etc.), que contribuyen a sentirse miembro de esa familia, y las historias del pueblo, esos relatos que configuran una comunidad cultural. Las identidades colectivas se van formando, por lo tanto, a través de relatos comunes, que establecen una memoria común, un acervo compartido: compartir un relato es compartir una vida. Ese relato común, además, transmite implícitamente una serie de valores. La percepción de un "nosotros" se realiza a través de la percepción de una historia que llamamos común (esta es "nuestra" historia) y que lleva en sí un elemento de diferenciación (no es la historia de "los otros"). Y, aunque la llamemos "historia", en realidad nos estamos refíriendo a un "relato". Compartir un relato es formar una comunidad.

E1 símbolo también se corresponde con una vivencia muy temprana: es saber que detrás de lo visible hay algo invisible. En realidad, el niño pequeño ya tiene una cierta vivencia del valor simbólico de las personas: sabe que "papá" y "mamá" son algo especial. Más adelante, cuando regala a su madre una flor, sabe que no está regalando un gran valor material, sino que con eso está expresando algo que va más allá del aspecto externo de esa flor, a menudo algo estropeada por el trato no siempre cuidadoso por parte del niño. Estas son vivencias simbólicas: todo regalo, todo don, tiene siempre algo de símbolo.

El relato y el símbolo son modos de hacer el mundo habitable. Es un tópico afirmar que la persona no se desarrolla en un ambiente, sino en un entorno, que -a diferencia de los demás animales- no sobrevive a base de adaptarse a un medio ambiente (o deja de sobrevivir si no lo hace), sino de adaptar el mundo a sus condiciones -o de aislar una parte de ese mundo para hacerlo habitable-. El mundo se hace habitable de muchas maneras: una de ellas es la palabra. Dar nombre, utilizar la palabra, comprender los significados también ocultos: todo esto se convierte en uno de los modos más humanos de relación con el mundo y, a la vez, en uno de los modos que tiene el hombre de realizar esa necesidad de situarse en el mundo.

La represión de impedir la palabra

Por eso, impedir la palabra es el modo más brutal de represión. Uno de los más aterradores intentos de cortar la libertad de una persona consiste en incomunicarla, impedir la comunicación, el diálogo. ¡Qué impresionante es el lema que el escritor disidente de la Alemania comunista Reiner Kunze pone a la parte que en sus The wunder Taren Jabre (Los años maravillosos, 1976) dedica al final de la Primavera de Praga, en 1968: casi un homenaje y una disculpa porque los tanques habían entrado en Checoslovaquia y destrozado aquella libertad también desde su país, desde la República Democrática Alemana. Pues bien, como lema de esa parte de su libro recoge las palabras del poeta Jiri Mahen, dedicadas a un café en Brno, el Slavia, donde en los años 30 se reunían los escritores y los intelectuales. Dice: "Ven al Slavia, allí... callaremos".

La literatura responde, pues, a necesidades vitales: la razón relatora y la razón simbólica están ancladas en la persona y en todas las culturas.

Sin embargo, la modernidad europea occidental va a desconfiar de toda razón que no sea la “razón razonab1e” va a desconfiar -en la herencia del nominalismo- también de la palabra y con ello va a dar al traste con grandes tradiciones culturales: va a agostar el increíble mundo de los símbolos y de las leyendas, va a poner freno al sentido múltiple de texto, con sus lecturas alegóricas, etc. La lógica de la sospecha, que caracteriza la modernidad, va a extenderse a todo aquello que no sea razonable, a lo que no se ha llegado por un método reconstruible (el “discurso del método” se convierte realmente en la gran cuestión de la modernidad) y va a sospechar de todo lo que no es resultado de una duda metódica, de toda seguridad pre-científica (hasta que, en los finales de la modernidad, el propio Popper reconozca que las bases de la ciencia son pre-científicas, metafísicas si se quiere, al menos en cuanto a un cierto “optimismo cognoscitivo” inherente a la ciencia, confesión que inteligentemente se ha de hacer si no se quiere acabar en una filosofía nihilista de la ciencia a lo Paul Feyerabend). Para la modernidad, efectivamente, el mito es escapismo infantil de esa masa que -parafraseando a Kant- no consigue salir de su culpable inmadurez.

Todo esto no es sino producto de laboratorio, fruto de ideologías que ignoran la vida real, cuyas orientaciones básicas (por ejemplo, la de relatar, la de creer que hay algo detrás de la realidad material) son reacias a los intentos de eutanasia.

El sujeto como centro absoluto

También la posmodernidad europea occidental va a desconfiar del relato, especialmente de aquellos que mantienen una unidad explicativa: la posmodernidad, pretendidamente una ruptura con la modernidad, mantiene la lógica de la sospecha y con Foucault, siguiendo a uno de los grandes modernos antimodernos que es Nietzsche, se sospechará que detrás de todo relato coherente no habrá sino ideología. Consecuentemente, no queda otro quehacer intelectual que deconstruir. Y con Derrida se podrá postular que sólo nos queda la ruina. Malos tiempos, pues, para el relato. Y la posmodernidad desconfía de lo ingenuo, de lo primario: todo es cita, intertextualidad, nada es lo que parece.

La modernidad ha dejado otra herencia. Del Cogito, ergo sum cartesiano, esa frase que muchos consideran paradigmática de la modernidad, se suele resaltar que tiene un carácter subversivo: supeditar el ser al conocer, primar el conocer frente al ser, dando así la vuelta a la filosofía clásica para la que agere sequitur esse, el hacer sigue al ser, primero es el ser y luego el conocer, que al fin y al cabo también es un hacer; primero el ser, luego la consciencia. Ese cambio es sin duda una subversión. Pero hay otra, quizá más radical aún: el sujeto se sitúa en el centro absoluto; sí, la única seguridad que tengo es la de mi existencia. Con esa centralidad del "yo", para la literatura se abre aún más el fascinante mundo de la introspección -existente ya, por ejemplo, en la muy rica tradición agustiniana y luego petrarquista-; y se añade todo un proyecto literario: la autorrealización del personaje, cuya cumbre se alcanzará quizá en el Fausto de Goethe, cuyo final recoge un elemento tradicional: la salvación del hombre por intercesión de la mujer, reduplicada aquí, como también en la Divina Commedia, en la amada y María, la madre del Redentor. Pero Goethe introduce un sesgo importante: la justificación para la salvación no es la de la Divina Commedia, sino bien distinta: cuando los demonios, en ejecución del pacto sellado entre Fausto y Mefistófeles, quieren llevarse consigo el alma de Fausto, aparecen los ángeles, que se la arrebatan y, como justificación, aducen las palabras de Dios Padre: "Wer immer strebend sich bemüht, den können wir erlösen" ("A quien siempre se esfuerza en el camino, a ese podemos salvarle"). El esfuerzo queda desvinculado de la meta, del bien o del mal; basta el esfuerzo por realizar un proyecto: es la "canonización" del proyecto moderno, de la autorrealización.

A esta centralidad del yo no va a escapar tampoco el Romanticismo: su nostalgia de otras épocas queda en un anhelo, pero muchos de sus héroes siguen atrapados en la modernidad. En efecto, uno de sus grandes problemas es la comunicación, la relación: el encuentro con el tú. Esto es lógico: encerrado en el "yo", ¿cómo se puede dar el salto al "tú"? Hay por eso en la literatura tanto personaje incapaz de expresarse, aislado por el lenguaje más que comunicado por él: también aquí Goethe es paradigmático, esta vez en el Werther. Cuando intenta transmitir lo que siente en medio de la naturaleza, corta la carta en un momento determinado e indica que no sigue porque el lenguaje es incapaz de expresar lo que siente. En el teatro romántico (y ya en el prerromántico, en el Sturm umd Drang) los conflictos resultan de la incapacidad de comunicarse; el lenguaje, que brota a borbotones, aísla en lugar de poner en contacto. De la incomunicación no puede surgir sino la catástrofe, desencadenada por los fantasmas que se han originado en los incomunicados mundos interiores de cada personaje, no contrastados con "el otro". Recuérdese, por ejemplo, la obra romántica española que dará origen a la ópera La fuerza del destino de Giuseppe Verdi. Así, el romanticismo queda en la nostalgia de un mundo perdido, pero sigue atrapado por esa pérdida.

Arremetidas contra el cristianismo

Modernidad y posmodernidad arremeten conjuntamente contra uno de los mejores relatos de la historia: el cristianismo. El racionalismo francés, culminando en el jacobinismo volteriano, y el irracionalismo alemán, en su cima llamada Nietzsche, se unen para desautorizar ese gran relato, un relato que encierra verdad, historias y muchos otros elementos positivos:

-como todos los grandes relatos, inserta el sino individual dentro de una historia universal. De este modo, la persona no es un individuo, átomo aislado, sino que su historia está relacionada con la historia, su vida tiene un sentido, es relevante más allá de los límites muy reducidos en que quizá se desarrolle;

-es un relato en que el encuentro, el diálogo con el otro, no plantea problema: el gran texto cristiano, la Biblia, presenta innumerables formas de relación; es más, anima e incluso obliga a ellas: una vida solipsista no cabe dentro de ese paradigma;

-se trata de un relato que supera muchos elementos discriminatorios: en contra de la realidad social de la época, los primeros testigos de la Resurrección (el núcleo de ese relato) son mujeres; en una parábola, el "héroe" es el samaritano, o sea, "el otro", el discriminado; los apóstoles son en su mayoría galileos, gente considerada inculta y despreciada, etc. El relato, por tanto, no debería dar pie a ideas de superioridad cultural o de desprecio por "el otro";

-finalmente, el relato cristiano no anula el misterio. No es un relato que prime los elementos irracionales (San Pablo afirma en su predicación en Atenas que se acerca al dios de los filósofos, con lo que acepta el empeño de estos por superar los mitos), pero tampoco intenta ser una explicación global, que dé respuesta a todas las cuestiones. Algunas de ellas (la más importante es la del mal) quedan declaradas sin paliativos como "misterios". Para el racionalismo, el misterio tiene algo de negativo: así lo indicaba aún recientemente Claude Levi-Strauss, que achacaba a los creyentes que para ellos tenga algo de positivo. Posiblemente sea algo más sencillo: para el racionalista, el misterio es algo "todavía" no aclarado, por un defecto de método. Para el relato cristiano, ni es negativo ni es positivo: sencillamente, es. Con ello acepta una vivencia humana común: el misterio existe. Esta es una experiencia personal: hay cosas que somos incapaces de entender y de explicar: la muerte inocente y, al otro extremo, tantas veces el amor... El mito comete el mismo error que el racionalismo: intenta explicarlo, encontrarle una causa, en lugar de aceptarlo. Ni el mito ni el racionalismo aceptan un presupuesto básico del relato cristiano: este acepta, desde sus inicios, la limitación, aquello que está al margen de la disposición de la persona, ese árbol en el Paraíso de cuyo fruto no tiene derecho a comer. Está incluso al margen de la pregunta.

Por supuesto que este relato, como todo relato, es abierto y susceptible de múltiples interpretaciones y también de muchas malinterpretaciones. E históricamente se han dado, con elementos que contradicen la línea argumental esencial del relato, aunque puedan encontrar apoyatura (al menos evidente) en una parte del texto. Con esas malinterpretaciones como trasfondo no es de extrañar que este relato haya sido especialmente sujeto a la "lógica de la sospecha" y haya dejado de formar parte de la base común en Europa, no sólo desde el punto de vista de la convicción (mundo al fin y al cabo personal), sino también del conocimiento compartido que puede configurar una sociedad.

En algunos ambientes esto se puede considerar una liberación, pero en momentos en que las sociedades europeas se están convirtiendo cada vez más en sociedades multiculturales la falta de un relato conductor, abierto, parece preocupante, porque de la suma de nuevos relatos, no imbricados entre sí, no resulta un relato capaz de articular una sociedad. Y menos en una parte del mundo que muy recientemente ha demostrado su incapacidad de diálogo. En efecto, no se olvide que modernidad y posmodernidad han sido -sobre todo el primero- fenómenos predominantemente occidentales, mientras en otras culturas se mantenían con mayor vigor en los mundos simbólicos e incluso religiosos, sometidos a persecución pero quizá por eso nimbados de un aura especial. Y en este mundo no occidental, en ese mundo que, oficialmente, afirmaba ser la continuación de la racional Ilustración, para muchos ciudadanos era evidente aquella percepción profética de Goya: que "el sueño de la razón produce monstruos". Mientras algunos vivían de los sueños de la razón, muchos otros se veían confrontados con los monstruos: de la opresión, de la falta de libertad o, simplemente, de la carestía. Y al terminar la artificial ruptura del mundo, cuando de nuevo ha sido posible el diálogo, el mundo occidental prácticamente no ha sido capaz de escuchar: siguiendo la tradición colonial no ha hecho sino trasladar su estilo de vida, imponer sus criterios, pero ha recibido muy poco de las preguntas, las inquietudes y las verdades en todas aquellas culturas cuya diversidad seguía estando simplificada bajo la etiqueta de "países del Este" para poder operar más fácilmente con ello.

Superar el horror al vacío

Frente a la razón moderna, frente a la fragmentación posmoderna conviene, por tanto, recordar la necesidad antropológica y social del relato y del símbolo: sigue siendo necesario superar el "horror al vacío", superar la limitación, romper la cerrazón del mundo del yo (esto es el relato) y de lo visible, mensurable (esto es el símbolo); por supuesto que también en la modernidad se han mantenido grandes relatos y grandes postulados simbólicos, quizá más bien en momentos en que se rechazaban al menos las vertientes racionalistas de la modernidad. Así, en el romanticismo se encuentra no sólo nostalgia (como en Die Christenheit oder Europa -La Cristiandad o Europa-, de Novalis, estéril ensayo lleno de admiración por una época que ya no era viable, como muy bien reconocía el moderno Goethe, todavía en su fase prerromántica, en el Götz von Berlichingen, en que al dolor por el final de la época de los caballeros se unía, en marcada ambigüedad, la convicción de que esa época está pasada, de que, como dice Götz poco antes de morir, sus raíces ya han sido cortadas); en el romanticismo se encuentra no sólo utopía (el ejemplo es otra vez Novalis con su inacabado Heinrich von Ofterdingen), también se encuentra el gran relato, la historia en que los destinos individuales quedan englobados dentro de un destino universal, regido por una providencia que sabe, por caminos a menudo misteriosos, superar problemas y situaciones aparentemente sin salida.

El paradigma es esa gran novela admirada incluso por Goethe: Los novios, de Manzoni. El simbolismo tiene también grandes momentos en el romanticismo, por ejemplo en esa breve novela que es Die Geschichte vom braven kasperl und dem schönen Annerl (La historia del buen Gaspar y la bella Ana), de Clemens von Brentano, novela en que todo objeto tiene un valor simbólico, a través del cual se crea una trama que va creando relaciones por encima de la trama narrativa.

El simbolismo adquiere incluso carta de naturaleza poetológica. Así sucede, de forma muy breve, en ese poema de Joseph von Eichendorff que se puede considerar un programa de la poética romántica:

Schläft ein Lied in allen Dingen,
Die da träumen fort und fort,
Und die Welt hebt an zu singen,
triffst du nur das Zauberwort

Hay una canción dormida en todas las cosas
que están soñando y soñando,
y el mundo rompe a cantar,
si das con la palabra mágica.


Narradores de relatos: cine y literatura

Por lo tanto, ya en uno de los grandes siglos modernos aparecen suficientes testimonios de "disidencia". Pero quizá, por proximidad, merezca la pena analizar -en una selección muy personal- algunos elementos de la literatura y el cine (otro medio para narrar relatos) del siglo XX en que se articula, por encima de los cambios, la misma necesidad: la razón relatora y la razón simbólica que rompen el solipsismo.

La guerra europea 1939 - 1945 supone una tremenda conmoción también intelectual y literaria. Quizá es mayor aún la conmoción de sus antecedentes, de la barbarie nazi, de los campos de concentración, del desprecio por la persona. Alguien muy relevante en la vida cultural de Europa afirmó que después de Auschwitz ya no es posible la poesía. Con gran atrevimiento me gustaría afirmar todo lo contrario: tras Auschwitz sólo es posible la poesía. Ya no es posible la explicación racional. Sí, racional, científicamente se pueden encontrar elementos que contribuyen a que se pueda instaurar esa barbarie, pero queda algo inexplicable, que se cierra a la razón. Tras Auschwitz sólo es posible la poesía, el arte, la palabra: en la palabra, en el himno, en el grito se puede llorar a las víctimas, ensalzarlas, mantener su recuerdo, contar su historia; se puede expresar todo el anhelo, la exigencia de que no se vuelva a repetir. Tras todos los Auschwitz de la modernidad, los gulags y los killing fields queda, al menos, la palabra.

Y en esa posguerra es en la que algunas obras literarias, sabiamente, sitúan en el centro de la atención precisamente la relación, la ruptura del solipsismo, el que la vida se configura en el diálogo, el que la relación es el elemento esencial y no la búsqueda y la defensa de la identidad, de lo propio, que tradicionalmente ha ido llevando una y otra vez al rechazo de "lo otro", a verlo como amenaza. Ahí está precisamente The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), de Jerome David Salinger.

La historia es conocida: es la del muchacho a quien van a expulsar del internado, pero decide escapar unos días antes de la expulsión y disfrutar durante esos pocos días, cuando sus padres aún no le esperan en casa. Luego decide no volver ya más a casa, sino escapar al Oeste: romper todos los vínculos. Pero sí va a casa, a escondidas, a hablar con Phoebe, su hermana pequeña, y queda con ella para despedirse. Pero ella aparece con su pequeña maleta y decide acompañarle. Él le dice que eso es imposible y ella se enfada mucho. Simplemente para que se le pase el enfado, él concede que ya no se irá. Sólo un buen rato mas tarde, junto al tiovivo, Phoebe deja de estar enfadada y retoma lo que él dijera antes, que de allí volvería a casa. Y él, contemplándola en el tiovivo, viéndola girar y girar, en medio de una gran lluvia, es al fin feliz. Volver a casa, cambiar todos los planes, dejar el sueño de la gran libertad: la relación, en este caso con su hermana pequeña, es más importante que ese proyecto personal.

Hay otra obra paradigmática y muy conocida de la época de la guerra en que el tema fundamental también es la relación. Es Le petit Prince (El principito), de Antoine de Saint-Exupéry. En esta obra de 1943, publicada en plena guerra, el argumento es conocido: el principito abandona su planeta porque está cansado de las veleidades de una flor, cuya semilla, extrañamente, ha llegado a su planeta, pero que, al menos, tiene la característica de ser absolutamente única. En la tierra, adonde llega tras un viaje por diferentes planetas, habitados por seres sin sentido, descubre que aquella su exótica, única flor, que ha tenido que cuidar, que alimentar, que proteger hasta el agotamiento, no es sino una rosa, de la que en la tierra hay cientos de miles. Su decepción es inmensa: se ha engañado, ni siquiera era única. Pero el encuentro con el zorro, precisamente cuando el pequeño príncipe está profundamente deprimido, solo y consciente del sinsentido de su viaje, le hará ver las cosas de otra manera. E1 zorro le pide que le domestique, lo que -en su jerga particular- supone establecer relaciones. Y domesticar es singularizar ("Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. (...) Pero, si me domesticas, (...) tú serás para mí único en el mundo. Y yo seré para ti único en el mundo"). Domesticar, además, es establecer nuevas relaciones ("Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. (...) Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, (...) el trigo dorado será un recuerdo de ti"). En la despedida, le explica aquello de que sólo se ve bien con el corazón y de que lo esencial es invisible a los ojos de los hombres. Que aquella su flor es única precisamente porque es la que ha regado, ha alimentado, ha protegido, es aquella con la que ha establecido una relación; es única incluso en un mar de rosas, porque es la suya. El valor está en esa relación, que hará sufrir, hará sentir, hará preocuparse al principito con aquella rosa... y a su amigo el aviador y al lector con aquella estrella, que es especial, porque es la del principito.

Es curioso que esta misma idea de una relación que marca, da sentido a toda una vida, aparece también en literatura de más reciente de zonas en crisis: en Les Échelles du Levant (Las escalas de Levante), del libanés Amin Maalouf (1996), o en La furia del monte Ararat, del kurdo Yasar Kemal. Parece que precisamente desde la crisis se entiende mejor esa necesidad de vivir en y para una relación.

En Las escalas de Levante se narra la historia de una separación forzada, por la guerra, y del sufrimiento del protagonista, que acaba encerrado en un manicomio. Sin embargo, siempre está allí esa esperanza de retomar la relación, aunque parece realmente difícil, pues ella, su mujer, entre tanto se ha exiliado a París. El bello final, abierto, pero esperanzador, parece confirmar que ha valido la pena vivir esperando ese momento. La furia del monte Ararat es quizá la otra cara de la moneda: la sombra de la duda en una relación, una duda de lo que ella hubiera estado dispuesta a hacer por salvarle a él, lleva al final de una relación, a la soledad. No debe haber sombra alguna en esa incondicionada relación, vista quizá con un cierto fundamentalismo o quizá con un ansia, un deseo de pureza total.

Sin la relación, la vida no tiene sentido. Es absolutamente expresiva la primera imagen del París, Texas, de Wim Wenders. Ese hombre perdido en el mito americano, en ese paisaje propio de los road novels y los road movies, perdido y afásico, sin habla, que sólo poco a poco va recobrando: le ha abandonado su mujer y él ha salido a buscarla y la encuentra en un burdel, en que se desarrollan los más matizados y puros diálogos de un amor imposible y, sin embargo, irrenunciable para él.

La relación como salida del solipsismo, ese solipsismo moderno (del Werther solitario incluso en su muerte), de la crisis de la modernidad (ese Tonio Kröger de Thomas Mann que no encuentra ni su identidad ni, en el fondo, nadie con quien hablar), y también de la posmodernidad, como el del protagonista de The Music of Chance (La música del azar, 1990), de Paul Auster, ese hombre "condenado" a viajar, solo y sin sentido, hasta que un encuentro casual -que en el fondo no aminora la soledad aunque la encubre- cambia su vida.

La dificultad de salir de solipsismo

Salir del solipsismo no es fácil: la comunicación, precisamente en las novelas de la posmodernidad, parece compleja, no funciona ya en la vida cotidiana: los personajes inventan vías de comunicación distintas, que en el fondo están obviando el cara a cara, el diálogo directo con el tú. Sólo dos ejemplos.

En Vai dove ti porta il cuore (Donde el corazón te lleve, 1994), de Susanna Tamaro, la abuela escribe cartas a su nieta, que hasta hace poco vivía con ella y ahora se ha ido a Estados Unidos, de donde probablemente no retornará hasta que la abuela haya muerto. No son cartas que realmente le mande allí: quedan esperando su regreso y allí le cuenta tantas cosas que no se ha atrevido a decirle cara a cara.

En Nubosidad variable (1992), de la novelista española Carmen Martín Gaite, se narra la historia de una mujer que vive el síndrome de nido vacío: se ha quedado sola en su casa, con un marido absorbido completamente por su trabajo (aparte de que le engaña con otra mujer) y unos hijos que ya se han hecho mayores y no están en casa: no tiene con quien hablar. Casualmente se reencuentra con una amiga de la infancia, compañera de colegio y ahora psiquiatra de moda. Y comienza a escribirle unas cartas que nunca echará al correo -lo mismo, por cierto, que la psiquiatra, rodeada también de la más profunda soledad, puesto que a ella nadie le escucha-. Hay en todas esas comunicaciones no realizadas, atípicas, una nostalgia de encuentro con un tú que dé sentido a la vida.

Salir del solipsismo es romper con aquel mito de la modernidad: la autorrealización, el "Lebensplan", que dijera Heinrich von Kleist en su estremecedora carta poco antes de su suicidio, del que culpaba precisamente a ese plan de vida, en cuya realización había fracasado. El plan de vida, la consecución de los objetivos, en cambio, la había logrado el protagonista de Eine blafblaue Frauenhandschrift (Una letra femenina azul pálido, 1941), de Franz Werfel, aquella durísima crítica de la burguesía austriaca en el periodo nacionalsocialista, escrita todavía en plena guerra, desde el exilio. Precisamente por conservar ese estatus no se arriesga ni siquiera a seguir la voz de su conciencia: esa actitud -este es el reproche de Werfel a sus conciudadanos- les ha hecho cómplices de la barbarie.

En la posmodernidad aparece el personaje contrario, el Pereira de Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi, que lo pierde todo (pierde, sobre todo, su Lisboa), porque, sin querer ser héroe ni tener aparentemente cualidades para ello, sigue el dictado de su conciencia. Novela de compromiso casi al estilo de los años sesenta. En cambio, en esa curiosa novela británico-japonesa que es Los restos del día (The remains of the day, 1989), de Kazuo Ishiguro, el butler de aquella mansión inglesa -un personaje sólo aparentemente british, pues en él se esconde toda la visión japonesa de la vida- es incapaz de establecer una relación, porque sólo se ve al servicio de un plan, de una función. Así se le va la vida.

Salir del solipsismo: hay en la literatura del siglo XX mucha nostalgia, mucho afán de ello. También en el cine. Aquí, por citar un ejemplo, en la genial Rojo, de Kieslowski, vemos a aquel personaje amargado, retirado de la vida, completamente solitario y dedicado sólo a espiar a sus convecinos. La irrupción casual en ese mundo de la protagonista femenina va a cambiar toda su vida: la relación humana que va a establecer con ella le va a hacer olvidar su amargura. La vida adquiere un nuevo sentido.

El gran relato del siglo XX

Por cierto, que en esta película aparece también una cierta idea de bondadoso destino que va guiando hacia un encuentro final a los dos personajes, cuyas vidas discurrían paralelas. Otra vez, la razón relatora. Aunque quizá el gran relato del siglo XX, allí donde se retoma la razón épica, la convicción de que las vidas individuales están conectadas con un destino general, es El señor de los anillos (Lord of the Rings, 1954 - 55), de J. R. R. Tolkien.

Aquí vuelve la vieja trama del bien y del mal, de la meta a la que hay que llegar, del héroe al que, sin haberlo él buscado, le ha sido asignada una tarea de la que depende la salvación o perdición de muchos, de las tentaciones para no realizar ese objetivo, etc. Es la gran aventura, marcada precisamente por esa conexión entre lo individual y el sino de la humanidad (esquema épico que, por cierto, se repite en la trilogía de La guerra de las galaxias y, en cierto sentido, en Blade Runner).

Estamos hablando de tres grandes éxitos de público, uno de ellos además, curiosamente, con notable retraso con respecto a la fecha de su composición: en efecto, la gran época de El señor de los anillos no se va a dar hasta los años setenta. Aquí aflora la nostalgia de una generación, crítica con la modernidad cuyos monstruos están empezando a ser más visibles. Los héroes de Tolkien, como muchos de los grandes héroes épicos, regresan a su casa, donde son reconocidos en esa nueva cualidad. E1 retorno es otro de los grandes temas de la literatura, previos al mito de la autorrealización: no se trataba de viajar sin más, sino de llegar. Así lo harán Ulises y Eneas y Moisés conduciendo al pueblo elegido. Y si en la Divina Commedia Dante sitúa a Ulises en los infiernos es precisamente porque recoge una tradición literaria, ajena a la Odisea, según la cual Ulises siguió viajando y viajando, hasta traspasar las columnas de Hércules, donde una gran ola lo arrastró al fondo de la mar.

El retorno aparece como tema explícito en alguna novela relacionada también con época de guerra. Hay dos autores que sitúan el retorno como acontecimiento central. Retorno a un lugar cargado de valor simbólico. En Wir sind Utopia (Somos utopía), novela de1 alemán Stefan Andres situada en la Guerra Civil española, el protagonista, junto a muchos otros, llega en un camión que trae prisioneros al edificio en que van a quedar encarcelados, antes convento y hoy requisado por los milicianos. Al descender del camión, la escena se detiene en la mirada de ese prisionero, que recuerda cómo aquel caserón ha formado parte de su vida: ha sido monje en ese convento y lo abandonó. El edificio es símbolo de toda una vida, de largos años en que ha estado escapando de su identidad. Y ahora retorna allí y nuevamente va a tener ocasión de escapar, porque por la amistad con el capitán de quienes los mantienen apresados, que se entera de su verdadera identidad, llega a saber que todos ellos van a ser fusilados, pero a él le ofrece la posibilidad de huir: otra vez, el edificio se convierte en símbolo para una decisión vital.

En Retorno a Brideshead (Brideshead revisited), que Evelyn Waugh también sitúa en los años de guerra, el protagonista vuelve a un edificio que significa mucho en su historia: retorno también a un lugar de gran poder evocador, de alto valor simbólico para esa persona, por el recuerdo de otras personas con quienes allí convivió.

La relación, nuevamente, en el centro de la historia. En 1927, en The Bridge of San Luis Rey (El puente de San Luis Rey), Thornton Wilder contraponía dos modos de afrontar el mundo: Fray Junípero fracasa en su esfuerzo racional por explicar lo inexplicable (por qué son precisamente aquellas personas y no otras las que mueren cuando se derrumba el más bello puente del Perú), y como protagonista de la novela, al final, inesperadamente, se alza aquella mujer que, sin mucho preguntar, está dando su vida. Como en La vida es bella, como en la historia del relato inventado por el enfermo de la cama junto a la ventana.

Son ejemplos, tomados casi al azar, de cómo la literatura va dando testimonio de esas razones criticadas, soterradas o desterradas, de esa razón relatora, de esa razón simbólica, con elementos como el retorno, la relación, elementos que perviven en virajes siempre nuevos, pero en sorprendente continuidad, especialmente en momentos de crisis. Es, en el mundo occidental, que en la modernidad ha desconfiado del símbolo y en la posmodernidad, desconfía del relato y, en ambos, de la ingenuidad, la necesidad de expresar lo humano, la nostalgia de los paraísos perdidos.


Publicado en Nuestro tiempo

© ASOCIACIÓN ARVO
Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

13/07/2005 ir arriba
COMENTARIOS añadir comentario
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.
ir arriba

v01.99:0.35
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós