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Antonio R. Rubio Plo,
historiador y analista de
relaciones internacionales
Arvo Net, 22.04.2007
El 17 de octubre de 1945, un niño
argentino llamado Ernesto Laclau,
vio pasar desde un balcón de su casa
de Buenos Aires una marea humana que
preparaba el terreno a su caudillo,
Juan Domingo Perón. Eran los
prolegómenos del peronismo que
llegaría en pocos meses al poder, y
que conocería diversas metamorfosis
hasta nuestros días: caudillismo,
nacionalismo izquierdista, populismo
e incluso neoliberalismo... En
cualquier caso, aquella marea
bulliciosa de 1945 –y los que la
conducían- pretendían asumir en
exclusividad el concepto de
“pueblo”. Laclau se sintió tan
impresionado ante aquella imagen
que, cuando años después se
convirtió en sociólogo y profesor de
la universidad de Essex, ya se había
dejado fascinar por el populismo. En
los últimos tiempos, ha pretendido
ser incluso su teorizador por medio
de un libro titulado La razón
populista. No es, por supuesto,
una crítica de la razón populista:
antes bien, es una oscura exposición
de sus sinrazones.
Laclau no es de lectura asequible.
Tampoco es extraño en quien se
define posmarxista y posmoderno, en
quien ha bebido en los clásicos del
neolenguaje y la deconstrucción:
Foucault, Derrida, Lacan... De todos
modos, los políticos
populistas no suelen ser gente muy
instruida, aunque puedan necesitar
un consejero áulico del estilo de
Laclau, pero lo de consejero está
mal empleado. Lo que requiere el
líder populista es alguien que
aplauda y justifique sus
iniciativas, algo así como el
Voltaire de Federico II y Catalina
la Grande, mas no desea en absoluto
una conciencia crítica. Si hay un
político amante de la unanimidad en
sus filas, éste es el populista. No
hay mucha diferencia con el
“centralismo democrático” que
practicaba el partido de Lenin... El
populista exige fe, y fe profunda,
porque el populismo en el fondo no
deja de ser una religión, no la del
amor sino la del temor. No concibe
la eficacia política y social sin
aspirar a despertar temores entre
los que ha etiquetado previamente de
“malos”. Después de todo, él es la
encarnación del partido de los
“buenos”, y todo antipopulista es
por definición antidemócrata. Le
tiene miedo al pueblo, a la
democracia... Y es que es el
populismo se presenta como una forma
de democracia, con pretensiones de
ser la más perfecta, lo que
nos recuerda la distinción hecha por
los comunistas del siglo XX entre
democracias burguesas y democracias
populares, entre libertades formales
y libertades reales... Pero lo
peligroso del populista de nuestro
tiempo es que no rompe con la
democracia representativa como los
populistas del fascismo o del
comunismo, pues la convierte en un
instrumento de uso plebiscitario:
cualquier elección a cualquier nivel
sirve para legitimar al líder, mucho
más allá del contenido de los
programas electorales. En esta
democracia no hay alternativa real,
pese a que exista una oposición. Por
el contrario, la alternativa suena
hasta inmoral: ¿cómo pueden los
“malos” reemplazar a los “buenos”?
El populista acaba con el concepto
de la política entendida como la
administración de las cosas, en
expresión de Saint Simon. Da más
importancia a las ideas que a las
personas, aunque afirme que gobierna
para el pueblo. Este error tiene más
de dos siglos: se remonta a la época
de la Revolución Francesa, la madre
de todos los nacionalismos, y lo
supo apreciar con gran lucidez aquel
gran filósofo italiano llamado
Antonio Rosmini: se reemplazó el ser
personal por el ser colectivo o el
individual. Las consecuencias las
seguimos viviendo hoy.
El populismo circula por la senda de
la vaguedad y la indefinición. No
busquemos en él conceptos claros.
Tales conceptos no son útiles cuando
se busca un chivo expiatorio, un
enemigo. Si empezamos a personalizar
al otro, con sus virtudes y
defectos, no vamos a encontrar a un
enemigo sino a alguien con muchas
más afinidades de las que podríamos
suponer. Ya no tenemos el objeto
–pues en el discurso populista había
dejado de ser persona- y las masas
no pueden descargar su “justo”
furor. De ahí la importancia de la
dictadura del lenguaje, de los
calificativos que el poder dispensa
a discreción. En consecuencia, el
populismo nunca traerá una
democracia de ciudadanos, aunque el
líder populista se llene de
apelaciones a la ciudadanía. Después
de todo, el mero hecho de ser
ciudadano –todo el mundo lo era-
nunca fue una garantía ante la
cárcel o la guillotina en la
Revolución Francesa.●
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