| Por Sergi
Doria
¿QUÉ espera la sociedad
de los filósofos? Un miércoles de febrero en Barcelona. Ocho
de la noche; en el exterior, humedad y frío. Auditorio de
CaixaForum. El cartel anuncia un seminario con Gianni Vattimo:
Adiós a la verdad. El aforo, al completo: trescientas entradas
agotadas con una semana de antelación al precio de dos euros.
En la puerta, gente que espera adquirir una localidad a última
hora. Vattimo sonríe: «Soy muy bueno titulando. Podría trabajar
en los periódicos. En Italia, cuando uno concurre a una cátedra
se le llama concorso per titoli... Me gusta provocar. Ahí
tiene un buen ejemplo, el título de mi último libro: Nihilismo
y emancipación».
Buen cartel
El demiurgo del pensiero debole y la posmodernidad goza de
buen cartel. A sus 68 años, seduce con sus relecturas de Nietzsche
y Heidegger, al tiempo que nos reta a creer que se cree. Él
se sitúa en el cristianismo. Pero en un cristianismo sin jerarquías,
un «ecumenismo» que si cayéramos en los juegos del lenguaje
podría devenir «ecomunismo». Le preguntamos qué es la verdad:
«No es otra cosa que interpretación -compartida, razonablepero
interpretación al cabo: encontramos la verdad cuando nos ponemos
de acuerdo y eso descalifica todo principio autoritario».
Juguetea con la paradoja; con sonrisa maquiavélica dice comprender
la «sinceridad» de Bush y Blair al mentir sobre las armas
de Irak. Se aferra a Heidegger en la crítica de la verdad
objetiva: « La verdad se comparte existencialmente, es lo
que acontece. Todos los fundamentalismos -neoliberales, religiosos-
tienen que ver con el fantasma de la Objetividad -leyes económicas,
leyes naturales- que tiene que ver a su vez con el Poder».
Reconoce que el mundo se ha vuelto inseguro, que vivimos peligrosamente.
«Vamos cada vez a un mayor control, eso es normal y hasta
me parecería bien si fuera un control compartido. ¿Por qué
Bush puede saber lo que yo hago sin que yo sepa lo que hace
él? Deberíamos pasar del Gran Hermano a la Gran Hermandad
Universal». Recurre a Gramsci: «Los hechos siempre han sido
decididos por el Príncipe que asesina por el bien del Estado...
o del Partido».
Escuchar a Vattimo es una exégesis filosófica minada por la
provocación. «Para Hegel y Marx la verdad era la totalidad
dialéctica... Pero la totalidad es lo contrario de la libertad:
en ese caso, el precio de la verdad sería aceptar el totalitarismo».
Para el pensador turinés, «la historia de la verdad en el
siglo XX es una transición hacia la caridad». ¡Ya surgió la
palabra!: «Caridad». Rezuma cristianismo. Nada menos en boca
del seguidor de Nietzsche, el que anunció la muerte de Dios.
Porque Vattimo, militante de la izquierda de la izquierda,
postula la experiencia religiosa: «Fui católico en mi juventud.
Después maoísta, nietszcheano... Me percaté de que el pensamiento
débil sería el cristianismo como filosofía». Reitera que su
idea de la Iglesia es una comunidad de creyentes, no una jerarquía:
«El autoritarismo vaticano surgió en 1870 y no antes, cuando
Pío IX excolmulgó al liberalismo. El pensamiento débil puede
salvar a la Iglesia de su destrucción. Mi apuesta es criticar
la tradición, no negándola, sino enriqueciéndola con matices,
es decir, haciéndola más débil». La caridad, para Vattimo,
no es cuestión de amar sino de escuchar al otro, respetar
lo que dice: «La idea de democracia que respeta al prójimo
es cristiana», apostilla.
Sacamos a colación sus libros
Creer que no se cree y Después de la cristiandad y ponemos
interrogantes a la frase de Buñuel. «¿Soy ateo gracias a Dios?».
El filósofo asiente: «Por muchas razones. No soy idólatra
porque soy cristiano. El cristianismo nos libera de los ídolos
del mercado, de la jerarquía eclesiástica... En mi juventud
interpreté la moral sexual como una forma de liberarse del
cuerpo. Ahora, en la vejez, él Viagra me parece un objeto
de idolatría. Para el creyente, el problema es que la Iglesia
confunde la ley moral con la natural. Creo que todas las leyes
deben justificarse con la reducción de la violencia».
El sarcasmo del provocador
Si decimos adiós a la verdad como voluntad del poder, si la
verdad no es revolucionaria, ¿qué es la realidad? Vattimo
«debilita» también la noción de realidad. Asoma el sarcasmo
del provocador: «Berlusconi es el amo de las televisiones
en Italia; si él es el principio de la realidad, yo no puedo
ignorarlo. El pasado verano llegué a pensar en el sucidio
socialmente útil: llenarme de dinamita y abrazar a Berlusconi...».
He aquí un filósofo metido en política y que dice que el marxismo
no ha sido completamente enterrado. «La izquierda italiana
pensó que Europa era la panacea. Ahora estamos pendientes
de una Constitución... ¿Para qué? ¿Para una Europa del mercado?».
Europarlamentario de Demócratas de Izquierda, Vattimo ha roto
con esa formación y se presentará por el diminuto Partido
de los Comunistas Italianos. ¿Comunista? No le asustan las
palabras, aunque estén preñadas de connotaciones sospechosas.
«Los ex comunistas se llaman reformistas y Berlusconi asegura
que quiere reformar el Estado. Las izquierdas dejaron de llamarse
progresistas porque les parecía demasiado historicista. Yo
hablo de una democracia socialista que no es la socialdemocracia
de Blair. Podría llamarme socialcristiano pero eso marginaría
a los no creyentes... ¿Y si me llamara de nuevo comunista?...
Resultaría más espantoso todavía. Otros se llaman liberales...
Para mí, un liberal-comunismo sería un comunismo que renuncia
a la dictadura. El problema es crear un sistema que no sea
un ilusionismo y lo que está claro es que debe crecer el control
social, pero sin perder la libertad». Cuando se declara neocomunista
piensa en una sociedad reglada por la democracia. Entre sus
proyectos inmediatos, releer a Henri Bergson: la religión
como misticismo no disciplinar; el futuro como ecumenismo
de la caridad.
Sergi Doria
Por Ignacio Sánchez Cámara
Filosofía convaleciente
Bojo el título « Filosofía convaleciente», Ignacio Sánchez
Cámara, recensiona dos libros de Gianni Vattimo,
con lo que nos ofrece las pistas oportunas, para entender
que el pensamiento de Vattimo es verdaderamente «débil». Pero
aún más de lo que el mismo Vattimo imagina (en El Cultural
de ABC, 28.02.2004). Los dos libros son:
Después de la cristiandad.
Por un cristianismo no religioso
Gianni Vattimo
Traducción de Carmen Revilla
Paidós. Barcelona, 2003
172 páginas, 13 euros
Nihilismo y emancipación.
Ética, política, derecho
Gianni Vattimo
Santiago Zabala (compilador)
Traducción de Carmen Revilla
Paidós. Barcelona, 2004
198 páginas, 15 euros
GIANNI VATTIMO, profesor de Filosofía en Turín y periodista
de opinión, es uno de los más populares y destacados teóricos
y defensores de la posmodernidad y del «pensamiento débil».
Prescindiendo de la polisemia del término «modernidad», sus
ideas centrales son el levantamiento del acta de defunción
de la metafísica, la muerte de la verdad absoluta, la imposibilidad
de encontrar un fundamento, el final de los metarrelatos o
grandes discursos (Lyotard) y la apoteosis de cierta manera
de entender la hermenéutica. De estos presupuestos extrae
Vattimo consecuencias favorables para la democracia, la tolerancia
y una teoría procedimental de la verdad que pretende soslayar
el escollo del relativismo. Hacia el consenso democrático,
a través del pensamiento débil. Y todo ello, siguiendo la
estela del pensar de Nietzsche y Heidegger
El ensayo Después de la cristiandad, fragmentario como corresponde
a la asumida debilidad del pensamiento, es un sugestivo y
si no me equivoco, fallido intento de legitimar un cristianismo
posmoderno. La muerte del fundamento entraña también la de
las razones en favor del ateísmo, pues éste es también uno
de los grandes discursos impertinentes. Si nada es verdad
absoluta tampoco lo puede ser la negación de la existencia
de Dios. La muerte de la metafísica entraña la posibilidad
de la resurrección del cristianismo. Occidente es identificado
con un «cristianismo secularizado». El renacimiento de la
religión en la época posmetafísica resulta teóricamente legítimo
y permite replantear las relaciones entre filosofía y religión.
Se trata, naturalmente, de un cristianismo sin dogmas, fruto
del consenso entre los creyentes y basado sólo en la ética
del amor. No faltan las críticas, por cierto poco débiles,
al «autoritarismo» de la Iglesia católica.
Nihilismo y emancipación es una colección de ensayos ya publicados,
que aplica estas ideas posmodernas y débiles a la ética, a
la política y al derecho. Todo ello, a la mayor gloria de
la ética procedimental, del pluralismo democrático y del socialismo,
identificado, así, nada menos, con Europa. El pensamiento
débil resulta ser de izquierdas. Para este viaje, son preferibles
las alforjas de Habermas y Apel. Su interés es, a mi juicio,
menor que el del ensayo anterior.
Entre las consideraciones críticas que cabría acaso oponer,
apuntaré las que estimo fundamentales (con perdón). La tensión
entre universalismo y relativismo se rompe a favor de este
último, a pesar de su rechazo al «fundamentalismo relativista».
Se diría que no es la verdad sino su muerte la que nos hace
libres. El certificado de defunción de la metafísica sorprende
en un libro que, hasta donde alcanzo a ver, es metafísico,
no empírico. Lo que aparece como cristianismo es más bien
un irreconocible sucedáneo ético basado en la caridad, a su
vez, casi identificada con el diálogo y el consenso. Tampoco
es fácil entender cómo la pérdida de la trascendencia pueda
armonizarse con la religiosidad. Naturalmente, la carga de
la prueba corresponde a los que se opongan.
Elección de los guías
Por lo demás, mucho de toda esta novedad estaba ya en el sofista
Protágoras. Pero quizá lo más aventurado sea la elección de
los guías de esta débil posmodernidad: Nietzsche y Heidegger.
Justificar en ellos el cristianismo (aunque sea uno posmoderno,
irreconocible y débil) es problemático, sobre todo en el caso
de Nietzsche. Edificar sobre ellos el igualitarismo, el socialismo
y la ética procedimental se antoja tarea hercúlea. Es algo
así como buscar la justificación del utilitarismo en Kant.
Los dos libros son valiosos quizá como reveladores de cierta
forma de pensar dominante en nuestro tiempo, de cierta moda
intelectual. No carecen, sin duda, de interés. Sé que es un
recurso fácil, pero la debilidad del pensamiento (que no acabo
de ver en Nietzsche ni en Heidegger) puede ser entendida como
una confesión de parte. La filosofia, convaleciente, necesita
ejercicio y buena alimentación.
Ignacio Sánchez Cámara
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