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PRAGMATISMO (Mariano Artigas)

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Pragmatismo

PRAGMATISMO

La postura pragmatista suele incurrir en el error lógico que se llama «círculo vicioso». En efecto, si el pragmatista es consecuente en la práctica, deberá renunciar a recomendar que se hagan unas cosas y se eviten otras y, en general, renunciar a todo juicio de valor: pero esto raramente sucede.

Por Mariano Artigas (*)


En cierto modo, todos somos pragmatistas, ya que a todos nos mueven objetivos prácticos concretos. Nadie actúa por razones exclusivamente teóricas (ni sería lógico que lo hiciera). Nos interesa conseguir bienes concretos, y, en definitiva, alcanzar la felicidad, y esto es un objetivo claramente «práctico».

Sin embargo, hay dos modos de enfocar esta cuestión. Uno consiste en admitir que la vida humana tiene un sentido global definido, y que las acciones concretas que el hombre realiza tienen una bondad o maldad morales, según su adecuación a esa finalidad, admitiendo a la vez que la felicidad está unida a la actuación moralmente buena. El otro, que constituye el «pragmatismo» negativo, tal como aquí lo entendemos, niega todo lo anterior: afirma que el sentido de la vida depende de cada persona, de lo que quiera proponerse, y que no existe un «deber» moral en sentido propio; o, al menos, afirma que las personas están determinadas por las circunstancias de tal manera que no puede darse realmente una libertad moral de elección: en ambos casos, dice que es imposible definir lo que es «bueno» o «malo» para el ser humano en general.

La postura pragmatista suele incurrir en el error lógico que se llama «círculo vicioso». En efecto, si el pragmatista es consecuente en la práctica, deberá renunciar a recomendar que se hagan unas cosas y se eviten otras y, en general, renunciar a todo juicio de valor: pero esto raramente sucede. El pragmatista suele juzgar que unas posturas son correctas y otras no, yendo más allá de lo que le permite su teoría. En rigor, no podría valorar éticamente ninguna conducta: ni la de un gángster, ni la de un político totalitario, ni ninguna otra. Sin embargo, los pragmatistas no sólo defienden y condenan actitudes, sino que pretenden con frecuencia hacerlo con una «objetividad» basada en la «racionalidad científica».

Pero el método experimental, considerado por los pragmatistas «científicos» como modelo de racionalidad y objetividad, no permite establecer la bondad o maldad moral de los fines de la conducta. Proporciona conocimientos parciales sobre la realidad e instrumentos para dominarla, pero, para llegar a la existencia de «fines» morales hace falta un enfoque totalizante o metafísico, que, preguntándose por el «ser» de las cosas, llegue a un fundamento último de ese ser, que es el «Ser autosuficiente» o «Ser por esencia»: o sea, Dios.

Si se toman las ciencias particulares como referencia última del conocimiento humano y se afirma que nos encontrarnos en una nueva etapa de la humanidad

en la que la objetividad debe definirse principal o únicamente por la racionalidad de esas ciencias, el pragmatismo es inevitable: no hay fines últimos, todo son medios, los fines quedan al exclusivo arbitrio de los agentes. Este pragmatismo es, realmente, un tipo de cientificismo, que valora indebidamente las ciencias, y se presenta con la falsa etiqueta de < científico». El rigor científico descalifica esa postura, que merece el calificativo de «pseudocientífica».

CIENCIA Y TRASCENDENCIA

Estas consideraciones son útiles para advertir la importancia de las afirmaciones de Juan Pablo 11 sobre el compromiso práctico de la ciencia. En efecto, no podrá comprenderse en qué consiste ese compromiso y cómo puede llevarse a cabo si se permanece dentro de una mentalidad pragmatista, cerrada a la trascendencia y a las dimensiones espirituales del hombre.

Tratando este tema, Juan Pablo 11 remite a su encíclica Redemptor hominis, y habla de una triple prioridad basada en una doble trascendencia: «Como tuve ocasión de decir en mi encíclica Redemptor hominis, desgraciadamente "el hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce [...] En esto parece consistir el capítulo principal del drama de la existencia humana contemporánea" (n. 15). Como escribí en la misma encíclica, en la hora actual "el sentido esencial de esta realeza y este dominio del hombre sobre el mundo visible, asignado a él como cometido por el mismo Creador, consiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia" (n. 16). Esta triple superioridad se mantiene en la medida en que se conserve el sentido de la trascendencia del hombre sobre el mundo y de Dios sobre el hombre. A1 ejercer su misión de guardiana y abogada de una y otra trascendencia, la Iglesia piensa que está ayudando a la ciencia a conservar su pureza ideal en la vertiente de la investigación fundamental y a desempeñar su servicio al hombre en la vertiente de las aplicaciones prácticas» (APC, n. 4).

El esquema que utiliza el Papa en este texto es repetido en otro: UN, n. 22, donde se remite a APC, n. 4, y de nuevo a Redemptor hominis, n. 16. Estas repeticiones hacen ver que lo considera de gran interés. Efectivamente, merece ser retenido, pues resulta sumamente clarificador. Se trata de la:

TRIPLE SUPERIORIDAD: de la ética sobre la técnica, de la persona sobre las cosas, del espíritu sobre la materia, basada en la:

DOBLE TRASCENDENCIA: del hombre sobre el mundo, de Dios sobre el hombre.

Y Juan Pablo 11 afirma que esa doble trascendencia es el fundamento de aquella triple superioridad. Si se niega el fundamento, o se debilita, cae por su base o queda oscurecida la superioridad de la ética, de la persona y del espíritu. Entonces, y en esa misma medida, la ciencia dejará de estar al servicio del hombre o, si lo está, será de modo accidental, es decir, no porque realmente tenga esa orientación, sino porque coincide que, de hecho, lo está, como podría no estarlo.

Con esto se pone el dedo en la llaga de un gran problema actual. No son pocas las ideologías que niegan la «doble trascendencia» mencionada, y que ejercen un fuerte impacto en la cultura de nuestra época. Esas ideologías constituyen, por tanto, un obstáculo para poner la ciencia al servicio del hombre y representan una barrera para un progreso auténtico, aunque frecuentemente se presenten como aliadas del progreso e incluso como expresión necesaria del mismo.

IDEOLOGÍAS ANTIHUMANISTAS

Una de las ideologías que ha ejercido mayor influencia a lo largo del siglo XX por todo el mundo ha sido el marxismo, con su carácter materialista que se presenta como si estuviese avalado por el análisis científico de la realidad. El carácter pseudocientífico del marxismo ha sido señalado por autores de las más diversas tendencias. Por ejemplo, la filosofía de la ciencia de Popper, a cuyas limitaciones ya se ha aludido y cuya apertura a la trascendencia es muy problemática, ha estudiado ampliamente el tema, colocando al marxismo como uno de los principales enemigos de la «sociedad abierta» en la que se respetan los derechos básicos de la persona. Aunque las bases y desarrollo de tal sociedad, tal como la concibe Popper, tengan puntos problemáticos, su concepción es una muestra de la fuerte carga antihumanista del marxismo, a pesar de los intentos de algunos neomarxistas para evitar esos inconvenientes. Y, desde luego, la ciencia se convierte en manos del marxismo en un instrumento poderoso al servicio de una ideología abiertamente materialista y antihumanista.

Cabe señalar también en este contexto los diversos reduccionismos que, presentándose como si fueran presupuestos o consecuencias de las ciencias, limitan arbitrariamente la realidad a algunos aspectos que se pueden captar mediante enfoques determinados, «reduciéndola» a esos aspectos y negando los demás. Es el caso de los reduccionismos psicológicos, como el conductismo iniciado por J. B. Watson con su manifiesto « behaviorista» de 1913, o el fisicalismo, en los que la realidad del hombre se reduce a lo que puede observarse en la conducta externa o simplemente a lo expresable mediante las leyes físicas; éste es también el caso del naturalismo, que niega expresamente las realidades espirituales y sobrenaturales con motivos pretendidamente científicos.

En estos casos, al negarse la trascendencia de Dios, queda privada de su fundamento la trascendencia del hombre sobre el mundo: aunque en ocasiones se afirme como un puro hecho, la lógica de esas doctrinas cava la tumba de la valoración real de la persona humana.

Como consecuencia, queda en suspenso la «triple superioridad» de la que habla Juan Pablo 11. La de la ética, porque se niega como un concepto «burgués», o se defiende una «ética científica» incapaz de proponer normas objetivas, o se la reduce a intereses arbitrarios. La de la persona, porque queda reducida a un momento individual del «colectivismo», o se plantea en términos de un « romanticismo» filantrópico y sentimentalista incapaz de dar razón de su valor esencial. Y la del espíritu, porque es simplemente negado o, al menos, reducido a la categoría de los < fenómenos mentales» que no llega propiamente al nivel espiritual.

Estas breves referencias a ideologías ampliamente difundidas en la época contemporánea muestran que las afirmaciones de Juan Pablo II implican una visión del hombre que, eh la práctica, resulta verdaderamente «revolucionaria», aunque no es otra que la propia de la concepción cristiana.

CIENCIA Y CONCIENCIA

Juan Pablo 11 afirma que «para ordenar positivamente la ciencia y la técnica al beneficio del hombre, es preciso, según suele decirse, un suplemento de alma, un nuevo aliento de espíritu, una fidelidad a las normas morales que regulan la vida del hombre» (EPS, párrafo 9).

Y otra afirmación característica, en esta línea, es que «la ciencia aplicada debe aliarse con la conciencia» (APC, n. 3).

Ciencia y conciencia deben formar una unidad armónica. Donde no hay verdadera conciencia moral, la ciencia puede utilizarse fácilmente para manipular al hombre. Y Juan Pablo 11 acentúa vivamente el dramatismo de esa manipulación: « En muchas ocasiones me he sentido obligado a llamar la atención de personas, que ocupan puestos de responsabilidad, sobre los peligros para la humanidad que pueden derivarse del empleo inadecuado de los descubrimientos científicos. El futuro del mundo está amenazado en sus mismas raíces por adelantos que llevan el sello inconfundible del genio humano [...]; la historia reciente nos muestra cómo los adelantos científicos se usan a menudo contra el hombre, a veces en formas espantosas [...] Hoy en día hay muchas maneras de manipular al hombre. Mañana habrá aún más. ¿Necesito hacer hincapié en el peligro de deshumanización aguda que corre el hombre si avanza por el mismo camino?» (PN, n. 2).

En definitiva, parece importante plantear la construcción de un «nuevo humanismo», contando con el doble compromiso de la ciencia como uno de sus puntos fundamentales. Para superar los diversos inconvenientes que se han ido señalando, y que hacen imposible un humanismo auténtico, resulta imprescindible actualmente la colaboración de una ciencia orientada hacia la verdad y cuyas aplicaciones se pongan al servicio del hombre. La aportación de la fe cristiana permite superar fácilmente ideologías reduccionistas que impiden un verdadero humanismo, proporciona los fundamentos últimos para el humanismo que se pretende construir y es fuente de inspiración para todo el que desee colaborar en la tarea.



(*) Mariano Artigas, Doctor en Ciencias Físicas y en Filosofía, es profesor ordinario de Filosofía de la Naturaleza y de las Ciencias en la Universidad de Navarra, donde ha sido Decano de la Facultad Eclesiástica de Filosofía. Ha publicado quince libros y numerosos artículos especializados y divulgativos sobre las relaciones entre ciencia, filosofía y teología. Es miembro titular de la Academia Internacional de Filosofía de las Ciencias de Bruselas y de la Academia Pontificia de Santo Tomás del Vaticano; ha sido consultor del Consejo Pontificio para el diálogo con los no creyentes e invitado por la Academia Pontificia de Ciencias. Profesor visitante de varias universidades en España y en otros países ha recibido un premio y una ayuda de investigación de la Fundación Templeton de los Estados Unidos.

(**) El texto de Mariano Artigas aquí publicado -con autorización de autor y editor-, pertenece a la sexta edición de Ciencia, razón y fe (EUNSA, 2004) completamente actualizada, de un libro ya clásico del profesor Artigas, contiene dos nuevos capítulos: uno dedicado al evolucionismo, y otro sobre la Encíclica Fides et ratio. Se ha completado el capítulo sobre Galileo y ha añadido una abundante bibliografía sobre cada tema, que puede ser útil tanto para profesores como para estudiantes y lectores en general.

Aquí se tratan de manera asequible para todos, y de modo claro y ordenado, los principales temas que relacionan a la ciencia con la religión: el caso Galileo, el cristianismo y el desarrollo de la ciencia moderna, la fiabilidad de la ciencia, el materialismo científico, la inteligencia artificial, la sociobiología, el determinismo y la libertad, el evolucionismo y el cristianismo, los límites de la ciencia, la verdad científica, la colaboración entre ciencia y religión...; se incluyen amplios comentarios sobre best sellers científicos.

La amplia experiencia del autor, junto con su competencia científica, filosófica y teológica, han hecho que Ciencia, razón y fe sea una herramienta extraordinariamente útil para cursos, conferencias y actividades que tratan sobre las relaciones entre ciencia y religión, y un complemento cultural para abordar temas que se plantean continuamente en la civilización actual.

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

14/06/2005 ir arriba
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