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FILOSOFÍA MODERNA (Antonio R. Rubio Plo)

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Ecos de Auguste Comte

Ecos de Auguste Comte:
¿Orden y progreso en Brasil?

Cuando se tienen fervores casi religiosos por crear un mundo perfecto o mejor dicho un hombre perfecto, los resultados son tan decepcionantes como trágicos, por muy buenas que sean las intenciones.

Por Antonio R. Rubio Plo
Arvo Net, 22.10.2007
Análisis digital 03.09.2007

 

     El 5 de septiembre de 1857 fallecía en París Auguste Comte, el fundador del positivismo, el hombre que desde un racionalismo cartesiano evolucionó a una metafísica seudoreligiosa, extraña caricatura del cristianismo. Un ejemplo más de cómo adherirse a filosofías mitificadoras del progreso puede desembocar en enormes dosis de irracionalismo o fanatismo. Cuando se tienen fervores casi religiosos por crear un mundo perfecto o mejor dicho un hombre perfecto, los resultados son tan decepcionantes como trágicos, por muy buenas que sean las intenciones: los seres humanos son limitados. Recordarlo no es oponerse al progreso sino tan sólo reiterar que la pasión por los “perfeccionismos” lleva a veces a experimentos de ingeniería social incompatibles con la libertad humana. Sin ir más lejos, Comte aprueba el golpe de Estado de Napoleón III en 1851, que acaba con el régimen parlamentario, por creer que así el progreso llega a Francia. ¿Quién se lo iba a decir a un republicano como él? Las prisas siempre son malas aunque sean para el advenimiento de la “perfección”.

El pensamiento de Comte influyó en el siglo XIX en corrientes muy dispares como el pragmatismo de los países anglosajones o el krausismo español, sin olvidar su arraigo en círculos políticos e intelectuales de nuevos países de Sudamérica como Argentina, Chile o sobre todo Brasil. En este último país la influencia positivista explica no pocas cosas sobre su evolución histórica. Es llamativo el lema que figura en la bandera, “Ordem e progresso”, una enseña adoptada el 19 de noviembre de 1889, cuatro días después de la proclamación de la República, consecuencia de un pronunciamiento militar que puso fin al reinado del emperador Pedro II. Lo más curioso es que durante los cuatro días anteriores la nueva bandera brasileña había sido una simple copia en verde, amarillo y azul de las barras y estrellas estadounidenses. Desapareció de un plumazo y fue sustituida por la actual enseña de la esfera que representa estrellas y constelaciones que, según un artículo de la presente Constitución, correspondían al cielo de Río de Janeiro en el día en que triunfó la República. Se diría que los fundadores del nuevo régimen miraban no tanto al coloso norteamericano, aunque las estrellas simbolicen los veintisiete Estados, sino a las modas políticas e ideológicas procedentes de Francia. No había surgido el sistema republicano de la nada sino que había sido alumbrado en las academias militares. Si en el siglo XIX la revolución industrial y científica habían perfeccionado como nunca los armamentos, era comprensible que en algunas mentes militares arraigara el culto al progreso de la mano de la técnica. Escuelas, instituciones o academias añadirían en muchos lugares los calificativos de “politécnicas”, término cargado de magia y simbolismo. El espíritu de Saint Simon, uno de los maestros de Comte, lo invadía todo y proclamaba el fin de épocas oscuras de metafísicas, religiones y filosofías. No es extraño, por tanto, que a partir de la década de 1850 la fe positivista se fuera difundiendo entre profesores y alumnos de diversas instituciones de Río de Janeiro: la Escuela Militar, la Escuela de Marina, el Colegio Pedro II, la Escuela de Medicina, la Escuela Politécnica... No es casual tampoco que uno de aquellos profesores llamado Benjamin Constant Botelho de Magalhaes, nombre bastante revelador de su francofilia y de sus propósitos, fuera uno de los diseñadores de la bandera republicana brasileña. Al poco tiempo este militar sería nombrado ministro de la Guerra. Pero sería simplista creer que la República triunfó sólo por una minoría organizada y decisiva: la burguesía brasileña, atenta también a las modas de París, había abandonado desde hace tiempo al emperador. La caída del régimen monárquico era cuestión de tiempo y en poco más de veinte años, otro pronunciamiento militar, de similares objetivos, terminó también con la monarquía en Portugal.

Pero volvamos al “orden y progreso”, insertos en la enseña de Brasil. Es una versión simplificada de esta cita de Comte: “El amor por principio, el orden por base y el progreso por fin”, correspondiente a su Curso de filosofía positiva (1826). No deja de ser curioso que el amor haya desaparecido del lema, a lo mejor por falta de espacio o simplemente por no adaptarse del todo a la fe en un Estado filantrópico y todopoderoso, consecuencia obligada del positivismo supuestamente transformador del mundo. Por lo demás, la filosofía de Comte y todos sus sucedáneos cientificistas se ajustan a los experimentos de ingeniería social –y los países de Sudamérica los han conocido y los siguen conociendo-, y son caldo de cultivo para los populismos de todo signo. Cualquier fanático de la llamada filosofía del progreso aborrecerá los parlamentos, las elecciones democráticas que reducirá a pura formalidad, desconfiará de las iniciativas sociales que no tengan la confianza del Estado benevolente... El pensamiento de Comte aplicado a la política tiene mucho que ver con el jacobinismo o con una concepción de la política que sitúa al presidente y a su pueblo en un continuo diálogo sin intermediarios molestos. No puede extrañarnos esto porque un Comte creía en el inevitable advenimiento de la edad positiva. Por el bien de la humanidad, estaba permitido forzar la máquina de la Historia y alcanzar el eterno presente de esa edad de oro. En este sentido, la historia brasileña está llena de experimentos políticos como el Estado Novo de Getulio Vargas (1930-1945), pero también el régimen surgido del golpe militar de 1964, calificado de “revolución anticomunista”. Todos ellos implantaron un orden con el que se quería llegar al progreso.

Un economista brasileño, Stephen Kanitz, ha resaltado que el orden no precede necesariamente al progreso, como señalaba la filosofía de Comte. Antes bien, el orden puede suponer un reglamentarismo exagerado y una coacción sobre las iniciativas individuales. Cabría añadir que un determinado orden es la expresión de un Estado que pastorea “animales pacíficos y laboriosos”, en expresión de Tocqueville. Por tanto, hay órdenes que están claramente para el progreso porque inmovilizan las energías sociales. De ahí que Kanitz considere que el error de Brasil –y de otros países- ha sido invertir el proceso: es el orden el que sucede al progreso, y no al revés.

 

* Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
 

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Arvo Net, 22/10/2007

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Enviado por ARVO - 22/10/2007 ir arriba
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