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Y SI HABLÁRAMOS, CRECERÍAMOS (Javier Aranguren)

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El hombre es un ser que se realiza en el diálogo

Y SI HABLÁRAMOS, CRECERÍAMOS

 

Los problemas que se plantean desde el individualismo me parece que se pueden resaltar con cierta facilidad. ¿Quieres afirmar la libertad individual? De acuerdo, pero prepárate a afrontar un mundo de egoísmo, de acciones siempre interesadas, de desconfianza, de miedo, de guerra de todos contra todos.

El hombre es un ser que se realiza en el diálogo *
Por Javier Aranguren

 

Una aportación clave de la filosofía hegeliana a la cultura ordinaria del mundo occidental es la lectura de la realidad o de sus contornos en términos dialécticos. Todo avance en el mundo del pensar, en el actuar —dice la dialéctica— se realiza por medio de la contraposición de contrarios y de su síntesis superadora. Ser, No-ser y entonces Movimiento: lo profundo es el avance, entender el fundamento de la realidad como algo en desarrollo.
 

La conclusión de ese danzar de momentos es el término (el Absoluto está al final, la Revolución hará llegar la quietud tras la intranquilidad del moverse) y con el término alcanzaremos el fin de la Historia y del proceso de pensamiento. La aplicación del esquema dialéctico ha sido especialmente rotunda en el tema que nos ocupa: la estructura de lo social y las relaciones entre los términos de esa estructura.

El problema radica, quizá, en que no se acierta a ver cuál sería el término de síntesis o de superación de las opciones finitas e incompletas, tal vez porque las tesis y las antítesis que han usado en la Modernidad europea no han dejado de ser partes interesadas en el éxito del juego. Pero eso no debe escandalizar a nadie: ¿quién es capaz de abogar por el fair play si resulta que el ideal del pensar hegeliano y posthegeliano es la acción? Así lo decía Goethe al inicio de su Fausto: “En el principio era la acción”. La filosofía ha pasado de la contemplación a la acción: lo que hay que hacer es transformar —señala Marx a Feuerbach—. Por eso no importa que los jugadores —en el juego de la filosofía y en la comprensión de lo social— intenten hacer teorías a su medida, antes que fijarse en cómo podría ser la constitución ideal de las relaciones entre los hombres. No debe olvidarse que la verdad es un valor a la baja, sencillamente porque alcanzar el término de la acción —fabricar lo verdadero, la verdad no es algo distinto al resultado eficaz de una acción que transforma— está por encima de la comodidad interesada de quien se dice contemplativo. Compromiso sobre quietud: ya la astucia de la razón será lo suficientemente sabia en su designio como para llevarnos a un puerto seguro.

En la filosofía social o política moderna se han utilizado dos puntos de vista antitéticos y claramente reconocibles: la exaltación del individualismo con la demonización de lo colectivo; o bien su contrario: el socialismo como entrega del miembro sustituible de la especie en mor de la colectividad. Me voy a centrar en la primera, ya que es quizá la tendencia más en boga y —por lo general— la que más se adecua al supuesto ideal de los países occidentales.

El realismo de los hechos

Los problemas que se plantean desde el individualismo me parece que se pueden resaltar con cierta facilidad. ¿Quieres afirmar la libertad individual? De acuerdo, pero prepárate a afrontar un mundo de egoísmo, de acciones siempre interesadas, de desconfianza, de miedo, de guerra de todos contra todos. Tal aserto merece, a todas luces, una explicación. La figura que funda esta corriente de un modo directo es Thomas Hobbes. Si resulta que el hombre era libre en el estado de naturaleza, y que la única razón de la formación del tejido social es el miedo al irremediable choque con el otro, la concepción que se va a tener de lo social es marcadamente alienante (en el sentido en que emplea el término Marx).

Leyendo en la historia del pensamiento encontramos un antecedente del pensador inglés en Maquiavelo. El pensamiento del autor de El Príncipe muestra el cansancio de la mente europea —como señala P. Hazard— hacia las grandes aventuras éticas y metafísicas: su propuesta es defender a ultranza un realismo marcado por la demoledora aceptación del ser sobre el deber ser. No hay que fijarse en cómo se debe vivir sino en cómo, de hecho, se vive. ¿Para qué un ideal? ¿Para qué un planteamiento moral de lo social? Predominará el realismo de los hechos. ¿Cuál es el ideal político? Aquello que se encuentra al alcance de la mano, sin dejarse llevar por ensoñaciones como las de la ética platónica o aristotélica. ¿Quién puede alcanzarlo? Todo personaje —el Príncipe— que se vea con capacidad de combinar proporcionadamente el bien y el mal (más allá de problemas que pueda plantear la propia conciencia), de modo que sea temido suficientemente como para que le respeten, al tiempo que provoca un afecto que impida que le derroquen: la moral es la capacidad de triunfar que se traduce en la maximización del cálculo de oportunidades. Ser más temido que amado, sustituir la virtud por la apariencia, dominar la fortuna como se domina a una mujer, ser —por usar un término actual— pragmáticos antes que infelizmente idealistas o ingenuos, eso es convertirse en un buen animal político, en un auténtico astuto.

Un mundo en que la moral pública se inspira en la doctrina del pensador italiano no se encuentra lejos del ideal social del personaje de Calicles, que aparece en el diálogo Gorgias de Platón. Este sujeto resulta audazmente moderno: sostiene que las reglas morales no son sino el refugio de los débiles ante el temor que estos tienen de los hombres decididos y valientes. Los valientes son los que no se dejan impresionar por el dictado de la mayoría y los que, cuando toman conciencia de su propio poder, son capaces de acciones grandes. El problema es que esas decisiones audaces —por lo general— derrocan la débil apariencia de seguridad de lo establecido corno políticamente correcto. Ejemplos de ello son el propio Calicles, el Príncipe César Borgia, el superhombre de Nietzsche o el Raskolnicov asesino de insignificantes ancianas de Dovstoievski: el hombre respetable está mas allá del bien y del mal, más allá de la moral y de la sociedad, pues no necesita el refugio de los pusilánimes.

El ligero inconveniente de “los otros”

Volvamos un momento a Hobbes: ¿qué pasaría si cualquier individuo de la raza humana fuera un Príncipe en potencia? No es otra cosa, me parece, lo descrito en su hipotético estado de naturaleza. Allí todos los hombres son iguales, individuos de una misma especie, con la característica común de estar centrados todos en el ideal de supervivencia y supremacía; allí todos son individuos abiertos a todas las posibilidades si no fuera por un ligero inconveniente: los otros. Si todos desean lo mismo, ¿acaso se podrán evitar los choques cuando resulta que los objetos de deseo —tierras, poder, dinero, puestos de trabajo, etcétera— son finitos, limitados? El miedo al choque, el miedo a una muerte violenta es el gran obstáculo para el deseo más básico, la felicidad, y provoca la reacción primaria, el terror a una muerte violenta. Su consecuencia: la aparición de la sociedad como vigilante (Leviathan).

¿Cuál es la misión de lo social en el planteamiento hobbesiano? La sociedad es un artificio ideado por el pacto entre individuos que, a cambio de entregarle una buena cantidad de nuestra capacidad de acción, nos guarda en una seguridad que acaba con el riesgo a lo inesperado. Como diría Innerarity, la consideración del mundo como el lugar que heredarán los valientes deja paso a la supremacía de las compañías de seguros: si todo riesgo está previsto y respaldado, la libertad se convierte en algo ligeramente edulcorado que no traspasa el ámbito de la apariencia de aventura. El signo de la libertad en esos malos tiempos sería un parque de atracciones con todas esas aventuras a la carta, respaldadas por una indemnización asegurada en caso de un improbable accidente.

Realismo maquiaveliano a todos los niveles: ¿nos da miedo la muerte violenta? ¿El infierno son los otros? Entonces, atémonos las manos unos a otros por medio de un tercero abstracto (el Estado) para evitar cualquier roce. La virtud sigue ausente: la idea aristotélica de amistad no tiene cabida en esta sociedad de la sospecha (Nietzsche): la única cooperación la causa el interés (detrás de toda actuación hay motivos inconfesables o inconscientes). Hemos preferido vivir de rodillas antes que admitir la posibilidad de poder morir de pie.

¿Qué relación cabe con los otros desde esta visión de lo social? Algo similar a lo que se puede ver en buena parte de los países de corte capitalista—liberal. La única posibilidad de relación con el otro es o como objeto de un deseo (y por tanto como una vivencia subjetiva, intransferible, centrada en el deseante e incapaz de ver en el otro algo más de lo que es para mí), o como obstáculo para un deseo (por ser causa de amenaza, por ser un competidor). Todo hombre o me utiliza o me busca la ruina, el hombre es un lobo para el hombre o bien —dicho en términos de mayor actualidad en occidente— esta es una cultura propia de tiburones donde pisas o te pisan.

Así, lo social es un tejido débil, de apariencias, que apenas acierta a tapar la pequeñez de nuestro egoísmo y de nuestros miedos. En último extremo, es una imposición consensuada que, al ser externa a mí, no importa nada si no la respeto, con tal de que nadie descubra que juego sucio. En el fondo, aunque se guarden por razones de decoro otras formas, lo grave no es caer en la tentación apetitosa de la corrupción (algo tan habitual en las democracias liberales) sino que ésta sea descubierta. Como consecuencia, no por cierta menos paradójica, una sociedad marcadamente liberal resulta, por exigencias del guión, un estado donde la fuerza principal de consenso y de unión es la Policía: sólo la represión y el miedo a la desobediencia pueden asegurar el cumplimiento de las leyes y por tanto la cohesión del tejido (así lo muestran en España las campañas que animan al contribuyente a la honradez en sus declaraciones de la renta). El Gran Hermano de Orwell no sólo se podía situar en un mundo comunista, sino que ya lo teníamos presente en nuestras democracias.

El egoísmo como motor

¿Qué es entonces lo social? El ámbito de donación de las libertades de los individuos en favor de su seguridad. Es decir: lo verdaderamente mío pertenece al ámbito de lo privado. Donde mi vida es mía es en mi casa, tras los muros que la cierran. El ámbito de lo público, a lo sumo, es un lugar donde se desempeñan roles, papeles de actuación que no son sino muecas forzadas de actores que se ven obligados a salir a la platea con bastantes pocas ganas. ¿Hay un enriquecimiento en lo comunitario? No, pues no existe nada que pueda ser llamado con propiedad nuestro. No debemos olvidar que, por hipótesis de partida, la sociedad no es un ámbito de crecimiento sino de de defensa.

Lo público es lo que no tiene dueño pero que es igual para todos. En ese sentido, no es extraño que los que trabajan para la estructura del Estado —los funcionarios— sean caracterizados como hombres que no sienten responsabilidad ante lo que hacen: ¿puede experimentar una mecanógrafa del Ministerio de Educación alegría porque hemos bajado la tasa de analfabetos? Todo trabajador, en cuanto que debe limitarse a cumplir con su rol social, será perfectamente sustituible (o al menos él se experimentará como tal). Es lo privado lo que resulta verdaderamente auténtico, corno dice C. Taylor, el ámbito vital en el cual el individuo se puede sentir verdadero protagonista de su propia historia. Pero no nos engañemos, ya que lo privado, a la vez, es lo incomunicable: ¿no resultará toda intervención de terceros una invasión injustificada? ¿Importará a alguien lo que yo haga con lo mío si resulta que la premisa es que lo único que nos une es la renuncia a atacarnos?

El trasfondo más netamente filosófico del individualismo creo que coincide —quizás con tonos algo menos dramáticos— con la exposición que he desarrollado hasta el momento. Evidentemente mi punto de vista no simpatiza en exceso con tal modo de pensamiento: estoy de acuerdo en que ha sido la génesis de los gobiernos democráticos que, de modo especial, se han ido extendiendo por occidente desde el pasado siglo. Justamente por ello, por el carácter mayoritario de ese modo de pensar lo social, pienso que es especialmente urgente revisar su planteamiento. A fin de cuentas, si no puedo compartir la postura del individualismo liberal es, sencillamente, porque me parece falso en lo que niega aunque sea verdadero en lo que afirma: el hombre es libre, el hombre usa del poder para controlar la violencia, la situación moral del hombre no es especialmente alentadora. Correcto. También estoy de acuerdo con que reducir el hombre a número o a medio de la realización de un ideal absoluto (revolución, absoluto hegeliano, estado de sociedad sin clases, lo que sea) es una barbaridad. Pero lo que no puedo aceptar es que tal concepción se trate de solucionar con una barbaridad quizás mayor, caracterizada en lo teórico con la formulación del individualismo pragmático y en lo práctico con la institución del egoísmo y la sospecha como motores de la acción social.

Decía al principio que la consideración dialéctica de la vida y del pensamiento es un enfrentarse de extremos. Hay un pensamiento filosófico anterior a Hegel que tiene como máxima central de su moral la búsqueda del justo medio entre los extremos. Tal es el pensamiento de Aristóteles. A él se referirá esta última parte de mi exposición. El punto central de su pensamiento social lo expone al inicio de su Política, cuando afirma que el hombre es por naturaleza un animal social. Esta sentencia coincide en el espíritu con la conocida definición de su Tratado acerca del Alma que dice que el hombre es un animal racional es decir, animal con logos, dotado de palabra, de lenguaje. El lugar propio de aprendizaje del lenguaje, en la medida en que toda habla surge de una convención entre los hombres, es la sociedad: animal que habla, es decir, animal que debe vivir en sociedad.

¿Qué horizontes antropológicos se nos abren desde este punto de vista? Con la aparición del cristianismo entra en escena la aportadora noción de persona, que encuentra en estas dos definiciones aristotélicas un ámbito de apoyo para una comprensión del hombre y de lo social, a mi entender, más plenamente humana que la del individualismo.

Afirmar que el hombre es un animal que habla implica introducir desde el inicio mismo de la constitución del sujeto humano la alteridad. El otro no viene tratado como un obstáculo ante mis deseos, o como un medio de consecución de estos, sino como la misma condición de posibilidad de que yo, dinámicamente, pueda vivir como un ser humano. Para decir yo —se podría resumir en frase lapidaria— necesito de un tú (M. Buber). En el mismo punto de partida del animal racional está ya la sociedad, y otra solución es biológica y biográficamente inviable. ¿Qué podernos decir desde aquí? Que el animal racional es un ser que se realiza en el diálogo (como amigo, como hijo, como padre —Balthasar—, discípulo, maestro, etcétera) y que, por tanto, cualquier relación entre hombres que acabe por anular el diálogo anula también su propia condición de relación humana (Spaemann): es una farsa de humanidad.

Tristemente el siglo XX (el siglo del triunfo de la primacía de la técnica, de la primacía de lo útil sobre la verdad —Polo—, el siglo en el que la humanidad ha sido más encarnizada contra sí misma) es gran conocedor de situaciones de anulamiento de la condición dialógica. En los países occidentales se puede ver en la ya señalada escisión entre lo privado y lo público: la condición del individuo es tal que no puede decir lo suyo sino a sí mismo, y se fomentan las condiciones para que ni siquiera experimente necesidad alguna de decir lo suyo a nadie. La soledad y la indiferencia son una vía de anulación del diálogo, y con ello de lo más propiamente definitorio de lo humano: es la pérdida de la ejecución práctica de la racionalidad (discurso, lenguaje, diálogo).

La mirada como inicio del diálogo

De todos modos, es quizás en el otro extremo del binomio antitético con el que abría estas palabras (el socialismo como ideología) donde más se ha podido notar esta anulación de lo humano del hombre. Un ejemplo muy claro se ve en el nacional—socialismo, y lo ha expresado magistralmente S. Spielberg en La lista de Schindler. Allí se muestra la capacidad de falta de respeto por la vida humana. La escena posee la belleza de lo claro. El jefe del campo de concentración (Amon Goetz) se ha enamorado de una chica hebrea (Hellen), a quien ha tomado como sirvienta. El no puede reconocer esta situación, pues en principio ella es un ser inferior a quien no debe siquiera dirigir un gesto de afecto. La brutal solución para acallar su ternura la concreta en la necesidad de pegarle. Schindler, que ya ha iniciado su propia transformación, encuentra a Hellen bañada en lágrimas y trata de consolarla. Ella, por fin aceptada como mujer —como persona— ante alguien (es decir, habiendo encontrado un otro que la escuche), narra al protagonista de la historia la brutalidad de la violencia arbitraria a la que se ven sometidos. No encuentra sentido a la sistemática aplicación de un mal banal, vacío, estúpido. Schindler argumenta que en realidad son los guardianes quienes están atrapados en su propia miseria: no se atreven a mirar a los presos a los ojos (en concreto, los prisioneros deben andar siempre con la cabeza baja: la mirada se interpreta como lanzar un reto, es empezar a hablar). Quieren evitar toda relación con ellos, pues su mayor peligro aparecerá en la posibilidad de reconocerlos como personas, ya que la mirada (lenguaje del cuerpo) es el inicio de una relación interpelante, de un diálogo, de un caer en la cuenta del otro como un .

Descubrir un en el otro es romper la esfera de egoísmo del individualista (ya que el otro me mueve a hablar), y el vacío generalizador del punto de vista socialista ya que todo en cuanto tú aparece como irrepetible. Como ha dicho Pieper, amar es poder decir: ¡Qué bueno que existas!.

Cabe todavía preguntarse: ¿cuáles son las condiciones del diálogo de ese animal con logos, para que sea un hablar a la altura de su dignidad? Me parece un acertado redescubrimiento el de la idea clásica de polis (H. Arendt), noción o estilo que creo que está en estrecha relación con ese carácter fundamentalmente dialógico del ser humano y con una de las propuestas más netas de la doctrina social de la Iglesia Católica: la recuperación de la importancia de las llamadas sociedades intermedias (Juan Pablo II).

¿Qué es lo que caracteriza a la polis griega? ¿Qué la diferencia de las ciudades de los bárbaros, hasta tal punto que se llegaba a acusar a estos como seres todavía no humanos, como esclavos por naturaleza? De nuevo me parece que la clave de la concepción se encuentra en el diálogo: es la conversación tranquila del ágora, capaz de poner entre paréntesis (epogé) las ansias que provoca la necesidad de cubrir los medios de supervivencia; inquieta por temas ajenos a lo ordinario material; moviéndose en un ámbito de libertad de espíritu al tiempo que de concreción (pues yo conozco a aquel con quien hablo —la polis es siempre pequeña— y “no digo mi canción sino a quien conmigo va”). La amistad en Aristóteles es el máximo valor moral.

La posibilidad del diálogo en libertad es lo que define la riqueza y superioridad de lo político. El diálogo no está constreñido en su desarrollo: Sócrates empieza hablando de la oportunidad de la retórica para acabar por responder a la preocupación por la posibilidad de tener un alma bella. La conversación dialogada no tiene previsto su tema. Se desarrolla en un ámbito de libertad y desinterés (hablamos los amigos, y la amistad consiste más en dar que en tomar, y por tanto es una actividad propia del magnánimo). Por eso, lo propio del diálogo en libertad es que no termine (ese era el objetivo de la dialéctica: la verdad es el término, es decir, el movimiento dialéctico es aparente, como lo es la realidad temporal misma), sino que siempre puede crecer, su ámbito propio no es el de un término (peras) sino el de estar en el fin (telos).

Esto quiere decir que el diálogo en libertad es una actividad que hay que caracterizar no como algo medial, como un útil, como un medio de eficacia (de nuevo, eso es la dialéctica: instrumentalizarlo todo, incluso el amor y la amistad), sino como algo perteneciente al ámbito de los actos perfectos (praxis) y, por lo tanto, caracterizado por su perfectibilidad intrínseca (Aristóteles): no se habla para convencer al otro de algo o para sacar algún provecho oculto, sino que hablamos los amigos porque nos enriquecemos mutuamente en un ámbito de donación natural.

Desde unas relaciones entendidas así aparecen perspectivas nuevas en el ámbito de lo humano. En el diálogo es posible la solidaridad, evitando mirar por encima del hombro al otro que dialoga; es posible el desinterés, entendido no como indiferencia ante las consecuencias de mis actos, sino como la capacidad de apreciar al otro en lo que es y no por los beneficios que me reporte; es posible sustituir el control necesario en un mundo cargado de sospechas, pero no por el caos desorganizativo, sino por la confianza; es posible también el desarrollo de un ámbito de amistad social (por ejemplo, en las relaciones que surgen en las pequeñas empresas entre trabajadores y directivos y entre todos estos y consumidores) y un ámbito de amor (donación) entre personas.

Este ideal puede parecer difícil. Y lo es. Ya los griegos lo sabían. Por eso es un ideal que implica el fomento de la paideia, es decir, de la educación en la excelencia o la virtud. Esta es una de las claves interpretativas de la ética aristotélica: el ideal de nobleza es la clave de la actuación social. ¿Qué quiere decir esto? Que no importa sólo lo que se haga, sino la motivación de fondo de quien actúa. La altura de un hombre que ejecuta sus acciones no por el control en el miedo (Leviathan) sino por el Bien, es inmensamente grande. Actuar así es algo raro, pero por eso también es algo laudable y hermoso (Aristóteles).

De este modo la vida del hombre no será ya ni solitaria (Hobbes) ni abstracta, sino que alcanzará su verdadera definición y sentido en la experiencia de lo comunitario. Ser desterrado de la Polis resultaba un castigo mayor que la muerte (Platón, Sófocles): significaba dejar de pertenecer al mundo de los hombres, al mundo de los que dialogan en libertad. Significaba convertirse en hombres que no habiendo superado el ámbito de la necesidad podían ser considerados como esclavos por naturaleza, es decir, de naturaleza servil (atados al ciclo de la Tierra, y no señores de ella). “El que no puede vivir en comunidad —dice Aristóteles— o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la polis, sino una bestia o un dios”.

Por todos estos motivos, un acto como el que actualmente nos convoca en esta maravillosa ciudad de San Petersburgo debe ser encuadrado como una de las acciones más dignas que se pueden esperar del ser humano y un camino auténtico hacia la cooperación y la paz.

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* Intervención en el I Congreso Internacional “Russia and Europe” celebrado en el State Educational Genter de San Petersburgo, del 1 al 9 de setiembre de 1996)
Publicado en la revista Nuestro Tiempo
Nº 509, Noviembre 1996
Edición autorizada de arvo.net

 

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