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El odio: la tragedia de un deseo
Por Vaclav Havel
Me parece que son poco numerosos aquellos que podrían hacer, desde su interior, una reflexión sobre el odio, el tema que nos ocupa, como autopsia de un estado de alma vivido personalmente. Todos somos, sin duda, observadores ininquietos de este fenómeno que intentamos reflejar desde fuera. Esto vale también para mí: entre los numerosos defectos de mi carácter, no se encontrará, curiosamente, la capacidad de odiar. Voy, por lo tanto, a presentar esta reflexión sobre el odio en calidad de observador, un tanto desconcertado e inquieto.
Deseo de absoluto
Al meditar sobre aquellos que me odian o me han odiado personalmente, descubro que todos tienen ciertos rasgos de carácter que, una vez reunidos y sumados, proporcionan una explicación muy general al origen de ese odio.
Ante todo, nunca se trata de personas vanas, vacías, pasivas, indiferentes o apáticas. Su odio me parece traducir siempre una gran aspiración insatisfecha, una voluntad incumplida e irrealizable, una ambición desesperada. Se trata de una fuerza interior radicalmente activa que habita en la persona, la sujeta, la arrastra hacia algún lugar y la supera. El odio no me parece una simple ausencia de amor, de humanidad o un vacío anímico. Tiene, por el contrario, muchos puntos en común con el amor, especialmente un elemento autotrascendente, una vinculación y una interdependencia con el otro, la proyección directa de una parte de su identidad sobre aquél. Así como el hombre que ama desea a la persona amada y no puede prescindir de ella, el que odia desea al hombre odiado. Al igual que el amor, el odio es en el fondo la expresión de un deseo de absoluto, todo lo trágico y perverso que pueda resultar.
Tal y como las he conocido, las personas llenas de odio tienen permanentemente el sentimiento de que han sido engañadas, es un sentimiento indestructible profundamente desproporcionado respecto de la realidad. Estas personas parecen querer ser estimadas, respetadas y amadas sin límite, parecen atormentarse sin cesar por el doloroso descubrimiento de que los demás son de una ingratitud y de una injusticia imperdonables, pues no sólo no les manifiestan el respeto y el amor que se les debería, sino que incluso les olvidan; ésta es al menos su impresión.
En el subconsciente de los que odian duerme el perverso sentimiento de ser los únicos representantes auténticos de la verdad completa y, por lo tanto, de ser unos superhombres, incluso unos dioses, y que por este título el mundo les debe total reconocimiento, lealtad y docilidad absolutas, e incluso obediencia ciega. Quieren convertirse en el centro del mundo y se encuentran frustrados e indignados por el hecho de que el mundo ni les acepte ni les reconozca como tales, ni les preste atención alguna e incluso se burle de ellos.
Son como niños mimados o mal educados, que piensan que su madre está ahí sólo para adorarlos; se resisten a que ésta haga otra cosa, a que se ocupe de sus hermanos o hermanas pequeños, de su marido, a que lea un libro o desempeñe un trabajo. Sienten todo esto como un perjuicio, una herida, un ataque o un cuestionamiento de su valía. Una carga interior que habría podido ser amor se pervierte convirtiéndose en odio, en contra de la supuesta fuente del mal.
Al igual que ocurre con un amor desgraciado, el odio encubre una especie de trascendencia desesperada: los hombres animados por el odio intentan alcanzar lo inaccesible, y están consumidos incesantemente por la imposibilidad de conseguirlo por culpa de ese mundo infame que se lo impide. El odio es la cualidad diabólica del ángel caído: es el estado del alma de quien se cree Dios, incluso está seguro de serlo, y se ve atormentado constantemente por señales que muestran que no es, que no puede ser así. Es una característica del ser celoso de Dios, roído por el sentimiento de que el camino que conduce al trono divino que cree poder ocupar le es denegado por un mundo injusto que se ensaña contra él.
El hombre que odia es incapaz de buscar la causa de su fracaso metafísico en sí mismo, en esa sobreestima general de su persona. A sus ojos, todo es culpa del mundo que le rodea. Lo que ocurre es que en esta situación el culpable aún es demasiado abstracto, vago e inasequible. Ha dé ser materializado, pues el odio-como un impulso anímico perfectamente concreto-necesita una víctima concreta, y el odia encuentra entonces un culpable concreto. Ello no es, ciertamente, sino un paliativo, fortuito y, por lo tanto, intercambiable. He podido observar que, para aquel que odia, el odio era más importar que su objeto, y que puede, por tanto, cambiar de objeto con bastante frecuencia, sin modificar nada su acritud.
Ello es totalmente comprensible, puesto que no experimenta odio por un hombre concreto, sino por lo que éste representa: la suma de los obstáculos en el camino que conduce al absoluto, al reconocimiento absoluto, al poder absoluto, a la identificación absoluta con Dios, con la verdad y con el orden del mundo. El odio hacia el prójimo parece ser un odio del universal, fisiológicamente materializada concebido como una causa del fracaso cósmico de aquel que odia.
Se pretende que los que odiar padecen un complejo de inferioridad. Tal vez esta característica no sea del todo exacta. Más bien diría que se trata de hombres que padecen un complejo de infraestima de su propio valor.
Existe además otra observación que creo importante. El que odia no conoce la sonrisa, sino tan sólo el rictus. Incapaz de bromear, se limita a agrias burlas. Al ignorar la autoironía, es incapaz de una auténtica ironía; sólo quien no se toma en serio conoce la risa auténtica. El que odia hace gala de un aspecto grave, manifiesta una gran susceptibilidad, utiliza grandes palabras, le gusta gritar y es totalmente incapaz de cobrar distancias para ver su lado ridículo.
Estas características delatan algo significativo: una absoluta falta de disposiciones, como el sentido de la medida, el gusto, el pudor, la distancia, la duda y la capacidad de plantear preguntas, la conciencia de su fugacidad y de la fugacidad de todas las cosas. El que odia ignora la sensación del auténtico absurdo, el absurdo de su existencia, el sentimiento de no estar en su lugar, el aprieto, la impresión de fracaso, de la pequeñez de espíritu o de la culpabilidad. El denominador común de todo esto, sin duda, sería una carencia trágica, metafísica incluso, del sentido de la medida: el que odia no comprende la medida de las cosas, la medida de sus posibilidades, la medida de sus derechos, de su existencia, del reconocimiento del amor que puede esperar. Quiere que el mundo le pertenezca sin límites, que el reconocimiento que el mundo le debe sea ilimitado. Al no comprender que el derecho a ese milagro que es su existencia y que el reconocimiento de ésta debe ser ganado, merecido por sus actos, lo concibe como un don ilimitado, nunca cuestionado, que le ha sido hecho automáticamente, de una vez por todas. Está persuadido, en resumen, de poseer un cheque en blanco que le autoriza a ir a cualquier lugar y, por lo tanto, también al cielo. Cualquier persona que se atreva a examinar ese billete será inmediatamente considerada como un enemigo que le perjudica. Si su concepción del derecho a la existencia y al reconocimiento es tal cual la acabo de describir forzosa y constantemente ha de indignarse contra los que no respetan la ilimitada suma de consecuencias que debieran sacar de su derecho.
He podido notar que todas las personas que odian acusaban a su prójimo de maldad –y, a través de éstos, al mundo entero–, siendo así que su propia maldad está animada por el sentimiento de que la mala gente y el malvado mundo niegan lo que les pertenece legítimamente. Proyectan, por lo tanto, su maldad sobre los demás. También en este punto se asemejan a los niños mimados: no comprenden que, de cuando en cuando, hay que saber merecer alguna cosa y que no es la maldad de los demás lo que les impide obtener automáticamente cuanto desean.
El odio contiene una buena parte de egocentrismo y de amor propio. Al aspirar a una autoconfirmación absoluta, pero que no se produce, los que odian se sienten víctimas de un pérfido error malévolo y omnipresente, que es preciso eliminar para dar, por fin, libre curso a la justicia. Su concepción de la justicia está, evidentemente, trastornada por entero: para ellos, el deber de los demás estriba en otorgarles el derecho de aquello que ni siquiera puede ser reconocido como tal: el mundo entero.
El que odia es, en el fondo, un desgraciado que nunca podrá ser feliz por completo. Haga lo que haga para ser finalmente apreciado en su justo valor, para ver por fin destruidos a cuantos se encontraban en el origen de su subestima, no conseguirá nunca el logro previsto, el logro absoluto: todo el horror de su impotencia o, más bien, de su incapacidad para convertirse en Dios, acaba siempre por volver a la superficie, en la forma, por ejemplo, de una alegre sonrisa, conciliadora y proclive al perdón de su víctima.
El odio colectivo
El odio es único: no hay diferencia entre el odio individual y colectivo; quien detesta a un individuo está prácticamente siempre llevado a sucumbir al odio colectivo –religioso, ideológico, doctrinal, social, nacional, o de cualquier otro tipo– es una especie de embudo que termina por aspirar a todos aquellos con la inclinación al odio individual. Pues bien, su caldo de cultivo, el potencial humano de todos los odios colectivos, está constituido por ese grupo de personas capaces de odiar a un individuo.
Más aún: el odio colectivo, compartido, difundido y profundizado por las personas capaces de odiar, ofrece una especial atracción magnética; consecuentemente, es capaz de tragar dentro de su embudo a un número ilimitado de personas que, en un principio, no manifestaban ninguna capacidad para el odio. Se trata de personas pequeñas y débiles, de espíritus perezosos, incapaces de pensar de forma independiente y, por lo tanto, proclives a sucumbir a la sugerente influencia de aquellos que odian. La fuerza de atracción del odio colectivo –infinitamente más peligrosa que el odio que siente un individuo a otro– se enraíza en varias de sus aparentes ventajas:
1. El odio colectivo libera del sentimiento de soledad, de abandono, de debilidad, de impotencia y de estar olvidado, lo que ayuda a las personas en cuestión a poder afrontar su complejo de fracaso y de subestima. Les ofrece una comunidad, les forma en una especial fraternidad basada en un sencillo modo de comprensión unificador: en esa comunidad, su presencia carece de obligaciones, las condiciones para afiliarse son fáciles de cumplir y nadie ha de temer el fracaso en las pruebas de admisión: nada más simple que este compartir el objeto común de repulsión y este adoptar la ideología común del «perjuicio» que se encuentra en el origen de la repulsión. ¡Sería tan cómodo y comprensible decir, por ejemplo, que toda la infelicidad de este mundo –y, especialmente, la angustia de toda alma frustrada– debe ser atribuida a los alemanes, a los árabes, a los negros, a los vietnamitas, a los húngaros, a los checos, a los gitanos o a los judios! Siempre es posible encontrar la suficiente cantidad de vietnamitas, de húngaros, de checos, de gitanos o de judios cuyo comportamiento demuestre que todo es culpa suya.
2. El sentimiento fundamental de subestima que, desde mi punto de vista, se esconde en todos los que son capaces de odiar encuentra una segunda ventaja en la comunidad de quienes odian: pueden garantizar de forma infinita su valía bajo la forma de una competición en las manifestaciones de odio contra un grupo escogido de personas culpables de haberles causado un perjuicio o, también, bajo la forma del culto a los símbolos y ritos que confirman la valía de la colectividad que odia. La unidad de aspecto, de uniforme, de emblema, de bandera o de canción acerca a los participantes, los conforta en su identidad soberana, mayor, todo lo cual aumenta y multiplica su valor ante sus propios ojos.
Mientras que la agresividad individual es siempre un factor de riesgo, pues evoca el esperpento de las responsabilidades individuales, la colectividad de aquellos que odian «legaliza» la agresividad: su manifestación colectiva forma el espejismo de la legitimidad o, por lo menos, el sentimiento de una «tapadera colectiva». Escondido entre un grupo, en una banda o entre una multitud, cualquier agresor potencial se atreve a más, y los unos estimulan a los otros; todos, reconfortados por el hecho de ser numerosos, se aseguran de que ésta está claramente justificada.
El principio del odio colectivo facilita seguidamente y de forma considerable la vida de todos los que odian y a todos aquellos que son incapaces de pensar con independencia, pues les propone un objeto de odio muy simple, fácil de identificar a primera vista en tanto que generador de todos los errores: resulta fácil personificar el proceso de materialización de la injusticia general del mundo en la persona concreta de aquel que la representa y a quien, por lo tanto, hay que odiar, a condición de proponer a un «culpable» inmediatamente identificable gracias al color de su piel, a su nombre, a su lengua, a su religión o al lugar en el que vive de la Tierra.
El odio colectivo nos presenta además otra insidiosa ventaja: el carácter discreto de su origen. Hay, en efecto, toda una serie de estados de alma aparentemente inocentes que, de forma casi imperceptible, constituyen los antecedentes del odio, una especie de ancho campo abonado en el que las semillas echan raíces y germinan fácilmente. Permítaseme citar al menos tres ejemplos.
Ese sentimiento hipertrofiado de frustración cósmica no podría desarrollarse mejor sino allí donde se han cometido auténticos errores. Esta infravaloración encuentra lógicamente su mejor medio allí donde ha existido humillación, ultraje, engaño. Los malos tratos son, efectivamente, el mejor lugar para un enfermizo sentimiento de frustración. El odio colectivo toma su veracidad y su fuerza de atracción en cualquier parte en la que un grupo de personas padezca, de una forma u otra, un sufrimiento efectivo, es decir, en los ámbitos de aquellos que sufren desgracias.
Un segundo ejemplo: el milagro del espíritu de la razón se asocia a la facultad de generalizar; resultaría difícil concebir la historia del espíritu humano sin esa gran fuerza. Cada ser pensante es capaz, de una forma u otra, de generalizar. Pero esta facultad es a la vez un frágil regalo que hay que manejar con cuidado. Un espíritu menos brillante corre el riesgo de no percibir el germen de injusticia que podría encubrir un acto de generalización. Todos tenemos tendencia a formular con frecuencia observaciones o pareceres sobre las distintas naciones: pretendemos a veces que rusos, franceses o ingleses son de esta o aquella forma; y no vemos en ello ningún mal: nuestras generalizaciones nos permiten, sencillamente, captar mejor la realidad. Sin embargo, es precisamente este tipo de generalizaciones el que conlleva un enorme riesgo: despojamos así, discretamente, a un grupo de personas étnicamente identificadas, de su alma y de su responsabilidad individual, para atribuirles una responsabilidad colectiva abstracta. Es evidente que esto puede convertir un excelente comienzo de odio colectivo. Un individuo resulta a priori malvado o perverso debido a su origen. El racismo, una de las más terribles plagas del mundo de hoy, se basa, entre otras causas, en esta generalización imprudente.
Y, por último, la tercera fase inicial de la evaluación del odio colectivo que quiero mencionar aquí es lo que llamaría la «diferencia» colectiva. El hecho de que cada hombre es distinto de los demás, y de que nadie puede comprender al otro perfectamente, forma una parte integrante de la magnífica e inmensa multiplicidad misteriosa de la vida; pero no olvidemos que los diversos grupos de hombres difieren unos de otros por su cualidad de grupo: hay usos y costumbres sociales, tradiciones, temperamentos, modos de vida y de pensamiento, jerarquía de valores –y también la– fe, el color de la piel, la manera de vestir, etc., etc. Esta diferencia llega a ser verdaderamente colectiva, y es totalmente comprensible que la diferencia social de un grupo suscite, en aquel al que pertenecemos, una sorpresa, una sensación de extrañeza, de incomprensión, incluso una burla universal. A nosotros nos extraña la diferencia de los otros, pero ellos están a su vez igualmente extrañados por la nuestra.
Es posible aceptar esta «diferencia» de las distintas colectividades con comprensión y tolerancia, como un hecho que origina la heterogeneidad de la vida; es posible respetarla o divertirse con ella, pero presenta igualmente el riesgo de convertirse en una fuente de incomprensión y de repulsa de unos hacia otros. ¡Volvemos a encontrarnos con un medio propicio a la eclosión del odio! Incluso entre los que caminan por el ambiguo, peligroso y delicado terreno de la conciencia de un error verdadero, de la capacidad de generalizar y de la conciencia de la diferencia, hay pocos que sean capaces siquiera de adivinar, desde el primer momento, la presencia del germen del odio colectivo, susceptible de instalarse en este terreno o de encontrarse ya incubado.
Un «barril de pólvora»
Algunos observadores a menudo describen la Europa Central y Oriental de hoy como un «barril de pólvora», es decir, como un lugar de alzamientos nacionalistas, de intolerancias étnicas y, consecuentemente, de diversas manifestaciones del odio colectivo. Este medio es a veces calificado de una eventual fuente de inestabilidad europea y una serie amenaza para la paz. Tales reflexiones pesimistas hacen que ocasionalmente renazca la nostalgia por los viejos y buenos tiempos de la guerra fría, cuando las dos mitades de Europa se mantenían mutuamente en estado de alerta, gracias a lo cual reinaba la paz.
No comparto el pesimismo de esos observadores. Y, no obstante, admito que el rincón del mundo del que provengo corre el peligro de convertirse –a falta de vigilancia y de sentido común– en un terreno propicio para el nacimiento y la expansión del odio colectivo. Esto es así debido a varias razones perfectamente comprensibles.
Es preciso, ante todo reparar en que hay una mezcla de naciones y de etnias diversas en la Europa Central y Oriental; sería difícil imaginar unas fronteras ideales que separasen de forma clara y nítida a todas estas naciones y etnias. Hay, por lo tanto, muchos grupos étnicos en el seno de distintas minorías, y las fronteras que los separan son un tanto artificiales; se trata, en resumidas cuentas, de una caldera internacional. En este punto, las naciones sólo han dispuesto de un mínimo de oportunidades históricas para lograr su autonomía y su soberanía: durante siglos vivieron bajo el yugo de la monarquía austro-húngara y, tras el breve período de entreguerras, fueron de un modo u otro, sometidas, primero por Hitler y poco después por Stalin. Todo lo que las naciones de Europa Occidental aprendieron durante decenios o siglos, la mayoría de las naciones de Europa Oriental lo tuvieron que hacer en los veinte años de la postguerra.
De aquí que éstas experimenten con toda justicia, en su subconsciente colectivo, el sentimiento de un error histórico. Un sentimiento de frustración hipertrofiada, característico del odio, podría lógicamente encontrar aquí las condiciones propicias para aparecer y expandirse.
El sistema totalitario que ha reinado en estos países durante largos años se distingue, entre otros aspectos, por su tendencia a igualarlo todo, nivelarlo todo y uniformizarlo todo; durante decenios ha oprimido de forma sumamente cruel cualquier tipo de independencia o, si se prefiere, de «diferencia» entre las naciones sometidas. Desde la estructura de la administración del Estado hasta las estrellas del cielo, todo era uniformizado, importado de la Unión Soviética. Pues bien, no hay nada de extraño en que estas naciones, una vez liberadas del sistema totalitario, descubran con una perspicacia poco frecuente su «diferencia» liberada. Y tampoco hay que extrañarse de que esta diferencia, invisible durante años y, por lo tanto, ni experimentada ni analizada, dé lugar a distintas sorpresas. Liberados del uniforme y de la máscara que nos fueron impuestos, podemos contemplar por vez primera el verdadero rostro de los demás, lo que produce un «choque» ante el descubrimiento de nuestra diferencia. Se trata de una condición suplementaria a la aparición de la repulsa colectiva que, en algunas circunstancias, corre el riesgo de transformarse en odio colectivo.
En esta región las naciones no tuvieron el tiempo suficiente para madurar su existencia nacional y, menos aún, para acostumbrarse a la diferencia con las demás. También aquí se impone la comparación con un niño: en muchos aspectos estas naciones no han tenido tiempo de hacerse adultas en el plano político. Después de todo lo que han vivido, sienten una natural necesidad de hacer rápidamente visible su existencia, de ser reconocidas y apreciadas. Quieren ser conocidas, tomadas en consideración por las demás; quieren que se les reconozca su «diferencia». Pero, al mismo tiempo, en la medida en que están poco seguras de si mismas, escasamente seguras de ser reconocidas y apreciadas por los demás y llenas de incertidumbre interna, se preguntan si éstos, tan bruscamente diferentes, no les roban una parte de la atención que se merecen.
Durante años, el sistema totalitario había oprimido, en esta parte de Europa, la independencia y la autonomía cívica de los hombres, a los que deseaba transformar en una simple y dócil pieza de su engranaje. La falta de cultura cívica, pisoteada durante tanto tiempo por el sistema y la desmoralizadora presión que ejerció, pudieron alentar esa especie de generalización imprudente que acompaña siempre a la intolerancia nacionalista. Puesto que el respeto por los derechos del hombre rechaza el principio de la responsabilidad colectiva, se convierte en una expresión de la cultura cívica. Espero que de esta breve y necesariamente simplificadora descripción se desprenda que hay, en efecto, condiciones relativamente favorables al nacimiento de la intolerancia, incluso del odio nacional, en esta parte nuestra de Europa. Citemos, por otro lado, un factor importante: a la alegría inicial que aporta la liberación le sucede obligadamente una fase de desengaño y de depresión: sólo ahora, cuando podemos describirlo todo y llamarlo por su verdadero nombre, es cuando descubrimos la monstruosa herencia del sistema totalitario en toda su extensión, y nos damos cuenta de lo largo y difícil que será reparar todos sus daños. Ese estado de frustración general podría incitar a algunos a descargar su distintas víctimas «de recambio» que, a sus ojos, resultan el principal culpable, un culpable ya liquidado: el sistema totalitario. La rabia impotente tiene que encontrar un pararrayos.
No me estoy refiriendo, una vez más, al odio nacional en la Europa Central y Oriental en términos de, un futuro inevitable, sino en tanto que peligro subyacente. Es preciso haber comprendido este peligro para afrontarlo con éxito. Es éste un deber que nos compete a todos, a los ciudadanos de los países del antiguo bloque soviético. Estamos obligados a luchar enérgicamente contra todos los eventuales gérmenes de odio colectivo; no se trata únicamente de una cuestión de principio, puesto que siempre hay que combatir el mal, sino de nuestro propio interés.
Los hindúes tienen una fábula sobre el mítico pájaro Berund: un solo cuerpo, dos cuellos, dos cabezas y dos conciencias. Una cohabitación infinitamente larga ha hecho que las dos cabezas hayan empezado a odiarse y a hacerse daño. Ambas comienzan a devorar piedras y veneno. El resultado es evidente: Berund, gimiendo, retorciéndose entre convulsiones, agoniza para ser resucitado por la infinita gracia de Krishna. Es resucitado para recordar a los hombres cómo termina todo odio. Nosotros, los que vivimos en las nuevas democracias europeas, deberíamos evocar esta fábula a diario: si una de ellas cae en la tentación de odiar a otra, terminaremos como el pájaro Berund. Con la diferencia de que difícilmente vendrá algún Krishna terreno a socorrernos en nuestra nueva desgracia.
Publicado en el nº9 de la Revista Atlántida
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