Decimos que la
libertad es un trascendental personal.
Pero la libertad personal no es la
libertad de elección, que es una
libertad derivada de aquélla, una
aparición de la libertad humana pero no
radical. La libertad trascendental no es
simplemente libertad de elección, ni es
el libre albedrío clásico, sino que
habría que describirla de otra manera;
incluso me parece que con una sola
fórmula no se la puede describir
completamente; por eso, yo describo la
libertad trascendental con las
siguientes tres fórmulas. La primera
dice así: la libertad es la inclusión
atópica en la máxima amplitud. Desde
aquí, tendríamos que hablar de qué
significa máxima amplitud, que en última
instancia es el Absoluto; inclusión
atópica es inclusión no ocupando lugar,
puesto que si se ocupa lugar entonces se
está fijo; pero para que la libertad
tenga que ver con la máxima amplitud,
tiene que ser, digámoslo así, no fija; y
al mismo tiempo no puede estar fuera, la
inclusión tiene que moverse en la
amplitud, y por eso es trascendental. La
segunda reza así: la libertad es aquella
relación con el futuro que no lo
desfuturiza, aquel tener que ver con el
futuro, o aquella capacidad de
habérselas con el futuro, sin
desfuturizarlo; el futuro se desfuturiza
precisamente dejando de ser futuro, es
el futuro que no se puede mantener como
tal, que pasa a presente y de presente a
pasado; pero una relación con el futuro
que no lo desfuturice..., eso es la
libertad. Y ahora habría que hacer un
estudio sobre el tiempo, los diferentes
tipos de tiempo, o cuáles son los
elementos del tiempo, etc. La tercera
descripción es la siguiente: la libertad
es el discontinuo de comienzos.
Pues bien, necesitaría mucho más tiempo
del que dispongo para desarrollar estas
descripciones, porque además hay muchos
asuntos colaterales que habría que
desbrozar. Por otro lado, seguramente
ésta sería la primera vez que oyeran
esas descripciones, sin ninguna
familiaridad con ellas; y además no
puedo proponerles antecedentes, porque
no encuentro históricamente precedentes.
Muy a pesar mío, porque a mí me gusta
siempre encontrar precedentes. Entre
otras cosas, porque a mí no me convence
la originalidad: no la considero un
valor filosófico; no me gusta ser
original, y no pretendo serlo. Creo
además que, estrictamente en filosofía,
el valor es la profundidad; de manera
que mi propuesta no pretende ser nueva
en el sentido de original; pretende ser
una continuación de ciertos
planteamientos, sobre todo del
aristotélico-tomista. Una continuación,
que es una profundización o insistencia
en los mismos asuntos. Sin embargo, a mí
me gustaría además encontrar una fórmula
que tuviera precedentes, pero son
fórmulas de las que no he visto ningún
precedente; y por lo tanto a ustedes les
pueden resultar enigmáticas.
La distinción real de esencia y acto
de ser.
En consecuencia quizá lo mejor sería
referirme a un precedente: ¿con qué
enlaza, respecto de la filosofía
anterior, esta propuesta de antropología
trascendental que hago?, ¿qué es lo que
pretende desarrollar? Pues lo que
pretende desarrollar es una tesis
tomista según la cual el acto de ser o
actus essendi se distingue realmente de
la esencia: la famosa distinción real
essentia-esse. Hay otros autores que
también hablan de esa distinción; pero
la fórmula más madura y más
frecuentemente usada está contenida en
la obra de Tomás de Aquino. En Avicena
hay unos textos, pero mucho más
imprecisos, ya que aunque hable de
distinción, esa distinción no es
estrictamente entre ser y esencia,
porque en Avicena la noción de acto de
ser no está clara. Un colega mío ha
descubierto que hay muchos pasajes del
aquinate tomados literalmente de san
Alberto Magno, aunque sin citarle. San
Alberto Magno fue el maestro de Tomás de
Aquino, y los autores medievales no
tenían ningún problema de plagio, ni se
preocupaban de tales cosas. Y, por otra
parte, es verdad que si alguien entiende
una noción, dicha noción ya es suya. Eso
de la propiedad intelectual habrá que
emplearlo en los precios de los libros,
o en el porcentaje de los autores, pero
no en las ideas, que son de todos; y
además cuanto más de todos sean, mejor.
Para un pastel no es así, porque ya se
sabe que si yo me como un trozo, el otro
ya no se lo come. Pero las ideas no son
como los trozos, no son materiales: el
saber no es algo que sufra menoscabo por
compartirse, o que haya que establecer
según partes alícuotas. No; las ideas
cuanta más gente las piense más ricas
son; y además no se pierde nada, sino al
revés.
La distinción real, tal como la formula
Tomás de Aquino, significa un fuerte
avance con respecto al planteamiento de
Aristóteles; está en la línea de
Aristóteles, pero ya es una
profundización, una continuación en
profundidad. Pero a su vez la distinción
real en Tomás de Aquino es expuesta de
manera que no parece haber un desarrollo
aplicable al hombre; la desarrolla más
bien como una doctrina general que se
refiere al ser, pero al margen del
planteamiento de que el ser personal es
distinto del ser como fundamento o
primer principio. Entonces a mí se me
ocurre que donde más falta hace aplicar
la distinción real es al hombre.
Distinción real entre esse y essentia,
entre ser y esencia; luego en el hombre
por una parte se podrá hablar de acto de
ser humano, y también se podrá hablar de
esencia del hombre. El hombre no es su
esencia sino que la esencia es suya; en
cambio el ser humano no es del hombre,
sino que el hombre es ese ser. Ya he
dicho que yo suelo emplear estas
fórmulas: acto de ser humano y esencia
del hombre. En el hombre me parece que
hay que distinguir realmente el ser y la
esencia; y que la gran fecundidad de ese
hallazgo tomista culmina, es más
tajante, y se ve por otra parte con
mayor claridad, justamente en
antropología.
Me parece que el descubrimiento del acto
de ser por Tomás de Aquino o san Alberto
Magno, es una profundización sobre
Aristóteles, una continuación respecto
de Aristóteles; porque el primero que
propone la noción de acto de una manera
neta es Aristóteles. Lo que nosotros
traducimos por acto, en Aristóteles
tiene dos nombres energeia y entelecheia.
La noción de acto en Aristóteles no es
única: hay dos sentidos del acto en el
fondo irreductibles, aunque a veces
Aristóteles los mezcla. Hay pasajes en
los que parece considerar que la
energeia es una forma especial de
entelecheia; y sin embargo, hay otros
pasajes en los cuales distingue con
bastante nitidez; y finalmente otros
pasajes en los cuales establece la
primordialidad de la energeia respecto
de la entelecheia; cosa curiosa y sin
embargo estrictamente aristotélica. A
veces los comentaristas no han reparado
en ello, quizá debido precisamente a que
lo que tiene en griego dos términos
suficientemente diferentes, aunque
también relacionados, en latín se
traduce con una sola palabra que es
actus.
Pues bien, el actus essendi no es ni la
energeia ni la entelecheia; es un tercer
sentido del acto, y por lo tanto es
también una ampliación, y una
profundización de las averiguaciones
aristotélicas. Lo mismo pasa con la
esencia; si el acto de ser se distingue
realmente de ella, entonces la esencia
no es acto, sino que es potencia.
Referida al ser, o puesta en relación
con el ser, la esencia no es acto sino
potencia. Entre los filósofos griegos el
que más utiliza la noción de potencia es
también Aristóteles, pero habría que
decir que la esencia como potencia es un
sentido de la potencia no aristotélico;
luego es también una investigación más
profunda, más atenta, sobre la noción de
potencia, la que permite decir que la
esencia es potencial. Porque en
Aristóteles la ousia, que sería el
equivalente de esencia, es justamente
enteléquica, y como es entelecheia es un
sentido del acto; en cambio si la ousia
o esencia se distingue realmente del
ser, y el ser es el sentido del acto
estrictamente primordial, el actus
essendi, entonces se hace incompatible
con la noción de entelechia, ya que no
puede ser acto: tiene que ser potencia.
Lo cual quiere decir que la noción de
potencia aristotélica, la dynamis, hay
que ampliarla; y ese sentido de la
dynamis que se aplica a la esencia es
nuevo: la esencia no puede ser ninguno
de los sentidos que tiene la palabra
potencia en Aristóteles. Esos sentidos,
que son varios, pueden conservar su
validez, pero no tienen la importancia,
esa neta relación con lo radical, que
tiene la potencia cuando se entiende que
la esencia es potencia respecto del ser.
Claro está que si hay distinción real
entre la esencia y el acto de ser, y esa
distinción es nada menos que la
distinción potencia—acto, entonces es
una buena manera de entender la
distinción entre lo que es realmente
idéntico y lo que no lo es; porque si
hay distinción real entre esencia y
existencia ahí no se puede hablar
entonces de identidad en sentido
estricto: lo que habrá es distinción,
pero la distinción no es la identidad.
Además si se trata de la distinción
entre el acto y la potencia, el acto es
superior a la potencia. Y por lo tanto
aquí hay una especie de degradación, de
no conservación: en cuanto que el acto
de ser tiene que ver con la potencia no
se conserva en estricta identidad.
Precisamente por eso es por lo que la
distinción entre el ser y la esencia es,
a mi manera de ver, muy adecuada para
establecer a su vez la distinción entre
Dios y la criatura. En Dios no puede
haber distinctio realis entre essentia y
esse. Quizá esto lo que signifique, si
se lleva a su extremo, es que en Dios
propiamente no se puede hablar de
esencia, porque la esencia se reduce al
ser: la esencia es ser, sencillamente
ser; no hay propiamente esencia en Dios,
sino ser. En cambio en la criatura no
ocurre eso, sino que justamente la
distinción entre Dios y la criatura se
corresponde con que la criatura, siendo
también acto de ser como Dios, sin
embargo no es sólo acto de ser sino que
hay esencia, una potencialidad peculiar
que impide la identidad.
Cuando hablamos de la distinción entre
los primeros principios podemos ya
acudir a la distinción real, porque
puede servir plenamente: el principio de
identidad no se debe mezclar con el
principio de contradicción; si se trata
de unos principios suficientemente
distintos y entendemos que lo primero es
el ser. En el realismo la ordenación
normal entre los trascendentales, cifra
el primero de los trascendentales, según
ese criterio de orden, en el ser. Pero
hay dos tipos de ser: el ser que es
idéntico, que es primordialmente
idéntico y que es el principio de
identidad, y el ser que no es el
principio de identidad sino el principio
de no contradicción. El principio de
contradicción puede entonces ser
entendido —yo así lo propongo en ese
viejo libro mío que se llama El ser I
(1)— como ser creado, como el ser de la
criatura. La criatura se distingue de
Dios precisamente porque su ser no es su
esencia, es decir, porque en la criatura
hay acto y potencia, cosa que en Dios
no; Dios tiene que ser puro acto.
Así se plantea una metafísica
creacionista, y, por otra parte, así es
como Tomás de Aquino utiliza la
distinción real. Los tomistas actuales
han recordado la importancia que tiene
esta doctrina en el conjunto de la
filosofía tomista. El primero que llamó
la atención sobre eso es un español,
Norberto del Prado, que era profesor en
Friburgo y que lo publicó precisamente
en 1900. Es el que la saca a relucir
llamándola así: la verdad fundamental de
la filosofía cristiana, De veritate
fundamentali philosophiae christianae.
Norberto del Prado destaca que en Tomás
de Aquino juega un gran papel la
distinción real; ésa sería la verdad
fundamental de la filosofía cristiana.
Luego otros lo han retomado, como Gilson
por ejemplo, o Cornelio Fabro
últimamente. Pero a nadie se le ha
ocurrido aplicar esta distinción al
hombre; y me parece que hay que hacerlo,
que es conveniente hacerlo, y que es lo
que se puede proponer hoy; eso es una
profundización y una continuación en el
planteamiento tomista. ¿Acaso no está
explícitamente en Tomás de Aquino? No,
si lo que proponemos es una ampliación
de los trascendentales, y decimos que el
ser del hombre no es estrictamente el
ser como fundamento, como primer
principio, sino que es libertad.
El hombre y el universo.
Es decir, hay dos tipos, o dos modos de
ser: dos seres creados. Y
correlativamente habrá también dos
esencias que se distinguirán de su
respectivos actos de ser, pero que
también habrá que distinguirlas entre
sí; precisamente porque si son distintos
sus actos de ser, también ellas serán
distintas entre sí. Con lo cual se
justifica propiamente una investigación
acerca de la esencia del hombre: la
esencia del hombre es aquello de que se
distingue realmente el acto de ser
humano; pero la esencia del hombre no es
aquello de que se distingue el acto de
ser tomado como primer principio, que es
otra esencia. Esta otra esencia yo suelo
decir que es el universo; en el tomo
cuarto del Curso de teoría del
conocimiento (2) lo pretendo mostrar. El
universo, como esencia, se distingue de
su propio acto de ser, se distingue
realmente, es decir, es potencial
respecto de él. Pero si al ampliar los
trascendentales distinguimos el acto de
ser humano, también habrá que distinguir
su esencia, y habrá que decir que la
esencia del hombre no es intracósmica,
no se confunde con el universo. Con ello
damos un paso adelante, me parece, en la
comprensión del ser humano; y no sólo
del ser humano, sino de la esencia del
hombre.
Nuestra esencia no es una esencia que
derive del universo, porque como esencia
se corresponde con un acto de ser
distinto del universo, y por lo tanto es
distinta realmente de la esencia
universo, del universo como esencia. No
somos entes o esencias intracósmicas:
estrictamente no lo somos. Ahora veamos
si podemos decir algo acerca de la
esencia humana en cuanto que distinta;
distinta de dos cosas: es distinta
realmente del ser, pero también es
distinta de la esencia que se
corresponde con otro acto de ser.
Parecería que, entonces, al distinguir
la esencia del hombre de la esencia
universo, y afirmar que no somos entes
intracósmicos, problematizamos el
sentido físico del cuerpo humano, que no
es estrictamente independiente del
cosmos. Pero el cuerpo humano no es la
esencia del hombre, es una dimensión de
la esencia del hombre, pero no es la
única. Para aclararlo debemos considerar
la noción de naturaleza, porque el
cuerpo es señal evidente de la
naturaleza humana, la cual es
personalmente esencializable.
Hay tres nociones que no podemos
considerar como equivalentes, porque son
distintas: la noción de sustancia, la
noción de naturaleza y la noción de
esencia. A veces se toman
indistintamente, y son muchos los
textos, sobre todo aristotélicos o
aristotélico—tomistas, en que no se
aprecian muchas diferencias entre ellas.
Pero yo creo que hay que distinguirlas,
y que según esa distinción se puede dar
razón de la diferencia que hay entre la
esencia del hombre y el universo como
esencia. La esencia universo es, por así
decirlo, el universo entero: existe un
universo. Pero si existe un universo, o
si un universo es, quiere decir que el
universo es la esencia de un acto de
ser; distinta realmente de él, pero la
esencia de un acto de ser. Entonces el
universo como esencia, o la esencia
universo, sería justamente el universo
en su conjunto.
¿El hombre es el universo? No. ¿El
hombre pertenece al universo? No. La
interpretación de la antropología como
filosofía segunda en rigor es la
consideración del hombre como un ser
intracósmico, que pertenece al universo;
ésa es una convicción griega, y en ella
está la línea de sutura entre la
filosofía cristiana y la filosofía
griega. La filosofía cristiana puede
asumir la filosofía griega, pero lo que
no puede asumir, o le es muy difícil de
aceptar, es que el hombre sea un ser que
se explique como perteneciente al
universo. Por ejemplo, la idea de que el
alma humana es directamente creada por
Dios, que es una tesis de la filosofía
medieval cristiana, ya saca al alma del
universo: porque no está incluida en la
creación del universo si es que tiene
que ser directamente creada por Dios.
Sustancia, naturaleza y esencia.
Pero ¿en qué se distinguen?, ¿como se
pueden distinguir el universo y el
hombre? Pues se puede distinguir
diciendo lo siguiente: sustancia no es
lo mismo que naturaleza, porque la
naturaleza añade algo a la sustancia,
que justamente es el principio de
operaciones. Esto en la obra de
Aristóteles está muy presente, pero al
mismo tiempo no está enteramente
elaborado; aunque si han leído la
metafísica verán que el libro siete
termina con esta declaración: en rigor,
la sustancia se reduce a causa, es la
interpretación causal de la sustancia. O
la sustancia se reduce a causa o no se
la acaba de entender. El libro siete de
la metafísica es un libro un poco
vacilante, en que Aristóteles justamente
habla de la entelechia o de la ousía; y
ahí se encuentra con que la ousía o la
entelechia no es siempre del mismo tipo:
hay sustancias generables y
corruptibles, y otras que parece que no
lo son. Pero dándole vueltas al asunto
Aristóteles termina diciendo que en
definitiva la sustancia es causa. Ahora
en cuanto pasamos al carácter causal de
la sustancia, o tomamos en cuenta que la
sustancia o es causa o no es sustancia,
nos encontramos con la noción de
naturaleza: el principio de operaciones.
Ser causa es ser principio de
operaciones; la sustancia como causa es
la naturaleza en cuanto que principio de
operaciones.
A mi modo de ver no toda sustancia es
naturaleza, por eso incluso la
distinción entre las dos nociones es
mayor: porque hay sustancias que no son
naturalezas. Yo las suelo llamar
sustancias elementales, siguiendo la
terminología de Aristóteles, o
sustancias naturadas. Aristóteles cree
que todas las sustancias son
naturalezas; a mi modo de ver no se
puede decir eso de todas las sustancias,
sino sólo de las sustancias superiores,
por ejemplo, las sustancias vivas, los
vivientes; o sea, un animal como
sustancia, o una planta, es sustancia y
naturaleza. Pero otras, lo puramente
elemental, lo que hoy serían los quarks,
los bariones, etc. —en terminología de
los cuánticos—, no hay por qué decir que
son sustancias y naturalezas, de ninguna
manera: son meras sustancias. Es decir,
puros efectos, pero no causas; puros
efectos, o sea, que a su vez no causan.
Las sustancias naturadas son sustancias
carentes de naturaleza, meras sustancias
o brutas sustancias. Pero hay otras
sustancias superiores, justamente porque
a ellas se añade el ser principio de
operaciones; son sustancia siendo
principio de operaciones. Las sustancias
más perfectas son justamente éstas:
aquellas que no se limitan a ser
sustancias, sino que además, son causas
de. La noción de causa tiene que ver con
el fundamento, y por lo tanto si
hablamos de causas en definitiva estamos
hablando de algo que tiene que ver con
el fundamento, aunque pueda ser distinto
de él, y en ese sentido se hable de
esencia. De momento lo llamamos
naturaleza, sustancia como principio de
operaciones, porque todavía no hemos
llegado a la esencia.
Y ¿qué es la esencia? Pues la esencia es
justamente lo siguiente: la respuesta
definitiva a la pregunta de por qué
opera la sustancia; la consideración
definitiva o global de ese doblete,
sustancia-naturaleza. ¿Por qué operan
las sustancias? Las sustancias operan en
último término en orden a sí mismas,
dice Aristóteles; operar en orden a sí
mismas quiere decir establecer una
relación teleológica. La naturaleza es
aquello que pone a la sustancia en
relación con el fin; por eso las
sustancias naturadas, las sustancias que
no tienen naturaleza, no tienen relación
estricta con el fin, no están
finalizadas. Y, repito, ¿qué sería la
esencia? La esencia sería la
consideración teleológica de las
sustancias y las naturalezas. Aquí por
telos hay que entender el orden: la
consideración ordenada, la unidad de
orden de la pluralidad de sustancias
naturales, y por inclusión de las
sustancias naturadas; aunque las
sustancias naturadas tienen que tener
una relación peculiar con el orden, es
decir, cumplen el orden de otra manera,
no a través de su naturaleza, puesto que
carecen de ella.
Así creo que más o menos queda
esquematizado el asunto cuando se trata
de la esencia universo. El universo como
esencia no es una sustancia, ni tampoco
es la naturaleza, como hoy se dice; sino
que es la unidad de orden, tesis que por
otra parte es aristotélica. La unidad de
orden es lo primario, estrictamente
hablando; pero la unidad de orden no es
sustancia, sino una unidad superior a la
de la sustancia. Estamos dándole vueltas
al uno otra vez: la unidad de orden es
una versión de la noción de uno distinta
del uno tomado como sustancia, o del uno
tomado como objeto, de la unidad o
mismidad del objeto pensado, de la que
ya les he hablado. Existe también la
unidad de orden, y esa unidad me parece
que es justamente la esencia. La unidad
de orden en cuanto que unidad ordenante;
es decir, hay que distinguir la unidad
de orden y además una unificación de lo
ordenado correlativa con la unidad del
orden. ¿Qué es lo ordenado? Lo ordenado
es justamente el conjunto de las
sustancias, por decirlo así, y de sus
operaciones; y el universo sería la
consideración estricta de esa unidad
como telos, como unidad ordenante.
Esta es la consideración del universo en
su perfección; el universo como algo
perfecto es justamente eso: la unidad de
orden y su cumplimiento, es decir, lo
ordenado, lo que cumple el orden. ¿Qué
es lo que cumple el orden, o cómo se
cumple el orden? Fundamentalmente a
través de las sustancias naturales; o
también: las sustancias cumplen el orden
a través de su naturaleza. Pero ese
cumplimiento del orden, en un nivel
englobante o unitario, hay que llamarlo
causa final. Bien entendido que este es
el estricto sentido que tiene la noción
de causa final en Aristóteles. A veces
Aristóteles emplea la palabra fin de
otra manera, como el fin de una
tendencia, etc.; pero eso es un sentido
derivado del telos aristotélico. Cuando
Aristóteles se mete a fondo a estudiar
lo que significa fin, entonces dice que
fin significa unidad de orden, y niega
rotundamente que la unidad de orden sea
sustancial.
Bien, pues conjugando todos estos
elementos que proporciona Aristóteles,
para englobarlos dentro del asunto de la
distinción real, sacamos en claro esto:
que la esencia es justamente la
totalidad causal, la totalidad de las
causas. Yo la suelo llamar la
tetracausalidad, porque los sentidos de
la causalidad son cuatro; y a su vez
esos sentidos de la causalidad son los
sentidos predicamentales de la noción de
principio. Cuando distinguimos los
cuatro sentidos de la causalidad —el
material, el formal, el final y el
eficiente—, hablamos de las causas
predicamentales; y entonces la
consideración completa de la causalidad,
la consideración de la tetracausalidad,
sería la consideración de la causa final
en su relación con todos los otros
sentidos de la causalidad. Pues eso es
justamente lo que es distinto realmente
del primer principio. Si el ser es
primer principio, lo distinto realmente
de él son precisamente las causas, que
por eso se llaman predicamentales. En
Aristóteles propiamente lo trascendental
es lo que está más allá de lo
predicamental, o de lo categorial; si lo
categorial se entiende causalmente,
entonces esa pluralidad de las causas es
justamente aquello respecto de lo cual
su trascendental es el ser como primero,
como primer principio. Y entonces las
cuatro causas, precisamente por ser
distintas, por ser un análisis —yo lo
suelo llamar así— del primer principio,
son su esencia, y son distintas
realmente de él. La distinción real
entre ser y esencia, cuando se trata de
lo que no es el hombre, es la distinción
real entre el universo y su ser,
entendiendo el universo justamente como
una tetracausalidad.
Perfección intrínseca y extrínseca.
Pues bien, éste no es el caso del
hombre: la esencia del hombre no es la
tetracausalidad, la esencia del hombre
no es la unidad de orden. ¿Dónde está la
distinción entre esos dos sentidos de la
esencia? Pues podemos también empezar
considerando al hombre como naturaleza,
como sustancia natural. Evidentemente se
puede decir que el hombre es una
sustancia natural, una sustancia
viviente; y por lo tanto es una
sustancia con naturaleza, como los
animales, como todas esas sustancias no
elementales, sustancias superiores, que
existen en el cosmos. Hasta aquí bien, y
en rigor aquí es donde se detiene
Aristóteles: el hombre es una sustancia,
una sustancia muy alta, pero una
sustancia con naturaleza, y nada más.
Esta es la antropología de Aristóteles:
el hombre como sustancia natural; más
elevada que otras sustancias naturales,
pero no pasa de ser una sustancia, y por
lo tanto el hombre es intracósmico.
Pero no, el hombre no es intracósmico,
¿por qué? Porque el hombre no está
unificado por el fin, por la unidad de
orden; es decir, poque es perfecto de
otra manera. Lo perfecto en el universo,
es decir, la causa más primaria, o la
más perfecta de todas, es la causa
final. Lo más perfecto en el universo es
el orden; la unidad de orden expresa la
perfección del universo, y por eso ahí
es donde se consuma, es decir, donde se
pasa de sustancia con naturaleza a
esencia: la esencia es la consideración
del universo como perfecto, como
agotando toda su plenitud causal, todo
su análisis causal. Toda su analítica
causal unificada es justamente la unidad
de orden, el telos en sentido estricto.
Pero en el caso del hombre no es así; en
el caso del hombre la perfección es
inherente. La causa final siempre es una
causa extrínseca; es una perfección,
pero es una perfección que como unidad
de orden no pertenece a lo ordenado. Lo
ordenado está ordenado por esa unidad de
orden, pero la unidad de orden se
distingue de lo ordenado, es una causa
distinta, y por eso se dice extrínseca.
En el caso del hombre, aun considerado
como sustancia natural, la perfección es
intrínseca, es decir, el hombre es una
sustancia natural capaz de
autoperfección. Si la sustancia natural
humana es capaz de autoperfección,
entonces esa capacidad de
autoperfeccionarse, y ese efectivo
alcanzar la propia perfección, es
justamente lo que yo entiendo como
esencia del hombre. La esencia del
hombre se distingue de la esencia
universo en cuanto que esencia, en que
ella misma se dota de perfección, en que
la perfección le es intrínseca. Se
constituye como esencia sin aludir a un
factor extrínseco ordenante, o a un
sentido causal ordenante, sino que
consigue su perfección, digámoslo así,
en una redundancia sobre sí misma. Y esa
redundancia sobre sí misma es justamente
lo que se suele llamar hábito; el hábito
es la perfección de la naturaleza
humana. Pero el hábito se distingue de
la causa final, de la unidad de orden,
es decir, de la perfección del universo,
porque el hábito no es extrínseco a la
naturaleza, sino que el hábito es una
consecuencia de la naturaleza. Al
desplegar el hombre su operatividad
natural entonces adquiere hábitos: los
hábitos intelectuales, o bien los
hábitos de la voluntad, que son las
llamadas virtudes morales, y también
incluso las tenencias categoriales. Una
naturaleza que es capaz de
autoperfección, una naturaleza que no
tiene su fin fuera de ella misma, por
decirlo así, sino que se dota ella misma
de su propia perfección, esa naturaleza
no es del universo, sino superior al
universo. Una naturaleza autoperfectible
no es la esencia universo, sino que es
otro tipo de esencia.
Señalamos una peculiaridad de la esencia
del hombre que la distingue de la
esencia universo y según la cual es una
naturaleza autoperfectible, no como las
sustancias naturales intracósmicas. Las
sustancias naturales intracósmicas no
son autoperfectibles, sino que son
perfeccionadas por algo extrínseco a
ellas que es la unidad de orden,
justamente la que las abarca, o dentro
de la cual están, por decirlo así.
Recuerden, porque todo esto guarda
relación como es lógico, que les había
descrito la libertad como inclusión
atópica en el ámbito de la máxima
amplitud. La máxima amplitud no puede
ser la unidad de orden, es algo más; y
esa inclusión atópica tampoco es el mero
ser ordenado, que es lo que corresponde
a las sustancias naturales.
Esto no es nada nuevo, aunque la
terminología que vengo utilizando les
pueda extrañar; lo encontramos por
ejemplo en la noción de ecosistema. En
el sistema ecológico unas cosas tienen
que ver con otras, unos vivientes tienen
que ver con otros vivientes, de tal
manera que se constituye un orden; en
rigor, si esto lo llevamos a sus últimas
posibilidades, nos encontraríamos con
que el universo es una unidad de orden;
una unidad de orden que comporta algo
ordenado, es decir, que se ejerce sobre
algo, puesto que tiene un valor causal.
Hay un cumplimiento del orden y el
cumplimiento del orden corre a cargo de
lo ordenado, y lo ordenado puede ser
ordenado en la misma medida en que pueda
serlo, o en que permita que la unidad
del orden se le aplique. No todo es
susceptible de ser ordenado de la misma
manera; cada sustancia a través de su
naturaleza, o a través del factor que
sea si se trata de una sustancia sin
naturaleza, cumple el orden según la
medida de que es capaz. Cuando se trata
de la naturaleza del hombre no es así,
la naturaleza del hombre se da a sí
misma su propia perfección.
Pues bien esa autoperfectibilidad
distingue la esencia del hombre respecto
del universo como esencia; y también se
distingue realmente respecto de un acto
de ser propio, el acto de ser personal.
Pero ahora el acto de ser personal no es
un primer principio, sino que es la
persona. La persona es aquel acto de
ser, podríamos ahora también decirlo
así, cuya esencia distinta realmente de
él es una naturaleza autoperfectiva; en
cambio, cuando el acto de ser es un
primer principio la esencia es la unidad
de orden. También hay sustancia, y
naturaleza; pero la perfección de todo
eso es la unidad de orden. La unidad de
orden es, por así decir, común a todas
las sustancias, es la organización de
todas las sustancias. En el hombre no es
así: en el hombre la perfección se la da
él a sí mismo, a través de sus propios
actos; a través de sus actos el hombre
adquiere una perfección propia. La
naturaleza del hombre adquiere una
perfección que le es estrictamente
intrínseca, es decir, que es una
elevación de la misma naturaleza; con lo
cual el hombre no es meramente una
naturaleza, sino que es una naturaleza
esencializable ella misma. En cambio las
sustancias naturales del universo no son
esencializables, sino que son
simplemente ordenables, porque la
perfección que les corresponde es una
perfección que las aglutina, pero que no
se les comunica, en el sentido de que
ellas mismas la generen. No, nada de
eso; es otro sentido de la causalidad,
que además es unitario y las congrega a
todas: la unidad del orden.
La esencia del hombre así entendida es
una esencia superior a la esencia
universo. Paralelamente habría que decir
que el acto de ser correspondiente, esos
trascendentales humanos: la libertad, la
intelección como trascendental —es
decir, la pura noeticidad del pensar—, y
el amor como trascendental, también son
superiores a los trascendentales que
podemos considerar en metafísica, que
son el ser —el ser como principio,
puesto que además tenemos un ser
superior que es el ser personal—, la
verdad y el bien. A la superioridad de
la esencia le corresponde también una
superioridad en el orden del ser; aunque
en rigor habría que decirlo al revés:
porque se trata de un ser superior, de
una trascendentalidad superior, es por
lo que la esencia es superior.
El crecimiento.
Esto en definitiva se podía traducir a
lo siguiente: la esencia del hombre es
una esencia capaz de un crecimiento
irrestricto. El hombre es una esencia,
pero una esencia abierta, y abierta en
una línea que es el crecimiento: el
hombre es un ser esencialmente
creciente. Otras veces a esto se llama
autorrealización, pero a mí me parece
que la autorrealización no es una buena
expresión. En todo caso, el hombre
siempre puede ir a más, esencialmente
puede ir a más; por eso no existe el
superhombre, o una especie posterior que
venga a cumplir las posibilidades del
hombre: la evolución se para en el
hombre. Si entendiéramos evolutivamente
el ser humano nos daríamos cuenta de que
la evolución, en el caso del hombre, es
una preparación de su carácter esencial,
la preparación de una naturaleza que es
capaz de esencialización ella misma, es
decir, de un crecimiento que va mucho
más allá del crecimiento orgánico, ya
que es un crecimiento también en el
orden del espíritu.
Fíjense ustedes que si examinamos las
distintas naturalezas intracósmicas, los
distintos seres vivientes, nos
encontramos ya con procesos de
crecimiento: el crecimiento orgánico. El
crecimiento orgánico es un asunto que
está absolutamente claro que existe, y
sin embargo su última índole está por
averiguar. En definitiva el crecimiento
orgánico es la misma consideración del
organismo, lo que hoy se llama
embriogénesis. Hay un crecimiento
orgánico, porque el organismo se
constituye según un proceso de
diferenciación. Tampoco se sabe
exactamente cómo, porque aunque ya se ha
descubierto el código genético, sin
embargo todavía no se sabe exactamente
cómo funciona. La biología en este punto
ha dado muchos pasos adelante, pero
todavía eso está por averiguar. Cómo es
la embriogénesis realmente no lo sabe
nadie; pero que existe la embriogénesis
eso está bastante claro. La
embriogénesis es una forma de crecer,
pero no es un crecimiento irrestricto,
sino que el crecimiento orgánico se
detiene; antes o después, pero se
detiene. Por eso, el animal llega un
momento en que ya no crece; pero el
hombre puede crecer siempre.
Aristóteles, con todo, estableció las
bases para comprender el crecimiento. En
Aristóteles hay fuertes equivocaciones
en fisiología y anatomía; pero sin
embargo sus ideas básicas de biología,
podíamos llamarlas así, son
extraordinariamente nítidas. Aristóteles
definió claramente lo que es la
embriogénesis. La describe como una
reproducción diferencial. Una
reproducción, si es pura reproducción,
da lugar a individuos diferentes; para
que una reproducción sea compatible con
la unidad del individuo es menester que
sea diferencial. La reproducción
diferencial acontece en el modo de
lograr a través de ella una serie de
órganos que justamente constituyen un
organismo unitario. Pero eso es
precisamente el crecimiento; el
crecimiento orgánico es justamente la
constitución de un organismo. También la
definición de alma de Aristóteles tiene
que ver directamente con esto. El alma,
según Aristóteles, es la entelecheia de
un cuerpo organizado, el acto primero de
un cuerpo organizado; un acto primero
que corresponde a una organización, es
decir, a una diferenciación unitaria, o
a una reproducción diferencial unitaria.
Pero en el hombre el crecimiento no se
detiene. El hombre crece orgánicamente
hasta cierto punto; su crecimiento
orgánico evidentemente no es un
crecimiento irrestricto, es decir, llega
un momento en que el hombre acaba de
crecer, ya tiene su organismo
constituido. Pues entonces aparece otra
clase de crecimiento, porque en el
hombre hay una parte de su organismo que
puede crecer más allá de su constitución
genética, que es el sistema nervioso. El
sistema nervioso humano ofrece un vector
de crecimiento que no termina con su
constitución, es decir, que no termina
con la embriogénesis. También esto está
reconocido en la filosofía clásica de
una manera muy neta: hay facultades
humanas orgánicas que son organógenas, o
sea que no tienen su órgano ya
constituído, sino que lo autogeneran,
son organógenas. El caso típico es la
imaginación; el carácter organógeno de
la imaginación, que realmente es una
averiguación espléndida y por otra parte
enteramente actual —hay que incluirla en
la biología actual—, mucha gente lo ha
descubierto, aunque ya se encuentra
claramente en los textos de Tomás de
Aquino. La imaginación es organógena, es
decir, no es un órgano ya constituído al
nacer, sino un órgano que se va
constituyendo, y que por lo tanto
comporta un crecimiento que va más allá
de la pura génesis constituyente. Pero
todavía eso es un crecimiento finito;
que tiene que ver con un cierto tipo de
conocimiento, y por tanto no es un mero
crecimiento orgánico, sino algo más;
pero que también tiene su limitación. La
imaginación humana puede crecer hasta
cierto punto, pero más allá de ese punto
ya no crece; aproximadamente el
crecimiento de la imaginación humana, la
autoconstitución del órgano de la
imaginación, se termina en el hombre en
torno a los 22 ó 23 años.
Pero sin embargo el hombre sigue
creciendo, precisamente a través de su
vida; por eso ese libro mío que se llama
Quién es el hombre (3), tiene un
subtítulo que reza un espíritu en el
tiempo; por cierto que me lo cambiaron,
fue un error de la editorial, y le han
puesto un espíritu en el mundo, el
título de una obra de Rahner; y
realmente lo que dice el libro no tiene
mucho que ver con lo que dice Rahner. Un
espíritu en el tiempo es un espíritu
cuyo despliegue temporal es creciente;
el hombre es capaz de aprovechar el
tiempo. También el organismo aprovecha
el tiempo en tanto en cuanto que crece;
porque crece en el tiempo, y en tanto
que lo hace no se puede decir que el
tiempo lo desgaste, sino todo lo
contrario: que el tiempo le viene muy
bien al organismo, porque sin ese tiempo
el organismo no crecería, no se
constituiría a sí mismo. La
embriogénesis es la fase más interesante
de la vida animal; en el hombre también
es extraordinariamente importante, pero
la cosa sigue en la organogénesis, es
decir, en el crecimiento del sistema
nervioso que no se termina al nacer.
El crecimiento irrestricto.
Pero además el hombre sigue creciendo a
lo largo de toda su vida, y crece del
siguiente modo: cuando el hombre ejerce
operaciones, esas operaciones tienen
siempre un doble resultado. Tienen un
resultado externo, porque el hombre es
un ser productor; es decir, de la
actividad humana resulta algo: si uno
hace zapatos resultarán zapatos, de un
artesano saldrá la obra artesana. El
hombre es un productor, un ser
productor; pero no es un productor
solamente hacia fuera, sino que
justamente al ejercer su actividad esa
actividad se queda en sí mismo; es
decir, revierte o redunda en la misma
naturaleza, en el mismo principio
natural perfeccionándolo, llevándolo más
adelante, haciéndole en definitiva
crecer. Nuestras facultades espirituales
no son facultades fijas, no son
principios operativos fijos, sino
principios perfeccionables justamente
por su actividad. Por eso el hombre con
sus actos se puede hacer más o menos
hombre; es un gravísimo error considerar
al hombre solamente como un ser capaz de
producir resultados, homo faber; eso es
una consideración completamente
unilateral. Eso es cierto, pero no es la
verdad completa; la verdad completa es
que cuando el hombre actúa siempre el
primer beneficiario o, como también esto
puede ser negativo, la primera víctima
de su actividad es él mismo, su propia
naturaleza.
Pues bien, que una naturaleza al ejercer
sus actos, no solamente sea ordenada por
la causa final, es decir, se meta dentro
de la unidad de orden, cumpla el orden a
su modo, sino que ella misma siga
creciendo, y ella misma se siga
constituyendo, eso es justamente lo
característico de la esencia del hombre:
lo que la distingue de cualquier otra
naturaleza, de los seres animales, o
vegetales, etc., y por tanto de la
esencia universo. Yo creo que se puede
enfocar así: si tomamos en cuenta el
crecimiento, entonces la diferencia
entre la esencia del hombre y la esencia
universo se hace muy neta: el universo
es incapaz de hábitos. Ningún ser
intracósmico tiene hábitos, adquiere
hábitos; ningún ser intracósmico se
autoperfecciona de una manera
irrestricta, sino que su perfección está
justamente en cumplir el fin, es decir,
en cumplir el orden: ser un ordenado, un
cumplidor del orden; y en eso estriba lo
más a que puede aspirar una sustancia
natural intracósmica. Pero el hombre no
es una sustancia natural intracósmica:
se sale del universo precisamente porque
recaba para sí su propia perfección a
través de su actividad; y eso de una
manera, insisto, irrestricta, hasta que
se muere. Un hombre puede estar
creciendo en sus potencias espirituales,
en sus facultades espirituales, hasta
que se muera. Yo pienso que incluso
sigue creciendo después; y lo he hablado
con algunos teólogos, que no están muy
de acuerdo con la tesis; pero yo creo
que sí: que el hombre puede seguir
creciendo después de muerto. El
espíritu, si es inmortal no se limita a
sobrevivir, o a entrar en la eviternidad,
que ya no es el tiempo, sino que sigue
creciendo.
El hombre es capaz de aprovechar el
tiempo de esta manera; y en ese sentido
ejerce un dominio, un señorío, sobre su
propia temporalidad. La esencia del
hombre se podría también describir así:
como la esencia biográfica; el hombre es
el ser que tiene una biografía. ¿Qué
quiere decir eso? Pues que es un ser que
no acaba de hacerse esencialmente, o de
constituirse esencialmente, nunca;
porque siempre puede ir a más. Y puede
ir a más precisamente por esta
característica que tienen sus acciones,
por la que no solamente tienen que ver
con otras cosas, es decir, no son
solamente productivas, sino que lo más
importante de ellas es justamente que
son acciones que perfeccionan la propia
naturaleza, o la degradan. Desde este
punto de vista el hombre es lo que se
suele llamar, en teoría de sistemas, un
sistema libre. Y esto es lo que se puede
decir de la esencia del hombre en cuanto
que distinta de la esencia universo: el
hombre está más allá del cosmos. Rilke
lo decía así: el hombre siempre está más
allá del fin; está siempre más allá del
fin porque cualquier fin que se proponga
lo puede prolongar según la perfección
de su naturaleza. Siempre puede ir a más
en su propia constitución esencial, la
puede hacer mejor, porque el hombre
esencialmente nunca está terminado.
Ya ven ustedes que esto conecta también
con aquella otra descripción de la
libertad que les di: aquel tener que ver
con el futuro, aquella futurización, que
no desfuturiza el futuro; es decir, el
hombre es un ser enteramente abierto al
futuro. Lo cual para su esencia
significa que siempre puede ir a más; es
decir, que para el hombre el tiempo no
significa desgaste. Puede significar
desgaste desde el punto de vista de su
constitución natural, biológica, pero
desde el punto de vista de su espíritu
no; desde el punto de vista de su
espíritu, al menos hasta que se muere
puede seguir creciendo. Crecimiento y
perfeccionamiento son lo mismo, si no el
perfeccionamiento sería una idea
demasiado platónica, una pura idea; un
perfeccionamiento real es un
crecimiento. El hombre puede hacerse
cada vez más uno esencialmente, y al
mismo tiempo puede ir integrando en esa
unidad cada vez mayores diferencias. El
modelo inferior de integración, para
entendernos, es justamente la
embriogénesis, la constitución del
organismo, que es el caso de crecimiento
más claro que existe en lo que nosotros
podemos observar científicamente. Pero
la antropología tiene que sacar a
relucir la idea de un crecimiento
todavía mayor, un crecimiento que
siempre se puede mantener, y un
crecimiento que es más que una
diferenciación de la unidad en la
reproducción como es el crecimiento
orgánico. Se trata de una especie de
feed-back, si lo asimilamos a la
cibernética.
Porque ¿qué es adquirir un hábito?
Adquirir un hábito es una
realimentación; la facultad, el
principio de una acción u operación, es
mejorado, incrementado, perfeccionado
justamente por la acción; es decir, la
acción del hombre no es solamente
transitiva, sino que la acción del
hombre se queda en él e incrementa su
poder de ejercer acciones; lo cual
quiere decir que en adelante podrá
ejercer acciones más altas. En eso
estriban las virtudes, y por eso el
estatuto antropológico de la ética está
aquí: la ética humana radica
esencialmente en el establecimiento de
las condiciones para que el crecimiento
no se detenga. La ética en definitiva
exige que el crecimiento, es decir, la
esencia del hombre en cuanto que es un
autoperfeccionamiento de la naturaleza,
no se detenga; eso es lo que estudia la
ética, Y aquí también se ve cómo la
libertad, que es un trascendental
personal, se extiende hasta la esencia.
La vida como una carga.
Recuerden lo que decía san Agustín: si
dijeres basta pereciste; el hombre nunca
puede decir basta, el hombre en rigor es
un insatisfecho. Insatisfecho en el
sentido más etimológico de la palabra,
es decir, el que nunca puede conformarse
con lo hecho: satis facere. Considerar
que uno ha hecho, ha progresado, o ha
crecido lo suficiente; y decir ya me
puedo echar a dormir, ahora ya no tengo
nada que hacer, tengo tiempo sobrante,
es detenerse. Porque entonces ¿qué hago
con el tiempo?, ¿qué puede hacerse con
el tiempo si no se crece? Pues no se
puede hacer más que una cosa:
divertirse, o aburrirse que es la
antítesis. O entrar en un proceso de
modas, que es una manera de intentar
evitar el aburrimiento: la forma que
adquiere el afán de divertirse cuando se
ve amenazado por el aburrimiento; eso es
vivir a la moda. Pero no se puede vivir
así: el hombre no puede vivir más que
creciendo; no cabe el descanso.
El hombre siempre debe crecer más;
porque en definitiva el hombre tiene el
deber de ser cada vez más humano, de
tener una esencia cada vez de mayor
alcance, de no dejar de crecer. Píndaro
daba un imperativo: se el que eres. No
es suficiente; está bien, pero se queda
corto. Habría que decir: se
esencialmente todo lo que puedes. No
dejes de crecer, no te tumbes a la
bartola, no creas que has alcanzado un
estadio que ya es insuperable; nunca,
porque siempre puedes ir más allá; no en
el orden de los objetivos externos,
aunque quizás también ahí, sino sobre
todo en el orden del crecimiento de lo
humano en cada uno de nosotros.
Ya comprendo que se puede decir: eso a
mí no me gusta. Pero decir eso es
expresar la propia protesta; y la propia
protesta es más bien un homenaje: no es
una refutación, sino un homenaje. Porque
significa: eso es demasiado... para mí.
En ese sentido también se puede decir:
es mejor la inconsciencia de la piedra;
pero ¿para quién? Para el que no soporte
el esfuerzo de vivir. La vida siempre
significa esfuerzo, siempre lleva
consigo —en el animal es claro— una
cierta lucha; no en sentido darwinista,
pero para vivir hay que buscar
satisfacer las necesidades, por ejemplo,
y a veces los recursos con que se cuenta
son escasos, y entonces hay que
ingeniárselas. Lo mismo pasa con la
libertad: hay gente que no quiere ser
libre, porque quizás es más cómodo no
serlo. Si todo nos lo dieran hecho...
Ahora bien, la vida humana siempre
consiste en crecer; su penosidad no
procede de este hecho. La diferencia no
se establece entre estar hecho o tener
que hacerse; no, la diferencia está en
tener que hacerse con esfuerzo —ganarás
el pan con el sudor de tu frente, dice
el Génesis (4)—, o tener que hacers