
Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, 13 de octubre 2005
Aunque no sea frecuente hay gente del
cine que eleva el séptimo arte a la
excelencia. Lo hace Wim Wenders
una vez más en
Tierra de Abundancia. Comparto
la experiencia de Gustavo de Prado: «he
aprendido a dejar pasar el tiempo con
las películas de Wenders y deleitarme
con el segundo visionado».
Wenders es mágico. Sus personajes,
mediante la ficción, presentan al ser
humano en todas sus dimensiones reales,
sin reduccionismos. Wenders cree en
Dios, por eso es mágico (quiero decir,
más que otros que lo son pero no tanto,
porque son inevitablemente reduccionistas). Porque cree en Dios,
Wenders cree con justeza en la excelencia de la
persona. Por eso la descubre en cada
personaje. Además la sabe mostrar, tiene
sabiduría, arte y técnica. Lo tiene
todo, por eso nos invita a leerle más de
una vez; y cuanto más se lee más se
descubre, como sucede con el Quijote y
con las personas, con cada persona.
En “Tierra de abundancia” nos topamos
con Lana, hija de un misionero
protestante que ha vivido sus 20
primaveras entre África y Cisjordania.
Ahora, a la muerte de su madre, vuelve a
Estados Unidos para localizar a su tío
Paul, veterano de Vietnam, paranoico.
Desde el 11-S, Paul patrulla las calles
en su furgoneta en busca de musulmanes
conspiradores. Tras el primer encuentro
entre tío y sobrina no parece que tengan
nada que decirse, pero la muerte de un
extraño les une y comienzan a recorrer
juntos un camino insospechado.
Hacia el final, el veterano de Vietnam
cuenta su pesadilla. En cierta
escaramuza, un helicóptero
estadounidense es abatido. Sólo se
salvan dos soldados, uno de ellos es
Paul. Lana exclama: «¡Paul, esto es un
regalo!». Paul replica sincero: «No
estoy tan seguro». Lana, con ternura sobria,
esquisita: «Para mí, sí lo es».
Estamos ante la síntesis de un tratado
de antropología filosófico teológico
cinematográfica: la persona, cualquier
persona, toda persona es regalo, don. La
persona es don, aunque ella misma no lo
sepa. Lo es para alguien. Paul, a pesar
de sus evidentes defectos y rarezas de
paranoico, es tesoro para Lana. Cada día
es don,
regalo, tesoro de y para alguien. Pero, ¿y
si no existiera ninguna Lana en el
mundo? Existiría Dios… en el mundo. En
la filmografía de Wenders, Dios no es un
existente lejano ni extraño, late
en este mismo mundo nuestro con toda naturalidad, con
sencillez, sin esfuerzo, sin
rebuscamiento, como es en realidad. Paul
sería –se entiende, no hace falta
decirlo-, regalo de Dios y para Dios y,
en consecuencia, para Paul mismo aunque
no existiera Lana; y, más allá de las
apariencias, es don para otros, para
muchos, también para los que
visualizamos el film.
La persona es don, en cada instante. Por eso,
a mi juicio, debiera
enseñarse en las escuelas a utilizar
oportunamente –tarea de
recuperación- el «don»: «don Fernando,
don Rodrigo, don Aquilino…», cualquiera
que sea la condición profesional,
social, étnica, etc., de la persona.
«Don» es, en ese contexto, por origen,
un apócope de «dominus», que significa
«dueño» («señor»), seguramente de una
«casa» noble. Todo ser humano es don,
regalo, porque es, debe ser, señor de sí
mismo y está llamado, por derecho
natural, a señorear en el mundo, con
plena y responsable libertad, viendo en
los demás, «dones», regalos. Y como son
«dones», hay un «Donador», por lo cual,
cada «otro» no sólo es presencia del
don: es presencia de la Presencia,
presencia del Donador. Sin esa categoría
profunda nadie podría ser don.
Ahora
convendría completar el tema de la
persona-don con lo que Tomás Melendo
sintetiza diciendo: «conviene
dejar muy claro que en virtud de [su]
superioridad entitativa […] la persona
se configura primordialmente como una
realidad llamada a la entrega: a la
donación total, absoluta. Sin semejante
ofrenda de sí, ningún ser humano puede
lograr el cumplimiento, la plenitud que
le compete como persona… ni, por ende,
la felicidad» [Familia
y persona] .
A las mujeres, el idioma no nos permite
llamarlas «don», sino «doña», es decir,
«señora». Nada impide que habiendo
ponderado lo que significa «don» y su
nexo con «señor», al llamar a una mujer
«señora» o «doña», la mente se encuentre
gozosamente llena de la presencia del
«don», regalo, que se contiene en el ser
de la persona femenina, siempre
singular, irrepetible, de valor sin
límite, presencia de Presencia.
La alergia o el desprecio a ciertas
formas dentro de una cultura – en
cualquier cultura en que nos hallemos –
es propia de gente inculta,
indocumentada, ineducada o mal educada,
en una palabra, zafia, miope a la
dignidad inherente al ser de toda
realidad personal. También el zafio es
don, no hay excepciones, pero como
diamante en bruto, no brilla, no aporta
lo que debiera a las relaciones
interpresonales, sociales, mercantiles,
políticas, religiosas. Las manosea y
entorpece. Es preciso
invitarle con todo respeto a que se
someta a una labor de pulimentación que
puede doler un poco, pero agradecerá de
por vida, y se lo agradeceremos todos.
En la escuela y en la familia, también
entre amigos, se puede hacer mucho.
El diamante se pule con el diamante,
ha escrito san Josemaría Escrivá.
