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Por Luis Olivera
Periodista
Inteligencia y, además, “divina” –la llama igual que Aristóteles- razón. Enmohecer, salirle moho a algo. Por falta de uso. Consecuencia: seríamos bestias. O peor, porque las bestias no están capacitadas para ser nada más. Nosotros, sí. En toda esta obra del dramaturgo inglés late el afán de inmortalidad, precisamente por considerar que el hombre es ¡una obra maestra!, con sus facultades –que lo hacen infinito--; por sus acciones parecido a un ángel; y por su inteligencia, “¡qué semejante a un dios!”. Shakespeare incluso llega a decir, como resumen, que el hombre es la maravilla del mundo, el arquetipo de los seres. Si actúa como lo que es, si es fiel a aquello que lo caracteriza.
Pero si el hombre se deja llevar y guiar sólo por sus apetitos, el dormir y el comer, queda reducido a ser apenas una bestia entre muchas, una “quintaesencia del polvo”, y además enmohecido. Infrautilizado. La diferencia sustancial es la inteligencia y su uso, junto a la razón: la racionalidad, el ser capaz de aplicar los “pálidos toques del pensamiento” a lo que sucede a su alrededor, en “el torbellino de la vida”. Por eso considera el escritor inglés que “nada hay ni bueno ni malo si el pensamiento no lo hace tal”, si le falta ese toque mágico, esencial, que interioriza todo antes de pasar a la acción y que da vibración de eternidad aun a lo más menudo e intrascendente.
Inmortalidad como destino futuro que detiene a Hamlet cuando se plantea quitarse la vida, para evitar sufrir los golpes o dardos de “la insultante Fortuna”. Y se pregunta: “¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, sino fuera por el temor de un algo después de la muerte –esa región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno-,... ¿ Tras ese ‘ser o no ser’ se esconde ese saberse hecho por Otro, esa dependencia ontológica de la criatura respecto a su Creador, con una distancia infinita que no es posible salvar a solas. Uno nace sin escogerlo y muere también sin tener arte ni parte en ello. Aunque esa travesía personal también está amasada con el uso de nuestra individual libertad.
No es un tema baladí ni algo por lo que encontrar querella por un “quítame allá esas pajas”. Forma parte de esos temas constantes que todas las obras de la literatura clásica nos ponen delante de los ojos. Esos grandes maestros de la humanidad nos ofrecen un caudal impresionante de experiencias como modelos de actuación. Diríase que, a través de ellos, la persona humana se constituye como una original síntesis de materia y espíritu. Si predomina la primera, sólo somos unas bestias sueltas más, al albur de nuestros apetitos. Si triunfa el espíritu, nada hay en el universo visible más perfecto y bello que el ser humano. Y es que, como decía Kant, la persona no es algo, sino alguien. Una caña pensante y, por lo tanto, semejante a un dios. E inmortal, destinado a seguir viviendo en el Más Allá, donde –como dice Ofelia- “no sabemos lo que podemos ser”. Aunque lo intuyamos imperfectamente.
©Luis Olivera.
©Arvo Net, enero 2004.
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