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Por Peter Geach
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Arvo Net, 20.07.2006
La condición de estar intrigado por el tiempo no es algo
artificialmente producido en los alumnos que asisten a
clases de filosofía; mas bien, forma parte de nuestra
condición humana preguntarse por el tiempo, y tal
interés les sobreviene naturalmente a los hombres cuyas
vidas no se desenvuelven detrás de anteojeras mentales.
Una tarde en Leeds, después del trabajo, me fui a un pub
local para tomarme una pinta de cerveza. Mientras me la
bebía lentamente, escuché 1a conversación que mantenían
dos trabajadores ya avanzados en edad vestidos de
pantalón vaquero: estaban debatiendo si era correcto o
no decir que “mañana nunca llega” Los argumentos
iniciales en pro y en contra eran realmente
interesantes, así que los anoté.
A: “Mañana es el 30 de abril, ¿no es cierto? Pero el 30
de abril llegará. Así que mañana llegara”.
B: “No, eso no es correcto. Si algo va a llegar,
entonces a veces; será correcto decir que ha llegado.
Pero nunca será correcto decir que mañana ha llegado.
Así que tampoco es correcto ahora decir que mañana
llegara”.
Como fácilmente se ve, la evaluación de estos argumentos
en cuanto a su validez requeriría varios conceptos
técnicos y métodos de lógica y de filosofía. No tengo
necesidad de demostrar ahora por qué es así. El
incidente ilustra que los metafísicos se distinguen del
resto de los mortales, no en que tengan dudas
metafísicas, sino en que intenten resolverlas
persistente y sistemáticamente. La necesidad de no
perder de vista las profundas perplejidades del hombre
de la calle era constante en la mente del maestro de mi
padre, McTaggart. El mismo había desarrollado un sistema
metafísico muy complejo y argumentado hasta el detalle,
pero estaba profunda y prácticamente convencido de esta
necesidad humana, así que acostumbraba a dar, con
regularidad, conferencias públicas sobre temas
metafísicos a la gente de Cambridge, que eran muy
populares y muy concurridas.
Las perplejidades que naturalmente surgen acerca del
tiempo han hecho que mucha gente se pregunte si el
tiempo es una realidad o una ilusión. La fama o
notoriedad perdurable de McTaggart proviene de su
argumento sutil y original en contra de la realidad del
tiempo. Igual que con los argumentos de Zenón en contra
de la realidad del movimiento, este argumento ha sido el
blanco de docenas de supuestas refutaciones, pero apenas
dos autores están de acuerdo acerca de cómo refutarlo. A
la luz de su argumento contrario, no obstante, me atrevo
a afirmar que podemos estar seguros de que el tiempo y
el cambio son reales; entonces no hay sólo una realidad
sin cambio y sin tiempo, como afirmaba McTaggart.
Irónicamente, el método dialéctico que me propongo
utilizar es uno que fue utilizado con éxito en otras
cuestiones por el propio McTaggart.
Buscando criterios para distinguir entre apariencias
fidedignas y engañosas, McTaggart observó que en ciertos
casos no podemos dudar seriamente de que un concepto
realmente es aplicable: concretamente, cuando la mera
apariencia de que hay una cosa que es tal o cual cuando
no la hay, ha de ser en sí un caso genuino
de una cosa que es tal o cual. Por ejemplo, un engaño
acerca de la existencia de un engaño sería en sí un
verdadero engaño; no puede ser un mero engaño el que
haya engaños, aunque algunos (Parménides y la
profetisa de la Ciencia Cristiana, Sra. Heddy, y ciertos
filósotos hindúes) parecen haber mantenido que este
error de algún modo llegó erróneamente a existir,
mientras que realmente sólo existe el Uno. Ahora bien:
el dolor no puede sólo ser una ilusión. Podría
mantenerse, posiblemente, que sólo estados de engaño
pueden ser dolorosos, que un estado de discernimiento
transparente, libre de ilusión, también estaría libre de
cualquier dolor o angustia; pero no podemos decir
consistentemente que no hay dolor o angustia, que
sólo parece que lo haya. Porque tal engaño, el de que
hay dolor, sería en sí un engaño desagradable, doloroso.
Ahora vayamos a algo más alegre: ¿podemos rechazar como
inconsistente la idea de “falsos placeres”? En algunos
diálogos platónicos parece que encontramos el
planteamiento de que el mero alivio de una incomodidad
previa se entiende mal como un placer. Pero, por el
contrario, si un hombre parece estar complacido, lo
está, por muy transitoria o inútil o mala que sea la
experiencia en la que halla placer. En estos argumentos
he seguido muy de cerca a McTaggart, y seguramente tiene
razón.
Consideremos ahora si el tiempo puede ser una ilusión,
como pensaba McTaggart. Tengo, en mi propia vida, vanas
experiencias cuyo contenido es mutuamente exclusivo:
digamos las experiencias de esperar, padecer y recordar
un tratamiento doloroso en la silla del dentista. Como
filósofo idealista, McTaggart mantiene que sólo es una
apariencia el que yo tenga dientes o el dentista un
torno, pero por mucho que sean ilusorias mis
experiencias, no puedo combinar la experiencia de
esperar con ansiedad la acción del dentista, y la de
padecerla, ni combinar ninguna de estas dos experiencias
con la del alivio que siento cuando todo ha pasado. Si
éstos son engaños, son engaños incapaces de ser
combinados que yo experimento sólo sucesivamente, no
simultáneamente. Así que la sucesión y el tiempo y el
cambio son reales; aquí también la apariencia
implica la realidad.
E1 argumento sutil de McTaggart contra la realidad del
tiempo difícilmente se rebate, pero su conclusión es
ciertamente falsa. El pensamiento de algunos apologistas
cristianos -por ejemplo, Dorothy Sayers y C. S. Lewis-,
es mucho menos claro que el de McTaggart. Nos dicen que
el tiempo puede ser real para nosotros los hombres, pero
no para Dios. Esta expresión es un tanto confusa.
¿Quieren decir que la apariencia del tiempo es un engaño
que padecemos los hombres y que no padece Dios? Esto,
como hemos visto, no puede ser: por cierto, no es ningún
engaño el que exista el tiempo. Además, si no hay cambio
no puede haber un Dios creador y providencial. Los
dogmas de la creación y de la providencia requieren que
haya de verdad un mundo cambiante, que dependa para su
continuidad de la voluntad del Creador, y que sea
gobernado en sus cambios por su Providencia. Razonando
consecuentemente a partir de su premisa falsa de la no
realidad del tiempo, McTaggart rechazó, claramente, el
Dios de los judíos y de los cristianos, considerándolo
como una figura mítica.
Sayers y Lewis seguramente no pretendían decir que,
aunque la secuencia temporal es real y es conocida como
tal por las criaturas, Dios desconoce este aspecto de la
realidad. Se podría tener esta visión de la
realidad: recordemos la crítica que Aristóteles hace del
pensamiento de Empédocles. Este mantenía que, ya que lo
igual es conocido por su igual, nosotros los hombres
conocemos los elementos de los que estamos hechos. Pero
entonces el dios del Amor no conocería la Contienda, que
nosotros conocemos demasiado bien, porque la Contienda
entra dentro de nuestra constitución, pero no en la
suya. Pero, claramente, cualquier planteamiento análogo,
que hiciera que Dios no estuviese perfectamente enterado
del tiempo y del cambio, una vez más suprimiría la
Providencia.
Seguramente lo que buscaban Sayers y Lewis era un tercer
planteamiento: que en la visión propia de Dios acerca de
la vida no hay una sucesión de experiencias tales como
las que tenemos nosotros. Pienso que esta tesis es
correcta y me propongo defenderla. Pero incluso la
comprensión, no digamos la defensa, de esta tesis sólo
es posible si 1a distinguimos escrupulosamente de las
otras dos tesis falsas que he rechazado: expresiones
ambiguas como “real para nosotros, pero no para Dios”
sólo pueden producir confusión.
Mantenerse firme acerca de la realidad del tiempo es
necesario para establecer 1a realidad del libre
albedrío. Estoy completamente de acuerdo con la posición
de Descartes acerca de la libre elección: aquí tenemos
algo cuya certeza resiste el más corrosivo de los
escepticismos, porque me doy cuenta de que soy libre
para continuar con mi escepticismo o para deshacerme de
él. ¡Qué insensatez (continúa Descartes) dejarse
persuadir contra el libre albedrío mediante argumentos
difíciles de evaluar, en un campo en el que muchísimos
hombres desde luego han errado el camino! Hemos de
afirmar, pues, el libre albedrío. Consecuentemente,
hemos de adscribir al tiempo una estructura tal como la
que necesitamos para la posibilidad de la libre
elección: una estructura representada, no mediante una
línea recta, sino por una línea que continuamente se
ramifica hacia el futuro.
Consideremos ahora el juego de ajedrez. ¿Qué hay más
lógico que el ajedrez? Cualquier comentario sobre el
juego de grandes maestros mencionará no sólo las jugadas
actualmente ejecutadas, sino otras jugadas posibles, así
como los méritos tácticos de jugadas alternativas. Esta
índole alternativa es de la esencia misma del tiempo, y
entra también en el gran juego de la vida. Y en el
ajedrez, como en la vida, diferentes individuos figuran
en distintos desarrollos; distintos individuos
“perecen”, o ”llegan a ser” por la promoción de unos
peones. Si nuestra lógica no fuera competente para
describir tales acontecimientos alternativos, la lógica
quedaría muy mal parada; afortunadamente, tal
descripción entra de lleno dentro de los recursos
técnicos de la moderna lógica modal.
No es sólo la alternatividad requerida por el libre
albedrío lo que ha de romper nuestra imagen del tiempo
unilineal y de vía única. También hemos de darnos cuenta
de la incongruencia temporal entre los actos
intelectuales de pensar y los movimientos de los
cuerpos. Los movimientos corporales son, a todas luces,
continuos y susceptibles de ser descritos mediante las
matemáticas del continuo y el cálculo diferencial. El
pensamiento ocurre en una serie discreta; lo podemos
contar pero no cronometrar. Cuando una frase oral
expresa un solo pensamiento, no hay ningún orden
temporal de partes del pensamiento, como lo hay con las
palabras; si los varios términos no están todos a la vez
ante la mente, no hay tal pensamiento allí (Los
franceses mantienen a menudo que en francés el orden de
las palabras corresponde al orden del pensamiento: a
Wittgenstein le parecía muy extraña esta afirmación).
Cada pensamiento, como un todo, ocurre en una serie, a
lo largo de un periodo, pero ni un instante ni un tramo
de tal periodo puede identificarse con el tiempo del
pensamiento. Cuando un hombre sueña, tiene una serie de
pensamientos, pero los psicólogos no están ni mucho
menos de acuerdo acerca de cuando ocurre el
sueño.
Tal vez no haya ninguna respuesta más definida que
“entre que se durmió y se despertó”, ninguna referencia
más definida al tiempo físico en el que late el corazón
y otras cosas así. La relación temporal puede incluso
ser menos definida en el caso de los muertos: “en aquel
sueño de la muerte, ¿qué sueños pueden venir?. Quizás
sólo podremos decir que, en el día de la resurrección,
los muertos habrán tenido experiencias entre el
día en que murieron y aquel día: esto no tiene
necesariamente que ser una respuesta a la pregunta de lo
que piensan ahora los muertos. No pretendo
suscitar dificultades acerca de la verificabilidad.
Quiero decir que la serie de pensamientos en almas sin
cuerpo puede, tal vez, no estar tan ligada ya a la
sucesión de acontecimientos físicos a los que, como he
argumentado, incluso nuestros pensamientos en esta vida
no están muy rígidamente vinculados.
Estas son sólo especulaciones. Lo que es seguro es que
Dios es eterno: “en Él no hay variación, ni sombra de
cambio”. Nuestros pensamientos tienen una sucesión en
parte independiente del tiempo físico; el pensamiento de
Dios no es en modo alguno sucesivo. El venerable mártir
Boecio dio al pensamiento cristiano esta maravillosa
definición de la eternidad: “poseer toda junta y
perfectamente una vida sin fin”. La eternidad es vida:
Dios no es intemporal como las entidades matemáticas; su
vida incluye y supera toda duración temporal. “Antes de
que fuera Abraham, Yo soy”. Los
matemáticos simplemente prescinden del tiempo: sería
absurdo decir “antes de que fuera Abraham, siete es un
número primo y un triángulo isósceles tiene ángulos
iguales en su base”.
La idea de un Dios eterno es misteriosa; sólo la podemos
captar mediante analogías. Los teólogos modernos que
rechazan esta idea pasan del misterio a un absurdo
indemostrable. La pregunta “¿quién hizo a Dios?” es una
cuestión que podemos descartar si admitimos que Dios es
eterno, pero para cualquier ser cambiante la pregunta de
cómo llegó a su ser no se descarta fácilmente. Incluso
si suponemos algo mutable que haya existido durante un
pasado infinito (como mantenía Aristóteles de la
Tierra), no desaparecería la pregunta de qué es lo que
lo mantuvo en su existencia a lo largo de los cambios.
Por muy superior a nosotros que sea un ser mutable, sólo
puede ser una parte concreta de aquella totalidad de
cosas en interacción que llamamos el Universo; no
dominaría por encima del Universo entero como su Creador
libre y su Providencia absoluta.
Sólo un Dios eterno es creíble, pero ¿es creíble un Dios
eterno? Comienzo con dificultades acerca del
conocimiento de Dios. Algunos aristotélicos -sean o no
fieles a su maestro- intentaron descartar tales
problemas al mantener que aunque Dios es la causa
sustentadora del Universo y proporciona el objetivo (telos)
de sus procesos, no tiene conocimiento o preocupación
por algo distinto de sí mismo. Tal escapatoria no está
abierta para los judíos o los cristianos, que han de
creer que incluso el acontecimiento más trivial, como la
caída de un gorrión o de una moneda no escapa al
conocimiento y al control providencial de Dios. (No
tomemos demasiado sentimentalmente lo dicho en la Biblia
acerca de los gorriones: si el gorrión cae en las garras
de un gato, esto también es providencial: el gato
también es alimentado por Dios).
A diferencia de la doctrina sobre la omnipotencia, la
doctrina sobre la omnisciencia no crea, por sí sola,
ningún problema engorroso. La regla de oro es que una
proposición, “Dios sabe que tal y tal” es verdadera si,
y sólo si, “tal y tal” representa una proposición
verdadera: Dios sabe muy bien lo que es o no es el caso.
Así que enunciados sobre el conocimiento de Dios pueden
ser mutuamente inconsistentes sólo si las cosas que Dios
supuestamente sabe son mutuamente inconsistentes. Pero
esto jamás puede ser el caso, ya que lo que sabe Dios es
la verdad y una verdad no puede contradecir a otra
verdad. Un lógico posiblemente llamaría a esto un esbozo
de una prueba de consistencia para la doctrina de la
omnisciencia de Dios. Notoriamente, existen preguntas
difíciles acerca del poder de Dios: por ejemplo, ¿puede
Dios prometer algo y, si puede, poner entonces fuera de
su alcance hacer o permitir cosas que significarían que
se ha roto la promesa? Sabemos de antemano que
dificultades semejantes a ésta no se presentan jamás a
la hora de abordar el conocimiento de Dios.
Siendo fieles a la regla de oro, tenemos que razonar de
esta forma: en 1939 era verdadero decir “Hitler vive”, y
en 1989 es verdadero decir “Hitler está muerto”. Por lo
tanto, en 1939 era verdadero decir “Dios sabe que Hitler
vive”" y en 1989 es verdadero decir “Dios sabe que
Hitler está muerto”. Obviamente, ¿no se sigue que el
conocimiento de Dios, el estado de la mente de Dios, ha
cambiado entre 1939 y 1989? No, no se sigue obviamente.
Desde que Platón escribió el Teeteto, se sabe que
hay casos en los que un cambio a lo largo del tiempo en
lo que se puede decir verdaderamente de un
objeto, no implica cambio alguno en el objeto. “Sócrates
es más alto que Teeteto” en un momento determinado era
cierto, y “Sócrates es más bajo que Teeteto” también era
cierto en otro momento más tardío. El cambio no ha sido
en Sócrates, sino en Teeteto, que creció. De modo
semejante, yo, que vivo en el tiempo, tengo que utilizar
una frase, “Dios sabe que Hitler vive”, en 1939, y otra
frase, “Dios sabe que Hiller esta muerto”, en 1989, si
es que he de decir la verdad en ambos casos. Pero que yo
tenga que variar la frase que utilizo para atribuir a
Dios un conocimiento sobre Hitler, es un asunto de un
cambio en mí, y además en Hitler, que estaba vivo
y que ahora está muerto. A uno le puede entrar la
tentación de ir por senderos equivocados en todo esto,
pero se pueden evitar con sólo seguir la regla de oro al
pie de la letra.
Desde luego, un hombre cuyo estado de conocimiento se
expresa mediante la frase, “Hitler vive”, ha de sufrir
un cambio, de un modo u otro, cuando Hitler muere. Si no
pone su información al día, cambiará al adquirir
conocimiento de algo nuevo. Pero ninguna de estas dos
cosas pueden atribuirse a Dios. En la Summa
Theologiae, Tomás de Aquino se para en este punto
(Ia q. 14 art 15 ad 3 um) y no intenta describir
positivamente la manera del conocimiento de Dios;
y tiene razón en pararse. “El está en el Cielo y tú
sobre la Tierra; sean pues pocas tus palabras”.
Además, no debemos olvidar que el conocimiento de Dios,
a diferencia del nuestro, no se mide por algo externo.
Dios constituye toda verdad: verdad necesaria por su
naturaleza, verdad contingente por su libre elección
soberana. Un Dios que tuviera que conformar su mente a
alguna norma externa, que poseyera (como dirían algunos
escritores ingleses) “creencias verdaderas justificadas”
acerca del mundo, no puede ya ser un objeto digno de
adoración. El verdadero Dios es la causa de lo
que Él conoce en este mundo; lo conoce como el músico
conoce su música; scientia Dei, causa rerum.
Ahora bien: ¿debemos comparar el conocimiento de Dios al
de un músico que sigue una partitura que él mismo ya ha
terminado, o al de un músico que improvisa mientras
toca? Sospecho que la imagen del conocimiento de Dios
que más ha prevalecido en la teología cristiana es la
primera, pero aquélla no es mejor que la segunda, sólo
más familiar. Las dos imágenes tienen, de hecho, méritos
y defectos complementarios. La imagen de la composición
acabada antes de ser tocada tiene la ventaja de no
sugerir, compulsivamente, un proceso de composición,
pero la desventaja de colocar un distanciamiento
temporal entre la composición y la ejecución. Yo creo
que esta falsa imaginación tiene bastante que ver con la
pesadilla cristiana acerca de la predestinación:
“Arruinado antes que Dios hiciera estrella o sol”. La
imagen de un músico improvisador tiene la gran ventaja
de hacer que la composición y la ejecución se den
simultáneamente, pero la desventaja de sugerir
pensamientos inacabados. Para el pensamiento creador
eterno de Dios, ambas imágenes son inadecuadas. Pero aún
así, entre las artes la música sirve mejor para una
representación que la arquitectura: porque la obra del
arquitecto, una vez acabada, se mantiene en pie sin su
ayuda (¡a no ser que haya hecho una chapuza y tenga que
improvisar cambios rápidamente!), mientras que la música
depende, en cada instante, de su creador, del mismo modo
que el mundo creado depende de Dios.
Pero, ¿si Dios esta en todo lo que hacemos, cómo podemos
ser libres al hacerlo? Una vez más, Descartes se merece
ser recordado: sabemos de antemano que nos exponemos a
equivocarnos al hablar de Dios, de la misma manera que
de hecho han errado tantos hombres, no deberíamos
fiarnos de tales razonamientos falibles si nos llevan a
dudar de nuestra libertad de elección. Santo Tomás de
Aquino insiste en la idea de que, ya que Dios es
omnipotente, poseemos el libre albedrío debido a que
Dios quiere que elijamos libremente. No podríamos poseer
la libertad en otros términos. Seguramente tiene razón
Santo Tomás. Por lo menos en lo que atañe a las buenas
obras, no veo ninguna manera de deducir una
contradicción del punto de vista de que un acto es a la
vez escogido libremente por un agente humano y querido
por Dios tal como sucedió. Según las palabras del
Apóstol: Debemos procurar nuestra salvación con temor,
porque es Dios quien obra en nosotros. Esta
conjunción “porque” contiene la misma paradoja que el
“debido a que” de Santo Tomás. Sólo veo un poquito de
luz en la oscuridad que supone el asunto del querer y
obrar de Dios acerca de actos que por parte del agente
humano son pecaminosos.
La profecía divina no excluye la alternativa de la
situación predicha: no sólo porque cualquier profecía ha
de dejar mucho sin especificar, sino también por una
asimetría lógica entre el pasado y el futuro. Acerca de
cualquier acontecimiento A que podemos realmente
afirmar que ocurrió en el pasado, siempre será correcto
decir que A ocurrió una vez en el pasado. Ahora
cambiemos la palabra “futuro”, así como la
correspondiente conjugación de los verbos, y tendremos
lo siguiente: “acerca de cualquier acontecimiento A
que podemos realmente afirmar que va a ocurrir en el
futuro, siempre era correcto decir que A va a
ocurrir una vez en el futuro”. Pero esto no es verdad.
Sabemos perfectamente que lo que no iba a ocurrir, de
hecho ocurrirá, y, de modo semejante, que lo que iba a
ocurrir, no ocurrirá, en muchísimos casos: iba a
celebrarse la boda, pero no se celebrará.
Esto se aplica igualmente a la profecía. En el libro de
los Reyes leemos que en nombre del Señor el profeta dijo
a su rey, Ezequías, que éste iba a morir del carbunclo
que le hacía sufrir. Ezequías rezó al Señor e Isaías
vino a decirle que se recuperaría a fin de cuentas.
(Como señal de que debía fiarse de esta nueva profecía,
la sombra de un reloj solar iba a moverse en dirección
opuesta a lo normal). Entonces, ¿profetizó falsamente
Isaías la primera vez? A mi modo de ver no. El rey iba a
morir realmente de su furúnculo. Ya que eso era cierto,
un profeta del Dios verdadero se lo podía decir. Pero
después el rey no iba a morir de su grano, especialmente
después de que Isaías le colocase una cataplasma de
higos. Así que Isaías podía decirle en verdad, en nombre
del Señor, que no iba a morir de su dolencia.
Esto no presenta mucha dificultad acerca del
conocimiento y veracidad de Dios. En un momento anterior
en el tiempo era verdad decir “el rey morirá de su
furúnculo, y Dios lo sabe”; un poco más tarde en el
tiempo era verdad decir “El rey no morirá de su
furúnculo, y Dios lo sabe”. No hay más dificultad acerca
del conocimiento divino en este caso, que con relación a
los enunciados sucesivos verdaderos más simples de “el
rey está enfermo” y “el rey está curado”. El cambio que
se opera no está en el conocimiento de Dios, sino en el
estado de salud del rey y en lo que Isaías, que vivía en
el tiempo como el rey, tenía que decir para estar
diciendo la verdad en todo momento.
Puede que exista una dificultad más seria en cuanto a la
voluntad de Dios. ¿No implica esta historia un cambio de
la voluntad de Dios con respecto al rey? No, no es tan
sencilla la cosa. Sin un cambio de voluntad, incluso un
hombre puede planear que primero será una cosa y luego
otra; si el futuro es cambiante, como creo que lo es,
entonces Dios puede querer sin merma de su propia
voluntad, que las cosas sean tales para que primero
vaya a ocurrir un hecho, y luego para que otro hecho
vaya a ocurrir.
La verdadera dificultad no se refiere a la posibilidad
de un cambio en el conocimiento y en la voluntad de
Dios, sino a la posibilidad de cambiar el futuro. Creo
que todos funcionamos con la idea de un futuro
susceptible de cambios, y que esta idea está implícita
en todas nuestras conversaciones acerca de la prevención
y las interferencias: actos mediante los cuales hacemos
que lo que iba a ocurrir ya no sea lo que va a
ocurrir.
Aquí puede que se me acuse de equivocación, de pasar por
alto la distinción entre lo que va a ser, to
mellon, y lo que será, to esamenon. Para esta
última expresión la gente dice a menudo: lo que
realmente será. Desde luego el adverbio en sí carece de
utilidad a la hora de hacer la distinción. Pero sería
injusto dejar que sea esto lo que decida la cuestión.
Verbalmente, es a todas luces inútil distinguir entre
dos significados en “estoy buscando una novela
policíaca” diciendo: todo depende de si yo quiero una
novela policíaca definida o simplemente
una novela policíaca. Pero hay una distinción
lógica aquí, por mucho que estas palabras sean pobres a
la hora de hacer que lo entendamos. Así que, por todo lo
dicho, puede que haya algún significado de “realmente va
a ocurrir” en el que lo que realmente va a ocurrir iba
siempre a ocurrir realmente, algún tipo de lógica de los
tiempos verbales tal vez sirva para captar este
significado. Por ahora, sólo recordaré mi convicción de
que este significado es un engaño; en su orígen, tal vez
sea una superstición de los astrólogos de Babilonia.
Para mí el futuro no está fijado, sino que es
susceptible de cambios. Cada hombre se aproxima más a
Dios en el momento presente, en el que toma sus
decisiones; como dice Santo Tomás, es señor (dominus)
de sus propios actos, como Dios es señor del mundo. La
voluntad del hombre es el quicio del destino, sobre el
cual una puerta gira para abrirse o cerrarse para
siempre: quizás la puerta del cielo o del infierno.
Parte de la concepción falsa acerca del tiempo, según la
cual vemos las cosas engañosamente al verlas
temporalmente, es la idea de que Dios juzga al hombre
según “la realidad total de su vida”. Yo sospecho que la
gente tiene vagamente en su cabeza un modelo matemático:
una gráfica de virtud o de vicio dibujada sobre el
tiempo. Las partes de la curva que se hallan sobre el
eje horizontal representan tramos buenos de la vida del
hombre; las partes que se hallan debajo del eje
horizontal serían los tramos malos. Dios puede ver la
curva en su totalidad y evaluar (como en el cálculo
integral) el área de bien que hay por encima del eje,
menos el área de maldad que se halla por debajo, y así
es como Dios solamente se limita a juzgar al hombre
según la cola de la curva, buena o mala, de la vida de
un hombre.
Recuerdo a un historiador profesional que describía los
últimos años de aquel pobre hombre, Jaime II; admitiendo
que las disposiciones del rey en sus años de exilio eran
las de piedad, caridad y perdón, el historiador
comentaba: “al fin y al cabo, Jaime sólo tenía una
inútil colilla de vida para ofrecer a Dios”. Los
historiadores profesionales ingleses a veces demuestran
unas actitudes un tanto maliciosas: estas palabras son
dignas del demonio Screwtape de C. S. Lewis. El pobre
Jaime sabría que en el mejor de los casos él no podría
ser exactamente útil para Dios, y que el final de
su vida era, al menos, el final recto que le quedaba por
ofrecer.
El planteamiento acerca del juicio de Dios, como si Dios
debiera calcular una integral definida, es extraño tanto
a la tradición católica como a gran parte de la
protestante. El ladrón arrepentido ha sido un tema
constante de la predicación cristiana, y en su devoción
a esta cuestión Schopenhauer demostró tener profundos
instintos cristianos, a pesar de su flirteo con el
pensamiento oriental. Schopenhauer mantenía, por
ejemplo, que el impacto repentino de un desastre
sobrecogedor -digamos, el ser condenado a muerte-,
podría dar lugar a una conversión total de la voluntad y
cancelar el vínculo condenable de corrupción innata y de
errores de la vida pasada. Cita a Shakespeare: “De estos
convertidos, mucho hay para ser oído y aprendido”.
Me acuerdo de discusiones universitarias sobre la
evaluación continua versus el examen final. A los
estudiantes que abogaban en favor de la evaluación
continua les solía decir: “la Universidad desea evaluar
lo que habéis hecho de vosotros mismos durante el tiempo
que habéis pasado aquí; el examen final puede ser un
método imperfecto, pero por lo menos demuestra hasta
cierto punto cómo sois ahora; el trabajo ya
ejecutado, sea bueno o malo, es ya agua pasada”. Según
mi fe, Dios me juzgará algún día según lo que ante sus
ojos yo sea entonces, no según lo que yo haya
sido.
Decir que mi pasado es “igualmente real” a los ojos de
Dios, proviene de la manera falaz de pensar que ya he
intentado refutar. Dios no completa mi vida como un
“todo simultáneo” y así la juzga; porque mi vida no ha
sido ni puede ser un todo simultáneo, y Dios no podría
contemplarla como tal. Me alegro de que Dios juzgue
mediante el sistema del examen final, aún cuando se
pueda tratar de un examen-sorpresa; si me juzgara por
medio de la evaluación continua, ¿qué esperanza me
quedaría? Pero tal como están realmente las cosas, puedo
prepararme y confiar en su misericordia, mortis in
examine, cuando se celebre el juicio y se abran los
libros”.
Después de la muerte, el juicio. ¿Y después del
juicio...? No me atrevo a rechazar la enseñanza clara de
Cristo, de que muchos hombres se pierden. Si los
expertos en Sagrada Escritura fuesen capaces de poner en
tela de juicio si Jesús enseñó o no tal cosa, entonces
nuestro conocimiento de su enseñanza sería tan vago que
no tendría sentido afirmar que somos seguidores suyos.
Igualmente, los que mantienen que, aunque ciertamente
Cristo enseñaba tal doctrina, él era un hombre de su
época y de su lugar y posiblemente su idea fuese
simplemente un error contemporáneo, esas son personas
que deberían mantener que más nos vale descifrar
nuestras ideas acerca del destino humano: si en una
cuestión tan vital se hubiese equivocado Cristo,
entonces no podemos seguirle con seguridad alguna.
Perderse significa haber perdido el fin primario de la
vida humana. Es manifiesta la teología que hay en que
una bellota se convierte en un roble; pero la mayoría de
las bellotas nunca llegan a desarrollarse así. Esto no
quiere decir que se pierdan: desempeñan un papel
ecológico. Si un hombre o incluso un ángel se echa a
perder mediante una elección mala, Dios no se frustra.
El designio de Dios para sus criaturas racionales es que
alcancen su fin mediante el libre albedrío; Él prefiere
respetar nuestra libertad y no asegurar nuestra
felicidad por la fuerza. Hemos de servirle; como dice
Spinoza, citando a los profetas de su propio pueblo, los
malos son como instrumentos en las manos del Artesano;
sirven sin saberlo y al servir se consumen.
La experiencia humana podría perfectamente sugerir que
por su propia locura un hombre puede hacerse un daño
irreparable. Mediante su propia voluntad perversa, un
hombre puede separarse de Dios, de la única fuente de la
verdad y del amor, de la felicidad y de la paz. En lo
que se convierte entonces ese hombre, yo pienso que Dios
a veces nos lo hace ver. Con el intelecto
despejado, el moribundo se convierte en víctima de una
serie de posesiones tremebundas: rabia, malicia, terror,
odio, desesperación. Tanto amigos como familiares se
hallan desconcertados: ya no reconocen al hombre que
conocían. Lo único que quieren es que todo acabe. Ante
tal cosa es imposible ya sentir amor o compasión. Así es
el Infierno.
Un lector de mi libro Providencia y Mal me dijo
una vez que lo que acabo de describir no es más que una
mera demencia senil. Yo estoy convencido de que se
equivoca. Otro de mis lectores, un capellán anglicano de
hospital, no creía en ello porque nunca lo había
observado en tantos años de experiencia. Me alegro de
que no haya tenido nunca que presenciar tal
acontecimiento, pero pienso aun así que sus dudas son
infundadas. Yo creo en el veneno y en la agresividad de
la cobra sudafricana, aunque nunca haya visto ninguna;
creo en las manifestaciones del infierno porque he leído
testimonios que me parecen dignos de fiar, contados por
personas que no tenían intereses religiosos a la hora de
relatar sus experiencias.
Añadiré sólo una cosa más. La condenación no es, de
ningún modo, un estado eterno. El propio demonio
no disfruta de una eternidad, y no hay -como a veces se
imaginaba estrambóticamente C. S. Lewis- una “Visión
miserífica” "en la cual participaban los condenados de
la eternidad y la miseria del demonio: como si el
infierno fuese como el cielo reflejado al revés en un
espejo negro. En Inglaterra, se dice que los condenados
en la carcel “hacen tiempo”; negada para siempre la vida
eterna, los condenados en el infierno “hacen tiempo”
para siempre.
Ahora me refiero a la vida eterna que es nuestra
esperanza: nuestra esperanza para el futuro, no nuestra
posesión presente; en esta vida no gozamos de la visión
de Dios. Tuve la suerte de conocer una vez a un rabino
que me estuvo explicando el sentido del texto: “ahora
vemos por un espejo en un misterio, per speculum in
aenigmitate, pero entonces cara a cara”. San Pablo
alude al pasaje del libro de los Números donde el Señor
reprende a Aarón y a Miriam por haberse atrevido a
reprender a Moisés. El Señor dice que a otros profetas
les hablará mediante enigmas, pero que a Moisés le habla
cara a cara. En la versión griega de los Setenta la
palabra para “enigma”, como en I Corintios, es
ainigma, y la palabra en hebreo todavía está en uso,
por ejemplo en el caso de los acertijos de los niños a
Moisés Dios no le habló mediante acertijos, sino como
habla un hombre a su amigo; por muy transitoria que
fuese su visión, hizo que el rostro de Moisés brillara
con gloria. Tal gloria de cuerpo y alma la tendrán todos
aquéllos que lleguen a la visión de la Verdad y de la
Belleza eternas: seremos como Él y le veremos tal cual
es. Pero esto va más allá de las palabras humanas: como
dijo Thomas Hobbes, cualquiera que sea la felicidad que
Dios tiene preparada a los que le sirven devotamente, el
hombre no la entenderá antes de disfrutarla.
* En el nº 1 de la revista ATLÁNTIDA
Peter Geach es uno de los máximos representantes de la
filosofía analítica en el mundo anglosajón.
Entre sus libros destacan Reference and Generality,
Logic Matters, Providence and Evil y
The Virtues.
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