Por Max
Niemeyer
Verlag
Revista
Atlántida,
Madrid,
Rialp, 1990,
pp. 4-15
Traducción
de Enrique
Banús
"Todos
han sido
humanos"
Lo que
convierte a
un
historiador
de la
cultura en
un
relativista
cultural es
tan sólo la
conclusión
de que las
culturas o
las formas
de vida no
sólo son
distintas,
sino que son
incomparables,
sencillamente
porque falta
un
denominador
común. Hans
E. Gombrich
(1)denuncia
la
absolutización
del llamado
"espíritu de
la época" en
este texto
tomado de
una de sus
conferencias.
No se cómo
agradecer
suficientemente
la
invitación,
absolutamente
inesperada y
totalmente
inmerecida,
de dictar la
primera
conferencia
en este
congreso,
yo, una
persona no
experta en
filología.
Ni siquiera
voy a
intentarlo,
pues nos ha
traído aquí
el afán de
debatir, en
controversias
viejas y
nuevas (1).
En la cuarta
parte de los
"Zahme
Xenien" de
Goethe
aparece una
poesía de
cuatro
versos, de
la que he
tomado el
tema de una
de esas
controversias
viejas y
nuevas, una
controversia
que -al
menos eso
espero-
afecta tanto
a la
Filología
Alemana como
a otras
ciencias del
espíritu.
Dice así
Goethe:
""¿Qué te ha
apartado de
nosotros?"
He leído
siempre a
Plutarco.
"Y, ¿qué has
aprendido?"
Que, en el
fondo, todos
han sido
humanos"
(2).
En la misma
década en
que Goethe
escribía
estos
versos, en
los años
veinte del
XIX, Georg
Friedrich
Hegel
impartía sus
"Clases
sobre la
Filosofía de
la
Historia".
Ya al
principio de
ellas, Hegel
resume la
opinión
contraria,
que
-simplificando-
yo quisiera
denominar
"relativismo
cultural":
"Cada época
-dice- está
marcada por
circunstancias
tan
peculiares
que hay que
decidir en
ella y desde
dentro de
ella, y sólo
así se puede
juzgar... En
este
sentido,
nada es más
fatuo que el
tan repetido
recurso a
modelos
griegos y
romanos,
como lo han
hecho con
tanta
profusión
los
franceses de
la época de
la
Revolución.
Nada más
diferente
que la
naturaleza
de aquellos
pueblos y la
naturaleza
de nuestro
tiempo" (3).
Lo que aquí
me interesa
no es la
afirmación
de Hegel de
que las
épocas y los
pueblos se
diferencian
entre sí.
Eso lo
sabemos
todos, y
también
Goethe,
atento
lector y
viajero,
sabía que,
por ejemplo,
el Carnaval
en Roma
tiene un
carácter muy
distinto a
las
diversiones
en las
fiestas de
San Roque en
Bingen, dos
acontecimientos
que
describió
con tanta
capacidad de
recreación.
Lo que
convierte a
un
historiador
de la
cultura en
un
relativista
cultural es
tan sólo la
conclusión
que hemos
leído en
Hegel, la
conclusión
de que las
culturas o
las formas
de vida no
sólo son
distintas,
sino que son
absolutamente
incomparables,
es decir,
que es un
sinsentido
poner en
relación
personas de
un país o de
una época
con personas
de otros
países o
épocas,
sencillamente
porque falta
un
denominador
común.
Friedrich
Meinecke, el
estudioso de
las raíces
de estas
ideas y el
autor de la
obra
fundamental
sobre los
orígenes del
historicismo
(4), sabía
perfectamente
que Goethe,
en realidad,
mantuvo una
postura
ambigua
frente a
esta
corriente,
aunque
Heinecke no
cita ni esos
versos sobre
Plutarco ni
el dístico
semihumorístico
que les
sigue en los
"Xenien":
"Catón quiso
castigar a
otros;
aunque él
mismo
prefirió
seguir
durmiendo."
Y del
contexto se
deduce que
el viejo
señor de
Weimar
estaba
convencido
de entender
muy bien al
bueno de
Catón,
porque de
Plutarco
había
aprendido
precisamente
eso: que
todos han
sido seres
humanos, de
carne y
hueso, lo
mismo que
nosotros.
Esta
convicción,
tan ingenua,
es la que
cree haber
superado el
relativismo
cultural,
que no
quiere
reconocer
constante
alguna que
nos permita
encontrar la
misma
naturaleza
humana en
medio de
todos los
cambios de
los
fenómenos
externos
(5).
Hegel
probablemente
hubiera
argumentado
que Catón,
un romano,
estaba
situado en
un nivel más
temprano de
la
autorrealización
del espíritu
que Goethe;
Marx hubiera
dicho que a
las
condiciones
de
producción
de una
economía con
esclavos
corresponde
una
supraestructura
ideológica
diferente a
la del
capitalismo
temprano en
Weimar; el
superrelativista
Oswald
Spengler
hubiera
negado que
un autor
perteneciente
a la cultura
fáustica
pudiera
tener acceso
a un
personaje de
la
Antigüedad y
un teórico
de la raza
hubiera
anotado que
la vida
intelectual
de las razas
mediterráneas
se
diferencia
radicalmente
de la del
hombre
nórdico, aun
en el caso
de que por
las venas de
Catón no
fluyera (lo
que es muy
de temer)
también
sangre de
menos valor,
concretamente
etrusca, lo
que
explicaría
sus
tendencias
sensuales.
Espero sepan
perdonarme
que no me
detenga a
rebatir
estas
teorías y
pseudoteorías.
Lo único que
me interesa
ahora es la
consecuencia
que se
deduce para
las ciencias
del
espíritu, y
es el afán
por
desterrar de
nuestro
vocabulario
la palabra
"persona",
con el
argumento de
que -a
diferencia
de los
conceptos de
las ciencias
exactas,
bien
determinables-
describe
nada
concreto,
delimitado
(6).
Nadie
debatió
interiormente
este
problema
tanto como
Wilhelm
Dilthey, que
tantos
caminos
abrió a las
ciencias
humanas,
sobre todo
en Alemania.
Por mucho
que Dilthey
subrayara
que la
psicología
es la
ciencia de
la vida del
espíritu
humano,
también para
él era
cuestionable
que la
naturaleza
del hombre
pudiera ser
la base para
sus
investigaciones.
"El
individuo
-así
escribió- es
sólo una
encrucijada
de los
sistemas
culturales,
de las
organizaciones,
en que está
englobada su
existencia;
¿cómo, pues,
podrían
entenderse
éstas
partiendo de
aquél? (7).
A diferencia
del
científico
de la
naturaleza,
quien se
dedica a las
ciencias
humanas
tiene que
prescindir
de
explicaciones
causales, no
puede
encontrar
reglas. A él
no le
interesa la
explicación;
sino la
comprensión;
quiere una
ciencia de
la
hermenéutica,
que está aún
por fundar y
que a
nosotros
-sometidos a
constantes
cambios- nos
permitiría
interpretar
las
realidades
cambiantes
en las
formas de
vida ajenas
(8).
Por supuesto
que es muy
de agradecer
que Dilthey
y sus
sucesores
sacaran del
historicismo
la
consecuencia
de que el
interés de
las ciencias
del espíritu
se centra
siempre en
lo
particular,
lo
irrepetible.
Y aún así me
parece que
nosotros,
los
científicos
del
espíritu, no
deberíamos
privarnos de
alzar de vez
en cuando la
vista de
nuestro
trabajo
sobre
detalles, de
darnos la
vuelta y
preguntarnos
en qué
contexto más
amplio puede
verse el
problema que
nos ocupa.
Cuántas
veces lo
hagamos y
con qué
intensidad,
eso
dependerá
del carácter
de cada uno,
pero -si
somos
sinceros con
nosotros
mismos- nos
daremos
cuenta de
que incluso
la elección
de nuestros
temas supone
una teoría
científica
previa,
explícita o
implícita.
No es
necesario
destacar que
esta
cuestión es
de gran
actualidad
en muchos
campos de
nuestra
actividad,
puesto que,
por una
parte, las
ideologías
han ido
ganando cada
vez más
influencia
y, de otro
lado, el
prescindir
de toda
hipótesis
general ha
conducido a
las ciencias
del espíritu
a un
callejón sin
salida.
Estoy
pensando
sobre todo
en la
exigencia,
planteada
con fuerza
en las
últimas
décadas, de
tirar por la
borda no
sólo el
esfuerzo por
explicar,
sino también
por
comprender.
Se quiere
que el
hombre
desaparezca
del todo de
nuestro
horizonte:
ahora ya
sólo nos
ocupamos del
texto, y el
sentido que
saquemos de
él siempre
será nuestro
sentido, no
el del autor
(9).
Lo que
Goethe
encontró en
el texto de
Plutarco, lo
que nosotros
encontramos
en el de
Goethe, eso
es cosa
nuestra. El
relativismo
cultural ha
llevado a
prescindir
de la
herencia más
valiosa en
cualquier
actividad
científica,
del empeño
por buscar
la verdad.
Como los
testimonios
del pasado
no pueden
ser
testimonios,
si nos
dedicamos a
estudiarlos,
eso como
mucho será
un juego
lleno de
agudeza, que
no sirve
para obtener
conocimientos
sino como
testimonio
de acrobacia
intelectual.
No quiero
enumerar
todas las
tendencias
que
colaboran
hoy a las
tareas de
deconstrucción.
La lista de
los
estrategas
universitarios
que intentan
derruir la
ciudadela de
nuestra
ciencia no
es
precisamente
divertida.
Por eso
quiero
presentarles
tan sólo uno
de sus
secuaces,
cuyo grito
de batalla
me viene
como anillo
al dedo.
Estoy
pensando en
la voz
clamarte en
la batalla,
Norbert
Bolz, cuyo
artículo "
Odds and
ends. Vom
Menschen zum
Mythos"
-tras
cumplir el
deber de
nombrar a
los
"héroes": a
Heidegger y
Lacan,
LéviStrauss,
Adorno y
Richard
Wagner-
culmina en
la frase:
"No existe
el hombre"
(10). ¿No
será que el
autor ha
confundido
al homo
sapiens con
el Nasobem
de Christian
Morgenstern?
Pero basta
de bromas.
Sé que
también
puede ser
cosa de mi
edad el que
no consiga
simpatizar
con los
"escritos
canónicos"
de esa
corriente;
aunque -como
no soy
relativista-
no creo que
cada
generación
tenga sus
verdades.
Prefiero ir
de la mano
de un
coetáneo
mío, del
importante
estudioso de
teoría de la
literatura
Meier
Abrams, que
ha dedicado
sus buenos
esfuerzos a
conocer a
fondo esa
escuela,
llegando a
la
conclusión
de que se
trata de una
moda efímera
(11), cuya
fuerza de
atracción
sobre la
juventud
resulta
probablemente
del hecho de
que permite
a sus
simpatizantes
mirar de
arriba abajo
-llenos de
compasión- a
los no
iniciados,
que siguen
creyendo no
sólo en Papá
Noel y en la
cigüeña sino
también en
el hombre y
quizá
incluso en
la razón.
¿No es
verdad que
uno se cree
algo cuando
se ha dado
cuenta de
que todo eso
es cuento,
cosas de
niños,
"sarampiones"
que ya hemos
pasado? El
mensaje
suena
tópico,
porque al
leer textos
realmente
estamos
expuestos -y
de continuo-
al riesgo
del
malentendido.
Y así, a
quien le da
miedo ese
riesgo le
queda el
recurso de
retirarse
cómodamente
a la actitud
del
escepticismo
y considerar
que todo
intento por
comprender
es algo
ingenuo,
superado.
Ahora bien,
la idea de
que errar es
humano no es
nueva y, en
mi opinión,
tampoco está
hecha para
que nos
desesperemos
ante el
problema del
progreso de
los
conocimientos.
La
desesperación
sólo llega
cuando somos
demasiado
exigentes. A
la exigencia
del "o todo
o nada"
propia quizá
de la
juventud, el
adulto debe
contraponer
-también en
las ciencias
del
espíritu- la
convicción
de que
tenemos que
aprender a
ser
modestos.
Quizá
resuene para
ustedes en
estas
palabras la
voz de mi
amigo Karl
Popper -con
razón (12)-.
El fue quien
me convenció
de que ni en
las ciencias
naturales ni
en las del
espíritu
debemos
buscar
soluciones
totales,
pero de que
-a pesar de
ello tenemos
derecho a
seguir
preguntando
y a seguir
investigando,
porque
también de
nuestros
errores
podemos
aprender.
Creo que lo
mismo se
puede decir
de nuestros
afanes por
comprender a
otras
personas,
otras
culturas y
otras
épocas. Qué
duda cabe de
que es una
conclusión
errónea el
creer que,
como todos
han sido
seres
humanos,
todos han
pensado y
sentido como
nosotros. La
etnología ha
demostrado
que algunas
instituciones
e ideas de
tribus
lejanas son
más
difíciles de
comprender
que otras.
En este
terreno no
hay duda de
que la
influencia
del
relativismo
cultural es
muy
saludable,
porque nos
impide medir
formas de
vida ajenas
con nuestros
propios
raseros
culturales.
Pero también
aquí hay que
estar
prevenidos
ante las
exageraciones,
porque la
negación de
toda medida
se lleva a
sí misma ad
absurdum.
Estoy
pensando en
la tan
conocida
discusión
sobre si
podemos
negar o no
que las
prácticas
mágicas -tan
extendidas
en toda la
tierra-
ejercen una
influencia
sobre la
realidad,
dado que
nuestro
concepto de
realidad
está anclado
en nuestro
lenguaje y
cultura y no
es aplicable
fuera de
este campo
tan estrecho
(13). Uno se
pregunta si
argumentos
de este tipo
son algo más
que juegos
de moda. En
cualquier
caso- en la
etnología
hay ciertos
aspectos que
han servido
para que el
relativismo
no haya
conquistado
el poder
absoluto.
Los viajeros
han visto
que hombres
extraños
reían y
lloraban,
jugaban y se
peleaban; y
quienes ha
tenido la
suerte de
ver las
fotos que el
profesor
Eibl-Eibesfeldt
ha hecho de
la vida de
tribus
totalmente
aisladas -lo
ha
documentado
profusamente
en su
reciente
libro sobre
la biología
del
comportamiento
humano
(14)-, quien
ha tenido
esa suerte
ya no puede
dudar de que
hay
reacciones
humanas
universales.
Al
historiador
a menudo le
faltan esas
posibilidades.
El, en buena
medida,
depende de
los
testimonios
del pasado,
conservados
por la
tradición y
la
casualidad,
los
monumentos
del derecho,
de la
literatura,
del arte y
del culto.
¿Cómo
sorprenderse
de que el
encuentro
con esos
testimonios
de una forma
de vida
pasada haya
contribuido
a centrar la
atención en
la capacidad
de
transformación,
de cambio,
del hombre?
Natura
abhorret
vacuum, la
naturaleza
huye del
vacío, y
también lo
hace el
espíritu del
hombre.
Donde faltan
testimonios,
la fantasía
se pone a
tra bajar y
va
rellenando
huecos; es
así como nos
creamos la
imagen del
hombre de
tiempos
pasados -por
la impresión
que nos
causa su
arte-.
Cuando
hablamos del
hombre
griego, del
hombre
gótico...
aparece ante
nosotros una
figura
típica, que
hemos sacado
del arte de
aquella
época.
Destacados
representantes
de las
ciencias del
espíritu,
como Jan
Huizinga o
Ernst Robert
Curtius, nos
han puesto
en guardia
frente a
esta fuente
de
malentendidos,
que yo
alguna vez
he llamado
el sofisma
fisionómico
(15). Debo
confesar que
mi propio
campo de
trabajo, la
historia del
arte, ha
sido el
responsable
de muchos de
esos
malentendidos,
y lo ha sido
siempre que
se
presentaba
con la
pretensión
de que el
estilo de
una época se
puede y se
debe
interpretar
como un
síntoma o
-así se
solía decir-
como
expresión de
una época y
de un
pueblo.
Así, el
pionero del
expresionismo
en la
historia del
arte,
Wilhelm
Worringer,
escribía con
toda
coherencia
hace 75 años
en su libro
sobre el
espíritu del
gótico:
"Para la
historia del
arte, el
hombre sin
más es tan
inexistente
como el arte
sin más.
Estos son
prejuicios
ideológicos,
con los que
la
psicología
de la
humanidad
está
condenada a
la
esterilidad".
El, en
cambio, de
los
ornamentos y
de los
pliegues en
obras de
arte
medievales
sacó la
sorprendente
conclusión
de que " el
hombre
nórdico no
conoce nada
tranquilo,
toda su
fuerza de
configuración
se concentra
en la
representación
del
movimiento
desenfrenado,
sin medida"
(16). Parece
que no se
preguntó si
la imagen de
un pueblo
formado por
"chisgarabís"
no se da
también en
otras partes
y si su
diagnóstico
no queda
rebatido por
el arte de
Van Eyck,
Vermeer o
Caspar David
Friedrich,
que al fin y
al cabo
también eran
hombres
nórdicos.
Lo que se ha
llamado el
"circuito
hermenéutico",
la búsqueda
de la
confirmación
de la
intuición
primera, se
convierte en
un vulgar
círculo
vicioso allí
donde sólo
son válidas
las -al
menos
supuestas-
confirmaciones
de la propia
intuición.
Un ejemplo:
la forma de
representar
el espacio
en un estilo
concreto se
explica por
la forma de
ver de una
época, que a
su vez
explicará
los medios
de
representación;
y nadie,
ante la
pregunta de
si los
pueblos no
conocen la
perspectiva
en el
sentido que
nosotros le
damos,
responde que
es porque no
podían
esconderse
detrás de
una columna
(como
irónicamente
se preguntó
una vez un
psicólogo
(17), o si
los chinos,
que en su
pintura no
necesitan el
contraste
entre luz y
sombra,
realmente no
están en
condiciones
de cobijarse
bajo un
árbol en un
día caluroso
del verano.
Creo que el
fallo que
llevó a la
historia del
arte al
relativismo
también se
da en otros
campos de
las ciencias
del
espíritu; me
refiero al
sofisma ex
silentio, a
la idea de
que en la
vida y el
pensamiento
del pasado
sólo
encontró
sitio
aquello que
nosotros
hemos
llegado a
conocer, por
medio de sus
manifestaciones
artísticas.
Fue un
filólogo
clásico el
que en
cierta
ocasión
planteó la
tesis de que
los griegos
tendrían que
ser ciegos
para los
colores
porque
tenían pocas
denominaciones
para ellos.
Si eso fuera
así habría
que concluir
que a
nosotros nos
sucede lo
mismo,
porque
también
nuestros
idiomas
tienen
infinitamente
menos
denominaciones
de color que
los matices
que existen
y que
podemos
percibir.
Una
conclusión
así olvida
la
naturaleza
del
lenguaje,
que tiene
que ser
selectivo
para poder
cumplir su
función
comunicativa.
Es sabido
que las
diferencias
en la
selectividad
de los
diferentes
idiomas
plantean
graves
problemas a
los
traductores.
Pero también
aquí he de
dar la razón
a Karl
Popper, que
ha destacado
que no se
debe
confundir la
dificultad
con la
imposibilidad.
Por muy
difícil que
sea -y lo es
a menudo-
reproducir
en otro
idioma el
sentido de
una frase,
al final
éste nos
resultará
accesible,
aun
perdiendo
belleza y
elegancia
(18).
También las
obras
literarias
de otras
épocas o de
otras
culturas
presentan
problemas
similares.
Esto entre
ustedes no
hace falta
destacarlo.
Los
conceptos,
las
relaciones
humanas, las
instituciones
de las que
tratan
precisan una
y otra vez
de complejas
explicaciones.
Pero los
esfuerzos
que nos
causa esa
tarea no
deben
llevarnos a
identificar
el mundo con
que nos
encontramos
en la poesía
y prosa de
otras
culturas con
la realidad
que se vivía
entonces.
Pues lo que
rige para el
lenguaje
rige en
mucha mayor
medida para
los medios
de las
formas
artísticas.
Las
expresiones,
los topo¡ de
la
representación
literaria no
reflejan la
variedad
infinita de
lo que se
puede sentir
y vivir,
sino las
tradiciones
de la
creación
literaria,
en buena
parte
autónomas.
Un libro
como Mimesis
de Erich
Auerbach nos
ha mostrado
qué los
nuevos
medios del
arte son
sensibles a
vivencias
nuevas, pero
que allí
donde éstas
no son
perceptibles
literariamente
no quiere
decir que
hayan sido
desconocidas
en la vida
cotidiana
(19). No
podemos
saberlo.
También el
texto de
Plutarco le
debe algo a
la tradición
y a los
medios de
las
biografías
antiguas y
no responde
a ciertas
preguntas
que
interesarían
hoy a un
psicoanalista.
La expresión
de Goethe de
que "todos
fueron
humanos"
expresa no
tanto un
conocimiento
como una
hipótesis,
que
podríamos
denominar
una
hipótesis de
trabajo o
también un
principio
heurístico
(20), pues
creo que en
principio
siempre
compensa
suponer que
también en
países
extraños y
en épocas
extrañas
tenemos que
ver con
hombres que
no se
diferencian
sustancialmente
de
nosotros...,
aunque esta
suposición
no siempre
supere un
examen
crítico.
Quizá me
permitan
incluir aquí
una pequeña
anécdota que
puede
ilustrar mis
ideas más
fácilmente
que largas
reflexiones
metódicas.
Esoy
pensando en
una
discusión
sobre la
historia
intelectual
del
Renacimiento
en la que yo
me atreví a
decir que no
se debía
considerar
al hombre
renacentista
como una
"especie
especial" de
hombre; y de
pasada
comenté que
estaba
convencido
de que
también a
aquellos
hombres les
gustaba
quedarse en
la cama por
la mañana.
Fue una
declaración
atrevida,
pero -sin
merecerla-
tuve suerte,
pues más
adelante
pude
explicar a
mis colegas
que Leonardo
da Vinci
describe
representaciones
simbólicas
que en la
Toscana se
suelen
colgar de
las camas
para
advertir a
los
perezosos y
dormilones
que no se
queden mucho
tiempo en
ellas,
"especialmente
por la
mañana,
cuando,
descansado y
sobrio, se
debe estar
dispuesto a
acometer
nuevos
esfuerzos"
(21).
Lo que
quiero decir
es algo tan
sencillo
como lo
siguiente:
cuando se
habla del
hombre, hay
que tener
siempre en
cuenta al
viejo Adán,
aquel viejo
Adán que se
empeña en
satisfacer
sus
instintos,
comunes a
todos los
humanos. No
hay duda de
que el modo
en que las
diversas
culturas
intentan
dominar la
naturaleza
indomada
está
sometido a
innumerables
transformaciones
(22), pero
en cualquier
solución, no
se dará una
forma de
vida humana
en la que no
se exprese
de algún
modo la
tensión
entre ese
ansia de
satisfacción
y el
movimiento
contrario,
la
adaptación
cultural.
Es
precisamente
la
literatura
la que
tantas veces
ha
incorporado
esa tensión
a sus
creaciones;
piensen en
las figuras
de Don
Quijote y
Sancho
Panza: al
primero, los
ideales
culturales
le han
sorbido el
seso; el
segundo
sigue siendo
lo
suficientemente
campesino
como para
saber a
dónde se
dirigen sus
apetitos: lo
mismo les
sucede a
Tamino y
Papageno.
Incluso el
drama de la
India
antigua
conoce esta
contraposición
entre el
héroe noble,
que habla
sánscrito, y
una figura
cómica,
Vidushaka,
que a pesar
de
pertenecer a
la casta de
los
brahamanes
habla el
popular
"prakrit" y
siempre está
pensando en
dar a su
barriga lo
que es suyo.
Quien hable
de las
dificultades
que supone
el
comprender
culturas
extrañas y
sus valores
no debería
descuidar el
hecho de que
también en
este punto
hay
diferencias
sustanciales.
El ser
creaturas:
esto es algo
que nos une
a todos -y
nos une más
que
cualquier
acercamiento
en el nivel
de máximo
refinamiento-.
Por algo
dice
Mefistófeles
a Fausto:
"La peor
compañía te
hace sentir
que eres un
hombre entre
hombres"; y
como es el
diablo el
que habla,
te lo hace
sentir
precisamente
-así podemos
completar su
afirmación-
la peor
compañía.
Así sigue en
el Fausto la
escena en la
taberna de
Auerbach:
"Presta
atención,
magníficamente
se revelará
la
bestialidad";
bajo lo
excesivamente
humano se
encuentra la
capa de lo
animal:
"estamos
bestialmente
a gusto,
como
quinientas
cerdas" -por
seguir