UN PUNTO
DE VISTA FILOSÓFICO
Por
Victor Sanz
UNA DE LAS ENSEÑANZAS que obtenemos de
la historia, en sus complicados vericuetos y desarrollos,
es la cambiante valoración que concede a las palabras, con
una volubilidad que en muchos casos se nos antoja caprichosa
y se asemeja a las cotizaciones de los llamados “valores”
bursátiles. Se podría evocar, a este propósito, la conocida
expresión con la que Giambattista Vico se refería al
flujo y reflujo del vivir y, especialmente, a su permanencia
en forma de historia: los corsi e ricorsi. Las palabras
—y los conceptos que ellas designan— experimentan también,
a lo largo de su historia, un continuo ir y venir subir y
bajar, que recuerda el incesante vaivén de las olas que mueren
en la playa. Lo cual muestra, sobre todo, que no son algo
inerte y pétreo, sino vivo, pues poseen su propia biografía.
Si retomamos la primera de las metáforas apuntadas, pienso
que no resulta difícil aceptar que la palabra “religión” —cosa
bien distinta es ponerse de acuerdo en el significado del
término— se cotiza hoy al alza, mientras que no se puede decir
lo mismo de la “verdad”, palabra caída en desgracia, que en
muchos ambientes suena tan extraña como la palabra “virtud”,
y que no goza de prestigio entre quienes se dedican a la especulación.
Bien es cierto que el resurgimiento de la religión y la revalorización
del término, después de una larga etapa de desprestigio, adopta
una serie de rasgos entre los que destaca la generosa amplitud
con que se emplea, hasta el punto de que a veces resulta difícil
dibujar un perfil definido de su significado, como se aprecia,
por ejemplo, en las expresiones que se van imponiendo en el
lenguaje especializado, como “religión vacía’ “religión civil’
“religiones laicas de salvación’ “religiones de sustitución”
“religión secular’ “religión implícita’ “sucedáneos de religión’
“religión a la carta” “supermercado de las religiones’ etcétera.
Esta proliferación de expresiones, algunas de ellas un tanto
variopintas y paradójicas, hace que no resulte descabellado
sostener —al menos a simple vista— que la religión ha logrado
afianzarse y recobrar su antigua reputación a costa de desvincularse
de la cuestión de la verdad. Se podría trazar el recorrido
de los hitos más sobresalientes de este proceso y de las figuras
que han contribuido a él. Figuras, por otra parte, que se
cuentan entre las más señeras e influyentes de la historia
de la filosofía, lo cual confirma de nuevo el lugar central
que la cuestión de la religión —con independencia de que logremos
ponemos de acuerdo acerca de su significado— ocupa en la vida
de los hombres y en una de sus características más relevantes,
como es el pensamiento.
No me propongo aquí hacer un ejercicio de reconstrucción histórica,
pero sí aludiré a algunas propuestas que, a mi juicio, han
tenido una influencia decisiva en la transformación del concepto
de religión y su progresiva disociación del de verdad. Esta
disociación, como trataré de mostrar, tiene consecuencias
también para la filosofía, que, desde sus inicios, aspiraba
a descubrir la verdad de las cosas, empresa que quizá hoy
muchos consideren una aspiración desmesurada y pretenciosa,
explicable quizá en los tiempos heroicos de los comienzos,
caracterizados por una ingenuidad inasequible al desaliento.
Disociación de religión y verdad: breve recorrido histórico
Una de las propuestas disociadoras es la que hace Baruch
Spinoza en el Tratado teológico-político, donde,
movido por su nada oculta pretensión racionalista de instaurar
claridad y orden geométrico en el panorama de la realidad,
establece una nítida y definitiva distinción, que es también
separación, entre una y otra instancia. Así, escribe al final
del capítulo XIV de la obra: “Sólo nos falta, finalmente,
hacer ver que entre la fe o teología y la filosofía no existe
comunicación o afinidad alguna, cosa que no puede ignorar
nadie que haya conocido el objetivo y fundamento de es tas
dos facultades, pues se diferencian radicalmente. En efecto,
el fin de la filosofía no es otro que la verdad; en cambio,
el de la fe, como hemos probado ampliamente, no es otro que
la obediencia y la piedad”. Para los menos familiarizados
con el texto del Tractatus spinoziano, es preciso advertir
que, a lo largo de la obra, es habitual —y sin duda consciente,
si tenemos en cuenta la conocida cautela del pensador de Amsterdam—
la equivalencia que establece entre términos como “religión”,
“fe”, “teología”, “palabra de Dios”, “Sagrada Escritura”,
“revelación”. Estas expresiones las utiliza indistintamente
para designar lo otro que la razón y que la filosofía, que,
como acabamos de leer en el pasaje citado, no tiene que ver
con la verdad, tarea exclusiva de la filosofía, y es sólo
capaz de sumisa obediencia y piedad devota.
La observación de Spinoza estaba llamada a ejercer
un duradero y profundo influjo en la historia de la filosofía
y a ser compartida, en sus consecuencias fundamentales, por
gran número de pensadores. La opción que se presentaba, con
diversos matices y observaciones, era doble: o bien negar
la posibilidad de verdad a la religión, recluyendo esta al
mundo de lo irracional, del sentimiento, de lo exclusivamente
moral —todo lo sublime y a priori que se quiera—, o admitir
una verdad que, en último término, le viene de fuera, concretamente
de la instancia con que se identifica a la religión hasta
resultar absorbida por ella: a saber, la filosofía.
Esta última opción, especialmente tentadora, parte, en el
fondo, del mismo supuesto que la anterior, es decir, de la
sólida convicción de que la verdad es ajena a la religión
y que, en el mejor de los casos, es algo que le sobreviene.
Por otro lado, parece incluso confirmar que la pretensión
de verdad por parte de la religión resulta, a fin de cuentas,
deletérea para ella y lleva a su desaparición, lo cual demostraría,
de modo inequívoco, que tal aspiración no es sino un espejismo
al que debe renunciar. No es así extraño que la reputación
de que gozó durante un tiempo el concepto de religión natural
—entendida como religión de la razón o religión filosófica,
que, en realidad, era una religión desencarnada, casi de laboratorio—
acabara por difuminarse, porque se sustentaba sobre una frágil
estructura de puros conceptos, y dio paso a dos situaciones
o actitudes, que, en líneas generales, siguen aún presentes
en el mundo en que vivimos: la renuncia a la religión y lo
religioso, que queda sumido en la indiferencia y el olvido
y deja de hecho de existir para muchas personas; o la comprensión
y aceptación de la religión como un abrigo al socaire de una
racionalidad rígida y a veces tiránica, que coarta y aprisiona
aspectos fundamentales de lo humano, que buscan entonces en
la religión un refugio al que acogerse.
La trayectoria del idealismo hegeliano es una buena muestra
de lo que ocurre cuando filosofía y religión acaban por identificarse.
No es, en este sentido, puro azar que Hegel dedicara
los últimos años de su vida a dictar las lecciones de filosofía
de la religión, que impartió durante cuatro semestres, entre
1821 y 1831, año de su fallecimiento. El propio Hegel
escribe en sus Lecciones sobre filosofía de la religión
que “cuando decimos que la filosofía debe considerar la religión,
ambas están puestas en una relación de diversidad, donde permanecen
en oposición mutua. Frente a esto hay que decir que el contenido
de la filosofía, su exigencia e interés son totalmente comunes
a los de la religión. El objeto de la religión, así como el
de la filosofía, es la verdad eterna, Dios y nada más que
Dios y la explicación de Dios. La filosofía no se explicita
a sí misma, sino en cuanto explicita a la religión, y, en
cuanto se explicita a sí misma, explicita a la religión. El
espíritu pensante es aquel que penetra en este objeto, la
verdad, el que está ocupado en el goce de la verdad y en la
purificación de la conciencia subjetiva. Así, religión y filosofía
coinciden en una misma cosa”.
En otros términos, la conversión de la filosofía en religión
no significa la desaparición de aquella, sino de esta, pues,
si se me permite el juego de palabras, la religión en la que
se convierte la filosofía no es otra religión que la filosofía
misma. Esta opción, por tanto, ni siquiera deja resquicio
para una religión autónoma y distinta —no digamos separada—,
una vez que Hegel, después de afirmar como acabamos
de leer, que el contenido, la exigencia y los intereses de
la filosofía y de la religión son comunes, acto seguido, en
un texto que se ha hecho célebre, convierte la actividad teórica
en praxis religiosa mediante esta solemne fórmula: “de hecho,
la filosofía es ella misma un culto divino (Gottesdienst),
como la religión”. Fórmula que en la segunda edición de las
obras de Hegel, de la que se ocupó Bruno Bauer
y que fue publicada en 1840, es todavía más explícita y tajante,
pues ahí se afirma que “de hecho la filosofía misma es culto
divino, es religión” y unas líneas antes advierte que la filosofía
“es la misma actividad que es la religión”.
Ciertamente, Hegel no destierra la cuestión de la verdad
del ámbito de la religión, pues, como hemos visto, hace de
la verdad eterna —que es Dios mismo— su objeto. Pero lo que
en realidad lleva a cabo es la supresión de la religión. El
proceso de transformación de la teología natural en filosofía
de la religión, que Feiereis ha estudiado magistralmente,
acaba conduciendo, en un segundo momento, a una sustitución
de la religión por la filosofía, dado que, como ha señalado
Jaeschke, no se debe olvidar que la sustancia al final
resultante ya no es la misma. Tal proceso hay que considerarlo
como una sustitución de una disciplina por la otra, con contenidos
y métodos diferentes, como diferentes son también sus intereses
y sus respectivos objetos, aunque, como es lógico, el ámbito
general continúa siendo común y esto es precisamente lo que
facilita el tránsito y hace menos perceptible la profunda
transformación que se ha operado.
Lo que, de cualquier modo, queda claro es que la teología
natural o filosófica de inspiración clásica no se ve, sin
más, completada con una dimensión práctica, sino que se produce
una desviación o reorientación desde la teoría hacia la práctica
que abre una fisura entre ambas, al despreocuparse la filosofía
de la religión del alcance teórico que era característico
de la filosofía sobre Dios, con lo que se da lugar a un desequilibrio
que facilita la aparición de propuestas que en algunos casos
pueden calificarse de irracionalistas.
La nueva situación creada se ve favorecida por el clima religioso
e intelectual que reina en Alemania a lo largo del siglo XVIII
y que perdura hasta comienzos del siglo siguiente, caracterizado
por la honda influencia que en el seno del protestantismo
tuvo la corriente pietista, que valoraba más la voluntad que
la inteligencia y descuidaba el aspecto dogmático-doctrinal
de la fe cristiana.
La identificación de filosofía y religión conduce, en definitiva,
a la desaparición de esta, absorbida por la filosofía. Pero
la realidad es terca y la religión, de un modo u otro, se
resiste a ser eliminada. Lo que entonces ocurre es que, cuando
reaparece, lo hace de un modo reacio a la filosofía, esto
es, de acuerdo con las diversas posibilidades señaladas en
la primera opción, que son variantes de un único modelo, caracterizado
por rechazar la relación con la verdad o, más exactamente,
con la razón. Más aún, la religión se consolida entonces,
y la obra ya clásica de Rudoff Otto es un buen ejemplo
de ello, como el cobijo a cuyo amparo acuden aquellas dimensiones
de la persona sobre las que el tribunal de la razón ha pronunciado
una sentencia negativa, por no estar sujetas a “las leyes
eternas e invariables que la razón posee” según la conocida
afirmación kantiana del prólogo de la primera Crítica.
Se abre así la puerta a una serie de aspectos que el propio
Otto no tiene inconveniente en calificar de irracionales,
convencido como está de que “lo irracional arraiga, con raíces
propias e independientes, en las recónditas profundidades
del espíritu”. Con esto no pretendo tildar sin más de irracionalismo
la concepción de la religión defendida por Otto, pues
él mismo sostiene la necesidad de una conexión interna de
lo racional e irracional en la religión, que culmina en la
noción de sagrado o santo como categoría a
priori que se constituye mediante la síntesis de lo racional
y lo irracional. No obstante, ya desde el comienzo mismo de
la obra se aprecia que el nuevo equilibrio que el autor quiere
establecer entre ambos aspectos se conseguirá reforzando la
dimensión irracional, como reacción frente al predominio de
la tendencia a la racionalización entonces imperante. Manifestaciones
del nuevo acento puesto en la experiencia religiosa y del
modo preciso en que esta se entiende, son algunos de los términos
que Otto emplea con frecuencia para describirla, como
“emoción religiosa” “estremecimiento” “estupor”, “sentimiento
numinoso’ “pavor” etc., expresiones que, al insistir en el
carácter subjetivo y experiencial de lo sagrado, que es además
originario e irreductible a toda otra dimensión, alejan del
horizonte toda referencia a un contenido objetivo de verdad,
accesible mediante la razón.
La sombra de Schleiermacher es alargada y se proyecta
a través de los siglos. Su justificación de la religión frente
a sus “menospreciadores cultivados” discurre por los caminos
de la intuición y el sentimiento, en los que, según sus propias
palabras, consiste la esencia de la religión. A la religión,
escribe en otro texto, le compete una “provincia propia en
el ánimo, en la que impera de un modo ilimita do”. En Schleiermacher
se encuentra ya un expreso rechazo de la especulación sobre
la esencia de Dios o, al menos, del lugar preeminente que
generalmente se le ha concedido, pues más que la pregunta
por Dios le interesa la pregunta por la religión, que, en
sus propias palabras, es “bastante más amplia y comprehensiva”.
Así, en una referencia autobiográfica escribe evocando su
propia experiencia: “La religión fue el cuerpo maternal, en
cuya sagrada oscuridad se aumentó mi vida juvenil y se preparó
para el mundo, que todavía constituía para ella una realidad
no descifrada; en la religión ha respirado mi espíritu antes
de que él hubiera hallado sus objetos externos, la experiencia
y la ciencia; ella me ayudó cuando comencé a examinar la fe
paterna y a purificar el corazón de los desechos del pasado;
ella permaneció en pie para mí cuando Dios y la inmortalidad
se esfumaron ante los ojos vacilantes”. A la vista de
este texto, que no es un pasaje aislado, parece claro que
en el pensamiento de Schleiermacher se difumina la
idea de Dios, que pasa a ocupar un lugar secundario en favor
de la religión, o más exactamente de la religiosidad o de
la piedad, entendida, según la célebre expresión que emplea
en una obra posterior, como un “originario sentimiento de
dependencia, que no es accidental, sino que constituye un
elemento esencial de la vida y que ni siquiera es diverso
según las personas, sino que el mismo es común a toda conciencia
desarrollada”. Por esto, se ha podido hablar de “un ateísmo
religioso o de una idea atea de religión” en Schleiermacher.
No parece que en Schleiermacher haya lugar para una
consideración de la religión que admita la relación con la
verdad. Como tampoco la hay en Hume, uno de los autores
que adopta una actitud más crítica frente a la religión, cuyo
origen atribuye al miedo y a la ignorancia. En el caso del
pensador escocés, el escepticismo del que hace gala le lleva
a mantener una postura equidistante, que parece conceder a
cada parte sus derechos, pero que en el fondo resulta estéril,
ante la imposibilidad de llegar a certezas que puedan ser
refrendadas por la razón.
Así, escribe al final de su Historia natural de la religión:
«La ignorancia es la madre de la devoción: he aquí una
máxima que es proverbial y que ha sido confirmada por la experiencia
general. Mas buscad un pueblo que carezca enteramente de religión;
y, si lográis encontrarlo, estad seguros de que dicho pueblo
no se diferenciará mucho de los brutos”. Ante una situación
semejante, ¿qué alternativa adoptar? Hume reconoce
haber llegado a un callejón sin salida: “Todo es un rompecabezas,
un enigma, un misterio inexplicable”, escribe no sin cierta
resignación. Y continúa: “La duda, la incertidumbre y la suspensión
del juicio parecen ser el único resultado de nuestras investigaciones
más cuidadosas respecto a este asunto. Pero tal es la fragilidad
de la razón humana, y tan irresistible es el contagio de la
opinión, que ni siquiera esta duda deliberada puede ser mantenida
mucho tiempo”.
Razón por la cual, en un intento de solución —que, en realidad,
no es más que un modo de esquivar el problema—, concluye la
obra proponiéndose buscar “refugio en las tranquilas, si bien
oscuras, regiones de la filosofía”. En todo caso, la filosofía
reconoce su incapacidad para aclarar qué sea la religión,
especialmente si, al lado de estas palabras que cierran la
Historia natural de la religión, situamos la afirmación con
la que Filón, uno de los personajes de los Diálogos sobre
la religión natural, finaliza su intervención resumiendo
así su postura: “ser un escéptico filosófico es, en un hombre
de letras, el primer paso, y el más esencial, para llegar
a ser un auténtico cristiano creyente”.
En este desordenado y muy incompleto recorrido por la historia
del pensamiento moderno, no podía faltar Kant y su
reducción de la religión a moralidad. En La contienda entre
las Facultades de Filosofía y Teología, obra de 1798,
reitera su convicción —expuesta en la Crítica de la razón
práctica, la Crítica del juicio y La religión dentro
de los límites de la mera razón— de que “la religión no
constituye el conjunto de ciertas doctrinas en cuanto revelaciones
divinas (pues a eso se le llama teología), sino el compendio
de todos nuestros deberes en general tomados cual mandatos
divinos (lo que se traduce a nivel subjetivo en la máxima
de acatarlos como tales)”. Y continúa: “la religión no se
distingue de la moral por su materia, es decir, por su objeto,
puesto que se refiere a los deberes en general, sino que tal
distinción es meramente formal, al suponer una legislación
racional que, mediante esa idea de Dios emanada de la propia
moral, proporciona a esta una influencia sobre la voluntad
humana de cara al cumplimiento de todos sus deberes”.
En otras palabras, la religión no es sino “la moral en relación
con Dios como legislador”. El trasfondo de la argumentación
kantiana acerca de la religión subraya, de modo muy significativo,
el carácter secundario y meramente referencial que se concede
a Dios, aspecto que está en la base del modo de afrontar la
religión en la época moderna, como hemos visto claramente
expresada en los Discursos de Schleiermacher,
obra coetánea de la de Kant. En el caso de este último,
no resulta difícil advertir que la idea de Dios se desfigura
hasta hacerse una idea puramente moral, y lleva a comprender
a Dios como un “soberano moral del universo”, que no importa
qué sea en sí mismo, sino “qué es para nosotros como ser moral”.
La filosofía y la cuestión de la verdad religiosa
Las diversas alternativas de la reflexión sobre la religión
en el pensamiento moderno, a las que he aludido someramente,
no constituyen puras elaboraciones especulativas alejadas
de la vida, sino que han impregnado la actitud religiosa de
amplios estratos de la población, contribuyendo a modificar
el concepto de religión y la manera de vivirla. Conviene aclarar,
ya desde ahora, que tal novedad no tiene sólo efectos negativos,
y pienso que no es difícil apreciar la vertiente positiva
que esa transformación de la religión lleva consigo, sin olvidar
que en muchos casos se trata de intentos de recuperación de
la pureza y sencillez de una religiosidad que, con el paso
del tiempo, se ha visto cargada de inercias, rutinas y no
pocas adherencias que la deforman y devalúan.
Por otra parte, sería una ingenuidad pensar que la trayectoria
que ha conducido hasta la situación actual es rectilínea y
que es posible trazar su recorrido a partir de un único hilo
conductor. La religión, tal como es vivida, tiene que ver
ante todo con la condición histórica —y, por tanto, real y
contingente— de cada ser humano, y en ella influye un variado
y complejo haz de circunstancias que no es posible reducir
a unidad. Pero si hubiera que entresacar algunas de las características
más relevantes de la forma en que ha ido cambiando el modo
de comprender y de vivir la religión en la época moderna,
una de las que habría que destacar, sin lugar a dudas, sería
la desvinculación de la religión respecto de la verdad, a
la que me referí al comienzo.
Esto explica, por ejemplo, un fenómeno muy característico
de los últimos siglos, como es la reclusión de la religión
en el ámbito privado y su consiguiente desaparición del espacio
público o, al menos, una sensible disminución de su presencia,
en comparación con otras épocas históricas. Es una situación
que no sólo afecta a las manifestaciones sociales y externas
de la religión, como el culto, la representación institucional
o el papel que desempeña en la vida cívica, sino también,
y esto es quizá lo más importante, a la exclusión de lo religioso
del debate intelectual, al no ser aceptado en condiciones
de igualdad por quienes configuran la opinión pública y deciden
las reglas del juego y los requisitos necesarios para participar
en el libre intercambio de ideas.
La religión, en suma, admite opinión —de hecho, todo el mundo
opina acerca de ella y, en este sentido, cualquier opinión
es válida—, pero no se considera, en cambio, legitimada una
discusión científica, porque lo que se le niega es esta condición.
He hablado de falta de carácter “científico” en la religión.
La cuestión no es ya la verdad, sin más, sino la ciencia y
la verdad de la ciencia, entendida en el sentido de la ciencia
positiva moderna. Lo que no se somete a sus parámetros metodológicos
queda fuera del discurso público y de cualquier pretensión
de objetividad. La filosofía no pocas veces se ha plegado
a estas exigencias, y eso ha tenido como consecuencia la renuncia
a la verdad sin más, diferente de las verdades, parciales
y verificables, que son el objeto asequible de la ciencia.
Una ciencia, habría que añadir que es consciente de sus límites
y necesidades y no se aventura por los imaginarios senderos
de lo que Kant llamó ilusión trascendental,
un mero espejismo de la razón que sólo puede proporcionar
consuelo.
Se aprecia así, una vez más, el relevante papel del mundo
intelectual y filosófico en la generación de un ambiente que
da lugar a una transformación del concepto de religión. Que
las ideas van siempre por delante y tienen una decisiva influencia
en los hechos no es una cuestión “dogmática” que se deba mantener
por principio, sino algo que no es sólo lógico, sino que la
experiencia se ocupa de demostrar. Algunos de los hitos de
ese largo proceso de transformación de la religión ya han
sido mencionados, comenzando por la tajante separación de
ámbitos que establece Spinoza. La cuestión es si esa
distribución de competencias no resulta, a la postre, empobrecedora
para la propia filosofía. Una prueba de que quizá sea así
lo constituye la devaluación de la verdad a que ha dado lugar,
porque una filosofía que reclame para sí sola el patrimonio
de la verdad está faltando al requisito fundamental de universalidad
y apertura que la verdad implica de suyo.
Cuando se cierra a la verdad el ámbito de lo religioso, es
la verdad misma la que se resiente. La consecuencia es que
el concepto de verdad, aunque se siga manteniendo por la propia
fuerza de la tradición, se estraga y queda reducido al estrecho
ámbito de lo racional-discursivo. La filosofía se atrinchera
entonces en un concepto reducido de verdad, que actúa a la
manera de un blindaje que la separa de las otras dimensiones
constitutivas de la persona que no son la estrictamente racional,
facilitando, todo lo más, una situación de coexistencia pacífica,
pero sin posibilidad de una efectiva y fecunda interrelación.
La verdad se hace opaca y, curvada sobre sí misma, deja de
hacer honor a su nombre, porque pierde su capacidad de irradiar,
de proyectar luz sobre las cosas o, si se prefiere, de desvelarlas,
de retirar el velo que las cubre y las oculta en parte.
Encerrada en una autosuficiencia complaciente, la filosofía
no advierte que el paradigma de verdad elegido es reduccionista,
por que lo sacrifica todo a la exactitud y a un rigor entendido
en términos mensurables, que limita el ámbito de lo que, estrictamente
hablando, puede ser objeto de un conocimiento “verdadero’
mientras que, en la misma proporción, se amplia el orden de
lo que está sujeto, sin más, a la fe o a la opinión, en otras
palabras, de lo que no permite de un conocimiento riguroso
y “científico”.
El empleo del adjetivo “científico” ejerce una influencia
casi mágica en la modernidad y, entre otros efectos, implica
el rechazo inmediato de la idea de una verdad religiosa. Pero,
para desgracia de la propia filosofía, también la verdad filosófica
acabará corriendo la misma o parecida suerte y quizá por eso
algunos ven la filosofía como una “religión” y ésta, a su
vez, no raramente se entiende como “filosofía” o, simplemente,
“ideología”.
Lo cierto es que, si se puede hablar hoy día de la crisis
de la verdad, esta implica al mismo tiempo una grave crisis
de la filosofía, que parece abdicar de su identidad y, en
su defecto, busca adoptar los criterios de cientificidad de
las ciencias positivas, o bien renuncia también a toda pretensión
científica y se repliega al mundo de lo narrativo y literario.
Pero, entonces, la filosofía deja de ser un saber de pretensión
universal, entendiendo este término en un sentido en el que
se refuerza y subraya especialmente el aspecto de unidad,
subyacente a lo diverso y plural que aparece, aspecto que
está ausente en el modo de proceder característico de la ciencia
moderna, siempre parcial y disgregado.
De ahí que la mentalidad moderna, una vez que ha rechazado
la cuestión de la verdad como algo no verificable que entiende
como una pretensión vana e ilusoria, se encuentra desarmada
frente a la pregunta por el sentido, para la que tiene siempre
una respuesta negativa, que ahonda en el sinsentido propio
de lo que no va más allá de lo fáctico, lo dado, lo que hay.
No es extraño que, entonces, sea el escepticismo la actitud
que más ha proliferado en la modernidad, escepticismo que
se aplica cada vez a más sectores de la realidad, porque a
medida que los criterios de verificación se depuran y perfeccionan,
se reducen considerablemente las posibilidades de conocer
algo de modo exacto y verificable. Lo que queda, como vio
Hume, es la costumbre y la tradición; en suma, la inercia
como motivo último de tantos actos vitales que resultan inexplicables.
Toda pretensión de sentido se considera injustificada, una
ilegítima transgresión de los límites de lo dado, un intento
desesperado y baldío de asomarse fuera del mundo, que no tiene
más que un valor literario o imaginativo, capaz de idear (falsos)
mundos fantásticos. Precisamente, la principal objeción que
se ha dirigido contra el cristianismo en diferentes épocas
y bajo múltiples formas es, como ha recordado Michel Henry,
que aleja al hombre de este mundo de aquí abajo, que se considera
el único existente y se halla sometido a los parámetros cuantificables
de la razón instrumental, convertida en paradigma. La reducción
que se ha operado en el concepto de verdad impide que esta
se pueda aplicar a la religión.
La consecuencia para la filosofía es que apenas puede penetrar
en el contenido de la religión y tratar de comprenderla, debiendo
limitarse a una simple descripción, propia de la historia
o de la fenomenología, condicionada por el juicio previo que
dictamina que la religión es un asunto al margen de la razón
y trata entonces de explicar los extraños e irracionales resortes
y motivos que la originan acudiendo a criterios extra-religiosos.
En este punto, conviene recordar tanto a los filósofos como
a los demás estudiosos de las ciencias humanas que se ocupan
de la religión, la crítica de Kolakowski, a propósito
del mito y de su estudio por parte del antropólogo.
Según Kolakowski, en esos casos se dan casi siempre
dos presupuestos importantes: “en primer lugar, se supone
que los mitos, tal como se relatan y se creen explícitamente,
tienen un significado latente detrás del ostensible y que
aquellos que comparten un credo no sólo no perciben de hecho
ese significado, sino que, por necesidad, éste no puede ser
percibido.
En segundo lugar, se supone que el significado latente, que
es accesible sólo al antropólogo que lo estudia desde fuera,
es el significado por excelencia, mientras que el ostensible,
es decir, el mito tal como lo entienden los creyentes, tiene
la función de ocultar el otro; este significado ostensible
se nos presenta entonces como el producto de un autoengaño,
de una mixtificación ideológica o, simple mente, de la ignorancia”.
Si aplicamos esto al caso de la religión, hay que reconocer
que muchas veces está latente el prejuicio de quien investiga,
que le impide aceptar el supuesto tan elemental de que “lo
que las personas quieren decir en su discurso religioso es
lo que dicen ostensiblemente” y le lleva, por el contrario,
a pensar que él conoce mejor que el creyente o el hombre religioso
el verdadero significado de las expresiones religiosas y que
estas, por otra parte, no son verdad, pues designan y significan
algo distinto —y, por supuesto, no “religioso” en el sentido
en que lo entiende el creyente— de lo que la persona religiosa
ostensible e ingenuamente proclama.
La religión, se podría decir, es un asunto demasiado serio
para dejarlo sólo en manos de los creyentes o de las personas
religiosas.
Ciertamente, no se puede negar el valor histórico, social,
cultural, filosófico, psicológico, etc. de la religión, pero
parece ilegítimo excluir a quienes la practican del juicio
reflexivo sobre aquello que conocen desde dentro. La convicción
de que los sujetos religiosos actúan movidos por prejuicios
inconscientes impide ver que tal convicción es también un
prejuicio que condiciona lo observado y lo interpreta según
una tesis o teoría previa, tesis que parte del supuesto de
que la religión y todo lo que tiene que ver con ella no puede
alcanzar la verdad y se circunscribe, como estableció Spinoza,
al ámbito de la obediencia y la piedad.
La cuestión que, de modo un tanto provocativo planteo, es
si esta actitud que ha sido dominante en la filosofía de los
últimos siglos no está en la base de la crisis de la verdad,
que es al mismo tiempo la crisis de la filosofía, porque ha
tenido como consecuencia la ex pulsión de la cuestión de Dios,
asunto no sólo religioso, sino por antonomasia filosófico,
en cuanto que, desde los inicios mismos de la filosofía, ha
ido de la mano de la pregunta por el fundamento y por el principio
absoluto de lo que existe.
Religión y verdad
Llegamos así al último punto que me propongo tratar. Hemos
visto que una filosofía que, implícita o explícitamente, desvincula
religión y verdad se incapacita para una auténtica comprensión
del fenómeno religioso y acaba por renunciar a la cuestión
de la verdad.
Por su parte, la religión siempre se encuentra ante la tentadora
inclinación a desentenderse de toda pretensión especulativa
y atrincherarse en su función de suministrar consuelo y refugio,
que en ocasiones promete a cambio de renunciar a una inquisición
que desasosiega. En no pocas de las formas actuales en que
se presenta la religión, se observa que esta ha sucumbido
a tentación tan seductora y se ha encaminado por los senderos
de lo que, en términos generales, podemos denominar “religión
del sentimiento”, caracterizada por excluir o reducir al mínimo
el papel de la razón.
Esta “religión del sentimiento” ofrece, sin embargo, numerosos
flancos que dejan traslucir su debilidad. Uno de ellos es
el carácter parcial e incompleto de semejante propuesta, que
contrasta con el alcance total de la religión, en el que ha
insistido la fenomenología y que, en palabras de Zubiri,
estriba en que “la actitud religiosa no es una actitud más
en la vida, sino que es la actitud radical y fundamental con
que se pueden vivir todos los hechos y procesos de la vida”.
Una religión del sentimiento, de la emoción, del rechazo,
incluso, de todo intento de explicación racional, aunque pueda
proceder de una actitud profundamente religiosa, motivada
por una reverencia y respeto sagrados ante lo que trasciende
y supera infinitamente lo humano, no deja de resultar, a pesar
de todo, insuficiente, porque deja fuera la dimensión inteligente
y reflexiva de la persona, su capacidad de captar —en el doble
sentido de capturar o aprehender y de ser consciente de ello—
el carácter verdadero de aquello que anhela.
Hablar del contenido de verdad implica abandonar el ámbito
exclusivamente formal, al que se han limitado muchas de las
explicaciones de la religión surgidas en los últimos siglos.
Tales explicaciones buscaban lo común dentro de la diversidad
casi inabarcable de religiones, pero, a la vez, hacían manifiesta
su falta de interés por examinar el contenido de las creencias,
desinterés que en realidad partía de un juicio previo que
daba por supuesta la inutilidad de tal intento, ya que, como
hemos visto, un principio incontestable y casi dogmático prescribía
que la religión es algo privado, susceptible de opinión, pero
no de verdad.
En el lenguaje ordinario, este juicio se presenta bajo la
forma de que todas las religiones tienen igual valor, porque
lo esencial es la intención o actitud de cada sujeto. Un juicio
así impide, o hace innecesario, el examen del contenido; en
realidad, el contenido mismo desaparece, identificado con
la forma, es decir con la actitud o intención subjetiva del
creyente.
Por el contrario, buscar la verdad significa establecer diferencias,
no contentarse con la apariencia, con la forma, ni siquiera
con la creación de un clímax o ambiente determinado que propicia
experiencias y vivencias que obedecen a una misma tipología.
Detenerse ahí equivale a renunciar a ir más allá del umbral
de lo religioso, quizá por un inconfesado temor a que una
indagación demasiado exigente nos sitúe frente a la ausencia
de respuesta y haga entonces vana la esperanza depositada
en la religión.
Es curioso comprobar que el temor a que la religión defraude
—que en realidad es manifestación de una religiosidad vacilante
(aspecto subjetivo), pero al mismo tiempo convencida de la
fuerza de la religión (aspecto objetivo)— lleva a adoptar
una actitud defensiva, tratando de preservarla de la posibilidad
de poner en duda la esperanza que en ella se tiene.
Esto explica, en parte, el miedo a situar a la religión ante
las exigencias de la pregunta por la verdad. Pero eso no es
tanto un defecto imputable a la religión, cuanto una falta
de confianza en la verdad por parte de quien, movido por sus
anhelos, temores y esperanzas, quiere asegurarse el amparo
de la religión. En buena medida, es en la esperanza donde
reside la fuerza y atractivo de la religión, que actúa como
un imán y revela una gran resistencia a desaparecer, que ha
obligado a revisar los, pronósticos que, un tanto apresuradamente,
anunciaban su definitivo declive. Por eso, hay quienes hablan
ya de “persistencia” como una de las propiedades de la religión,
aunque sólo sea por la imposibilidad de negar un hecho sociológico
que está a la vista de todos.
Ese temor, que acompaña muchas de las manifestaciones de la
religión y que tiene generalmente un alcance positivo, debe,
sin embargo, ser superado, advirtiendo su carácter momentáneo
y pasajero y reconociendo que, si no se deja atrás, se convierte
en un obstáculo, una debilidad propia que incapacita e impide
buscar la verdad de la religión. Eso implica romper el envoltorio,
el “cuerpo maternal” al que se refería Schleiermacher
en uno de los textos citados, por necesario y consolador que
pueda ser, para dar con el espíritu que le anima y da vida.
En otras palabras, hay que plantear explícitamente la cuestión
teológica, pues, como ha escrito Zubiri, “la diferencia
esencial entre las religiones está en los dioses que tienen.
Ahí está el problema: en la divinidad. (...) El elemento fundamental
que hace verdadera o no verdadera una religión es precisamente
la divinidad, Dios o los dioses”. Así es como se va a la esencia
del problema, sin rodeos ni evasivas.
Se hace necesario, por tanto, retornar a la teología. Es,
además, un concepto dotado de una fecunda tradición y capaz
de ser reivindicado tanto por la filosofía como por la religión
—entiéndase, por alguna religión, y en primer lugar la cristiana—,
de manera que constituye el adecuado punto de encuentro entre
dos instancias a las que resulta familiar.
En una breve entrevista que concedió Josef Pieper con
motivo de su noventa cumpleaños, afirmaba, de modo lapidario,
que “la filosofía sin teología será siempre estéril”. Lo que
ocurre es que el resurgimiento de la religión, que hoy día
a nadie se le oculta, no siempre va acompañado de la rehabilitación
e impulso de la teología.
A primera vista, el significado que el lenguaje ordinario
reserva al término teología, subrayando su carácter técnico
y especializado, explicaría la escasa relevancia que la teología
actualmente posee en el debate público, a diferencia de la
religión. Más grave es que la religión, o al menos algunas
de sus formas, haya relegado la cuestión teológica a un lugar
secundario, considerándola de escasa relevancia.
Que el “silencio sobre lo esencial” del que se lamentaba Jean
Guitton, se produzca también en el seno de la religión,
que se haya hecho habitual, en suma, hablar de una religión
sin Dios es la prueba definitiva de la renuncia a la verdad.
Ha favorecido poco a la imagen de la religión, contribuyendo
a desfigurarla, la excesiva insistencia que muchas veces se
ha puesto en su función de asilo, de consuelo, de seguridad,
porque eso ha facilitado la descamada crítica que la “filosofía
de la sospecha” ha dirigido contra ella, y que, en sustancia,
considera que religiosidad es sinónimo de cobardía, de temor
a afrontar las ineludibles consecuencias del sinsentido final
de la vida, ofreciendo en su lugar construcciones ilusorias
para aplacar la inquietud y, en último término, la desesperanza
que se alza como insuperable barrera en el horizonte de la
existencia.
No cabe duda de que esta imagen es una caricatura de la verdadera
religiosidad, pero no es menos cierto que esta crítica responde
a la percepción de que la religión fomenta en algunas personas
la falta de audacia para enfocar la cuestión de la verdad,
por considerar que no le afecta o, mejor aún, que es una cuestión
que está de más.
La religión —así piensan algunos y es, por otro lado, una
idea bastante difundida— proporciona las respuestas hace,
por tanto, innecesarias las preguntas. Es más, una vez que
poseemos la respuesta, continuar preguntándose es temerario
o inútil.
Frente a esto, pienso que hay que sostener que la respuesta
no anula la pregunta: la responde. Y si se ha recibido una
respuesta a una pregunta no formulada, es preciso entonces
formular esta, para poder entender adecuadamente la respuesta.
La pedagogía sencilla y elemental de los viejos catecismos
posee más alcance y sabiduría de lo que a simple vista parece.
Una religión que incite a no preguntarse manifiesta evidentes
muestras de debilidad y cercena el camino a la verdad. Por
eso, el quehacer teológico es, ante todo, expresión de valentía
y de audaz confianza en la verdad de la religión a la que
sirve y en la capacidad de la razón para penetrar en el contenido
inteligible de lo que se cree; y ello porque va directamente
a la raíz y “la fonte que mana y corre” como dice el místico
castellano. Sólo entonces puede el creyente, la persona religiosa,
rebasar los límites de lo finito y abrirse a la posibilidad
de entender, de modo confuso e imperfecto pero verdadero,
el mensaje que se le propone para que libremente manifieste
su adhesión, es decir, para que entendiendo crea y creyendo
entienda, como admirablemente sintetizó San Agustín.
El cristianismo, desde sus inicios, se esforzó por vincular
la religión y la verdad.
Un ejemplo de ello es el empleo habitual del término “filosofía”
para denominar la religión de los seguidores de Cristo, que
comenzó con Justino, el filósofo mártir, y se prolongó
durante varios siglos, como Malingrey ha estudiado
minuciosamente.
Uno de los más egregios representantes de esa religio nova
que comenzaba a propagarse por todos los rincones del Imperio,
Clemente de Alejandría, defendió en los primeros siglos
del cristianismo que la fe no es sólo conjetura u opinión
(dóxa), sino que es también conocimiento verdadero,
porque se apoya en la sabiduría divina: “la fe es un poder
de Dios, porque es la fuerza de la verdad”.
Hoy, a dieciocho siglos de distancia, estas palabras siguen
teniendo validez para todos aquellos a quienes la afirmación
de Cristo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” les resulta
familiar y reconocen en ella un programa que, según ha señalado
Michel Henry, no se propone y transmite “como una verdad
teórica e indiferente, sino como esta verdad esencial que
les conviene por cierta afinidad misteriosa, hasta el punto
de que es la única capaz de asegurarles la salvación”, porque
es la Verdad de Dios mismo, que se ha revelado en Cristo.
Publicado en el nº 555 de Nuestro Tiempo
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