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LA «VERDAD CONVENCIONAL» (Antonio Orozco-Delclós)

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LA «VERDAD CONVENCIONAL»

LA «VERDAD CONVENCIONAL»
 

Por Antonio Orozco-Delclós



Cuando se trata de buscar fundamento sólido a las decisiones jurídicas, a los programas políticos, proyectos sociales o incluso filosofías y estilos de vida, casi nunca se consigue ir más allá de criterios apoyados en simples opiniones, que no se sostienen por la fuerza de su manifiesta inteligibilidad, sino sólo por la voluntad de una mayoría que los sustenta. Nada se afirma con absoluta certeza porque no se llega al reconocimiento de verdad alguna incuestionable o comunicable.

Todo, incluso decisiones que afectan al mismo vivir de muchos, queda flotando sobre un orden de valores cuyo único punto de apoyo es el número de quienes lo prefieren

NEGACION DE VERDADES ABSOLUTAS

En estas circunstancias, desde luego, no cabe hablar de verdad objetiva y trascendente, es decir, que tenga un valor universal, el mismo para todos. Se supone y sobreentiende que las cosas no son ni pueden ser vistas igualmente por todos. Así se habla de la verdad, a lo sumo, en un sentido convencional. Se acepta como verdad lo que se ha convenido en llamar así.

Con tales supuesto es lógico que en ningún caso se convenga en que esa verdad convencional lo sea definitivamente. Ni sucede que la sociedad o el grupo estén dispuestos a condicionar su vida por esa convencional verdad, sino tan sólo hasta que el grupo la tenga por tal. Puede darse, sin inconveniente, que en un plazo más o menos breve, la verdad convencional pase al baúl de las antiguallas y en su lugar se ponga "otra" verdad, una verdad "distinta", "nueva", más "moderna" y "progresiva".


CONTRA EL SENTIR COTIDIANO

Es claro que este concepto de verdad no concuerda con el del sentido común ni con el pensar normal cotidiano; porque en la vida corriente cuando alguien nos habla de una cosa en términos que advertimos inadecuados a la realidad de la cosa, enseguida decimos que no es verdad, que ignora, o miente o se engaña. Todos vivimos nuestras relaciones humanas sobre el supuesto de que hay verdad y decir que hay verdad es tanto como decir que "lo que es, es; y lo que no es, no es". Dicho sea con los famosos versos de Antonio Machado:


La verdad es lo que es
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.


Esto es una certeza común, natural, sin la cual no podríamos convivir con un mínimo de serenidad ni vivir con cierta salud síquica.


EL CONSENSO, SUCEDÁNEO DE LA VERDAD OBJETIVA

Ocurre, sin embargo, que al pasar a los juicios de valor, e incluso a los juicios de carácter científico, si comprometen gravemente la conducta personal, entonces la libertad de las gentes puede rebelarse ante las cosas que "son como son", con independencia de mi juicio o del juicio de la mayoría. Si entonces no se está dispuesto a vivir en coherencia con el pensamiento natural, se suele buscar la manera de encubrir "lo que son las cosas" y lo que es uno mismo, para sustituirlo con un sucedáneo de "verdad objetiva y universal" que resulte más cómodo.

En ningún área de su pensamiento el hombre puede vivir sin reconocer alguna clase de verdad a la que atenerse. Por eso, cuando se pone en crisis alguna verdad o bloque de verdades fundamentales, se busca enseguida algo que se le parezca, una teoría que resulte "vero-simil", esto es, semejante a la verdad. Muchos se conforman con los valores tal como son aceptados por el grupo mediante un negociado consenso. Cuanto más compartido resulte, más "vero-simil" será.

Lo cierto es que, cuando no se dispone ya, o se piensa que no se dispone todavía de una "verdad verdadera", no hay más remedio que aferrarse a una "verdad convencional", que parezca fundar un orden social de valores, una moral social, que será la del grupo dominante.

Sobre esa verdad convencional se apoyarán ideologías, normas básicas de comportamiento individual y colectivo, ritos, preferencias artísticas, teorías cosmológicas, opiniones sobre el derecho y la justicia, modelos sociales de conducta...

Claro es que en ningún momento se pretenderá afirmar para tal verdad, un fundamento racional, una exigencia lógica rigurosa, una adecuación con la naturaleza de las cosas. Se eludirá la cuestión de la naturaleza e incluso se llegará a afirmar, contra toda evidencia, que "la naturaleza del hombre consiste en no tener naturaleza" (J. P. Sartre).


CONCEPTO ESTADISTICO DE LA VERDAD

El fundamento de la verdad convencional no es otro que "el consenso". Las razones y argumentos son lo de menos. Se trata de una opinión cuya fuerza depende únicamente del número de participantes, y basta que sea el de una cierta mayoría, para quedar satisfechos. Estamos ante una idea estadística de la verdad.

No son pocas las personas que se sienten terriblemente inseguras si su estilo de vida o sus ideas no responden a unos modelos de conducta aceptados y aplaudidos en el medio social en que discurren. En consecuencia, intentan afanosamente "conectar" con el modelo que presienten dominante.

El hecho en sí mismo carece de novedad. Revela, de una parte, una vieja necesidad humana: sentirse integrado en el medio, en la comunidad. Pero, de otra, es preciso reconocer que denota cierta inmadurez personal: ausencia de convicciones, despersonalización, el gregarismo social al que apunta irónicamente el viejo refrán inglés: "es mejor equivocarse con todo el mundo que acertar en solitario"...

En semejante contexto sociológico tampoco se procura esclarecer el ser y el sentido profundo de lo real, captado por el hombre en su actividad racional, sino que basta una simple comprobación estadística de las ideas y comportamientos dominantes:



La verdad queda suplantada por la opinión de la mayoría numérica.



CONSECUENCIAS ETICAS DE LA "VERDAD CONVENCIONAL"

Esa actitud gnoseológica que describimos, se transforma enseguida en ética. Porque de lo que se entienda por verdad depende lo que se entienda por bueno o malo. Entonces la norma de conducta del hombre es la que resulta del comportamiento mayoritario del entorno social. Se toma por "verdadero" y "bueno" lo que responde al modelo mayoritario; y por "malo", digno de ser evitado a toda costa, lo que se opone a ese estándar. El consenso mayoritario se convierte en norma de toda conducta personal.

De este modo, la pregunta "¿puede el hombre aceptar el divorcio?, es decir, ¿puedo yo, que soy un ser humano, aceptar el divorcio?", se transforma en esta otra: "¿hay que aceptar hoy el divorcio?"

La respuesta depende no ya de una norma moral objetiva, universal, cognoscible y comunicable, sino de la estadística del comportamiento.

En tal contexto, la cuestión "¿qué es el hombre?", ha quedado silenciada, sofocada, excluida del discurso. No interesa el qué ni el ser, que apuntarían enseguida a un comprometedor "deber ser", más allá del antojo individual o colectivo; sólo interesa cuál es el lugar y el tiempo en el que estamos.

Lo curioso es que este concepto sociologista y estadístico de "verdad" (y de "bien") no se considere subjetivista, sino, por el contrario, superador del subjetivismo.

Ciertamente, en la "verdad convencional", la norma no depende del capricho de un sólo sujeto, sino de la opinión de un gran número -relativamente grande- de sujetos.

Todo el mundo sabe "en el fondo de su corazón" que la norma moral no se la "inventa" el hombre, por lo que no puede ser meramente "subjetiva". Por eso se busca algún criterio que tenga alguna "vero-similitud" con lo trascendente. Esta verosimilitud la ofrece el sociologismo: un grupo se dicta democráticamente la norma de conducta. Ya tenemos una norma, y si la acepto, todo el mundo, al menos la mayoría y quizá muchos de la minoría restante, me considerarán una persona normal. Lo cual no deja de ser tranquilizador para una conciencia débil.


CARACTERISTICAS DE LA VERDAD CONVENCIONAL

José María Martínez Doral, en un artículo titulado "La verdad y el hombre", señala tres características de esta "sorprendente verdad que se ha ido abriendo paso en nuestra escéptica civilización".

1) Fuerza vinculante máxima. Podría pensarse que, teniendo en cuenta su origen -todo el mundo sabe que, al fin y al cabo la verdad convencional no es la verdad sin más- la fuerza vinculante de esas asunciones por consenso resultaría escasa y que, en consecuencia, su negación o rechazo sería casi indiferente. Pero no es así.

Estas valoraciones mayoritarias llegan a adquirir tal autoridad en el grupo, que ejercen sobre sus miembros una verdadera función normativa, incluso coercitiva. El grupo no sólo desea o "espera" que sus individuos se ajusten a aquellas normas o valoraciones, sino que pretende que lo hagan, hasta el punto de que si un miembro individual se atreve a disentir de estas opiniones mayoritarias, será sometido a la pena de aislamiento, de desprestigio e irrisión y quizá incluso será declarado psíquicamente enfermo.

2) Relatividad. Para que una convivencia social edificada ética y jurídicamente sobre simples convenciones resulte verosímil y, sobre todo, para que consiga mantener esa verosimilitud a pesar de los cambios incesantes, es absolutamente necesario un determinado contexto social en el que sean subjetivamente admisibles tales convenciones. En otras palabras, la verdad convencional es relativa a un grupo determinado -que es el que la acepta fácilmente como verdad- y no en otro distinto. Por eso, desde la óptica de la verdad convencional, tienen sentido las expresiones verdad "antigua", verdad "nueva", verdad "marxista", verdad "futura".

3) Provisionalidad. Es la tercera característica de esta sorprendente verdad, que, por lo demás, era de esperar: su provisionalidad. La verdad convencional está condicionada por las disposiciones subjetivas de la mayoría, que la experiencia muestra cambiante, dialéctica, histórica, en una palabra: definitivamente provisional. O, quizá más exactamente, provisionalmente definitiva.

De este modo, una determinada situación histórica descalificará determinadas opiniones o conductas, como, por ejemplo, el asesinato, la poligamia, la explotación del hombre por el hombre; y aprobará otras, como la distribución equitativa de la riqueza y el poder, respeto al semejante, etcétera. Pero no habrá ninguna garantía y, sobre todo, ninguna necesidad, de que esas mismas hayan de ser las pautas valorativas en una situación histórica distinta. La actitud "progresiva" consistirá en mantenerse constantemente abierto a posibilidades diversas, incluso contradictorias con las presentes, a medida que el grupo -o la humanidad entera- vaya otorgando carácter de verdad a los nuevos valores.

La noción convencional o estadística de verdad no se suele ver como conformismo social, pero lo es. Se ha dicho con bastante razón que la ética del comportamiento mayoritario es, en definitiva, la de una sociedad asimilada a un hormiguero.


VERDAD CONVENCIONAL, VERDAD-FICCION

Parece claro, pues, que la verdad convencional equivale a una verdad-ficción, al menos podría ser fácilmente ficticia, con tal de que no se notara mucho que lo es, con la paradójica conjugación de una sabiduría relativa, precaria y provisional y un poder capaz de acallar fríamente cualquier disentimiento. Esta es una situación -como advierte Martínez Doral- de extrema indigencia con relación a la verdad. ¿Cómo se ha podido llegar hasta aquí?

Se ha intentado desde muchos frentes presentar la verdad y la realidad como una construcción humana, proyección más o menos fabulatoria de deseos o necesidades del hombre. Es la radical conclusión de un largo proceso histórico. El matrimonio, la propiedad, la familia, los órdenes jurídicos, las confesiones religiosas, la autoridad, la distribución del poder, etcétera se presentan como meros artificios sociales y estructuras producidas por la colectividad, que pretendían fundarse sobre algo verdadero, sobrehumano, pero que, al fin, se ha descubierto que no es así. Dios mismo queda reducido a una construcción humana. Porque en rigor no hay algo verdaderamente real. No hay verdad. El insondable misterio de la existencia se reduce a una construcción del hombre.

El resultado ha sido lo que Max Weber llamaba "el desencantamiento del mundo", que él atribuía a la ciencia, pero que en realidad no se debe a la ciencia, sino más bien a un uso deshumanizado de la ciencia; y sobre todo, a una criticismo devastador que ha calado muy hondo en la mentalidad contemporánea y "puede llegar a producir una generación compuesta de gente no tanto perversa o desalmada sino, lo que es quizá peor, desencantada".


MODOS DE IMPONER UNA SUPUESTA VERDAD CONVENCIONAL

¿Cómo se ha podido llegar a esta situación tan generalizada, a este especie de autoengaño colectivo?

Para que se imponga la idea estadística de verdad es preciso alterar el curso normal del pensamiento de las mayorías, porque no es "natural" esa noción. ¿Cómo puede lograrse, pues, ese proceso?

Paradójicamente, lo primero que es menester para difundir el concepto estadístico de verdad es distorsionar, manipular, antes que nada el concepto de "mayoría". Porque a quienes interesa ese concepto no son precisamente las mayorías, sino unas minorías activas en algún sector social, político, económico, en una palabra, ideológico. Estas minorías han de comenzar por persuadir a las mayorías numéricas que lo importante no es la mayoría numérica, sino una mayoría cualitativa. La opinión que se desea extender se presenta entonces como la de una "mayoría de prestigio", es decir, la de los "verdaderos conocedores" de la evolución y del futuro de la sociedad.

El paso de las mayorías de prestigio a las mayorías numéricas se consigue fácilmente utilizando técnicas de presión social, de anulación y masificación del sujeto humano, que se halla en las circunstancias a que nos referimos, inmerso en una profunda inseguridad vital. Forma parte de esta técnica la preparación inmediata de informaciones en los medios de comunicación de masas, que presentan el modelo proyectado por el pequeño grupo como ya aceptado por la mayoría, al menos por "los más prestigiosos vanguardistas"

Un medio muy utilizado es la encuesta, aplicada de un modo, como es de suponer, muy poco científico. Se construyen muestreos intencionados que ocultan el carácter realmente minoritario del proyecto.

Los modelos de prestigio se construyen en los centros de poder social. Y una vez manipuladas las masas, podrán presentarse como requerimientos de la "base popular". Se dirá que las "personas normales" -"lo normal" se ha confundido con lo corriente- siguen aquel modelo. Los demás son gente "rara" y ¿a quién le gusta ser raro?


LA CONTRADICCION DEL CONCEPTO ESTADISTICO DE VERDAD

La objetividad que se pretende adjudicar al concepto estadístico de verdad es sólo aparente. Aun en el supuesto de que la estadística esté bien hecha, bien estudiada, con los adecuados instrumentos de prospección social, sólo demuestra que existe un determinado comportamiento o una determinada manera de ver las cosas. Ahora bien, concluir de la estadística que tal comportamiento constituye la norma moral o el criterio de verdad es claramente anticientífico, como advierten tanto la auténtica sociología como la antropología moral. Las mejores técnicas de investigación social se limitan a decir "lo que pasa, lo que hay", pero nunca pueden llegar a pronunciarse con autoridad sobre la calificación moral de los comportamientos o sobre el grado de verdad que poseen las opiniones.


SUBJETIVISMO O ARBITRARIEDAD COLECTIVA

Cuando se utiliza un dato sociológico para establecer la norma moral o el concepto mismo de verdad, se permanece en el subjetivismo más radical. Sólo que no es individual, sino colectivo. La arbitrariedad no se reduce ciertamente a un individuo, pero no por ello deja de ser arbitrariedad, o si se quiere decir de otra manera, opinión sin fundamento racional. Plegarse a ella es abandonar el ejercicio de la actividad racional y por tanto el ejercicio de la personal libertad, que al fin y al cabo depende del uso de la razón.


LA SOCIOLOGIA, TABÚ CONTEMPORANEO

El historiador José Orlandis, escribía no hace mucho tiempo que "la Sociología es uno de los tabús sagrados del mundo actual. Lo que para el hombre de la Antigüedad fueron los oráculos, eso mismo, al menos, representan para el hombre de hoy las encuestas y sondeos de opinión. El Instituto Gallup tiene para el ciudadano actual la autoridad y el prestigio que tuvo para el hombre antiguo el Oráculo de Delfos". Y añade que "es increíble la capacidad de manipulación de la opinión pública que tienen actualmente los medios de comunicación social: los periódicos y las revistas, el cine y el teatro, la radio y la televisión. El individuo sin fuerte personalidad y firmísimas convicciones, esto es, el ciudadano medio, produce la impresión de encontrarse absolutamente desarmado, como el náufrago indefenso, agarrado a una tabla y a merced de las olas".

Un ejemplo elocuente del acierto de este diagnóstico es lo que pasó en Italia primero, y en España después, con el asunto del divorcio. Dos países de inmensa mayoría católica; pero también con la mayoría de los medios de comunicación ocupados o conducidos por agnósticos o ateos militantes. Aparecen los "famosos": novelistas y autores teatrales, periodistas y estrellas de la canción, actores y actrices populares, que se pronuncian a favor del divorcio. Los pocos que defienden la indisolubilidad del matrimonio ante las cámaras son los obispos. ¡Qué van a decir, los pobres!. Todos los demás, famosos y famosas, astros y estrellas, no tienen la menor duda, están unánimes en su opinión. Y yo, una persona corriente, un don nadie, ¿cómo me voy a atrever a pensar de otra manera? Lo de hoy, lo que se lleva, ¡es el divorcio!

No hace muchos años, Karl Popper, que había sostenido tesis bastante escépticas, decía en el Aula Magna de la Univiersidad de Barcelona -ciudad donde recibió el Premio Internacional de Cataluña- que "no se puede aceptar la afirmación de que la verdad es lo que la mayoría -de los hombres, o de viejos profesores universitarios, por ejemplo- cree; la verdad no es un fenómeno sociológico. El problema es que muchos de esos sociólogos sostienen esa consideración increíblemente relativista. Sin embargo, la ciencia parte de la idea de buscar la verdad, en un sentido objetivo y absoluto... Verdad y falsedad dependen del objeto; en este sentido la verdad es objetiva. Y si una afirmación es verdad, lo será independientemente de que se traduzca a otra lengua. Eso es lo que le da un carácter absoluto. Pero muchos liberales y escépticos tenemos que reaccionar contra mucha gente que habla en un sentido dogmático, especialmente los políticos, que parece que lo sepan todo y lleven la verdad en el bolsillo. Podemos alcanzar la verdad -que no es relativa, que está ahí-, pero no estar seguros de haberlo logrado".

Frente al criticismo insaciable, en su artículo citado, J.M. Martínez Doral se pregunta: ¿puede ser verdad que la verdad convencional sea la única verdad de la que puede disponer el hombre contemporáneo? Y pasa sin más a afirmar "decididamente -como característica que corresponde a la verdad en sí misma- la objetividad de la verdad".

Aquí nos corresponde extendernos en este punto.


SOBRE LA "VERDAD ESTADÍSTICA"

Escribe Leonardo Polo que "toda estadística se puede revertir". La estadística enseña cosas. Por ejemplo, que en el cáncer influyen el tabaco, la alimentación, y que también es una cuestión genética. Pero como el conocimiento es estadístico, puede decirse igualmente que "los que fuman son más propensos al cáncer" y que "los que son más propensos al cáncer tienen más ganas de fumar". Polo dice: esto es así: estadísticamente hablando, no se sabe nada sobre las causas reales de las cosas, de su origen ni de su fin o sentido. Siempre se le puede dar la vuelta al resultado.

Por ejemplo: "parece ser que entre los presos hay más problemas de hígado que entre los que están fuera de la prisión. La explicación de este dato estadístico es doble: podría ser que las personas biliosas sean más propensas a cometer infracciones, etc. Pero también puede ser lo contrario: que por estar en la cárcel, por la comida que ingieren, tienen así la bilis. El conocimiento estadístico en el fondo es reversible.

"También sucede en las encuestas. ¿Hasta qué punto el planteamiento de la encuesta no influye en los resultados? ¿Es lo mismo hacer una encuesta pública que una no pública? Evidentemente no. Los físicos dicen que se acude a la explicación estadística cuando no se tiene otra, porque la explicación estadística es la peor de todas. Además las explicaciones estadísticas tienen un límite, ya que no todo se puede explicar estadísticamente. Cuando entran muchos factores en el cálculo, no hay modo de establecer la estadística. Esto es lo que llaman técnicamente el ruido blanco" (Leonardo Polo Barrena, El hombre, un ser que resuelve problemas, en "Atlántida", 2/1990, Ed. Rialp, Madrid, pág. 45)

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

27/05/2005 ir arriba
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