Por Javier de Navascués (**)
Universidad de Navarra
Abstract
Se analizan los conceptos de información, conocimiento y sabiduría,
de acuerdo con sus alcances y limitaciones a partir de textos
literarios de Borges y de Sófocles. La noción de información,
base necesaria para todo progreso intelectual, puede encerrar
el peligro de la dispersión del conocimiento, sobre todo en
la era de Internet. Mediante la interpretación de las tragedias
clásicas, se proponen la experiencia vital, la superación
del dolor y la adversidad como fuentes de sabiduría, complementarias
de la información.
Palabras clave: información, conocimiento, sabiduría,
literatura, experiencia, Borges, Sófocles.
Un hombre llamado Funes tiene la virtud de recordar absolutamente
todo lo que ha vivido. Su memoria, más que extraordinaria,
podría calificarse de sobrenatural: tan prodigiosa resulta
que para rememorar todo lo que le ha sucedido en un día entero
necesita exactamente un día entero. A la perfecta evocación
de las sensaciones visuales o auditivas (las más sencillas)
se unen otras increíbles, como las más pequeñas percepciones
tactiles, olfativas o gustativas. Funes rememora cualquier
cosa y es capaz de relacionarlo con todo: “Sabía las formas
de las nubes australes del amanecer de mil ochocientos ochenta
y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de
un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y
con las líneas de espuma que un remo levantó en el Río Negro
la víspera de la acción del Quebracho” [1] Una memoria así,
lejos de ser un talento placentero, se convierte en una maldición
insoportable en este conocido cuento de Borges[2]. Su protagonista
no puede vivir: su inteligencia funciona como un almacén monstruoso
de lo sublime y lo vacío, increíble depósito de la estupidez,
la mediocridad y la belleza. Esta asombrosa facultad le obliga
a recluirse en la oscuridad para descansar del extenuante
trabajo de recordar. Nada hace que no sea inmediatamente procesado
y repetido por su memoria. Al final del relato, fallece de
una congestión pulmonar. Quizá la muerte sea una liberación
para él.
Borges, escritor sofista y sofisticado, imagina una historia
que, antes de apelar a los sentimientos, disecciona los mecanismos
de la inteligencia humana. Más que realizar un estudio de
las pasiones, muestra las paradojas de nuestras facultades
intelectuales. Su protagonista se muestra incapaz de reflexionar,
impedido por la marea de datos que se alojan en su cerebro.
Por eso quizá no sea descabellado tomar como punto de partida
el planteamiento borgiano a fin de establecer una distinción
esencial entre tres planos intelectuales como son la información,
el conocimiento y la sabiduría. Aunque muchas veces las empleamos
en la vida diaria como sinónimos, sus diferencias son más
importantes de lo que pueda parecer. En realidad, una mínima
reflexión nos permitiría separarlos con nitidez. Pero antes
de seguir me gustaría extraer estas tres citas del Diccionario
de la Real Academia Española:
- Información: “Comunicación
o adquisición de conocimientos que permiten ampliar o
precisar los que se poseen en una materia determinada.”
- Conocimiento: 1. “Acción
y efecto de conocer. // Entendimiento, inteligencia, razón
natural”.
- Sabiduría: “1. Grado más
alto del conocimiento.// 2. Conducta prudente en la vida
o en los negocios. “
La información es a veces apariencia de conocimiento y, tal
vez, de sabiduría, pero no tendría que identificarse con ellos
dos. Aun así, parece que una rigurosa y vasta información
es la base necesaria para avanzar en el conocimiento. Por
último, la sabiduría, “grado más alto del conocimiento”, supera
el mero conocimiento de las cosas, ceñido a la reflexión comprensiva
sobre la información, y permite relacionarse intelectualmente
con otras áreas o bien, habilita para una recta aplicación
práctica del conocimiento.
Leída desde estos presupuestos, la fábula de Borges nos propone
una moraleja inquietante: la fuente del conocimiento está
en la riqueza de los datos, pero ¿qué hacer cuando la información
se acumula sin parar? Y si el conocimiento y la sabiduría
se debieran sostener en unas sólidas bases de información,
¿cómo pensar entonces que una sobreabundancia informativa
pueda entorpecer nuestra noción de las cosas? Es inevitable
recordar aquellos conocidos versos de T.S. Eliot:
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?[3]
Esto es lo que le ocurría al atribulado personaje de Borges,
quien había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés,
el portugués o el latín. Sin embargo, es bastante improbable
“que fuera capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias,
es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes
no había sino detalles, casi inmediatos”[4]. Así pues, no
se encuentran jerarquías en este cerebro imposible: su mundo
intelectual existe como un paralelo del mundo real, un ente
simétrico y complementario sin desbrozar por la inteligencia.
¿Cómo pensar si no se puede seleccionar lo que es sustancial
y rechazar la trivialidad? La inteligencia como depósito infinito
de datos es un sueño monstruoso. Lejos de aumentar la transparencia
de la realidad, lo que hace la máxima información es oscurecerla.
Necesitamos de la discriminación, del olvido, diría Borges.
Con lucidez queda así planteada la diferencia entre la mera
información, por muy abundante que sea, y el auténtico conocimiento.
El resultado es esta parábola que, a pesar de su erudición
elitista, proclama su vigencia con más fuerza hoy en día que
cuando se escribió. Nunca en la historia se había vivido una
acumulación tan increíble de imágenes tan dispares y alejadas
en el espacio. La revolución en las comunicaciones lo ha hecho
posible. En un reciente anuncio de Televisión unos beduinos
descansaban en una tumbona en pleno desierto gracias a unas
gafas de sol cuyas lentes reflejaban un paisaje polar. Millones
de personas en el planeta conocen diariamente los usos y costumbres
de otros tantos millones gracias al uso de las telecomunicaciones.
Nuevas actitudes surgen en este mundo globalizado, donde la
información es ya patrimonio universal. Sin embargo, parece
terriblemente obvio que la emisión de innumerables datos sobre
realidades alejadas del individuo y su circunstancia cotidiana,
no siempre acarrea un mejor conocimiento del mundo. La sobrecarga
de basura moral en Internet, pero también de información neutra
e innecesaria, es uno de los peligros al alcance de la mano.
En una sociedad en donde el ocio se valora tanto que los medios
se disponen para obtener un mayor rendimiento del placer a
base del menor esfuerzo, las páginas llenas de pornografía,
violencia o simples estupideces, colman la red y se prestan
a abrirse frente al lector desprevenido en cualquier momento.
La red, como la memoria de Funes, no conoce jerarquías, ni
analiza prioridades. Como en un laberinto borgiano, el navegante
la cruza deteniéndose fascinado ante sus múltiples y vistosas
imágenes. He aquí la tentación diaria de descansar en medio
del camino en busca de la información que perseguíamos. Siempre
anhelantes de una novedad con la que distraernos del fin de
la búsqueda, padecemos la seducción de desviarnos por otro
sendero informático. Walter Benjamin comentaba cómo el hombre
moderno había sustituido el prestigio de los relatos tradicionales,
nacidos de una tradición portadora de sabiduría, por la noticia
de la prensa periódica, cuya fuerza residía en su sobrevaloración
de lo novedoso. La fascinación por el presente inmediato se
ha centuplicado con la llegada de Internet. La deriva de un
usuario repentinamente perezoso permite toparse con unas detalladas
recetas de cocina coreana, la última hora sobre la liga noruega
de hockey o la página “web” de Paulina Rubio.
Tanta información en un pequeño ejemplo de la vida cotidiana
esconde, como en un microcosmos, una realidad mucho más compleja.
Las dificultades que los gobiernos o las empresas deben afrontar
a la hora de tomar decisiones se acentúan en la medida en
que son cada vez son más los datos que deben tenerse en cuenta.
Un riesgo evidente es la parálisis. A Funes tanta memoria
llega serle tan insoportable que no puede dar un solo paso.
No debiéramos creer que hablamos de un riesgo exclusivo para
los escépticos o los intelectuales incapacitados para la acción.
Los muy pragmáticos servicios de inteligencia de Estados Unidos
comprobaron cierto once de septiembre cuán terrible puede
ser el olvido de los mensajes de alerta.
En efecto, la inmovilidad sigue siendo una tentación demoledora.
Para sacudirnos del peso de la responsabilidad de tanta información,
sólo quedaría una opción a quienes se sienten atenazados por
la masa de datos. Si no podemos acertar porque no hay forma
de conciliar datos contradictorios, entonces sólo cabe esperar
a que la tormenta arrecie o que, de una forma, como en un
Deus ex machina, la realidad venga en nuestro auxilio.
Sin embargo, es dudoso que esto deba adoptarse como un modelo
coherente de actuación. El escepticismo puede ofrecerse como
una elegante y lúcida solución de compromiso con la realidad,
pero el hombre no puede vivir sin tomar decisiones. Y así,
como no siempre cuentan los factores externos, la auténtica
sabiduría no puede estar en el repudio estéril de la acción.
La maldición del conocimiento
Entonces, si la realidad nos empuja muchas veces a actuar
a pesar de la inseguridad que provoca la multiplicación informativa,
¿Cómo seleccionar los datos útiles de los que no lo son? ¿cómo
avanzaremos en el conocimiento?, ¿qué tipo de acción nos llevará
a la verdadera sabiduría? Para tratar de dar una respuesta,
será bueno trasladarnos del universo postmoderno de Borges
a los orígenes mismos de la literatura y la cultura occidental,
a Grecia, y más concretamente a la mayor de las tragedias,
Edipo rey de Sófocles.
Edipo es el príncipe de Tebas, un hombre inteligente y justo,
celoso vigilante del bienestar de sus súbditos. Un día se
declara la peste en la ciudad y un oráculo dictamina que,
cuando haya desaparecido el autor de cierto crimen horrible,
cesará la epidemia. Edipo empieza una encuesta para averiguar
quién es el culpable de ese misterioso delito, consistente
en haber asesinado a su padre y contraído matrimonio con su
propia madre. Pero la peripecia le depara una horrible sorpresa.
Su antecesor, Layo, había recibido una profecía por la cual
su hijo habría de matarlo. Aterrado, mandó que el recién nacido,
Edipo, fuera abandonado en el monte para ser devorado por
las fieras. Pero el niño fue recogido y criado por un pastor;
después vivió por los reyes de Corinto, a quienes siempre
creyó sus padres biológicos. Con el tiempo, Edipo creció y
se convirtió en un noble respetable. En cierta ocasión, mientras
paseaba por el campo, se cruzó con un carro de caballos cuyo
dueño le empujó fuera del camino. Edipo, irritado, mató al
conductor y a todos sus acompañantes. Entre ellos estaba el
anciano Layo, a quien no conocía. Posteriormente, se casó
con Yocasta, la viuda de Layo y su propia madre, de modo que
se entronizó en Tebas. Así pues, Edipo es un parricida y un
incestuoso, aunque nunca ha sido consciente de ello.
Tras haber hablado con el adivino Tiresias, las pistas parecen
conducir a que el investigador y el investigado son la misma
persona… Pero Edipo está todavía lejos de sospecharlo. Otros
interrogatorios con su cuñado Creonte y con su esposa y madre
Yocasta van poco a poco empujándolo hacia la verdad. Y aunque
aquí y allá recibe alusiones para que deje la investigación,
él prosigue con ella decidido a encontrar al culpable. Llega
un mensajero que le informa de que sus “padres” de Corinto
han muerto. Pero esto, en vez de tranquilizarle, sigue espoleándolo
en la búsqueda de la verdad, puesto que el mismo mensajero
le descubre que, en realidad, él fue un hijo adoptivo. Finalmente
manda llamar al pastor, quien acaba por rematar delante de
Edipo y de Yocasta la horrorosa verdad. Incapaz de soportar
tanta vergüenza y tanto dolor, Yocasta se suicida. Edipo,
en un gesto dramáticamente simbólico, se arranca los ojos
y marcha desterrado de la ciudad.
Muchos siglos han pasado y todavía la tragedia griega nos
conmueve a pesar del sabor remoto de una lengua, una mentalidad
y una concepción escénica tan distinta de la nuestra. En el
mundo griego, que creía con firmeza en la fuerza de los hados,
Edipo encarnaba la imposibilidad humana de eludirlo. Hoy en
día somos menos deterministas, sin duda, y por eso, aunque
pueda impresionar el conflicto con esa fuerza ciega a la que
llamamos Destino, no parece que sea la única causa de nuestra
emoción. El decurso histórico trae nuevas visiones de los
clásicos. De ahí que, aun respetando lo que el contexto cultural
griego pudo ver en Edipo rey, otras lecturas enriquecen
nuestros horizontes sobre una obra maestra como la de Sófocles.
Como decía Bajtín, “los antiguos griegos sabían muchas cosas,
pero no sabían que ellos eran los antiguos griegos”[5].
Pensar en dónde está el secreto de Edipo rey ha sido
el desvelo de muchos comentaristas. Aristóteles, quien admiraba
por encima de todo esta obra de Sófocles, llamaba la atención
acerca de la importancia de identificarse con la trama representada
a fin de que la purificación de las pasiones, finalidad fundamental
de toda tragedia, actuara con eficacia en el espectador. En
el siglo pasado Freud aventuraba también que esa identificación
había superado edades y fronteras porque se refería a un profundo
complejo de culpa detectable en todo hombre. El íntimo deseo
masculino hacia la madre y el odio al padre explicarían la
conmoción que sentimos por esta tragedia injusta y tortuosa.
Sin embargo, como sucede con toda interpretación dogmática,
a Freud le importaba más justificar su propia tesis extraliteraria
y evitó pronunciarse sobre otras cuestiones más amplias. La
crítica posterior a Freud ha proporcionado varios argumentos
para quitarle credibilidad. Bástenos, al menos, dos de ellos:
el primero dictamina que la universalidad misma de Edipo
rey quedaría en entredicho si hiciésemos caso a Freud,
ya que es improbable que las mujeres puedan identificarse
con el personaje principal. El segundo razonamiento, más cercano
al problema que nos ocupa, trata de acercarse más a la cuestión
de los límites del conocimiento. Si nos emociona el derrumbe
de quien era “el primero de los hombres”, se ha dicho, no
es a causa de un complejo psicoanalítico de difícil universalización,
sino porque participa de un sentimiento mucho más evidente:
la certeza de que todos los hombres podemos descender desde
lo más alto y hundirnos en la peor pesadilla. Esta inseguridad
radical del ser humano, expuesta con una lógica teatral admirable,
se debe en el caso de Edipo a su deseo de conocer sin tregua,
un afán que lo lleva, impulsado por su propia mano, a la desgracia.
La decisión personal, coherente hasta el último momento es
propia de un héroe de la magnitud de Edipo:
Apolo era, Apolo, amigos,
quien cumplió en mí estos tremendos, sí, tremendos infortunios
míos. Pero nadie los hirió con su mano sino yo, desventurado.?[6]
Seguramente una lección intemporal de la tragedia reside en
la idea de que la honradez y el conocimiento no van unidos
necesariamente a la dicha. Edipo es el “desdichado por la
clarividencia”[7]. El descubrimiento de la verdad sobre la
sociedad y sobre uno mismo no debiera de tener, en principio,
un final agradable. La experiencia práctica nos enseña que
el afán por aclarar a toda costa la vida pública puede suponer
graves consecuencias para esa misma sociedad. Tebas necesita
esclarecer quién es el responsable de su enfermedad, pero
cuando éste sale a la luz, pierde a un gobernante honesto.
Y, si seguimos el hilo de la leyenda, a esta pérdida le sigue
una guerra civil.
El protagonista pregunta insistentemente por la verdad a lo
largo de toda la representación y no escucha a quienes, con
apariencia de prudencia, le aconsejan que no siga más allá.
En la sociedad contemporánea estamos acostumbrados a recibir
mensajes a media voz como los que le mandan sus amigos a Edipo.
“Seguir con esa investigación que atañe a la moral de la clase
política, el mundo de los negocios o de la justicia puede
destruir las bases de nuestro sistema”. Con palabras indirectas
y un tono más o menos florido, este tipo de admoniciones suelen
aparecer en los medios de comunicación para persuadir a la
opinión pública de la inconveniencia práctica de una regeneración
moral de las instituciones y los poderes públicos. Y estos
consejos tan prudentes como cínicos no dejan de tener cierta
razón, aunque sea en un orden meramente pragmático.
Ciego frente al enigma que se le presenta, el enigma de su
vida, acaba cegándose físicamente cuando se le revela. La
paradoja sofoclea no puede ser menos perturbadora. Como si
ya no deseara conocer más ahora que sabe lo fundamental: cuál
es su origen, el héroe se mutila para no seguir conociendo
más cosas. Y así cierra sus ojos para el resto del mundo.
La salvación por el dolor y la sabiduría de la experiencia
Ya lo estamos viendo: Edipo se caracteriza por perseguir siempre
la verdad sobre su sociedad y, a la larga, alcanza la revelación
sobre quién es él. Tratando de conocer el exterior (el culpable
de la peste), Edipo se ha conocido a sí mismo. Si quisiésemos
resumir todo el proceso de su actuación, podríamos decir que
ha pedido toda la información posible para salvar a su comunidad.
De esta forma, no sólo ha alcanzado al conocimiento del conflicto
y su raíz, sino que se ha conocido a sí mismo. A partir de
aquí puede alcanzar la verdadera sabiduría.
Cuando analizamos un problema, no sólo nos encontramos con
obstáculos externos, sino que nosotros mismos podemos erigirnos
en nuestros más formidables enemigos. Superar el miedo a la
verdad y a la serie de actuaciones que se deriven de ella,
aunque puedan perjudicarnos, es una prueba de gran responsabilidad
moral. El héroe de Sófocles no teme a la acción y, a pesar
de que pueda parecer imprudente, se lanza porque trata a la
verdad como un objetivo cuya búsqueda resulta ineludible.
De ahí que no sólo llegue a la conclusión de que sus orígenes
están manchados (conocimiento parcial de sus circunstancias)
sino a otra verdad mucho más amplia, válida para cualquier
ser humano que aspire a alcanzar la sabiduría. Este profundo
secreto, a saber, que cada cual no ha nacido impecable y ,
por tanto, está llamado a la desgracia en cualquier momento
de su vida, lo ha obtenido dolorosamente mediante la acción
exterior, volcándose en la resolución de un enigma que redundaría
en beneficio de su súbditos.
A pesar de sus delitos, la trayectoria de Edipo causa en el
espectador una honda compasión. En realidad, cabría pensar
si las mejores cualidades de una persona no nos son reveladas
en sus peores momentos. En una sociedad como la nuestra, que
aplaude el éxito y el placer inmediatos, parecen ignorarse
ciertos valores, avalados por el prestigio de tradiciones
seculares, como la valerosa aceptación de la desgracia. Quizá
se la confunde a ésta con la parálisis de la acción, lo cual
no es cierto. Ciertamente en Sófocles las mejores virtudes
morales e intelectuales están en directa relación con el sufrimiento.
Precisamente a través de él el héroe llega a una más justa
visión de las cosas, lo cual le habilita para rechazar ofertas
torcidas y tomar decisiones. Edipo en Colono, la última
de las tragedias sofocleas, cuenta qué le sucede al desventurado
rey de Tebas en su destierro voluntario. Ya anciano, acompañado
de su hija Antígona, llega a Atenas para morir en el misterioso
bosque de Colono, junto a las diosas llamadas Euménides. Allí
piensa encontrar la liberación de su destino, pero tiene todavía
que vencer la resistencia de quienes se oponen a que logre
un objetivo que le desataría de su pasado vergonzoso. Un grupo
de ciudadanos le lanza toda clase de invectivas en cuanto
se sabe quién es. Luego varios familiares se le presentan
antes de cumplir su destino y retrasan su glorificación final
urgiéndole a volver atrás. Llega su hija Ismene y le informa
de la guerra fratricida por el trono de Tebas entre sus dos
hijos varones, Eteocles y Polinices. Luego Creonte, su cuñado,
le pide que regrese a la ciudad de donde fue desterrado, pero
se vuelve por donde ha venido sin lograrlo. Por último, su
hijo Polinices aparece para contarle cómo necesita de su apoyo
para sitiar Tebas. Pero Edipo, desengañado del afecto de algunos
seres queridos, lo despide sin contemplaciones. Por fin, ingresa
en el bosque sagrado, llamado por los dioses, donde muere
en paz, Acaso sea bueno añadir que esta última decisión no
sólo es una compensación a sus desgracias personales, sino
que afecta misteriosamente a la comunidad que lo acoge. Atenas,
ciudad en donde se encuentra el bosque de Colono, se verá
honrada por el espíritu de Edipo.
La experiencia vital se convierte ahora en provisora de la
información suficiente para pensar y actuar con sabiduría.
El largo tiempo de sufrimiento sirve a Edipo para valorar
la paciencia ante los golpes de la fortuna. Cerca de él han
permanecido sus hijas, de modo que la adversidad le ha enseñado
en quién puede confiar y en quién no (en Creonte o en Polinices,
por ejemplo). El reencuentro con sus amadas Antígona e Ismene
alivia las penas de quien era el más desdichado de los hombres:
“Tengo lo que más quiero, Ni aun si muriera sería enteramente
desgraciado, por el hecho de estar vosotras a mi lado”[8].
A su vez, es el recuerdo de los padecimientos de otro tiempo
lo que le lleva a evitar la cólera irracional y a recibir
a su desagradecido hijo Polinices, quien le expulsó de Tebas
y que luego viene a pedirle ayuda para derrotar a su hermano
pequeño, Eteocles, en su lucha por el trono.
Esta obra tardía, la más enigmática de las que escribió Sófocles,
suscita hoy una perplejidad nacida de la distancia cultural
que nos separa de la idea del Más Allá que tenían los griegos
del siglo V. Sin embargo, la glorificación final de Edipo
se comprende mejor en relación con la veneración por la edad
anciana, propia de todas las civilizaciones que encuentran
la base de la sabiduría en la experiencia. Otras épocas han
mirado con simpatía otras edades del hombre. La infancia,
tiempo del descubrimiento del mundo y la inocencia moral,
fue mitificada por el Romanticismo, quien ha generado a la
larga toda una producción artística, desde la literatura hasta
el cine del siglo XX, muy dada a la ensoñación y la nostalgia.
Pero esa misma fascinación por la niñez (“el niño es el padre
del hombre”, sentenciaba el poeta inglés Wordsworth), traía
aparejadas una rebeldía frente al mundo presente y una abdicación
de responsabilidades que pueden explicar que, poco a poco,
nuestro tiempo, más romántico que clásico, haya estimulado
un modelo de vida más próximo a la adolescencia que a la sabia
ancianidad encarnada en Edipo. El disfrute al máximo del tiempo
presente, la incredulidad ante ciertas virtudes como la fidelidad
o la reciedumbre, el complaciente empleo del verbo “gustar”
o “cuidar” en su forma reflexiva (“gustarme”, “gustarse”,
“cuidarme”), son indicios de una nueva versión de una ética
burguesa e individualista, deslumbrada por la multitud de
reclamos placenteros que ofrece la sociedad de la información.
La moda adolescente para todos los públicos, las series de
una televisión cada vez más descerebrada, las vacaciones programadas
para la tercera edad o la popularidad de los gustos tradicionalmente
juveniles entre la desprevenida población infantil, nos transmiten
con elocuencia que los modelos de acción entre la sociedad
ya tienen el sabor de la imagen (eso es la adolescencia, imagen)
y el vértigo de la información gratuita y efímera: la sabiduría
derivada de la experiencia parece de otra época y, efectivamente,
lo es.
Sin embargo, no está claro que esta configuración de una sociedad,
tan informada como poco dada a la incómoda adopción de responsabilidades,
ofrezca un prototipo de éxito que no tenga que ver con el
de la rapidez. Ciertamente el siglo anterior nos ha acostumbrado
a desarrollos inusitadamente veloces: el avance tecnológico,
el progreso económico y las consiguientes transformaciones
sociales han alterado creencias tradicionales con una eficacia
superior a las de cualquier ideología moderna. Pero la misma
aceleración incluye el germen de lo destruido, lo efímero
y, en definitiva, lo superficial. Si todo ha de ser un éxito
para mañana, es bastante fácil que deje de serlo para pasado
mañana. No importa dentro de este sistema vertiginoso de sustituciones
y recambios: se impone un nuevo objetivo, imagen o persona,
lo mismo da.
En una tercera parte de la humanidad se vive en medio de una
información reproducida a toda velocidad, desde el ámbito
laboral hasta los medios de comunicación. ¿Pero cuánto de
lo que producimos o consumimos es realmente valioso? El mundo
actual nos responde que todo aquello que nos proporciona una
satisfacción inmediata, lo es. Pero la inmediatez está reñida
con el análisis. Al Funes de Borges el presente simultáneo
de tantas imágenes acababa por aplastarlo: era incapaz de
pensar. Por encima de milenios la naturaleza del ser humano
ha crecido y mejorado desde la interacción del plano intelectual
y el moral. Según nos enseñan Sófocles y otros clásicos de
la literatura como Cervantes o Shakespeare, la auténtica sabiduría
nace a partir de la información en armonía con la experiencia.
1 J.L. Borges: Ficciones, Alianza, Madrid, 1999, p.
131.
2 El cuento al que me refiero, “Funes el memorioso”, fue incluido
en el volumen Ficciones (1944), uno de los títulos
clásicos de la narrativa breve del siglo XX.
3 T.S. Eliot: “Coros de la Piedra”, en Poesía reunida
(1919-1962), trad. de J.Mª Valverde, Alianza, Madrid, 1981,
p. 169.
4 Idem, p. 135.
5 Mijaíl Bajtín. “Response to a Question from Novy Mir”,
en Speech Genres and Other Late Essays, Texas University
Press, Austin, 1992, p. 6.
6 Sófocles, Edipo rey, en Tragedias completas, Gredos,
Madrid, 1981, p. 362.
7 Idem, p. 362.
8 Sófocles, Edipo en Colono, op. cit., p. 555.
(*) Javier de Navascués es profesor
agregrado de Literatura Hispanoamericana de la Universidad
de Navarra.
(**) Artículo publicado en la revista Empresa y Humanismo,
vol. VI, nº 1/03, Instituto Empresa y Humanismo, Universidad
de Navarra. Esta edición digital en Arvo Net se debe a la
cortesía de Autor y Editor. |