LA PEREZA
en Etiología del error
de Carlos LLano
Ed. Eunsa
Pamplona, 2004.
108 páginas
«El conocimiento verdadero, conocido en cuanto verdadero,
gracias o mediante la reflexión crítica, requiere de una diligente
y sutil investigación. Ésta es la que falta en el pensamiento
perezoso. Bien vista, la pereza no es causa del error,
sino la ausencia de la causa de la verdad. Para que tenga
lugar de hecho la verdad de nuestro conocimiento hemos de
limitarnos a dejarnos llevar por el objeto. Este dejarse
llevar no es en modo alguno una actitud pasiva. Por el
contrario, como venimos diciendo, la preponderancia del objeto
en su relación con nuestro conocimiento requiere de la reflexión
crítica, esto es, de seguir la atenta marcha del conocimiento
del objeto para detectar toda aquella influencia no cognoscitiva,
que inhiera, perturbándola, en esta relación. La reflexión
crítica, al detectar intenciones extrañas al objeto, incita
a la voluntad para que las deseche, a veces con violencia,
protegiendo la fuerza objetiva, conditio sine qua non
del conocimiento verdadero. Esta limpieza de la inteligencia
se realiza con denuedo, especialmente cuando se trata de desechar
la información y la memoria, desviándonos a otros conocimientos
análogos pero diferentes, y las pretensiones subjetivas del
propio yo, que pretende engañarse a sí mismo pensando que
sus circunstancias reales no son como son, sino como quiere
que sean.
«En la pereza falta este denuedo, es decir, la lucha caracterológica
para que las otras potentes fuerzas del alma no opaquen a
la del objeto. La pereza es la causa más peligrosa del
error, precisamente porque para que se dé no hay que hacer
nada. Basta dejar que todas las demás fuerzas anímicas
campeen libremente en el limpio espacio que se da que ha de
darse entre el conocimiento y el objeto. Falta el dominio
caracterológico que coloca en su lugar y en su función a cada
uno de los movimientos del espíritu. Al dejarlas al desgaire,
las desordenadas influencias que inhieren en nuestros naturales
procesos, perturban la función que a cada uno de ellos le
corresponde dentro del orgánico conjunto de la vida espiritual
humana.
«Las consecuencias de ello en el conocimiento son graves.
Siendo el conocimiento la tarea suprema del alma, todas las
demás, dependientes de ella, se descomponen sin remedio hasta
tanto no se logre que el proceso noético se someta dócilmente
a las manifestaciones de la realidad objetiva. De ahí que
el hombre afectado de pereza no es un individuo de fiar, pues
le falta la primera cualidad que pedimos al ser humano como
nota mínima en que se fundamenta toda personalidad. El perezoso
es veleta movida por el viento de las circunstancias, es decir,
carente del dominio de sí.»
(*) eunsa@cin.es
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