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Por Natalia López Moratalla
Arvo Net, 15.XII.2005
SUMMARY. Scientific activity
should be respectful with the
symbolic language of natural
world. Facts are signs of a
profound and mysterious reality.
Confidence on the rational
consistency used by natural
reality talking to man is indeed
a religious question.
Positivism, relativism, and the
presumed conventionality of
scientific truth, or the
assumption of scientific
knowledge as the only one with a
solid guarantee are deeply
rooted in a personal question:
an acknowledgement of whom is
talking to man and what is the
natural world expressing to him.
And an acknowledgement of the
image of the Creator each one
has and how the relationship
with Him is conceived.
Resumen. La actividad científica
exige respetar el lenguaje
propio en que se manifiesta el
mundo natural que es un lenguaje
simbólico; los hechos son signo
de la realidad profunda y
misteriosa. La confianza en la
coherencia racional con que la
realidad natural habla al hombre
es una cuestión, en último
término, religiosa. Tanto el
positivismo, el realtivismo,
como la presunta
convencionalidad de la verdad
científica, o la asunción del
conocimiento científico como el
único garantizado, hunden sus
raíces en una cuestión personal:
del reconocimiento de quién y de
qué habla al hombre el mundo
natural; de la imagen que cada
uno tiene del Creador y de cómo
se conciba la relación con Él.
La ciencia moderna es el resultado
de la tarea de aprender a conocer la
naturaleza. Como toda actividad de
búsqueda de la verdad tiene
calificación ética. Exige respetar
el lenguaje propio en que se
manifiesta el mundo natural que es
un lenguaje simbólico. Lo que
aparece en primer plano, asequible
al modo humano de conocer los
hechos, es signo de la realidad
profundamente misteriosa del mundo.
El lenguaje formalizado de la
ciencia es insuficiente para
comprender el sentido íntimo de la
realidad y, por tanto, requiere
apertura a otra forma de conocerla.
Más aún, si como es frecuente, el
conocimiento científico se cierra
sobre sí mismo con la única
finalidad de permitir el dominio de
ese mundo. El lenguaje de la
técnica, ceñido en el nivel de la
apariencia, puede ser muy exacto en
lo cuantitativo, pero falso en
cuanto referencia a la verdad del
ser de la realidad de la que trata.
La “gran mentira” que se permite al
científico, por mero pragmatismo
utilitarista, es precisamente
considerar el lenguaje fragmentario
de la ciencia como la palabra del
todo: “Esto es todo; no hay nada más
que transcienda este hecho”.
Actualmente, el alcance del
conocimiento científico se mide
desde la perspectiva de la
autonomía del hombre como
dador de sentido a la realidad.
Esta postura produce una resistencia
firme a admitir que la medida de la
racionalidad del universo no sea la
inteligencia humana. Inteligencia
centrada exclusivamente en lo que
puede ser demostrable por medio de
la experimentación y reducida a la
racionalidad técnica que identifica
la realidad con las posibilidades de
la acción humana, como mero material
neutro. Cultivar la ciencia positiva
supone la ambición de comprender el
mundo natural, de conocerlo y dar
razón de él. Conocer por qué es como
es y funciona como funciona. Por qué
existe y de qué manera ha sido
hecho. Sin embargo, la verdad de
las cosas aparece, no ya
inalcanzable al conocimiento humano,
sino inexistente; esto es, meramente
convencional.
La tesis que planteo es que la
capacidad de recorrer éticamente el
camino propio de la ciencia en la
búsqueda de la verdad del mundo
real, es una cuestión, en último
termino, religiosa. Es esencial el
reconocimiento y aceptación de que
el mundo natural, que no es hechura
humana, es un mundo creado con
sentido. Se trata de percibir que la
coherencia racional de ese mundo que
está ahí, previo a cualquier
intervención humana, habla al
hombre. La cuestión clave es que la
actitud ante esa luminosidad de la
naturaleza, por la que se hace
accesible a nuestro conocer, depende
de una decisión personal: de la
imagen que cada uno tiene del
Creador y de cómo se conciba la
relación con Él. Depende del
reconocimiento de quién y de qué
habla al hombre el mundo natural. Es
pues una cuestión religiosa,
entendiendo como religioso el
conjunto general de explicaciones e
interpretaciones que componen las
tradiciones de la humanidad y se
refieren a mensajes orales, textos,
libros que estructuran la memoria de
los orígenes, las razones, el
destino. Las eternas cuestiones
humanas de quiénes somos de dónde
venimos y a dónde vamos.
Origen, vida y destino, más allá de
lo que describe la ciencia.
1. Mundo científico y verdad
Analizaré las posturas más
significativas en el mundo
científico respecto a la verdad
científica, con relación a la
visión del mundo y del hombre que se
manifiesta en ellas.
La
verdad es
inalcanzable.
Karl R.
Popper describió la lógica de la
ciencia como “Búsqueda sin término”[1].
Las teorías son o bien falseadas o
sólo establecidas provisionalmente
“. Un solo cisne negro echa por
tierra la hipótesis de que todos los
cisnes sean blancos; pero millones
de cisnes blancos no nos permiten
dar por seguro que todos los cisnes
sean blancos”. Esta teoría tuvo el
punto de arranque en una observación
de carácter psicológico: el
contraste entre la actitud realista
de Einstein y el dogmatismo de los
filósofos Marx y Freud. Para Popper
fue decisivo saber que Einstein
buscaba experimentos cruciales, cuyo
acuerdo con sus predicciones en modo
alguno establecería su teoría;
mientras que un desacuerdo, como él
mismo fue el primero en señalar,
mostraría que su teoría era
insostenible. “Esta, pensé, era la
verdadera actitud científica”.
¿Es así
la
lógica de los enunciados científicos?
Realmente ¿mil cisnes blancos no
sirven para afirmar que los cisnes
son blancos y, sin embargo, basta un
solo cisne negro para negarlo? No;
la actividad científica tiene
límites menos estrechos. Incluso el
propio Popper se da cuenta de que
hay una cierta relación entre la
ciencia y muchas certezas de la
sabiduría natural. Afirma en el
prefacio de su obra de 1958 “La
lógica de la investigación
científica”, que el conocimiento
científico es el resultado del
aumento del sentido común… algo así
como el conocimiento de sentido
común en grande.
Los hombres iniciaron desde antiguo
respuestas a las cuestiones perennes
con la potencia de la capacidad de
contemplación. Respuestas a veces
fantásticas, otras veces muy
ingeniosas y acertadas y siempre con
un trasfondo de verdad que
posteriormente la experimentación
científica ha precisado, cuando los
hombres aprendieron a manipular la
realidad para deshacerla en partes
y poder medir y pesar. Entre el
conocimiento precientífico y
el científico se da una continuidad
natural. Y es que en ambos niveles
el conocimiento se alcanza y
progresa por “ensayo y error”. La
diferencia está en que en el nivel
científico se busca consciente y
concienzudamente detectar los
errores, porque en esto consiste la
lógica del descubrimiento, o de la
investigación.
¿Por qué se duda de la capacidad de
conocer la verdad? La historia
muestra que, apoyándose en la
sabiduría precientífica y en
las observaciones y datos
anteriores, los conocimientos se
perfeccionan de forma helicoidal.
Los resultados se contrastan con
nuevos experimentos, y así se
ajustan las teorías y se diseñan los
modelos que describen lo que se sabe
de la realidad. Muy pocas veces
ocurre que las conclusiones que se
derivan de algunos datos echan por
tierra algún planteamiento anterior;
y, tal vez por eso, nunca debería
hacerse radicalmente. A un solo
cisne negro hay que buscarle
explicación. Y esperar y
encontrársela, como se esperó
pacientemente a sacar la deducción
de que los cisnes son blancos.
En el
fondo, y en última instancia, el
problema del positivismo actual,
heredado de Popper respecto a la
verdad y la ciencia, incluso la
indiferencia hacia la verdad, es el
problema de la salida del sol. Una
cuestión, que los filósofos de la
religión estudian con gran
minuciosidad, es el hecho de que en
todos los cultos primitivos se da la
coincidencia de ofrecer sacrificios
diarios al sol. Hay muchas razones
para que sea así; pero la razón
principal es que los hombres
primitivos no estaban seguros de que
el sol fuera a salir el día
siguiente. Más tarde, cuando avanzó
el conocimiento y surgió la
astronomía, los hombres supieron las
leyes que rigen el movimiento de los
astros y la coherencia racional del
universo, el sol se desmitificó, y
el hombre ganó en confianza en su
propio mundo. El sol ha salido ya
millones de años, por lo tanto hay
un elemento de juicio para decir con
cierta tranquilidad que saldrá
también mañana.
Pero
¿tenemos absolutamente todos los
elementos de juicio para afirmarlo
con certeza? Todos no, si la ciencia
fuera una búsqueda sin término y
además de ello fuese el único
conocimiento garantizado. Todos no,
si no pudiera haber otro modo de
certeza. Si no hubiera un orden, que
es la naturaleza, sería dudoso que
el universo de mañana se pudiera
comportar de una manera que refutara
las más comprobadas generalizaciones
de hoy. Si lo que es válido para los
casos experimentados, no se puede
afirmar de ninguna manera que sea
válido también para los no
experimentados, no se puede acceder
desde enunciados singulares a
teorías universales. La formulación
de la hipótesis no tendría una
lógica, dice el positivismo. La
hipótesis sólo puede ser contrastada
después de ser formulada, no antes.
Y sin embargo, en la actividad
científica encontramos, tanto por
observación como por
experimentación, regularidades,
uniformidades, comportamientos
constantes, leyes.
En sus
últimos escritos (Post Scriptum a la
lógica de la investigación
científica), Popper[2]
acepta que si
bien nuestras teorías no
reconstruyen la realidad sí pueden
llegar a encontrar puntos nodales
de su comportamiento. Esa
probabilidad es físicamente real, es
una propensión, una tendencia que
está en las cosas
-como
están las fuerzas newtonianas-
y que descubren los experimentos.
Las propensiones del mundo físico
permiten una correlación entre el
conocimiento y la realidad. Esta
afirmación supone por primera vez en
la trayectoria de su pensamiento la
aceptación, tímida, de que la verdad
puede ser en cierta medida
alcanzable. De que es posible la
inducción esencial que lleva de
algunos a todos, pasando por ese
nódulo del todo. Ciertamente
no se puede pasar de uno a todos por
generalización, pero sí por
inducción esencial; esto es, por
determinación de una estructura
natural, tal como ya afirmó
Aristóteles.
¿Se
puede admitir que lo que ha valido
hasta ahora valga en el futuro? No
estamos seguros de que haya ese
orden ni de que sea continuo, es
decir que se extienda del pasado al
futuro -dice Popper-; pero si lo
hay, entonces la inducción esencial
toma de ahí su fuerza y sería la
fundamentación del método de ensayo
y error, hipotético- deductivo.
La verdad científica existe
porque el pensamiento humano es
captación de realidades; es capaz
de encontrar los puntos nodales, si
hay coherencia en el mundo real: si
existen realmente esos puntos
nodales. La
ciencia, como modo de conocimiento,
tiene que dar cuenta de sus certezas
no sólo ante el tribunal de la
lógica, sino ante el tribunal de la
coherencia de lo real. Los elementos
que permiten avanzar a la
ciencia, finalidad, orden, etc.,
hablan de que ese mundo natural que
se trata de conocer tiene una
coherencia racional. Se trata de un
presupuesto que consciente o
inconsciente está relacionado con
la convicción religiosa en un
Creador bueno. Como dice
Einstein, “Dios puede ser refinado,
pero no malvado, y la ausencia de
finalidad en la naturaleza sería un
rasgo inequívoco de maldad”.
La indiferencia hacia la verdad
científica.
Kuhn[3],
otro teórico de la ciencia, rompía
el cerco de la lógica positivista
para acentuar el papel que juega la
psicología del científico en las
búsquedas y en los encuentros.
La ciencia como actividad
-viene
a afirmar-
tiene su lógica propia, pero el
científico, como persona, tiene su
psique y su mundo. Con él y los que
vienen después, la racionalidad
científica pasa a ser vista como una
mera lucha de poderes e intereses.
El contenido de certeza de un modelo
o paradigma, incluso la irrupción de
nuevos fenómenos tienen poco, o casi
nada que ver con el proceso
revolucionario por el que el antiguo
modelo se hundió. Los
científicos, según Kuhn, comparten
puntos de vista sobre sus
disciplinas y sobre el mundo en
general. Estos paradigmas no son
ni verdaderos ni falsos, y unos
desplazan a otros por motivos mucho
más subjetivos que el grado de
verdad que contienen: poder, dinero,
modas, acuerdos políticos, capacidad
de arrastre de quienes los proponen,
etc.
Ciertamente en todas las épocas ha
habido pensadores originales capaces
de enfocar de forma original,
y con factores muy personales de
claridad y de estética, que hacen
atractivas sus teorías. Y
ciertamente hay muchos elementos que
desempeñan un papel crucial en la
elaboración de una teoría, como
muestra la Historia de las ciencias,
pero no son elemento intrínseco del
método científico; nada es más
contrario a la actividad
investigadora que dar por supuesto
que la ciencia no ofrezca nada
verdadero, sino solamente una
sucesión de interpretaciones, unas
mejores que otras para los objetivos
específicos y prácticos que dictan
las modas.
Einstein ejemplificó la miopía de
los intelectuales con los intereses
demasiado parciales. La
superespecialización permite que se
pongan de moda con “irresistible
atracción” parcelas y modelos; y se
dificulta aún mas el trabajo serio
en pro de la comunicación de las
ciencias positivas entre sí. Esa
tarea lleva tiempo y no todos están
dispuestos a emplearlo en algo de
poca utilidad a corto plazo. Y, así,
una teoría, que ha mostrado su
temple por no tener resultados
negativos que la contradigan, se
puede abandonar sólo porque no
llegan “a tiempo” los resultados que
la confirman.
Menos
aún se trabaja en serio en pro de la
comunicación de las ciencias
positivas con las humanidades.
Comprender la riqueza de la realidad
requiere un continuo esfuerzo de
sumar lo que observamos desde
diversas perspectivas: tender
puentes, abrir caminos, dejarse
iluminar por otras luces. Los
símbolos dan que pensar. La
naturaleza no esconde sus secretos
pero hay que preguntarle por ellos.
Y para escuchar su lenguaje es
preciso asumir que Alguien
nos habla palabras reales con el
lenguaje simbólico de la naturaleza.
En
todas las épocas, la mente humana se
ve profundamente influida por la
visión del mundo, el modelo del
universo que acepta; pero también el
modelo recibe la influencia de la
mentalidad predominante. Como
refleja Lewis[4],
los fenómenos que hayan de apoyar un
nuevo modelo aparecerán
oportunamente, cuando los cambios de
la mente humana produzcan suficiente
desagrado por el antiguo modelo y
suficiente anhelo por otro nuevo.
Esta cuestión es de gran
importancia. El nuevo modelo no se
establecerá sin pruebas palpables;
la ciencia positiva se encarga de
buscarlas y comprobarlas. Pero las
pruebas no surgirán hasta que la
necesidad de comprender llegue a ser
lo suficientemente grande para
preguntar a la naturaleza.
El carácter de las pruebas depende
de la forma de interrogar; y en
definitiva la necesidad de
interrogar depende de que se crea
que hay algo más de realidad que lo
que aparece a primera vista. Por eso
un buen interrogador puede hacer
maravillas. Sin embargo, lo esencial
es si la realidad es o no un testigo
honrado al que nadie podrá jamás
sonsacarle una mentira. El mundo
natural es real y habla. El
conocimiento científico aporta una
prueba nuclear de la honradez del
testigo: el mundo natural aparece a
la mirada interrogante con una
coherencia sobrecogedora. En todas
las épocas los hombre se han llenado
de admiración que el mundo real sea
inteligible, que nos pongamos a
pensar y resulte que las cosas sean
“así”; que las explicaciones sean
muchas veces profundamente
convincentes.
Aceptar y confiar en la racionalidad
de la realidad tiene su apoyo en la
aceptación y confianza en el
Creador.
Relatividad y relativismo.
Frank,
Carnap, Reichenbarg, y otros
filósofos del Circulo de Viena
habrían querido que bajo la
fotografía de Einstein quedara para
siempre la lapidaria frase “todo es
relativo”. Y muchos lo siguen
deseándolo y repitiéndolo. Pero el
relativismo no tiene por
padre a este sabio. Su principal
objetivo fue colaborar a alcanzar
una interpretación cósmica en la que
la realidad fuese una totalidad de
cosas consistentemente
interelacionadas. Una visión
absoluta, en el sentido de que su
existencia no fuera relativa a los
espectadores que la observaran. La
interpretación de una realidad
cósmica, totalmente coherente,
unificada y simple que existiera
independientemente del observador.
Una interpretación también absoluta
en el sentido de que si el
conocimiento de los observadores de
la realidad, la formulación de las
leyes científicas era correcta, la
ley en cuestión tenía que permanecer
invariable, al igual que el universo
es invariable.
La
teoría de la relatividad de Einstein
puso sobre la mesa la cuestión
acerca de hasta qué punto es válido
o no fiarse de un conocimiento que
no es un registro directo de la
realidad, puesto que los registros
provenientes de los sentidos se han
convertido en construcciones
mentales. ¿Existe la verdad
científica o todo es según el color
del cristal con que se mira?
Hay
respuestas a esta pregunta que no
son validas. Una es la tesis del
absolutismo fenomenológico -para la
que el mundo es como aparece y
aparece para todos igual-, aunque
sólo fuera porque la historia nos
muestra a diario que miramos las
mismas cosas y no todos vemos “lo
mismo”. Esto es bien claro porque
los fenómenos naturales no son
absolutamente neutros. Tienen un
significado propio y cuanto más rico
es más dimensiones tiene, y la
mirada se fija más en una o alguna
de esas dimensiones que en otras.
También
es razonable abandonar el extremo
opuesto, el “etnocentrismo” que
plantea que la capacidad para tratar
de representarse mentalmente lo que
se percibe, está condicionada en
cada cultura sólo en función de su
particular sistema de valores, y no
de la realidad misma. No se trata
aquí de exponer y discutir teorías
acerca de la percepción, ni mucho
menos discutir diversas teorías del
conocimiento. Se trata únicamente de
señalar que la actividad científica
no se desarrolla sencillamente por
acumulación de datos obtenidos de la
simple observación de hechos
naturales. Observar es ver, mirar y
saber lo que está ahí, dónde y para
qué. La experiencia no es algo
pasivo, no consiste en una mera
acumulación de impresiones o datos
sensoriales. Al contrario, es
activa, y el observador la enriquece
desde el principio y la misma
recogida de sensaciones externas es
selectiva.
Los
encuentros con la realidad son
siempre ampliables y deben
completarse desde otros ángulos
porque la realidad es muy rica.
Experimentar es interrogar; es
manipular la realidad y oír su
respuesta al ver y observar lo que
le acaece como consecuencia de la
interferencia a que se le somete,
sin perderse en las señales que dan
los artefactos producidos por la
propia injerencia. La verdad
científica existe en tanto existe un
mundo natural racional; como
escribió Einstein[5],
“la creencia en un mundo
independiente, exterior al sujeto
perceptor, es la base de toda
ciencia natural”. La posibilidad de
distorsión, o ambigüedad, no radica
en los hechos sino en su
descripción. Einstein nunca se
separó completamente del humilde
reconocimiento de que la última
palabra en la ciencia pertenece a
los hechos, es decir, a la
verificación por observación de las
teorías. Con el método de las
ciencias positivas se buscan
proposiciones, descripciones del
estado de cosas reales o hechos del
mundo; una proposición tiene
significado cognoscitivo si es
verificable empíricamente en esas
condiciones concretas y específicas.
En ese estado concreto son
verdaderas y la totalidad de las
proposiciones verdaderas constituyen
la ciencia natural. Y la comprensión
científica del mundo se enmarca en
un ámbito de comprensión más amplio.
Hay necesidad de una justificación
de los enunciados por la lógica
interna y se requiere además
necesariamente una justificación a
la pregunta por la verdad de las
proposiciones respecto a la realidad
misma. Sólo así la ciencia es camino
de conocimiento verdadero.
La
actividad científica no es un
proceso autónomo con respecto al
contexto intelectual, ni social, ni
siquiera al de las modas.
Las creencias religiosas, políticas
y metacientíficas interfieren de
hecho en el pensamiento del
científico, ya que los datos
experimentales son una mitad y la
otra mitad de la imagen del mundo
real es el conocimiento acumulado
que produce la experiencia. Pero,
aun cuando llevemos gafas con
cristales coloreados, siempre hay
muchas cosas que relucen intactas a
través de ellos y nos llegan tal
como son. Lo que no pueden hacer
unas gafas es crear la visión.
Hacer
ciencia requiere saber mirar, saber
preguntar y saber escuchar. Siempre
me impresionó el hecho del
nacimiento de mi disciplina, la
Bioquímica. Hasta que no se formuló
la pregunta correcta ¿Cuál es el
papel fisiológico de este paso
metabólico?, los hechos conocidos
-un conjunto de reacciones
químicas-, no pudieron ser integrado
dentro de una teoría consistente, el
metabolismo celular.
Y de
nuevo aparece la cuestión que nos
ocupa. Es el interrogador según sus
propias creencias quien puede
distorsionar las preguntas a la
naturaleza o puede no comprender las
respuestas. Siempre me he preguntado
ante los resultados del ruso Oparin,
que le hacían percibir realmente la
evidencia de ese orden natural del
flujo de las reacciones en la vida
si simplemente tenía que guardar
silencio por el régimen político en
que desarrolló su actividad o no era
capaz de escuchar las repuestas de
la naturaleza a sus preguntas. Es
más, si yo no hubiera tenido una
formación de raíces cristianas
¿vería evidente que los procesos
vitales persiguen un fin que forma
parte de la unidad de sentido del
orden cósmico?
¿No
es conocimiento garantizado el que
no puede ser contrastado por
experimentación?
La conciencia moderna se presenta
como incapaz de concebir nada
supraempírico o metacientífico. Más
aún, se niegan el espíritu como
trascendente a la materia (es el
caso de Freud), o (como para Marx)
el espíritu sería como algo no real.
No son realidad, son ideas
producidas por la conciencia humana:
las más nobles ideas, pero tan sólo
eso.
En
relación a esta cuestión puede ser
muy útil examinar la actitud
popperiana[6]
-de íntima reticencia a lo que está
más allá del positivismo- muy típica
de la mentalidad actual.
Popper
llegó al convencimiento de la
necesidad de la metaciencia aunque
mantuvo el temor de que este
conocimiento no fuera más que
arbitrariedad o dogmatismo, lo que
denominó pseudociencia. Esto es, una
especulación inverificable porque no
puede ser contrastable por hechos
experimentales; incluso una
especulación presuntuosamente
dogmática que
busca proteger y hacer la teoría
invulnerable frente a las posibles
dificultades en la experiencia.
Su embate se dirige a los que
considera exponentes de la filosofía
de su época, Marx y Freud,
precisamente por la pretensión
de conocer leyes necesarias, leyes
científicas del desarrollo de la
historia, de problemas sociales o
psicológicos, sin someterse a las
exigencias de la ciencia. No tuvo
contacto con la metafísica del ser,
no la conoció. Y justamente el
conocimiento de las grandes
cuestiones, la metafísica, nunca ha
querido hacerse pasar por ciencia,
por eso no es pseudociencia.
La coherencia racional del mundo, su
consistencia interna son datos
metacientíficos que están y estarán
siempre en el origen interno de la
ciencia. Y no al contrario.
El conocimiento científico no es el
único conocimiento garantizado. Hay
un modo de conocimiento
metacientífico que no está encerrado
en los estrechos límites del
positivismo, justamente porque se
abre de suyo a ese más allá del
hecho empírico. Los hechos naturales
tienen un sentido y un significado
propio que trascienden la mera
descripción empírica.
Ya en 1748, Hume había afirmado el
predominio de la esfera empírica
negando la esfera transcendente: las
impresiones son intensas, vivaces,
inmediatas. Las ideas, por el
contrario, son representaciones
débiles, mortecinas, pálidas. La
metafísica se hace con ideas y sólo
la ciencia se hace con impresiones,
con experiencias. Sin embargo, y
cada vez más, “el predominio
absoluto de lo empírico” se
cuestiona desde el análisis de estos
gestos prototípicos humanos. Los
gestos naturales, el lenguaje del
cuerpo humano se dan en la esfera
empírica, donde aparecen y se
comprueban; pero su significado no
se desvela plenamente en ellos.
Remiten más allá, a la persona, y se
desvelan precisamente como una señal
de la transcendencia y remitiendo a
ella.
Dos ejemplos concretos. En primer
lugar el fenómeno humano de la risa.
La risa la provoca la percepción de
la discrepancia. Y todas las
discrepancias dependen de una que es
la verdaderamente fundamental; es la
discrepancia de una libertad que
aparece incidiendo en el automatismo
de los hechos o procesos biológicos
en los que el hombre puede o no
quedar aprisionado. Esto puede
percibirse trágicamente y de hecho
muchos lo perciben como la fuente de
la tragedia; pero es también la
fuente de la risa, la fuente de lo
cómico. ¿Qué significa esa
percepción cuando se tiene
hondamente? Significa que somos
capaces de percibir que este mundo
fáctico no es lo último. Si fuera lo
último entonces necesariamente lo
tendríamos que percibir trágicamente
y no reír nunca ante lo dispar. Si
somos capaces de reír de lo
disparatado con verdad, y con
legitimidad, quiere decir que éste
mundo no es lo último, que hay otro
ámbito de realidad en el que el
hombre vive libre sin riesgo.
Igual ocurre con las palabras de la
madre, típicamente humanas, “no
tengas miedo, todo está en orden,
todo está bien” al niño pequeño que
se despierta en mitad de la noche
con una espantosa pesadilla. Es algo
que ocurre en la esfera empírica: un
hecho constatable. Hay oscuridad y
se siente solo y acosado. Y el niño
se tranquiliza, es decir recupera la
confianza en la realidad. ¿Miente la
madre? Si toda la realidad se
extiende sin solución de continuidad
al mundo que la razón empírica puede
manejar y controlar, esta madre
miente. No es la luz sino la
oscuridad lo que le espera. No es la
seguridad pasajera del orden, sino
la pesadilla del caos. Miente la
madre, a no ser que exista otro
mundo, otra realidad además de la
oscuridad y el caos de la carencia
total de sentido. Si no fuera así,
la madre mentiría, y hay algo
irreductible en nosotros que nos
dice que la madre no miente;
conocemos bien un impulso que indica
que al orden humano le corresponde
un orden transcendente que no se
quiebra sin más y que este orden
transcendente es de tal carácter que
el hombre puede confiar en él.
Lo que percibimos en las
experiencias humanas es
“empíricamente contrastable”,
existe; pero es mucho más que eso.
Son fundamentalmente experiencias
humanas accesible al común de los
hombres, prototípicamente humanas y,
por tanto, válidas para todos. Se
contrasta con la realidad y coincide
con ella. Ahora bien podrían no
estar fundadas y ser sólo algo
plenamente convincente desde el
punto de vista subjetivo, pero
insuficiente objetivamente. ¿Qué es
lo real? ¿Qué ocurre realmente
cuando una persona muere? Son
preguntas inevitables, cuestiones
que no se pueden eludir o soslayar.
Siempre los hombres se las han hecho
de un modo u otro. Es inevitable una
reflexión sobre la verdadera
naturaleza de la realidad, sobre el
sentido último del todo. Sobre la
verdad y la coherencia de lo real
que impide dar por cerrado en el
conocimiento científico el tema de
la transcendencia.
De nuevo aparece el núcleo de la
cuestión: qué legitima aquello
que manifestándose en los hechos
trasciende lo empírico. Porque la
forma de raciocinio de la ciencia
positiva tiene necesariamente que
descomponer la realidad para
analizarla y después componer
lo diseccionado. Y es, precisamente,
en ese volver a componer
donde cabe el peligro de reformular
el proyecto original, cambiar el
sentido propio, es decir vaciarlo de
sentido. En
palabras de Josef Pieper[7],
“no se
puede evitar que los mitos, por
ejemplo, los escatológicos, por
citar algunos referidos a Platón,
signifiquen algo completamente
distinto para el intérprete moderno,
si éste está convencido de que en
verdad existe algo como un juicio
después de la muerte, o si
consideran absurda semejante
convicción”.
¿Es
imposible hacer que el científico de
hoy piense, al menos una vez, sí en
el mundo existe un orden de alguna
manera jerárquico? Más aún
¿existe algún tipo de embate
intelectual o moral que le haga
replantearse la convicción de que lo
que tiene valor y sentido es sólo lo
que es obra del poder onmipotente
de la técnica? La superación de
este callejón sin salida (no hay
más que “afirmación científica” o
pura fantasía) está en reconocer que
hay una tercera esfera, la del
sentido propio del mundo natural.
En
cierta medida se percibe que el
deseo de convertirse en dador de
sentido a la realidad creada
es un factor clave de la violencia
de la cultura de la muerte; para
muchos la falta de referencias
éticas para conducir la técnica
derivada de los conocimientos
científicos plantea la cuestión de
la ética del conocimiento mismo. La
tarea cultural, en la que el
científico está involucrado, exige
no dar por terminado el conocimiento
de las ciencias positivas antes de
tiempo. Se requiere tomarse en serio
la empresa de saber qué hay de
verdad en los conocimientos
transmitidos por tradición de
quienes nos han precedido. Qué hay
de ropaje defectuoso y qué de verdad
expresada en un lenguaje que ha de
ser necesariamente simbólico, porque
la realidad es más. Los
hombres de hoy no estamos condenados
a ir a ciegas en las cuestiones de
sentido en las que nos jugamos la
propia vida; el conocimiento
científico no es el único
garantizado. La ética de la
actividad científica exige la
apertura a esa otra forma de conocer
que trata precisamente de las
cuestiones últimas a las que
la ciencia no llega, ni puede
llegar.
Nuevamente la pelota vuelve de nuevo
al tejado de las creencias
religiosas. El mundo natural real
habla con un lenguaje simbólico.
Expresa una realidad escondida en
él: el sentido profundo que su
Hacedor ya relató en la
revelación primitiva a todos y
para todos los hombres y que sólo
tomará una forma de expresión más
nítida en la revelación
judeocristiana. En definitiva la
cuestión es si hay algún criterio
racional que permita legitimar el
núcleo universal de verdad
entre todo aquello que nos llega
“desde antiguo” por las culturas y
tradiciones de la humanidad y que
obviamente nos llega envuelto en un
lenguaje peculiar. No nos llega
expresado en conceptos universales
sino se nos narra en historias que
con frecuencia tienen ropajes de
fábulas, de descripciones
científicas pintorescas, o de mitos.
La posibilidad de legitimar
racionalmente el núcleo de verdad
depende –afirma Pieper- de quien se
concibe como su autor último, porque
el narrador expresamente no es el
autor; no habla como testigo
presencial de los hechos que relata,
sino como el que transmite lo que
recibió por tradición.
La voz
del lenguaje simbólico de la
naturaleza amplificado con la
revelación primitiva la puede
recibir cada hombre; está escrita en
lo nuclear de toda religión y su eco
resuena en el corazón del hombre. Es
una cuestión de resonancia de lo
intangiblemente verdadero en
cada uno. Por ello, sólo la amplitud
del ámbito interior de apertura de
cada uno permite, o no, percibir la
armonía de las voces y depurarlas de
todo aquello que disuena y confunde.
Es el ámbito del espacio de apertura
personal a Dios. La legitimación de
los núcleos de verdad es la
concordia con la verdad cristiana.
Una verdad, tanto la natural como la
cristiana, que ha de ser aceptada y
acogida libre y personalmente.
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