CONVERSACION CON
EL FILOSOFO RICARDO YEPES STORK
Por Antonio Orozco-Delclós
Ricardo Yepes, fue colaborador
del diario chileno "El Mercurio" y colaborador de "Papeles
para la libertad" del madrileño diario "Ya". Publicó dos libros
que invitan a reflexionar: "Las claves del consumismo" (Ediciones
Palabra, Madrid 1989) y "¿Qué es eso de filosofía?" (Ediciones
del Drac, Barcelona 1989). Otro de gran sencillez y riqueza
de pensamiento es "Entender el mundo de hoy. Carta a un joven
estudiante", cuya tercera edición es de 1999; un libro muy
recomendable para los jóvenes estudiantes de todas las edades.
Fue director de una revista del más alto nivel intelectual:
"Atlántida", de Ediciones Rialp. Falleció prematuramente,
quizá porque -al decir de la Escritua- "en poco tiempo vivió
muchos días".
Esta breve entrevista fue publicada en ESCRITOS ARVO, Nº 102,
febrero de 1990.
A.O.- En su opinión, ¿sigue vigente el antiguo diagnóstico
del profesor Polo sobre la exigua actividad intelectual de
nuestro tiempo? ¿Se sigue "pasando" de la tarea del pensamiento?
R.Y. -En buena parte, creo que sí. En algunos aspectos, la
situación incluso se ha agravado. Uno de los grandes males
de nuestra sociedad, que denuncio en "Las claves del consumismo",
es precisamente, que vivimos demasiado deprisa, y no tenemos
tiempo de contemplar qué sucede a nuestro alrededor. Los pensadores
antiguos siempre insistían en que el comienzo de la sabiduría
es el "asombro" ante el mundo y lo que en él acontece; maravillarse
y preguntarse: ¿cómo es posible que eso suceda?
Por ejemplo, en nuestro mundo siguen ocurriendo cosas poco
humanas, y pasamos de largo ante ellas, porque nos hemos acostumbrado,
como si fueran normales, cuando con frecuencia son perjudiciales
y empobrecedoras. No nos hemos parado a pensar. Una tarea
importante de los padres y educadores es fomentar una actitud
crítica ante lo que se ha establecido como uso corriente en
la sociedad. ¿Recuerda aquellas rebeldías del año 68, el famoso
"mayo francés"? Desaparecieron enseguida. Hoy lo más frecuente
es el conformismo.
SECUENCIA DE ACTUALIDAD: INDIVIDUALISMO, RELATIVISMO, PERMISIVISMO,
CONFORMISMO.
A.O. -Sin embargo, hablando con la gente, muchas veces
la primera impresión que se obtiene es la de que está poseída
de una actitud "hipercrítica" ante los valores: todos quedan
en tela de juicio, relativizados o sentenciados para el baúl
de los recuerdos...
R.Y. -Sí, porque en estos asuntos se suele juzgar sin la disciplina
mental, de la que, en cambio, no se dispensa nadie que quiera
realizar alguna labor científica. Se suelen juzgar las cuestiones
fundamentales de la existencia desde una postura muy individualista:
"yo no quiero depender de nadie en mis juicios; los demás
no tienen nada que aportarme". Ahora bien, esto es reducir
la Humanidad a una sucesión de Robinsones. Lo cual es absolutamente
contrario a la evidencia histórica. La verdad y el conocimiento
se incrementan, la ciencia avanza, la técnica progresa. Y
si esto es posible, lo es porque esa verdad es comunicable,
porque hay una verdad y unos valores firmes. El relativismo
consiste, aproximadamente, en decir que la verdad no es un
"descubrimiento", sino una "fabricación" del hombre. Se pretende
que cada época histórica y cada persona se construya su visión
del mundo, su moral, sus valores, según criterios propios
e intransferibles: lo que es válido para mí no lo es para
los demás. Y esto se extiende a todos los terrenos, desde
el comportamiento ético hasta las creencias religiosas. Lo
que ocurre es que el relativismo no soluciona los problemas
humanos; más bien los complica injustamente. Al romper todas
las dependencias, el hombre queda solo, tanto en la teoría
como en la práctica. Sobreviene el cansancio y la desorientación.
El relativismo desemboca en el permisivismo. Todo se tiene
por moralmente posible, bueno o indiferente. No admite que
se pueda decir: "esto es moralmente bueno y esto es malo".
Ahora bien, el permisivismo se gasta. Cuando se ha experimentado
todo, sin ningún freno ético, sobreviene la desorientación,
el hastío, la experiencia de la frustración. Se quisiera regresar
al hogar, pero la vida transcurre en la sociedad urbana de
modo tan acelerado... ¡No hay tiempo para la reflexión!
A.O. -Y sin embargo, pensar es necesario. Más que el navegar,
más que el vivir... Pero, volviendo a la cuestión inicial,
¿cómo enseñar a pensar?
SUPERAR EL ESLOGAN Y LA FUERZA DE LA IMAGEN
R.Y. -Para enseñar a pensar, lo primero que hace falta es
-evidentemente- haber pensado, haberse sometido a la disciplina
del entendimiento y escrutar lo que las cosas son. Para mencionar
sólo algunas pautas en asunto de tanta envergadura, cabe decir
que lo primero es renunciar al eslogan. La gente se conforma
con unas pocas frases y muchas imágenes. Se renuncia a explicar
las cosas: sólo se muestran. La cultura de la imagen no necesita
argumentaciones para impactar al público. Es tal la fuerza
de las imágenes que mostrarlas ya es suficiente. Ver por la
televisión un terremoto o una inundación es casi tanto como
haber estado allí. En este contexto no necesitamos comentarios.
Discurrir, pensar, resulta así cada vez menos necesario. Por
eso las explicaciones de lo que vemos son sumamente simples;
lo más importante es el contacto directo e inmediato con la
noticia. Esto aparta a la gente del hábito de argumentar y
discurrir, con lo cual se va atendiendo cada vez menos a razones.
La vieja costumbre española de la tertulia, por ejemplo, se
está perdiendo, porque la gente habla mucho menos: prefiere
los videos o la televisión. Cuando se deja de leer y se deja
de hablar, se piensa cada vez menos. Hoy poca gente gusta
de pensar. Los razonamientos abstractos no están de moda:
bastan cuatro explicacones convencionales, que la publicidad
repite hasta la saciedad. Ahora bien, ¿qué es lo que decidimos
ver, qué nos permiten o nos hacen ver -por ejemplo- a través
de la televisión?. Este es el problema, porque según lo que
veamos, así será nuestra imagen del mundo, que puede tener
muy poco que ver con la realidad. Puede parecer que estoy
en contra de la imagen, y no es así. Estoy en contra de las
actitudes acríticas, de un mirar "embobado".
A.O.- ¿Qué más aconseja usted para enseñar a pensar a los
niños y a los jóvenes, hijos o alumnos?
R.Y. -Aficionarles a leer, y no sólo a ver imágenes. No se
trata -insisto- de renunciar a las imágenes, sino de fomentar
el gusto por la lectura. Hay que volver a los clásicos de
la literatura, y para eso no hace falta tener cuarenta años.
Los chicos jóvenes, que tienen una sensibilidad muy acusada,
son quienes pueden captar de modo más vehemente los valores
humanos que hay en esos clásicos. El problema está en que
el texto literario puede resultar extraño o poco comprensible,
y ahuyentar a los lectores. Esta es precisamente la tarea
a realizar: acercar esos textos, esos mundos de los clásicos,
al nuestro. No es difícil.
Después, hay que enseñar a no conformarse con explicaciones
tópicas o convencionales. El lenguaje tiene buena parte de
la culpa. Cuando se lee poco y se piensa poco, se habla mal,
con escaso número de palabras. Si falta vocabulario, las explicaciones
resultan pobres; todo es "guay", "bestial", "oye, tío"...
Son modas o modos de hablar, pero pueden esconder un universo
mental angosto, reducido a cuatro adjetivos vacíos. Hay que
enriquecer el lenguaje, hay que fomentar el diálogo, el ejercicio
mental de razonar, de defender una causa, de tener argumentos
para las propias decisiones, y no hacer sólo lo que hacen
los demás. La conversación, la tertulia, el "debate" sereno
sobre un tema de interés, son ejercicios que pueden realizarse
de alguna manera en familia, y fomentan el razonamiento, la
capacidad racional del hombre.
Hay una cierta agresión contra esa capacidad de pensar: es
la aceleración, la prisa, el mundo audiovisual, las modas,
la mala persuasión publicitaria... Todo esto pone en peligro
la facultad que tiene el hombre de regirse por su pensamiento,
que es su más alta capacidad, lo mejor que tiene, lo que nunca
se agota ni aburre: siempre se puede seguir pensando y descubrir
nuevas verdades.
INFLACIÓN DE PUBLICACIONES: SELECCIONAR
A.O.- La necesidad de leer es clara. Pero hoy se publica
más que nunca. ¿Cómo y qué escoger?
R.Y. -Sí; el desarrollo intelectual creciente en toda la población,
la informática, las comunicaciones, etcétera, producen una
auténtica inflación de publicaciones. Se requiere un criterio
de selección. Hay que decir al respecto que la publicidad
engaña. ¿Que estoy en contra de la publicidad? No. Estoy en
contra de los abusos de la publicidad, de su poder omnímodo.
A veces, por ejemplo, la publicidad nos presenta un libro
como si fuera una obra maestra, cuando no es más que una obra
de mediana calidad. Conseguir una buena información bibliográfica
es imprescindible para no cometer errores. Hay que tener en
cuenta que el vendedor presenta su producto como lo mejor
del mundo. Y luego no es así. Puede haber más apariencia que
contenido.
Lo más práctico es acudir a aquello que el tiempo se ha encargado
de consagrar: son las obras que quedan, los clásicos, en definitiva.
Pero un clásico no es sólo un autor del siglo XVII o XIX.
El siglo XX está también lleno de clásicos de altísima calidad.
Son actualísimos. Son los maestros de esta perpleja Humanidad
de finales de siglo. Hay que redescubrirlos.
Ver en este Sitio, de R. Yepes Stork: La elegancia,
algo más que buenas maneras |