Por
Jorge Peña Vial
*
Víctor García Hoz, un gran pedagogo del
siglo XX, escribió: “nunca como hoy ha
dispuesto la educación de tantos medios y
recursos, y sin embargo, nunca como hoy el
descontento ha sido mayor y tan
generalizado”. Es que quizás el problema no
radica tanto en métodos y planificaciones
como en la actitud del alumno frente al
saber. No ignoro que son múltiples los
factores que inciden en la educación. Pero
prescindiendo de causas de tipo psicológico
o social, quiero centrarme ahora en la
actitud de la persona ante el saber. Ni
siquiera un Sócrates puede hacer algo ante
un alumno mal dispuesto frente al saber.
Tristemente comprobamos cómo los profesores
se topan con jóvenes a quienes no les
interesa el conocimiento, no aceptan el
esfuerzo, se complacen en sus limitaciones y
adoptan desafiantes la actitud de “¡Enséñame
si puedes!”.
La actitud ante el saber puede ser culta o
instruida. La diferencia está en la actitud
subjetiva de la persona frente al saber. En
la actitud culta se da una participación
vital del sujeto en aquello que conoce; en
la instruida, se dispone de datos, técnicas,
conocimientos, pero éstos permanecen
externos, impersonales, no transforman al
sujeto que los conoce. Así puede darse que
una persona disponga de una abundante
instrucción, y, sin embargo, carecer de una
actitud culta. A la inversa, se puede tener
una escasa instrucción y, a pesar de ello,
ser culto, estar dotado de una verdadera
sabiduría, de un sentido innato de la
realidad y de las cuestiones últimas capaces
de iluminarla. Resulta desconcertante cómo,
cuando se imparte una instrucción
generalizada muy superior a la del pasado,
nuestras autoridades se quejan del evidente
apagón cultural. Todo parece sugerir que la
actual educación, con su prodigioso
despliegue técnico, está produciendo en masa
hombres instruidos pero no cultos.
La actitud culta presupone instrucción,
aunque va más allá de ella, y supera el mero
conocimiento de datos. Si se trata de
aprender de memoria el poema de Quevedo
“Polvo, pero enamorado”, no se limitará a su
recitación formal de acuerdo al arte de la
dicción, sino que ese poema lo removerá
interiormente y le permitirá una mejor
comprensión del misterio del amor y de la
muerte. Lo mismo puede acontecer en
cualquiera otra área del saber. El alumno
culto sabe reaccionar personalmente, aquello
le afecta, ilumina, tiene en él una
resonancia interior. Por eso sabrá recrear
originalmente lo conocido y establecer
relaciones inéditas entre los distintos
datos de la instrucción. Como se puede
apreciar, la instrucción es de orden
cuantitativo. La actitud culta es de tipo
cualitativo, apunta al modo de poseer dichos
conocimientos. La instrucción es externa y
el sujeto permanece al margen de lo
conocido. En la cultura el sujeto se ve
modificado interiormente. La instrucción se
refiere al “tener”: se tienen las cosas, y,
del mismo modo, los conocimientos. Se usan y
una vez utilizados (para el examen),
prontamente se olvidan. La cultura, en
cambio, afecta nuestro modo de ser, a
nuestra manera de ver el mundo. No se olvida
aquello en lo que hemos estado realmente
implicados: persiste influyendo en nuestra
conducta, en nuestro modo de ser y vivir. En
la actitud instruida hay una mera
apropiación de los contenidos con un fin
utilitario inmediato; en la actitud culta,
una verdadera asimilación personal del saber
que penetra e ilumina la intimidad del
sujeto. El desafío del docente es promover y
despertar una actitud culta, ser capaz de
irradiar en sus alumnos una efectiva
participación vital en aquello que conocen y
aprenden.
*Jorge
Peña Vial
Universidad de los Andes
Artes y Letras, diario El Mercurio,