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LA FILOSOFÍA DE POPPER (Juan Arana)

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La Filosofía de Popper

LA FILOSOFÍA DE POPPER
Los dos problemas fundamentales de la filosofía de Popper. Libertad y verdad en una sociedad abierta

Por Juan Arana

Karl Popper es considerado hoy en día, quizá con exceso de admiración, el patriarca de los partidos liberales y máximo promotor del individualismo en las ciencias sociales. En su filosofía hallamos una fuerte componente ética y humanista. La libertad, privilegio incontestable de cada individuo, y la verdad, a la que nos vamos acercando guiándonos por medio de sus sombras –la falsación–, son los dos temas principales de su filosofa. En este artículo se traza un retrato y una valoración crítica de su pensamiento, uno de los más influyentes de la segunda mitad del siglo xx.

Karl Popper es uno de los autores cuya vida y obra mejor reflejan las vicisitudes de nuestro ya declinante siglo. Nacido en 1902, ha conocido a través de su larga existencia casi todas sus conmociones, ha participado en muchas de sus conquistas y se ha movido en algunos de sus ambientes intelectuales más característicos. En esto se puede parangonar con otro compatriota suyo, Wittgenstein, quien, como él, fue también un vienés arraigado profundamente en la cultura centroeuropea y trasplantado luego al mundo anglosajón. Ambos se interesaron por la ciencia, y ninguno de los dos tuvo intención de dedicarse profesionalmente a la filosofía, aun cuando tanto uno como otro se hicieron mundialmente famosos explicando filosofía en Inglaterra. Estos puntos de contacto no impiden que se den entre ellos grandes diferencias: Wittgenstein, por ejemplo, pertenecía por su origen a la aristocracia, mientras que Popper procede de la burguesía liberal. No fueron amigos y, aunque trabajaron en los mismos asuntos, llegaron a conclusiones opuestas y protagonizaron una sonora discusión, que Popper recuerda con ese humor típicamente austriaco que su oponente era incapaz de apreciar:

“En los comienzos del año académico de 1946-1947, recibí una invitación del Club de Ciencias Morales de Cambridge, para leer un artículo sobre algún "rompecabezas filosófico". Sin la menor duda, se trataba a todas luces de la formulación de Wittgenstein, y tras ello estaba la tesis filosófica wittgensteiniana de que no existen genuinos problemas en filosofía, sino solo rompecabezas lingüísticos. Como quiera que esta tesis era una de mis aversiones favoritas, decidí hablar sobre "¿Existen problemas filosóficos?" Comencé mi artículo (...) diciendo que si yo pensara que no había genuinos problemas filosóficos, no sería ciertamente un filosofo; y que el hecho de que muchas personas, o quizás todas, adoptaran irreflexivamente soluciones insostenibles para muchos o, quizás, todos los problemas filosóficos, proporcionaba la única justificación para ser filosofo. Wittgenstein salto (...) interrumpiéndome y hablo largo y tendido acerca de rompecabezas y de la no existencia de problemas filosóficos. En un momento que me pareció apropiado le interrumpí y presenté una lista que tenía preparada de problemas filosóficos, tales como: ¿conocemos las cosas a través de los sentidos?, ¿obtenemos nuestro conocimiento por inducción? Wittgenstein rechazó estos problemas por ser más lógicos que filosóficos. Me referí entonces al problema de si existe el infinito potencial, o quizás incluso el actual, problema que rechazó por ser matemático. (...) Mencione entonces algunos problemas morales y el problema de la validez de las reglas morales. En este punto, Wittgenstein, que estaba sentado junto al fuego y había estado jugueteando nerviosamente con el atizador, que a veces usaba como batuta de director para recalcar sus afirmaciones, me desafió: "¡Dé un ejemplo de una regla moral!", y yo replique: "No amenazar con atizadores a los profesores visitantes." Tras lo cual Wittgenstein, en un acceso de rabia, tiro el atizador y abandonó furioso la habitación, dando un portazo. (...) al final, Braithwaite me dirigió un cumplido, diciendo que yo había sido la única persona que había conseguido interrumpir a Wittgenstein en la misma forma en que Wittgenstein interrumpía a cualquier otro».

Este texto nos enseña, entre otras cosas, que Popper es una persona que defiende ardorosamente la existencia de problemas filosóficos, aun a riesgo de ser agredido con un atizador. ¿Qué tipo de problemas filosóficos? Por de pronto ha mencionado algunos relativos al conocimiento, otros de índole cosmológica y otros más de carácter moral. ¿Cómo llegó a interesarse por ellos? Para averiguarlo tenemos que evocar el final de la Primera Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra, cuando Popper pasó de la adolescencia a la juventud. Fueron tiempos especialmente duros en Viena, cabeza de un desmembrado imperio, convertida de la noche a la mañana en capital de una pequeña y casi inviable república. Los vieneses hacían leña con los árboles de sus parques para calentarse, y en las calles todo tipo de disturbios presagiaban la inminencia de la revolución. Nuestro hombre no era indiferente al ambiente, y a sus 17 años le preocupaba mucho más el advenimiento de una sociedad mas justa que la demarcación del saber. Así pues, fue la política y no la epistemología lo primero que polarizo su mente:

–¿A que edad se enfrentó por primera vez con las preguntas fundamentales de la filosofía que, entonces, determinaron su enseñanza científica?
–Las preguntas fundamentales, esto es, la pregunta por el carácter científico de las teorías y la pregunta por la seguridad o inseguridad de las afirmaciones científicas, se me presentaron en conexión con el marxismo y con mi postura critica ante él.
–Así pues, ¿una evolución hacia lo general a partir de la filosofía política?
–Si, esto era a los diecisiete años, en el año 1919.

En realidad, Koper se adhirió durante un tiempo al socialismo, al marxismo e incluso llego a considerarse de modo fugaz militante comunista. Resulta algo extraño en alguien que hoy es considerado como el patriarca de los partidos liberales y máximo promotor del individualismo en las ciencias sociales. Es un hecho paradójico que proporciona un indicio de la que, a mi juicio, es la clave esencial de Popper, esto es, la componente ética y humanista de su pensamiento. El mismo ha confesado que la causa directa de su desengaño del marxismo fue comprobar el cinismo con que algunos dirigentes comunistas de su entorno enviaban a sus camaradas para ser masacrados por la policía, con el único fin de acelerar las contradicciones del sistema. La sensibilidad moral del joven estudiante quedó estremecida por la indiferencia con que sus compañeros cambiaban dolor humano, concreto y presente, por un futurible abstracto e incierto. Desde entonces, siempre ha sostenido que los sacrificios desmedidos en pro de la utopía solo se explican por el fanatismo irracionalista, la ceguera de una razón con las espaldas vueltas a la realidad, o la pura y simple maldad. En un escrito de madurez proclama con toda rotundidad su rechazo de todos los mesianismos socio-políticos:

Luchad contra el analfabetismo como lucháis contra la delincuencia. Pero hacedlo por medios directos. Elegid lo que consideréis el mal más acuciante de la sociedad en que vivís y tratad pacientemente de convencer a la gente de que es posible librarse de él.

»Pero no tratéis de realizar estos objetivos indirectamente, diseñando y trabajando para la realización de un ideal distante de una sociedad perfecta. Por mucho que os sintáis deudores de su visión inspiradora, no penséis que estáis obligados a trabajar en su realización o que vuestra misión es abrir los ojos de otros hacia su belleza. No permitáis que vuestros sueños de un mundo maravilloso os aparten de las aspiraciones de los hombres que sufren aquí y ahora. Nuestros congéneres tienen derecho a nuestra ayuda; ninguna generación debe ser sacrificada en pro de generaciones futuras, en pro de un ideal de la felicidad que nunca puede ser realizado.

Pero si fue la ética, una ética filantrópica y antiutópica, lo que alejo a Popper del socialismo, también fue la ética lo que le llevo anteriormente a él. Un fragmento de su autobiografía da cuenta de esto y sirve para seguir profundizando en nuestro análisis:

Seguramente es este el momento para hablar de mi gran admiración por los obreros de Viena y por su gran movimiento (...), a pesar de que consideraba fatalmente erróneo el historicismo marxista de sus lideres social demócratas. Estos lideres eran capaces de inspirar en los obreros una maravillosa fe en su misión, que era, creían ellos, nada menos que la liberación del género humano. Aunque el movimiento social demócrata era en su mayoría ateo (...), la totalidad del movimiento estaba inspirado por lo que sólo puede ser descrito como una ardiente y humanitaria fe religiosa. Era un movimiento de trabajadores decididos a educarse a sí mismos con vistas a cumplir su "misión histórica"; a emanciparse por si mismos y ayudar así a liberar al género humano; y por encima de todo, a terminar con la guerra. En su escaso tiempo libre, muchos de ellos, jóvenes y viejos, asistían a cursos de extensión cultural (...) Mostraban un gran interés no solo en su propia educación, sino en la educación de sus hijos y en mejorar las condiciones domesticas. Se trataba de un programa admirable. En su vida privada, mostrando en ocasiones quizá un toque de pedantería, sustituyeron el alcohol por el montañismo, el swing por la música clásica, la novela de misterio por la lectura seria. Todas estas actividades pacíficas eran realizadas en una atmósfera envenenada por el fascismo y una latente guerra civil; y también, lo que es más triste aun, por las repetidas y confusas amenazas de sus lideres de abandonar los métodos democráticos y recurrir a la violencia –un legado de la ambigua actitud de Marx y Engels– (...). Durante años permanecí siendo socialista, incluso después de mi rechazo del marxismo; y si pudiera haber una cosa tal como el socialismo combinado con la libertad individual, seguiría aun siendo socialista».

Toda la vida de Popper esta teñida, al igual que la socialdemocracia de entreguerras, por una especie de religión sin Dios, que se resuelve en un esfuerzo denodado por superar, sobre la base de los valores humanísticos, el desarraigo inicial. Sus mayores fueron judíos que abandonaron la fe mosaica y adoptaron sin gran convicción el protestantismo, por puro afán de asimilarse. El padre era un liberal radical, que se vio en el apurado trance de recibir por sus trabajos en pro de los desamparados una distinción del imperio, institución que personalmente rechazaba. Al menos él hallaba en la masonería un apoyo para sustentar los valores que defendía, pero su hijo declara no haberse sentido atraído nunca por ella. En cambio, si parece haber heredado de él la fe en la bondad de los instintos del hombre, cuando no son extraviados por las disparatadas doctrinales que es capaz de producir su mente. El siguiente texto, perteneciente a uno de sus bien conocidos ataques a Platón, da testimonio de ello:

«Se ha dicho solo con demasiada verdad que Platón fue el inventor de nuestras escuelas secundarias y nuestras universidades. No creo que haya mejor argumento para trazar un cuadro optimista de la humanidad, ni mejor prueba del indestructible amor de los hombres a la verdad y a la decencia, de su originalidad, tenacidad y salud, que el hecho de que este devastador sistema educacional no los haya arruinado por completo. Pese a la traición de tantos de sus jefes, los hay todavía, y en gran numero, viejos y jóvenes, que conservan su decencia, inteligencia y dedicación al trabajo».

Aquí vuelve a surgir el tema de lo individual, que constituye un motivo central de la reflexión política de Karl Popper, especialmente en lo que se refiere a la definición de las fronteras que separan la esfera de lo privado y el ámbito de lo comunitario. Dicho de un modo muy grosero, Popper mantiene el criterio de que a los individuos compete la búsqueda positiva de la felicidad, mientras que los políticos y funcionarios deben limitarse a plantear la lucha contra la desgracia:

«En resumen, mi tesis es que la miseria humana es el problema más urgente de una política publica racional, y que la felicidad no constituye un problema semejante. El logro de la felicidad debe ser dejado a nuestros esfuerzos privados».

Éstas sí son las palabras que uno espera oír de un liberal: es el ciudadano quien realiza el bien; el político bastante tiene con evitar el mal. Claro es que Popper dice algo más que eso: la lucha contra la injusticia y las desigualdades puede y debe tener un peso especifico propio en la vida social. A pesar de todo, lo cierto es que la función más delicada y decisiva de la existencia humana es atribuida a la intimidad inalienable de cada cual. ¿Por qué? La causa estriba, en mi opinión, en la idea de libertad, uno de los dos problemas fundamentales aludidos en el título de este trabajo. Popper piensa que todo lo que es racionalizable se puede universalizar y resolver de forma idéntica, normalizada; pero alli donde la libertad despliega sus alas no caben racionalizaciones y, por tanto, no hay baremos, pautas ni plantillas que pueden ser aplicadas mecanicamente a una pluralidad de casos. Si el destino de los hombres ha de quedar definido por la libertad, no debemos robar a cada miembro de la especie el protagonismo de su propia existencia. Nadie esta legitimado para enajenarle tal responsabilidad; nadie ni nada puede convertir la historia en expresión de un proyecto único, o de una evolución predeterminada con la que todos han de convenir de grado o por fuerza.

«El Político de Platón compone ciudades, movido tan solo, por la búsqueda de la belleza.»

«Pero esto ya no es admisible. No es posible creer que las vidas humanas puedan convertirse en medio para satisfacer el deseo estético de un artista de expresarse a sí mismo. Debe exigirse, más bien, que cada individuo disponga, si lo desea, del derecho a modelar su propia vida, en la medida en que no interfiera con los deseos de los demás. Pese a todo lo que podamos simpatizar con el impulso estético, cabe sugerir que el artista debe buscar otro material para expresarse. Y debe exigirse que la política sustente principios igualitaristas e individualistas; los sueños de belleza deben subordinarse a la necesidad de ayudar a los desvalidos y a las victimas de la injusticia, y a la necesidad de construir instituciones con estos fines».

Popper impugna la pretension de emplear a los hombres como material en la construcción de un proyecto político que no mire a los hombres mismos en función de su libertad personal e intrasferible. Es una manera de condenar al «héroe», a individuos como Alejandro Magno, Cesar, Napoleón y a todos los que, cegados por el ansia de poder u obsesionados por un delirio de grandeza, se han olvidado de la sangre con que tuvo que ser pagada la realización de sus sueños. De igual manera reprueba el «historicismo», esto es, la doctrina que afirma que la historia no es el escenario en el que se plasman los proyectos de los grandes genios, ni tampoco el ámbito donde cada miembro de la especie desarrolla su pequeña e irrepetible epopeya, sino un proceso necesario que obedece a una lógica que podemos descubrir, formular y proyectar hacia el futuro. Ahora bien, si ninguna libertad individual ha de ser sacrificada a las creaciones libres de determinados sujetos, ni a la supuesta necesidad de los «vientos de la historia» soplando en la dirección prevista por este o aquel sistema, tampoco, concluye Popper, cabe buscarle un sentido último a la historia misma en su conjunto:

«No niego que es tan justificado interpretar la historia desde el punto de vista cristiano como desde cualquier otro punto de vista, y debiera insistirse ciertamente, por ejemplo, en lo mucho que deben nuestros objetivos y fines occidentales –el humanitarismo, la libertad y la igualdad– a la influencia del cristianismo. Pero al mismo tiempo la única actitud racional, como así también la única actitud cristiana hacia la historia de la libertad, consiste en considerarnos a nosotros mismos responsables de ella, en el mismo sentido en que lo somos del destino que hemos dado a nuestra vida, y en admitir que solo nuestra conciencia debe juzgarnos y no nuestro éxito en el mundo. La teoría de que Dios se revela a sí mismo y descubre su juicio en la historia en nada se diferencia de la teoría de que el éxito mundano es el juez último de nuestros actos: desemboca, así, en el mismo resultado que la doctrina de que la historia debe juzgar, es decir, de que la fuerza futura es derecho (...) La vida del individuo olvidado, desconocido; sus pesares y alegrias, su padecimiento y su muerte: he aqui el verdadero contenido de la experiencia humana a traves de las epocas. Si la historia pudiera contarnos eso, entonces no diría yo, por cierto, que es una blasfemia ver en ella la mano de Dios. Pero no existe ni puede existir una historia semejante, y toda la historia existente, la historia de los Grandes y Poderosos es, en el mejor de los casos, una comedia superficial».

Popper no abriga en modo alguno una actitud hostil hacia el cristianismo. Cuando, exilado en Nueva Zelanda y en medio de las tribulaciones de la última guerra, escribe La sociedad abierta y sus enemigos, encuentra en la religión cristiana uno de los escasos aliados que el hombre ilustrado racionalista puede encontrar frente a la furia desatada del historicismo y el irracionalismo. Pero insta a los cristianos a que renuncien a dotar a la historia de un contenido teológico. Podría pensarse que no acierta a hacerse otra imagen de la Providencia que la que ofrecen las torpes secularizaciones encarnadas por Iltre. O la dictadura del proletariado, y que no encuentra otro modo de conciliar la libertad individual y el destino colectivo que las «astucias de la razón» de la filosofa hegeliana. Pero si leemos el último texto con mayor detenimiento, veremos que contra lo que en el fondo va es contra las reducciones de la teología a la historia, contra los falsos mesianismos que dan todo el sentido del cristianismo en la construcción de una nueva tierra. Admite que Dios puede ser encontrado en la verdadera historia, escrita en el corazón de cada uno de los hombres, y no en la que figura en las leyendas de los arcos triunfales y las estelas conmemorativas.

En cualquier caso, estimo que debe ser consignado y apreciado en su justo valor el hecho de que Popper es uno de los pocos autores contemporaneos que, proviniendo de una tradición laica y cientificista, y haciéndose portavoz de la modernidad, ha edificado una filosofa del hombre y la sociedad basada en una noción positiva de la libertad, y no en una afirmación exclusivamente formal de ella. Hace mucho mas que hablar de «ausencia de coacciones externas» y otras formulas equiparables. Para él, aceptar la libertad implica asumir la existencia de sujetos que, desde el punto de vista físico, se comportan como motores inmóviles:

«No hay ninguna razón (como no sea la aceptación de un erróneo determinismo físico) por la cual no puedan interactuar los estados mentales y los estados físicos. (El viejo argumento de que cosas diferentes no pueden interactuar se basaba en una teoría de la causalidad superada hace ya mucho tiempo).

»Si actuamos por haber recibido la influencia de la captación de una relación abstracta, iniciamos cadenas causales físicas que no tienen suficientes antecedentes causales fisicos. Somos, entonces, los "primeros motores" o los creadores de una "cadena causal" física».

En mi opinión, un merito muy destacado de la filosofa popperiana es su extraordinaria coherencia. Presas de un prejuicio antiespiritualista, casi todas las concepciones de los dos últimos siglos autodefinidas como «progresistas» se han negado a reconocer un valor ontológico a la libertad, incurriendo en la inconsistencia de defender en el terreno practico lo que negaban en el teórico. Popper es demasiado buen lógico como para poder cerrar los ojos ante este vicio argumental y, decidido a dar acomodo a la libertad, acoge igualmente todos sus presupuestos y se coloca en una posición que esta lejos de ser popular entre los intelectuales de moda:

«Pienso que siempre fui un dualista cartesiano (aun cuando nunca pensé que debiéramos hablar acerca de "sustancias"); y si no un dualista, estuve ciertamente mas inclinado al pluralismo que al monismo».

Entre las fuentes de su propia concepción ético-antropológica, Popper destaca, junto a la inspiración cristiana, dos grandes figuras: Socrates y Kant:

«Al menos en el campo de la teoría ética (no incluyo el Sermón de la Montaña) con su literatura casi infinita, no puedo recordar haber leído nada bueno y notable, excepto la Apología de Sócrates de Platón (en donde la teoría Ética juega un papel subsidiario), algunas de las obras de Kant, especialmente su Fundamentación de la metafísica de las costumbres (cuyo éxito dista mucho de ser exagerado) y las coplas elegiacas de Friedrich Schiller, que ingeniosamente critican el rigorismo de Kant. Tal vez debiera añadir a la lista los Dos problemas fundamentales de la Ética, de Schopenhauer.

La influencia de Kant es especialmente visible. Ambos pensadores establecen fuertes vínculos entre la filosofía moral y la filosofa de la libertad, que llegan a formar dos caras de una misma moneda: la capacidad del hombre para determinarse moralmente es él factum sobre el que se apoya la aceptación de la libertad y, por otro lado, el analisis de las condiciones de la accion libre sirve para depurar la doctrina etica. En cualquier caso, Popper es consciente de la conveniencia de «humanizar» la intransigente doctrina del fundador del idealismo crítico, y en este sentido alude a los siguientes versos de Schiller:

«¡Amigos, que placer es serviros!», pero lo hago por honda inclinación. Y no, en consecuencia, lo que mucho me duele, por virtud. ¿Que puedo hacer entonces? Tendré que enseñarme a aborreceros y, con disgusto de mi corazón, serviros como manda el deber».

Para seguir profundizando en la filosofa práctica de Popper, tendríamos que examinar los aspectos más característicos de su filosofía teórica. Esto ocurre incluso a nivel biográfico: el desengaño de la enseñanza de los «falsos profetas» Marx, Freud y Adler coincide con el descubrimiento de la «verdadera ciencia» de la mano de Einstein. Es entonces cuando se propone como tarea encontrar un criterio fiable de demarcación para distinguir la ciencia de la pseudo-ciencia. Popper ha insistido en que la demarcación y la inducción son los dos problemas más importantes abordados por su teoría del conocimiento. Yo creo, sin embargo, que hay otro todavía más decisivo, y que forma, junto con el de la libertad, el eje sobre el que gira todo su pensamiento. Me estoy refiriendo al problema de la verdad. Si la libertad es el Leitmotiv de la filosofa practica de Popper, la verdad lo es de su filosofía teórica. Aquí tropezamos de nuevo con una idea poco acorde con los gustos al uso. No obstante, Popper, que se ha definido a sí mismo como «un rezagado de la Ilustración», nunca se ha sentido inclinado a entrar en los predios de la postmodernidad, y por eso acepta sin complejos la sencilla doctrina de que no hay acción humana sin libertad ontológica, ni conocimiento genuino sin una idea de verdad como correspondencia entre los contenidos de la mente y la realidad. Es cierto que no se atrevió a hablar en voz alta de ellos hasta que descubrió la solución que Tarski había dado al problema en su vertiente lógica. Tarski, a quien se debe la introducción del punto de vista semántico en la lógica contemporánea, propuso la siguiente formula aparentemente trivial: «Una frase tal como "la hierba es verde" es verdad si y solo si la hierba es verde. » Con esto llamaba la atención sobre el hecho de que el lenguaje natural tiene la capacidad de referirse tanto a sus propias formulas como a lo que estas formulas significan, revelando así una dimensión que trasciende a las relaciones sintácticas, que son inmanentes al lenguaje mismo. Por consiguiente, no hay lenguaje sin algo que trascienda al lenguaje mismo. No era otra cosa lo que andaba buscando el joven Popper. Su punto de partida era que para que algo pudiera ser verdad, tenía primero que afrontar el riesgo del error. Aquí estaba el defecto de las grandes teorías que tanto entusiasmaban a sus compañeros. Explicaban muchas cosas, tantas, que en realidad eran demasiadas, porque podían esclarecer igualmente bien cualquier acontecimiento que se produjese, y por eso mismo eran incapaces de hacer pronósticos que excluyeran a priori ciertas eventualidades. Por si fuera poco, disponían hasta de argumentos para descalificar las criticas a sus formulaciones. He aquí como censura Popper un tipo de actitud pseudo-teórica que conocemos muy bien todos los que hemos sido estudiantes a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta:

«... al ocuparnos del "marxismo vulgar" mencionamos ciertas tendencias que pueden observarse en un grupo de filosofas modernas, a saber, la de revelar los móviles ocultos que yacen detrás de nuestras acciones (...) La popularidad de estas concepciones reside, a mi entender, en la facilidad con que pueden aplicarse y en la satisfacción que confieren a aquellos que creen ver a través de las cosas la insensatez de los profanos. Este placer seria inofensivo si no tendiesen todas estas ideas a destruir la base intelectual de la polémica al establecer lo que hemos llamado un "dogmatismo dos veces dogmático". Esto sucede efectivamente con el hegelianismo, que no tiene empacho en declarar la admisibilidad y aun la conveniencia de las contradicciones (...) Lo mismo ocurre con el psicoanálisis: el psicoanalista siempre puede explicar cualquier objeción demostrando que esta se debe a las represiones del crítico. Y los filósofos del significado no tienen más que señalar, a su vez, que lo que sostienen sus adversarios carece de sentido; lo que siempre sera cierto, puesto que la ausencia de sentido puede definirse en forma tal que cualquier polemica resulte, por definicion, carente de sentido. En forma semejante, los marxistas suelen atribuir la disidencia de un adversario a un prejuicio de clase, y los sociólogos del conocimiento a su ideología total. Estos métodos son a la vez fáciles de manejar y ricos en satisfacciones para los que los esgrimen. Pero es evidente que destruyen la base de la argumentación racional y deben conducir, finalmente, al antirracionalismo y al misticismo.

»Pese a estos peligros, no vemos por que habremos de privarnos por completo del placer que reporta el uso de estos métodos. En efecto, justamente al igual que los psicoanalistas, que son a quienes mejor se aplica el psicoanálisis, los socioanalistas nos incitan con fuerza irreprimible a aplicarles sus propios métodos, pues ¿no es una descripción de una clase intelectual apenas arraigada en la tradición, un cuadro en extremo preciso de su propio grupo social?»

Frente al doble dogmatismo de quienes además de rechazar la posibilidad de equivocarse convierten las objeciones que se les hacen en otras tantas confirmaciones de sus asertos, están los que no solo tienen la humildad de admitir que tal vez se han equivocado, sino que además colaboran activamente con sus críticos para descubrir los errores que hayan podido cometer. Todos conocemos ejemplos de ambos tipos de conducta. Recuerdo que hace poco un «vidente» predijo su propia muerte a plazo fijo y, cuando pasó la fatídica fecha y sobrevivió a ella achaco el incumplimiento de la profecía a las precauciones que había tornado para reservar su amenazada salud. Albert Einstein, en cambio, anuncio que si la luz de las estrellas se desviase al pasar por las proximidades del Sol menos que una cantidad definida, admitiría el fracaso de toda su teoría. Como la predicción resultó buena, no se pudo comprobar si realmente estaba dispuesto a tirar al cesto de los papeles toda la relatividad generalizada, pero Popper siempre ha estado convencido que, de verse en tan penoso trance, la conducta del celebérrimo sabio no hubiera sido otra. Esta es la razón, supongo, de que con ayuda de la física hayamos ido a la Luna, mientras que los cálculos de los astrólogos despiertan alternativamente la fe de los adictos y el rechazo de los desengañados.

Se trata, en definitiva, de una constatación bastante elemental y, sin embargo, en ella radica la idea central del sistema de Popper, porque esta en la raíz del refutacionismo, doctrina que impregna toda su filosofía del conocimiento e incluso todos sus escritos, puesto que aparece aplicada en campos tan diversos como la teoría de la educación, la filosofía del lenguaje, la teoría de la evolución o las reflexiones sobre la música. Podríamos preguntarnos si no resultara pobre y pedestre un sistema en que se confiere tanta importancia a una consideración tan poco sofisticada. Puede que sea así, aunque también hay argumentos en contra de los que creen indispensable emplear una gran cantidad de principios y además exigen que tengan un carácter excelso y sublime. Por ejemplo, pocos conceptos hay más sencillos que los de triangulo o circunferencia, a pesar de lo cual apenas ha bastado el esfuerzo mancomunado de todos los matemáticos del mundo para empezar a explorar la inmensa cantidad de relaciones y propiedades que resultan de su definición. Recuerdo haber leído alguna vez que los grandes filósofos no se distinguen por la riqueza y variedad de sus ideas, sino por la sagacidad con que saben desenredar la madeja de misterios que nos envuelve tirando con infatigable tesón de un modesto cabo suelto en el que nadie había reparado antes. Si esa opinión es justa, Popper tiene derecho a reclamar su puesto en el panteón filosófico, precisamente por haber sido capaz de elaborar todo un sistema partiendo del siguiente destello: solo podemos acercarnos a la verdad guiádonos por su sombra.

Antes he dicho que para Popper la verdad es algo que no se deja reducir al lenguaje, ni al pensamiento, ni tampoco a la relación que hay entre ambos. La verdad hay que entenderlo como ajuste y correspondencia entre estas instancias y la realidad. Hay pues, un compromiso inequívoco con el realismo ontológico, repetidas veces reconocido por nuestro filosofo. Ahora bien, ¿cómo consigue referirse a la realidad un nieto de Kant, un hijo de Schopenhauer, un hermano de Mach y Carnap? Ni siquiera la tan celebrad; doctrina tarskiana de la verdad avanza un solo paso en el esclarecimiento de enigma, puesto que únicamente sirve para desenmascarar la pretensión de esconder el problema tras la sintaxis lógica del lenguaje. Dicho de un modo vulgar, la solución de Popper tiene bastante que ver con el dicho de que uno no sabe lo que es la salud más que cuando la pierde». De modo parecido, podría agregar él, sólo vislumbramos que pueda ser la verdad cuando nos enfrentamos a la evidencia de haber errado. Popper comparte con su enemigo Platón la convicción de que 1a Verdad misma es como el Sol, que no puede ser visto cara a cara por el hombre de la caverna. Ciertamente, es menos optimisma que, el ateniense sobre la posibilidad de romper las cadenas que nos tienen confinados dentro de la cueva; en eso consistiría precisamente su empirismo. Pero los habitantes de la caverna popperiana no pierden el tiempo lamentándose por estar obligados a dar la espalda a la verdad: se dedican a forjar conjetura sobre como podría ser ésta; construyen modelos de acuerdo con estas fantasias y proyectan las sombras de su modelos sobre la pared que tienen en frente, para ver si tales sombras concuerdan con las sombras que produce la realidad misma que se les oculta. Tras profundas reflexiones y prolongados debates han decidido que, aun cuando ambos tipos de sombras coincidan en algunas e incluso muchas ocasiones, no les es licito tomar sus modelos, esto es, sus teorías, por la verdad misma: siempre seguirán siendo meras hipótesis. Bastara con que se produzca una sola discrepancia insalvable entre la sombra pronosticada y la realmente observada, para que desechen sin dudarlo la conjetura así refutada, y se apliquen con ahínco a desarrollar un nuevo modelo para colocarlo a continuación en todas las posiciones y ángulos concebibles, hasta que detectan un nuevo error en su configuración. Si en esa cueva conviviesen discípulos de Platón con estos afanosos seguidores de Popper, se mofarían de ellos y de sus ingenuos juguetes, mientras que estos despreciarían los esfuerzos de aquellos para dar a sus cuellos un imposible giro de 180°, con el fin de contemplar la verdad cara a cara, intuyendo lo abstracto y universal.

Así comprobamos una vez mas la fecundidad del mito de la caverna para plasmar las más variadas soluciones al problema del conocimiento. Los elementos son siempre los mismos, pero tengo la impresión de que Popper ha conseguido combinarlos de una forma novedosa y prometedora. Para él, la conquista de la verdad es un proceso histórico-evolutivo. Defiende que el hombre nunca abandonara la condición de simple amante del saber, puesto que la sabiduría que obtiene siempre es perfectible. Nunca llegara a estar en posesión de la verdad, pero eso no le impide caminar esforzadamente en pos de ella con la confianza de estar cada vez un poco mas cerca de la inalcanzable dama. Ha habido muchos que han pensado y dicho lo mismo antes que Popper, pero este ha añadido algunos detalles nuevos que enriquecen el viejo cuadro. Anteriormente, por ejemplo, se solía admitir que, si no podemos tocar la verdad con la mano, al menos es posible llegar a vislumbrar en la lejanía los borrosos contornos de su rostro. Popper enseña, en cambio, que, sin ser una quimera, la verdad tampoco es algo que entre dentro de nuestro horizonte. Su lugar esta siempre ocupado por las representaciones artificiales que nos hemos hecho de ella. Si no llegamos a extraviarnos por completo al proceder así, es porque una voz procedente de las más altas instancias nos advierte de vez en cuando sobre la impropiedad de los ídolos que hemos fabricado. Son indicaciones puramente negativas, pero bastan si procedemos juiciosamente, e impiden que seamos víctimas de un juego cruel en el que nunca podríamos ganar. No constituye un fracaso el hecho de que toda teoría esta destinada a ser refutada. Popper pretende, por el contrario, que cuando la refutación se produce debemos celebrarlo como un éxito:

«A menudo las refutaciones han sido consideradas como el fracaso de un científico o, al menos, de su teoría. Es menester destacar que este es un error inductivista. Toda refutación debe ser considerada como un gran éxito; no solamente del científico que refutó la teoría, sino también del científico que creo la teoría refutada y, así, sugirió en primera instancia, aunque solo fuera indirectamente, el experimento refutador».

Aunque no carezcan de justificación, estas afirmaciones me parecen exageradas, puesto que fácilmente podemos producir a discreción todo tipo de teorías refutables. Incluso si se matiza que solo son deseables las teorías cuya refutación implique un incremento apreciable del saber empírico y un mayor estrechamiento del cerco que hemos establecido en torno a la verdad, resultaría demasiado penoso recibir continuos desplantes por su parte. No hay amante que pueda soportar verse rechazado una y otra vez, aunque le quepa el consuelo de que su proximidad a la persona amada sea tolerada implícitamente. Por eso, Popper acaba moderando su rigor refutacionista y admite que es bueno, confortante y deseable que las predicciones de nuestras teorías reciban con frecuencia la corroboración empírica:

No sólo es necesario elaborar nuevas predicciones de este tipo, sino que también deben ser corroboradas con razonable frecuencia por datos experimentales para que continue el progreso científico.

»Necesitamos esta clase de éxitos. No es por nada que las grandes teorías de la ciencia han significado todas una gran conquista de lo desconocido, un nuevo éxito en la predicción de fenómenos en los que nunca se había pensado antes. (...) Una sucesión ininterrumpida de teorías refutadas pronto nos dejaría perplejos y desanimados pues no tendríamos ningún indicio acerca de las partes de esas teorías –o de nuestro conocimiento básico– a la cuales atribuir, tentativamente, el fracaso.

Lo dicho hasta aquí puede servir para bosquejar el tratamiento que da Popper a los problemas fundamentales de su pensamiento, y explorar e alcance de la contribución que ha realizado a su resolución. No quiero finalizar este análisis sin añadir al menos una acotación crítica, con la esperanza de que pueda ser relevante y asumible por un defensor tan decidido de la perfectibilidad de las teorías. Se refiere, en particular, a la actitud popperiana ante la metafísica. Popper ha dicho que su tratamiento del problema de la demarcación se refiere mas a la distinción ciencia/pseudociencia que a la oposición fisica/metafisica. Ello no le ha impedido que acabe identificando la metafísica con un tipo de teoría irrefutable, y que haya hecho de ella algo equivalente a pseudociencias tales como el marxismo vulgar, o la psicología de Adler, quien, según cuenta, era capaz de resolver un caso difícil sin ver al enfermo siquiera. Creo que, al convertir la metafísica en un sinónimo de este tipo de doctrinas, Popper piensa ante todo en la filosofía hegeliana, y he de confesar que en este caso particular estoy bastante de acuerdo con él. Pero la metafísica es mucho más que eso, como él mismo afirma incluso explícitamente, si bien de un modo confuso y tortuoso. En efecto: por una parte reconoce que las doctrinas metafísicas, como los mitos, constituyen la fuente inspiradora de nuevas hipótesis científicas. Deben, pues, ser respetadas como semilleros de la ciencia. Sin embargo, se manifiesta decididamente contrario a las explicaciones «últimas», como cuando dice:

«Creo que el esencialismo es insostenible. Implica la idea de una explicación última, pues una explicación esencialista no necesita ni admite ulterior explicación».

A lo cual cabe replicar que, suponiendo que el conocimiento sea siempre perfectible, es cierto que no puede haber explicaciones «últimas» en el orden del tiempo, pero si puede haberlas en el orden lógico: nada se opone a que se formulen con pleno sentido conjeturas sobre las estructuras más radicales de la realidad, y aún más cuando el propio Popper reconoce que las fronteras entre lo científico y lo filosófico son bastante permeables:

«Como hemos visto, la solución de los problemas puede atravesar las fronteras de muchas ciencias. Análogamente, un problema puede ser correctamente calificado de "filosófico" si hallamos que, aunque haya surgido originariamente en conexión con la teoría atómica, por ejemplo, esta más estrechamente vinculado con los problemas y teorías que han discutido los filósofos que con teorías abordadas actualmente por los físicos».

De acuerdo con esto, la separación entre los dos campos es más un asunto histórico que lógico. En otras ocasiones sugiere que el transito de uno a otro lo marca la amplitud de su contenido:

«Una y otra vez se proponen ciertas sugerencias –conjeturas, o teorías– de todos los niveles posibles de universidad; las teorias que se encuentran en un nivel de universalidad demasiado elevado, como si dijéramos (esto es, demasiado lejos del nivel alcanzado por la ciencia que en aquel momento es susceptible de contrastación), darán lugar, quizá a un "sistema metafisico"».

En definitiva, Popper se acaba refugiando en la idea de la falta de contrastabilidad empírica como rasgo diferenciador de la metafísica frente a la ciencia, lo cual le obliga entre otras cosas a decir que la teoría darwiniana de la evolución y todas sus prolongaciones posteriores no pertenecen a la ciencia, sino a un "programa metafísico de investigación". Y por otro lado tiene que advertir que:

«... toda teoría racional, sea científica o filosófica, es racional en la medida que trata de resolver ciertos problemas, (...) pero (...) entonces la teoría se presta inmediatamente a la discusión crítica, aunque no sea empírica ni refutable».

No se da cuenta de que, a su vez, las fronteras entre la discusión crítica y la contrastación empírica son harto borrosas y cuestionables. Aquí se abren nuevos interrogantes que decididamente renuncio a tratar en este momento. Concluiré esta exposición diciendo que en el aburrido panorama de la filosofía actual, el pensamiento de Popper conserva muchas de las virtudes de las grandes filosofas de antaño: incide en cuestiones que conciernen a los genuinos intereses de nuestra existencia, en vez de adormecernos con ejercicios de escolasticismo vacío como tantos de sus colegas. Su lectura podrá convencernos o suscitara en nosotros profundas discrepancias y ganas de contradecirle, pero al menos nunca nos hará perder el tiempo. 0

Bibliografía

1. Karl Popper, Búsqueda sin termino, Madrid, Tecnos, 1977.
2. Karl Popper, Sociedad abierta, universo abierto. Conversación con Franz Kreuzer, Madrid, Tecnos, 1984.
3. Karl Popper, El desarrollo del conocimiento científico, Buenos Aires, Paidbs, 1967.
4. Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Barcelona, Orbis, 1984.



Publicado en el nº10 de la Revista Atlántida
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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

20/07/2005 ir arriba
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