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LA ANTROPOLOGÍA EN EL PENSAMIE

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La antropología en el pensamiento de la Grecia clasica

LA ANTROPOLOGÍA EN EL PENSAMIENTO DE LA GRECIA CLÁSICA
 

Lo diferencial del hombre en el pensamiento griego clásico es el tener. El hombre, según ellos, es un «ser que posee». Pero entre los autores cabe distinguir diversos tipos de posesión.

Algunos autores se fijan en el tener práctico; otros, como los sofistas, en la posesión del lenguaje, y con él la del poder o de la fama. Para Sócrates el hombre es el ser capaz de poseer virtudes. Otros como Aristóteles describen lo diferencial del hombre como un animal que posee razón, logos. Para los helenistas, según variantes, el hombre es un ser que tiene a la mano asuntos placenteros, o que es capaz de ética, o de sociedad, o dotado de cuerpo, etc. Para los neoplatónicos el hombre fundamentalmente es un ser con pensamiento.

A su vez, la dimensión social del tener en el pensamiento griego es manifiesta, pues todos estos "teneres" se ejercen no sólo respecto de sí sino también respecto de los demás, de modo que el reconocimiento social, el honor, es pieza clave ineludible para una vida buena lograda[1].

Sócrates (470–399 a. C.)

Sócrates es el primero de los clásicos que centra su atención filosófica en el hombre, no quedándose en el de la naturaleza física. Sócrates entregó su vida por la verdad. Su ejemplo quedó esculpido en la vida de sus discípulos, especialmente en la de Platón y Aristóteles. Como es sabido, uno de los pilares de la ética socrática es la virtud (areté). El otro es la ley (nómos). Sócrates es la encarnación de estas dos bases que permiten que uno se considere miembro de una ciudad (pólis).

Para Sócrates –al menos en lo que refieren los Diálogos platónicos– del hombre no importa tanto su hacer como su alma. El hombre es su alma. El cuerpo es el instrumento del que se sirve el alma, siendo ésta invisible y de naturaleza divina. La espiritualidad del alma la deduce del pensar. En efecto, el universal[2] es un gran descubrimiento de Sócrates, un objeto propio del pensar que trasciende la realidad física singular, reino de lo particular. Tras ese hallazgo, el fin que buscará este autor no es utilitario, práctico, sino la mejora interna de la propia alma. Se trata del descubrimiento de la virtud y, en consecuencia, de la ética. La virtud perfecciona intrínsecamente al alma. De ahí el que "el mayor mal no es sufrir la injusticia, sino cometerla"[3], porque cuando uno la comete se vuelve injusto él mismo, se autocastiga; no cuando la sufre. No obstante, no cabe virtud sin sabiduría práctica, es decir, sin «prudencia». Por tanto, para él el mal siempre se comete por «ignorancia». Tal sabiduría apunta al bien, a la consecución de la «felicidad».

El planteamiento socrático cuenta con grandes aciertos, como el del descubrimiento de la «inducción» (el paso del conocimiento de lo particular a lo universal), del «universal», y de la virtud, la dimensión social humana, etc., que son piezas maestras para descubrir la índole inmaterial e inmortal del «alma», la índole relacional del hombre, su apertura a la trascendencia, etc. Sin embargo, también es rectificable en algunos puntos, como el referente a la propuesta que imputa como causa del mal a la ignorancia. No siempre es así, porque a veces el hombre hace a sabiendas lo malo, por «mala voluntad». Esas rectificaciones al llamado «intelectualismo ético socrático»[4] vendrán de manos de Aristóteles.

El dualismo de Platón (427–347 a. C.)

El pensamiento platónico es deudor de las corrientes de pensamiento presocráticas que postulan el dualismo de la radical separación del cuerpo y el alma. Tanto el orfismo como los pitagóricos, por ejemplo, habla de la transmigración de las almas y de la reencarnación y entienden el cuerpo como “cárcel del alma”. Después de Aristóteles nos parece descabellado pensar que cualquier alma pueda descender a cualquier cuerpo, pero en culturas orientales aún hoy perdura esta creencia. La prohibición de no comer la carne de determinados animales tiene posiblemente aquí su origen. El problema del dualismo es que no explica bien la unión del cuerpo y el alma.

Para Platón la antropología es más bien psicología (tratado del alma), pues sostiene que el hombre es, ante todo, alma, que describe como substancia subsistente, simple, única, inmaterial, espiritual, supraterrena, eterna e invisible, unida accidentalmente al cuerpo. Es el alma independiente del cuerpo y no sólo inmortal sino preexistente al cuerpo, y por ello, se admite para todo hombre la «encarnación»[5]. La preexistencia la intenta demostrar a través de la tesis de la «reminiscencia», es decir, del recuerdo. El cuerpo es la "cárcel del alma", y la tarea del hombre en esta vida es prepararse para la definitiva liberación. La antropología platónica tendrá gran influencia en el pensamiento cristiano, sobre todo en la edad media.

El alma humana es triple, es decir, posee tres principios diferentes: el alma concupiscible, principio de los apetitos sensibles, ínsita en el vientre; la irascible, que impulsa al valor, inscrita en el pecho; y la racional, principio de la ciencia y de la virtud, radicada en la cabeza. De esas tres es sólo esta última la que es inmortal y simple. Su origen procede del Demiurgo, un dios. Radicada en el cuerpo, el alma está en él por una caída, como en una cárcel. Su respecto a él es el de ser auriga, el de conducir sus movimientos, siendo estos movimientos dobles: los irascibles y los concupiscibles. Si logra el dominio de ellos, tras la muerte pasa a la inmortalidad contemplando el Mundo de las Ideas. De lo contrario, debe «transmigrar» (influencia «pitagórica» y del «orfismo») de cuerpo en cuerpo hasta que se purifique.

El aporte antropológico platónico cuenta con grandes aciertos: el protagonismo del alma, su inmortalidad, el papel rector de ésta sobre el cuerpo, etc. Pero también cuenta con desaciertos innegables: el dualismo alma-cuerpo, la visión tripartita del alma, las opiniones de la «encarnación» y «reencarnación», etc. Será Aristóteles, su mejor discípulo, el que establecerá las rectificaciones pertinentes a estos planteamientos. La influencia de Platón a lo largo de la historia del pensamiento queda fuera de toda duda.

La psicología de Aristóteles (384–322 a. C.)

En Aristóteles hay un mayor desarrollo de la psicología que de la antropología. El alma es el principio de la vida, el acto primero del cuerpo físico orgánico, que tiene vida en potencia; una forma que actualiza el cuerpo, dotada de entendimiento y voluntad. Alma y cuerpo forman, por tanto, «un sólo compuesto», no dos sustancias heterogéneas, sino una única sustancia o naturaleza compuesta de materia y forma. Es la superación del dualismo platónico.

El libro I del De Anima aristotélico es una exposición y una crítica a toda la psicología precedente. Rechaza la tesis del alma armonía y del alma como número automotor (pitagóricos), así como la de los que ponen en su substancia algún elemento físico o mezclas de ellos (presocráticos). Para Aristóteles el «intelecto es una entidad independiente, no sometida a corrupción; es impasible y lo más divino en nosotros». Tampoco el alma es un cuerpo sutil, porque entonces habrían dos cuerpos en el mismo lugar. Ni es un número, porque hay números que no poseen alma, los que miden realidades exclusivamente materiales. Ni es mezcla constituida a partir de elementos ni tampoco se halla mezclada con la totalidad del Universo porque el alma no es divisible. Más aún, mantiene unido al cuerpo puesto que al alejarse ella, éste se disgrega y se destruye.

En el libro II recurre a la doctrina expuesta en el libro de la Metafísica para definir el alma como acto[6]; esto es, acto primero de un cuerpo natural que tiene vida en potencia; es decir, de un «organismo»; un cuerpo natural organizado; un cuerpo natural que posee en sí mismo el principio del movimiento y del reposo. Existe una composición evidente entre alma y materia, más que entre alma y cuerpo, que sería el planteamiento cartesiano. Sin alma no hay cuerpo: hay apariencia de cuerpo (cadáver). En el cuerpo organizado está el alma informando la materia; alma es acto, materia es potencia. Llegará a decir Aristóteles que si el ojo fuera un ser vivo, su alma sería la vista (el acto del ojo).

Ciertas facultades del alma, además, no son separables del cuerpo. En cambio el intelecto puede darse separado del cuerpo, como lo eterno de lo corruptible. Esto es importante, porque si el alma puede ejercer alguna función sin el cuerpo, entonces podrá subsistir sin él. El intelecto permite demostrar la inmortalidad del alma.

El libro III comienza con el estudio de las potencias cognoscitivas sensibles internas: el «sensorio común» y la «imaginación». Luego pasa a escrutar las potencias del alma sin soporte orgánico, que son las superiores. Estas son el entendimiento y la voluntad. El primero, también llamado «entendimiento posible» o «paciente»[7], que de entrada es –declara– como una tablilla de cera en la que no hay nada escrito, pero que está abierto a conocer todas las cosas. Al conocerlas la razón las posee, pero no físicamente sino intencionalmente (no se posee la piedra sino la forma de la piedra). Sin embargo, cabe todavía un modo de posesión intelectual más alto para Aristóteles: el de los hábitos.

La voluntad, por otra parte, es el apetito racional, que tiene en muchos casos un marcado carácter desiderativo, tendencial, no como acto. He ahí uno de los límites del enlace entre psicología y antropología en Aristóteles, que será rectificado por el pensamiento medieval. Por encima de éstas dos facultades está –continua Aristóteles– el entendimiento agente[8], que es el que actualiza al entendimiento posible, y el que es inmortal, separado del cuerpo, eterno, lo más divino en nosotros, el que viene de fuera, y lo que subsiste tras la muerte, pero que, como afirma en la Ética a Nicómaco, tras la muerte ya no posee una actividad como la actual, sino que pasa al reino de las sombras, con una vida más imprecisa, desvaída.

Las nociones de hábito y de virtud, son fundamentales en sus tratados de ética, pues es del hombre de quien depende la formación y el crecimiento de esas perfecciones internas. No hay, sin embargo, un desarrollo suficiente acerca del núcleo personal humano. El legado aristotélico es colosal. El pensamiento griego acerca del hombre se consolida con Aristóteles en cuanto a concebirlo como animal racional (animal que tiene “logos”, razón), animal lingüístico (que posee lenguaje) o animal político (con sociedad). En cambio, el medieval recogerá su aporte por lo que respecta a la finura con que distingue las diversas facultades del alma, sus actos, sus hábitos y objetos propios.

Sin embargo, el punto central de su contribución antropológica, aparte de la vertiente cultural que posibilita la razón practica, estriba en haber sabido distinguir en el hombre, aunque sólo en el aspecto cognoscitivo, aquello que en él es acto («entendimiento agente») de lo que es potencia («entendimiento posible»). La influencia de esta averiguación, como veremos, será ingente en la posteridad, especialmente tras la recuperación medieval de sus escritos a fines del s. XII. No obstante, se cernirá en torno a este redescubrimiento una gran controversia, pues los filósofos judíos y musulmanes tenderán a interpretar el entendimiento agente como algo divino extrínseco a la persona humana, mientras que los cristianos, más acorde con los textos griegos originales, expondrán que se trata de una luz ínsita en cada hombre. Por otra parte, aunque el Dios aristotélico es separado, no providente por tanto, es accesible al conocimiento humano; asunto del que sacará abundante partido la posteridad.


V.H.



[1]. Cfr. POLO, L., "La vida buena y la buena vida, una confusión posible", en Atlántida, 7 (1991), pp. 28-36.

[2]. Universal es palabra que designa lo conocido por el «concepto», que no se refiere a una realidad física singular concreta, sino a todas las que caen bajo su misma forma. En rigor, lo universal no es sólo la verdad pensada (a este se le suele denominar «universal lógico»), sino la forma real, presente en multitud de realidades singulares («universal rea»l).

[3]. PLATÓN, Górgias, 474 c ss.

[4]. Intelectualismo ético es la tesis que hace girar el peso de la actuación humana sobre la iluminación racional de las acciones, sin tener suficientemente en cuenta las decisiones de la voluntad. De modo que el mal se cometería siempre por ignorancia, no por mala voluntad.

[5]. La encarnación del alma en el cuerpo es explicada en el Fedro por medio del mito del carro alado y es consecuencia de una caída, para pagar una deuda cometida. En cuanto a los mitos en este autor, cfr. PIEPER, J., Sobre los mitos platónicos, Barcelona, Herder, 1984.

[6]. «Acto» indica lo perfecto, lo acabado. Además de éste sentido de acto ARISTÓTELES señala otro tipo de acto como operación («energeia»). El primero lo usa para designar al acto de las «sustancias» o del alma. El segundo para el acto de las «operaciones inmanentes» y para Dios como acto puro.

[7]. Cfr. De Anima, l. III, c. 4. El «entendimiento paciente», es la razón, inteligencia, mente, conocimiento, entendimiento, pensamiento, etc., nombres todos ellos que designan a la facultad o potencia por la cual pensamos. A su vez, según el modo de operar, este entendimiento es susceptible de dos usos: el teórico (nous theoretikos) y el práctico (nous praktikos).

[8]. El entendimiento agente (nous poietikos) es, según ARISTÓTELES, la luz intelectual, ínsita en el hombre, que ilumina la inteligencia o razón humana, que la activa para conocer. Es como la luz respecto de los colores: "Por un lado hay –en el alma– un intelecto que tiene la potencialidad de ser todos los objetos (intelecto posible); por otro, el intelecto que todo lo produce (intelecto agente), como si fuera semejante a la luz, pues en un cierto aspecto la luz hace en acto los colores que están en potencia", De Anima, l. III, c. 5, (BK 430 a 10).

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03/06/2005 ir arriba
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