| Enrique
Bonete Perales, Universidad de Salamanca
En Alfa y Omega
Cuando se cumplen 50 años de su muerte, es del todo
oportuno que, antes de que el 2001 concluya, los católicos
que nos dedicamos a la filosofía rindamos merecido
homenaje a quien fue uno de los más originales pensadores
del siglo XX, el vienés Ludwig Wittgenstein (de ahora
en adelante W). En distintos foros intelectuales y secciones
culturales de los periódicos, se ha hecho referencia
a su potencia filosófica, a la influencia del Tractatus
(única obra publicada durante su vida) y de las póstumas
Investigaciones filosóficas, a las interpretaciones
de sus dispersos escritos, e incluso a eventos extraños
de su apasionada vida académica.
Sin embargo, hay aspectos de su biografía,
como de su obra, que no suelen resaltarse y que merecen ser
destacados: su pensamiento y experiencia cristianos. Es bien
conocido que, poco antes de morir, el mismo W, que a los ojos
de sus compañeros y familiares había llevado
una atormentada existencia, con no pocos desequilibrios psíquicos
y tendencias suicidas (varios de sus hermanos se suicidaron),
pronunció aquellas enigmáticas palabras a quien
le asistió durante la fase final de su cáncer
de próstata: “Dígales usted que he tenido
una vida maravillosa”. Se dirigía a sus pocos
amigos que estaban cerca del agonizante filósofo. Murió
el 29 de abril de 1951. A pesar de las reticencias de algunos
de sus allegados, se acordó que tuviese un funeral
y entierro católicos. Fueron determinantes las declaraciones
de uno de sus íntimos, el señor Drury, según
el cual el propio W en diversas ocasiones le expresó
el deseo de que sus amigos atólicos rezasen por él
después de su muerte. Sus restos permanecen en el sencillo
Saint Gilles Cementery de Cambridge.
Salvo honrosas excepciones, los que se
han pronunciado en la prensa durante este año de homenajes
al pensador vienés han marginado –injustamente–
sus profundas y constantes inquietudes religiosas. Bien es
verdad que no abundan en sus escritos filosóficos referencias
extensas a temas cristianos, pero sí en sus diarios
(juveniles y maduros) y textos personales. Poseen una fuerza
significativa especial, máxime si aceptamos como válido
para todos sus escritos posteriores lo que afirmó el
filósofo sobre el Tractatus, único libro que
quiso publicar: “Mi trabajo consta de dos partes: la
expuesta en él, más todo lo que no he escrito.
Y es esta segunda parte precisamente la que es más
importante”. Por tanto, la parte no filosófica
de su obra, aunque siempre sugerida, mostrada, apuntada entre
líneas –y, como veremos, vivida–, ha de
ser considerada la más relevante para interpretar el
núcleo de su proyecto ético, que no es otro
que la búsqueda del sentido de la vida. Sobre tal sentido
(que denominó el primer W lo místico), ni las
ciencias, ni las filosofías, en tanto que discursos
elaborados con nuestro lenguaje humano –siempre limitado
y lleno de trampas –, podrán pronunciarse con
rigor.
Se puede constatar, siguiendo los cuadernos
de notas que el joven W iba redactando en el frente, durante
la primera guerra mundial, que inició su indagación
filosófica sobre cuestiones religiosas y éticas
con aquella pregunta del 11 de junio de 1916 que atraviesa
toda su biografía: ¿Qué sé sobre
Dios y la finalidad de la vida? Lo que escribió W sobre
Dios y la vida debería ser meditado más a menudo,
tanto por sus monaguillos discípulos que alardean de
un agnosticismo vacuo y escasamente reflexivo, como por quienes
somos cristianos. Lo que podría denominarse el credo
de W quedó así formulado para la posteridad:
“Bueno y malo dependen, de algún modo, del sentido
de la vida. Podemos llamar Dios al sentido de la vida, esto
es, al sentido del mundo. Y conectar con ella la comparación
de Dios con un padre. Pensar en el sentido de la vida es orar.
Creer en Dios quiere decir comprender el sentido de la vida.
Creer en Dios quiere decir ver que con los hechos del mundo
no basta. Creer en Dios quiere decir ver que la vida tiene
un sentido. Sea como fuere, de alguna manera y en cualquier
caso somos dependientes, y aquello de lo que dependemos podemos
llamarlo Dios...”
Estas sorprendentes declaraciones fueron
escritas cuando contaba con 27 años el que ya prometía
ser, en sus Notebooks, un genial lógico y matemático.
Sin embargo, no estamos ante juveniles e inocentes proclamaciones
religiosas, fruto de una mente aún no madura. A la
edad de 40 años, cuando W ya era considerado uno de
los más originales filósofos por su influyente
Tractatus, además de indicar en sus diarios el valor
que concedía a los Salmos y al Nuevo Testamento, y
de confesar que, en ocasiones, se ponía de rodillas
y rezaba con intensidad, dejó escrito entre sus dispersas
notas sentencias como éstas: “Cuando algo es
bueno, también es divino. Extrañamente así
se resume mi ética. Sólo lo sobrenatural puede
expresar lo Sobrenatural. Lo bueno es lo que Dios manda. Dios
Hijo (o la palabra que procede de Dios) es lo ético”.
Doctrinas... y vida
Estas sentencias lacónicas reflejan
que, para nuestro autor, la ética filosófica
no puede explicar ni justificar por qué lo bueno es
bueno. Al parecer de W, la esencia de lo bueno no guarda ninguna
relación con los hechos del mundo, y por tanto el lenguaje
no puede orientarnos hacia el bien. A pesar de que muchos
estudiosos hispánicos procuran obviarlo, W se sirvió
en su época filosófica madura de términos
neotestamentarios (Dios Hijo, es decir Jesucristo), para expresar
cuál es la máxima concreción de lo ético.
En la teología cristiana, a la
que parece evidente que se está refiriendo W, el Hijo
revela al Padre –como lo ético expresa lo divino
–. Viendo al Hijo, que sería algo así
como la personificación de lo ético-bueno, se
muestra (zeigt sich en términos del Tractatus) lo que
la Escritura denomina Dios-Padre, y el filósofo considera,
como dije, el sentido de la vida. Por tanto, se podría
afirmar que para W lo bueno absoluto nos ha sido revelado-mostrado
por Dios, y por ello sobran ya todas las teorías; sólo
nos queda vivir en concordancia con el Dios-Hijo: realizar
el bien que Él nos ha mostrado con su vida y con su
muerte. Y en sus últimos escritos, poco antes de morir,
cuando W tenía alrededor de 60 años, nos encontramos
con frases expresivas de su trayectoria vital que iluminan
lo apuntado hasta el momento: “Si el cristianismo es
la verdad, es falsa toda filosofía al respecto. Opino
que el cristianismo dice, entre otras cosas, que todas las
buenas doctrinas no sirven para nada. Debe cambiar la vida
(o la dirección de la vida)”.
Esta preocupación por el
cambio de la vida, más que por la teoría ética,
es la que explica que W tomase, a lo largo de los años,
decisiones tan extravagantes para algunos como ejemplares
para otros, pero, sin duda, marcadas por una sensibilidad
cristiana y moral poco común: fue asiduo lector de
los evangelios y de los comentarios de Tolstoi; abandonó
sus estudios en la prestigiosa Universidad de Cambridge para
ir a una escuela rural a enseñar a niños (por
cierto, les hacía rezar todos los días el Padrenuestro
antes de comenzar la jornada, “la oración más
extraordinaria que se haya escrito”, según se
puede leer en sus notas del año 40); siendo miembro
de una de las familias industriales más ricas de Viena,
se desprendió de su millonaria herencia para socorrer
a artistas y poetas (entre ellos a Rilke, el poeta de la muerte);
fue ayudante de jardinero en un convento de las afueras de
Viena; tuvo en varias ocasiones intenciones de hacerse sacerdote
y de ingresar en un monasterio como monje; vivió absolutamente
solo, durante largas temporadas, en una aislada casa de montaña
en Noruega; al volver a la Universidad de Cambridge como catedrático,
llevó una vida austera y con escasas relaciones sociales...
Quizá con todo ello aquel genial lógico y filósofo
intent;o mostrar lo bueno, sin explicarlo ni justificarlo
con vanas e insustanciales doctrinas éticas...
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