Uno quisiera estar en todas partes, como la Santísima
Trinidad, pero por más que lo procure resulta imposible.
Sólo he podido asistir a una parte de
las II Jornadas de la Asociación Española de
Personalismo, que ha querido rendir homenaje al
pensamiento de este gran filósofo del siglo XX con un
Congreso Internacional bajo el título
“La filosofía
personalista de Karol Wojtyla”.
Se ha desarrollado en torno a cuatro
grandes ejes temáticos: antropología, ética, varón-mujer
y familia.
Instado por mi gran amigo Rodrigo Guerra
ayer
me desplacé a Madrid, llegué a la Facultad de Filosofía
de la Complutense y a la primera persona sencilla, con
aspecto de poder indicarme el lugar en dónde se
celebraban las reuniones, le hice la pregunta; pocos
instantes después me presentaban:
la persona sencilla
era
Jaroslaw Merecki,
de la Cattedra Wojtyla, Università Lateranense (Roma,
Italia), quien había disertado el día anterior sobre
Las fuentes del pensamiento de Karol Wojtyla.
He podido leer su ponencia, rica y apretada. Lástima de
no haber estado ayer aquí. En esa conferencia, ya se
descubre - entre otros asuntos para especialistas -, lo
que después se va percibiendo en diversas
intervenciones. Lo expreso con mis palabras: Wojtyla
no piensa pensamientos, como hacen muchos: piensa la
realidad y piensa al hombre desde el hombre y en un
segundo momento dialoga con el pensamiento de otros,
como pueden ser Kant o Max Scheller. De
ahí la originalidad del poderoso pensamiento de Juan
Pablo II, todavía por descubrir, salvo por los que se
empeñan en estudiarlo (para mucho tienen, como ha
advertido oportunamente el papa Benedicto). Dice
Merecki: «la metafísica a partir de la experiencia
del hombre lleva a Wojtyla a las mismas
categorías metafísicas presentes en la filosofía
aristotélico-tomista, pero les da un colorido nuevo».
Señores, yo diría, hay algo nuevo en la filosofía de
Wojtyla y todavía muchos no se han enterado. Y
añadiría: hay algo nuevo en la filosofía de Joseph
Ratzinger, y convendría enterarse.
Pasamos a:
12,30-14 MESA REDONDA II: Varón y mujer. Moderadora:
Carla Díaz de Rivera,
Universidad San Pablo-CEU.
Javier Barraca,
El amor como
vocación en el pensamiento vivo de Karol Wojtyla.
CES Don Bosco (Madrid).
Blanca Castilla,
Varón y mujer en
la teología del cuerpo de Karol Wojtyla.
Real Academia de Doctores.
Juana Sánchez-Gey,
Universidad Autónoma de Madrid:
El ‘genio femenino’:
la aportación de Juan Pablo II a la dignidad de la
mujer.
De nuevo se pone de relieve la originalidad del
pensamiento de Wojtyla, un filósofo que deja
atrás todos los feminismos habidos en los últimos
tiempos; la dignidad que descubre en la mujer no admite
comparación. Su hermenéutica bíblica es verdaderamente
original y, en el sentido más constructivo,
revolucionario. Wojtyla no piensa pensamientos,
piensa la realidad, desde la experiencia personal,
limpio de pre-juicios, aunque, eso sí, poseedor de la
experiencia de que sólo el Verbo encarnado revela al
hombre quién es el hombre y, obviamente, quién es la
mujer.
Se establece el debate en un alto nivel filosófico.
Blanca de Castilla es la «culpable» de que el
horario salte por los aires. La filosofía cristiana (o,
si se prefiere, la filosofía que desarrollan los
cristianos) no es monolítica. El pensamiento se expresa
libremente. Un papa ha resultado ser el mayor defensor
de la sexualidad humana. Está claro que hay dos sexos,
no tres, ni solo uno; dos sexos complementarios, que se
postulan mutuamente y que ninguno es inferior o superior
al otro, y pueden y deben admirarse uno al otro.
Se apunta certeramente a un actual complejo de
inferioridad del varón frente al despuntar brillante de
la mujer en el mundo académico, político, etc. La mujer
admira al varón no por sus logros profesionales sino por
ser varón; no necesita la mujer que su marido sea
brillante.
Pero quizá el debate más interesante es sobre la esencia
del amor: la alteridad y la reciprocidad son esenciales.
Alteridad, reciprocidad y –no se olvide- apertura al
fruto del amor. Sin fruto, el amor se frustra (surge el
tema de la maternidad y de la paternidad, también en el
sentido espiritual).
La esencia del amor la despliega más ampliamente
Juan José Pérez-Soba,
de la
Facultad de Teología de S. Dámaso (Madrid),
por la tarde, a las 16, 30, con su ponencia
El misterio del amor según Karol Wojtyla.
El profesor domina el discurso, conoce profundamente el
pensamiento de Karol Wojtyla, así como otros
personalismos paralelos.
Comienza poniendo de relieve la dificultad de pensar el
amor. No se puede apresar el amor, como no se puede
apresar la luz. Si halláramos la fórmula del amor,
hallaríamos la fórmula del hombre. Habría que encontrar
un nuevo modo de pensar, una nueva lógica. El amor tiene
su propia lógica, su propio lenguaje. Como es difícil,
muchos se conforman con hablar de «amores», ayudándose
de lugares comunes. El amor es propiamente un misterio,
también el amor humano. Es el misterio propio de la
verdad del hombre, de su interioridad, que le
precede, le abarca y le trasciende, le lleva más allá de
sí. Es intimidad y trascendencia.
Scheller sostiene que el amor es suscitado por
los valores que tiene una persona determinada y si he
entendido bien, se equivoca: se ama a la persona en sí
misma, porque ese sí mismo que es la persona concreta es
la riqueza; no tanto los valores que ella pueda tener o
desarrollar.
Lo que quería subrayar aquí es la cuestión que surge con
la primera intervención del coloquio. Enrique Cases
plantea el porqué del odio al cuerpo manifiestado
actualmente en el gusto por la violencia en el cine, la
televisión, los videojuegos, etc. (se había hablado,
como es lógico de la teología del cuerpo, de Juan
Pablo II). La inmediata respuesta de Pérez-Soba
es luminosa. El odio al cuerpo es una consecuencia del
dualismo. Para el dualismo, el cuerpo es una cárcel.
Como no tengo la grabación, lo digo con mis palabras
introduciendo alguna reflexión personal. Primero se
entiende el hombre como compuesto de alma y cuerpo al
modo cartesiano, como dos elementos meramente
yuxtapuestos. De ahí surge un espiritualismo
desencarnado, que desprecia el cuerpo y le niega la
satisfacción hasta de sus lícitas apetencias. ¿Han visto
y recuerdan la película
El festín de Babette? Vale la pena. Un modo de
odiar el cuerpo es el del espiritualismo puritano. Pero
luego viene el materialismo y se pide al cuerpo que dé
satisfacción al ansia infinita que el hombre tiene de
gozar. Pero el cuerpo es tremendamente limitado y no da
lo que se le pide y así surge ese otro odio al cuerpo al
que asistimos. Paradójicamente, la idolatría del cuerpo
se convierte en odio al cuerpo. Por eso Pérez Soba dice
a sus alumnos, provocando de entrada un
pseudoescándolo, que hay que aprender a gozar con el
cuerpo. Sería la segunda parte de El festín de
Babette, que me permito sugerir al profesor Pérez
Soba, la proyecte a su alumnos. Ahí está el puritanismo
luterano y su solución en el amor-don, bajo la mediación
de una excelente gastronomía francesa.
Lamento no poder informar más, de un modo personal, de
lo acontecido en el Congreso. Pero allí han estado
presentes amigos nuestros, colaboradores habituales de
Arvo que nos enviarán, cuando sea posible, y en la
medida de lo posible, sus intervenciones o sus
reflexiones. Felicito a los organizadores por el éxito.
El grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, se
convierte en árbol frondoso. Ya lo es y lo será cada día
más.
Por otra parte, quisiera trasmitir algo de mi encuentro
con el profesor Rodrigo Guerra (*). Nuestra
amistad se inició por medio de esta página web y él
ahora la promueve con entusiasmo, contando con los demás
miembros del Consejo de Edición y los demás autores que
habitualmente nos honran con su colaboración. Nuestro
encuentro en el Congreso, en breve tiempo, ha tenido
toda la profundidad que la mejor filosofía personalista
da a la palabra «encuentro», y hemos tenido ocasión de
reflexionar sobre esas nuevas categorías necesarias para
pensar el amor y la realidad –realísima- del «nosotros»,
que el amor crea. El amor no es una cosa, pero «es». Es,
ante todo, Dios. Y Dios nos hace partícipes de su poder
creador. Nosotros –no sin Él- creamos esa realidad que
llamamos «nosotros», que no es una suma. Somos
semejantes a Dios, hechos por el Amor, creadores de amor:
un misterio, un festín.