Por Urbano Ferrer
Con ocasión de la reposición de la película de Charles Chaplin El gran dictador surge la pregunta acerca de si el tema más trágico de la existencia colectiva en el siglo XX, como es el totalitarismo de la raza aria, puede llevarse al cine cómico, aunque sea en clave de parodia. El propio Chaplin parece haber argüido a esta objeción que, si en vez de en 1940, en que dirigió el film, se hubiera tratado de unos años después —cuando se llegó a conocer la barbarie nazi—, no habría realizado el guión. Pero las alternativas a este tratamiento son la desnudez de los documentales y relatos históricos, o bien el silencio, que denota la seriedad reverente ante las víctimas de las páginas trágicas y que se ha generalizado hoy a propósito de los atentados terroristas.
Begnini introdujo el humor en los propios campos de concentración en su famosa película La vida es bella, dando a entender que ni siquiera el fragor de los tanques y las purgas raciales consiguen apagar el poder de transfiguración que tiene el arte. Algo de algún modo semejante se podría decir de La ciudad de la alegría, basada en la novela de Doménique Lapierre, ambientada en los suburbios más depauperados de La India. Acaso no esté de más recordar también que San Juan de la Cruz llegó a las altas cimas de la poesía mística entre las condiciones desoladoras de la cárcel de Toledo (desde entonces ha hecho fortuna el dicho de “una noche toledana”). Hace falta sin duda echar mano del genio del cinematógrafo o —en el místico castellano— del genio del amor a Dios para convertir lo más lóbrego en motivo de inspiración. Más próximo en el tiempo San Maximiliano Kolbe mostró con un gesto muy concreto que es posible palpar el triunfo del amor sobre el odio en el campo de exterminio de Ausschwitz.
Con todo, cualquier espectador del cine de Charlot sabe que su sátira alberga siempre algún mensaje muy humano, envuelto en la utopía y en los sentimientos. El alegato que la mencionada película contiene a favor de los valores éticos en la vida pública —con lo cual termina la proyección— es lo único que me había quedado en la memoria de la primera vez que la vi, y es que el tono improvisado y exento de cualquier ambigüedad irónica con que el actor se dirige a la humanidad como auditorio balancea en el sentido opuesto a los juegos y disfraces en los que abunda el resto de la narración (algunos tan expresivos como el dar vueltas con la bota al globo del mundo, hasta que se le acaba desinflando). Además, el mensaje es en este caso universal, ya que apenas hay referencias directas a los nombres y tópicos del nazismo, sino sólo una serie de insinuaciones que se van agrandando a partir del parecido entre los bigotes del actor y los de Adolfo Hitler (la excepción es el nombre de los judíos como objeto de la persecución, que se hace sin subterfugio ni disfraz).
Por ello, el tratamiento cinematográfico ofrece aquí la genialidad de unir a la hilaridad constante la veracidad y el ardor puestos en la denuncia, así como el silencio ante los personajes reales, los cuales han de ser adivinados con poco esfuerzo por el espectador. En definitiva, el talento del director brilla esta vez en hacer algo uno de los tres modos alternativos antes señalados de enfrentarse con el horribilis tema filmado.
|